lunes, 26 de febrero de 2007

Veladuras, la poesía filosófica





Ha sido escaso que en Manta aparezcan poetas que puedan ostentar el título, que su obra hable por ellos, que refleje todo el trabajo implícito que demanda este género literario venido a menos por un desesperante sector mantense y manabita que ha hecho de la poesía un mero pasatiempo para figurar como escritores.
Pedro Rosa Balda es uno de los pocos poetas a quienes su obra lo reafirma como tal, Veladuras (2007) es un compendio de poesía que no desperdicia la mínima palabra en banalidades, donde la voz poética a partir de abstracciones cercanas a la filosofía crea una obra sólida cuyo primer objetivo es enfrentarnos a nosotros (como lectores), a nuestras percepciones sobre la vida: aquel caótico entorno de interrogantes y simbolismos cada vez más subjetivos.
El autor nos acerca a una poética donde símbolos como el espejo, las máscaras, la luz y oscuridad se filtran en todo el cuerpo del libro y nos van mostrando paso a paso la recurrencia del poeta (filosófica por demás). Porque lo suyo es una poesía de ideas, de desolación –ante las ideas cuestionadas (o vistas desde otro punto) que tenemos sobre muchas cosas-, de introspección y replantaciones de la vida y muerte: temas eternos que en Veladuras intentan hallar nuevos espacios tras cada interrogante soltada.
El tiempo es otro de los elementos que más peso denota en el poemario (esa manía de rebuscar en lo consumido -y en lo por consumir- lo salvador), el sujeto poético se interroga a sí mismo, casi al borde del delirio, para intentar asimilar su propia obra o el teatro en el que se encuentra como protagonista, por ejemplo cuando dice: “¿Cuánta memoria, para un solo recuerdo?”. Y es que allí -en la memoria- parecería incubarse el centro del libro; el poeta lo reafirma: “Dentro de ti enciendes lámparas / pero no logras apartar las tinieblas”, revelando al recuerdo como luminaria ante el caos de aquellas tinieblas representantes del olvido: infierno latente que pugna apoderarse de cada poema, y al cual el autor arremete.
Libro de intensidad, de búsqueda constante y desesperada por hallar respuestas a las mismas preguntas lanzadas: “¿Cuánto durará esta lucha? / ¿Este esfuerzo pertinaz, / al fin y al cabo inhumano / por respirar, por mantener / abiertos los ojos?”. Para Rosa Balda las máscaras y el silencio, las sombras y la luz son símbolos obsesivos, dispersos en muchos de los poemas, así el autor lo va afirmando: “Hay demasiada sombra en tu cuerpo: / oscuridad de palabra, / Sólo en el silencio eres (momentáneamente) / visible”, también “algún silencio debe de haber en el que coincidamos”, todo porque en el fondo está convencido de que “Cree que piensa que imagina que supone / que siente confusamente que podría / salvarse de la vorágine enroscándose / en su propia sombra”.
Lo más sorprendente -porque en una ciudad (y hasta provincia), repito, donde aún la “poesía” sin filtro: sensiblera y tediosa, continúa cómicamente apareciendo en periódicos y libros- es saber que esta obra aún siendo de un mantense se aleja de mucha de la mediocridad poética que pulula por acá. Porque lo que Rosa Balda plantea: “pensar es justamente / poner el “ser” en duda”, es lo que muchos ignoran y ahí la diferencia.
Pero volviendo al libro en cuestión, el autor (tal y como David Bowie expresara: “¿Decadencia?, creo que decadencia es no poner una rosa blanca sobre una mesa blanca por temor a arañar la mesa”) nos arrastra a figuras envolventes e imposibles de concebir: “El blanco es un negro que se ha movido / y al moverse, se ha desgarrado”. Imágenes desesperantes de una poesía cuya materia prima son las ideas difíciles en un entorno saturado de ideas fáciles, de consumismo literario ligero y de moda.
Veladuras es un título que intenta “suavizar” la realidad (o por lo menos parecería hacerlo desde la portada), pero la verdad es que el poeta no repara en esparcir todos los versos -compuestos de ideas que solo una introspección a fondo del ser humano y poeta, como receptor sensible de lo que le rodea, puede crear- arcanos y a veces desconcertantes, que vistos -o leídos- desde su ángulo nos transforman la realidad, cada pensamiento desgastado, cada recuerdo consumido, cada acción por mínima que sea, para adentrarnos en esa veladura, allí donde máscaras y sombras cohabitan, donde gritos y desgarraduras inmateriales parecen no extinguirse jamás. Todo porque el poeta acierta en algo –tal vez una generalización deprimente pero precisa entre los cultivadores de este género literario-: “La muerte, su propia muerte / surgía a menudo (de golpe) en sus poemas”.
(Este texto fue leído en la presentación del libro Veladuras en la Sala de Conciertos Horacio Hidrovo Peñaherrera de la ULEAM, el martes 13 de febrero)

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