domingo, 27 de abril de 2014

Lugares de escritura




No hay un sitio ideal, eso lo sabe todo escritor. Una sala, un mueble, una hamaca, una habitación, el baño, una bodega, una chifa, la lista es de múltiples opciones. No se trata del lugar como escenario ideal para que el escritor trabaje, sino de lo bien que se sienta al desarrollar una idea.
No se trata de aquel único escenario promocionado, tanto desde las solapas de libros como en los publirreportajes que los grandes sellos pagan a medios de comunicación asociados, y que ha predominado, donde un escritorio, computadora, estanterías llenas de libros y cuadros, reafirman la “intelectualidad” de los autores. Deben saberlo, después de esta imagen que se repite como eco sonriente, hay más.
Lo ideal siempre será un lugar donde la soledad gobierne reiterativamente, pero también donde los únicos ruidos provengan del teclado de la computadora, de la tasa o vaso sonando tras cada sorbo, de la música desde los parlantes (siempre al gusto del escritor) y de la mascota (también opcional).
Siempre soñé con tener un espacio donde ordenar los libros que con los años se fueron volviendo muchos, los suplementos de diarios, cientos de carpetas con recortes que dan cuenta de historias a desarrollar, proyectos abandonados, machotes de libros negados a una imprenta. Entonces una puerta me separaba de mi familia, me aislaba por cuatro horas. Solo ante el proyecto a desarrollar, siempre frente al cronograma de trabajo semanal, cumpliendo los objetivos de escribir páginas, corregirlas, leerlas y quizás aprobarlas. Un espacio donde las voces de bandas se fueran volviendo un referente, alimentando el escenario del poema, relato o texto encargado.
El sueño no se ha cumplido aún, pero lo he suplido por una esquina en la sala de la casa, donde me acompañan los libros acumulados y con un cierto orden, las cientos de carpetas con proyectos, y unos audífonos que cada vez van aumentando el volumen, para ir desechando la idea de que a pocos metros una televisión y una conversación a medias pugna por mí.
Por ello el lugar no importa, porque lo he vivido, porque he escrito desde los lugares menos recomendables para hacerlo, lugares donde las distracciones abundan. Y no importa, porque he leído los libros de autores que poseen un estudio, una sala donde la “magia” de la literatura se produce y sin embargo esa magia no es capaz de convencerme desde sus textos. Y vuelvo a una hamaca en el patio de la casa, junto a un perro que suspira por la bulla del teclado, que espera con ansia que me desconecte y le diga “vamos a la calle” para uno de sus paseos.
El lugar ideal siempre tendrá todo lo necesario para poder trabajar a gusto, esto incluye desde afiches con los rostros de los autores que han influenciado (opcional y dependerá si se es idólatra), hasta mínimo 40 GB en la computadora donde consten las canciones necesarias para hacer más placentero el trabajo (desde el apacible pasillo hasta el estridente gore), una impresora y mucho papel para ir imprimiendo y respaldando una copia de todo cuanto se escriba.
La cuestión, quizás la única que he reconocido importa, es la de sostener la concentración, aislarse de lo que ocurre alrededor, mantener la idea inicial, desarrollarla, escribir y transcribir todas aquellas figuras que se van concibiendo. Lo único que importa, mientras la televisión desde sus pocos metros nos va tentando con sus frivolidades, es ordenar las palabras que van apareciendo como rayos dentro de nosotros, ordenar a las manos y dedos un mayor movimiento, ir tras cada oración y párrafo con el salvador control+g, respaldar todas aquellas “genialidades” hasta su destructiva corrección (con la página lista de la RAE).
Hace poco una sicóloga se burló de mí: “¡¿escritor?!”. “Lo que usted debe hacer es dormir mejor, si ya pasa ocho horas frente a una computadora por qué exigirle al cuerpo pasar cuatro horas más”. No dije nada, no entendería. “¿En qué momento le hace el amor a su esposa si pasa solo trabajando?”, chévere, la tipa me amargó. Después de escuchar la maravillosa historia de su vida zanahoria, le dije que haría de sus consejos mi nuevo decálogo. Al salir del consultorio lo único que pensé es en llegar rápido a casa, sentarme frente a la máquina y hacer de mi pequeño espacio mi fortaleza. Y claro, escribir una historia sobre la verruga siniestra de su frente: Polifema de ojos sobrantes.



domingo, 20 de abril de 2014

A veces me siento Henry Obert

Henry Obert, personaje.


Sus libros en la ciudad no pasan desapercibidos. Han llegado con historias para adolescentes y ancianas. Autores que escriben y publican lo que muchos buscan leer: historias sensibleras, que hablen de lo que un hombre y una mujer suelen hacer con frecuencia en una realidad acaramelada: recorrer parajes tomados de la mano, darse apasionados besos frente a ocasos en la playa, ir a restaurantes impecables y hablar de ellos como si nada más existiera, hacer el amor a la luz tenue de las velas, decirse tú y yo, porque si un corazón late junto a otro todo se justificará.
Autores que no se han desanimado ante la crítica, porque a ellos no les interesa la competencia o los amigos de la competencia, lo que ellos buscan es continuar escribiendo, que todo aquello que expulsa su cerebro y refuerza su ego se imprima y difunda.
Y mientras me siento Henry Obert en una ciudad con demasiadas Hannah Rinaldi (léase autores mediocres). Contemplando en las paredes de mi rincón de trabajo las notas de rechazo de editores, las cartas breves y respetuosamente desalentadoras donde no soy el autor que buscan, o al serlo pretenden que costee lo que me publicarán.
Un Henry Obert que ha leído y continúa leyendo a muchos autores, autores que me dicen más de lo que puedo asimilar, autores cuyas historias me van calando lento y de a poco, autores por cientos alrededor de mi escritorio, autores con libros subrayados, autores de los cuales me voy acordando mientras leo a nuevos autores. Autores a los que he intentado no imitar.


Henry y Hannah Rinaldi, personaje.



A veces me deprimo ante la noticia de que un amigo o amiga, aun de menor trabajo en sus textos, ha ganado un premio, ha logrado firmar contrato con un sello editorial, cobrado un sustancioso derecho autoral, asiste a la feria de libros internacional a la que yo no puedo ir porque nadie costea mis viáticos. Amigos y amigas cuyo libro será llevado al teatro o harán de su historia un corto o largometraje. Y sobre todo que por fin está viviendo de lo que escribe.
Henry me ve en el espejo. En las múltiples ideas que tengo cada día. En los borradores que son eso: borradores, porque no pasan de aquello. De todas las ideas que llegan y se aferran como garrapatas para que no las extirpe, porque en ser su alimento está su naturaleza de tormento creativo.
Contemplo mis manuscritos, quizás al que más le tengo fe, porque la fe del escritor es la más incomprendida. Leo, corrijo, escribo, vuelvo a leer, vuelvo a corregir. Y trato de no abrir el internet y ver los titulares de los segmentos culturales, para no encontrarme con los triunfos ajenos, para no saber que un autor mediocre más se vanagloria de la tercera o cuarta reimpresión de su libro mal escrito, mal editado, mal impreso, mal comentado…
 

Henry junto a sus compañeros de taller literario.



Me siento Henry Obert en una ciudad con demasiadas Hannah Rinaldi. Pero a pesar de ello bebo junto a las réplicas de Hannah, río con ellas, veo sus piernas (sus atractivas piernas descubiertas en minifaldas), las acompaño a casa, escucho con atención las ideas de sus futuros textos, me entero de los personajes amorfos que aparecen en sus momentos creativos, y también me enamoro de ellas. Porque nacieron para triunfar, para ser escritoras o modelos triple AAA, para sonreír y poner en desorden todo a su alrededor. Y no importa si no tienen a un escritor favorito, o jamás hayan leído libros clásicos o actuales, menos que conozcan los detalles más curiosos de autores que han marcado la historia de la literatura. Lo que importa, lo que verdaderamente importa, es que cojan su computadora portátil y escriban todas aquellas historias maravillosas muy parecidas a ellas, donde el amor desde un ritual engloba la vida y la muerte. Solo eso.     
Me siento Henry Obert en una ciudad que no espera lo mejor de mí, que continúa desconociendo mis textos, pero que en el momento menos indicado sabrá de este autor anónimo, uno que se posesionará de toda cuanta librería vuelva a aparecer en la urbe, y desde allí arribará a miles de hogares donde los libros de las Hannah Rinaldi continuarán intactos tras su primera y única lectura.

lunes, 14 de abril de 2014

La ruta de la desolación y otros poemas

Foto de José Núñez del Arco.

La poesía manabita aún no ha sido "descubierta" en su totalidad, aún rondan autores anónimos desarrollando una fuerza, mostrando una sensibilidad fuera de ese centro intocable que otros, una mayoría, ha reconocido como "verdadera poesía", aquella donde lo sensiblero parece ser lo único existente. Pero existe más, aquí una breve muestra de uno de esos autores (Jimmy Hidalgo Palma) que en el momento menos esperado dará para escribir en torno a su poesía embrionaria.




NO ES MENTIRA
Sin voluntad
no te puedes beber
una cerveza en la soledad
y sin magia
no se puede escribir poesía.

Me alejé de amigos
y terminé deambulando
entre desconocidos
a los que regalé parte de mis logros.

El polvo se expande
y las nubes se vuelven seniles.
Mueren de tristeza
al ver como sus gotas el suelo ya no mojan.

Cazando el contoneo
de las caderas de una joven religiosa
río contentó y despreocupado.

Ni malo ni bueno
es solo que a veces una fuerza
me asila en lugares extraños,
y divago.
 

AL AMANECER
Con el hígado
metido en el bolsillo
zarpo al bar,
allí soy un renegado más,
un convicto para el cielo.

A la cuarta cerveza
encuentro el confort,
pero cómo me deprimen
las jornadas insípidas
y bailables de Picoaholibuk City.

Inimaginable es la repugnancia
que le tengo a las horas anunciadas
por las melodías de las campanas de la iglesia.

Aquí mis viajes son a prueba de accidentes
pero aprisionadas por el desamor,
las moscas flanquean la tumba del rey del hermetismo.
Aquí la esperanza se desangra
paso a paso, ojo por ojo, diente por diente.
Aquí por un lado del firmamento
macabramente se aleja de mí la luna.

Al amanecer, no siempre rabioso, se asoma el sol.

 



Foto de José Núñez del Arco.




INTOXICADO
El brujo abastece de magia veinticuatro horas.

¿Has hurgado en el andar de los clandestinos?
¿Has digerido la melodía de los que desertan a las cantinas?

Picoaholibuk City
se despierta con el ladrido de los perros
porque una madrugada
los gallos fueron devorados
por una pandilla de gatos hambrientos.

Mientras me pierdo
en la curva prostituida al final de la avenida
enciendo lo que llevo entre manos.

Sabes broder, en este lío
nada tienen que ver
las figuras embalsamadas de la literatura,
solo es mi garganta la que te habla.
 

CURTIENDO PARA LA TUMBA
Antes de caer
las moscas se apartan ebrias
del precipicio de mi vaso de cerveza,
se alejan y yo con ellas
asqueado en el sistema que sodomizan
las ratas de esta cloaca.

No imagino cómo algo tan puro
pudo volverse triste y corrosivo.
La madrugada
agoniza en la penumbra
y espitado hago un picnic en los pantanos
de mis más oscuros pensamientos.

Secuestrado por una extraña libertad
voy hacia la meta
encarnando una tenebrosa banda sonora,
desempleado, cerca del límite.

No lo olvides
soy el oprimido que vive
de la caridad externa de las lombrices.

Antes de caer
las moscas se apartan ebrias
del precipicio de mi vaso de cerveza,
se alejan y yo con ellas
salto el alambrado electrificado del rebaño
de mi sociedad carca.


LEO, ESCRIBO, QUEMO, BEBO Y ESNIFO
Una amiga afirma
que todo borracho tiene solvencia,
yo digo que no existe subsidio 
que le permita escribir sin ataduras al poeta.

Cuando has caído
cierto sector de la amistad
te asesina a sangre fría.
Repelidas por el hastío
las ratas abandonan las cloacas
y se toman la superficie
de Picoaholibuk City.

Los crónicos
encienden una picuda
y con un beso de muerte
apaciguan sus enfermedades.

Para escapar de sus tormentos
los borrachos anestesian sus realidades
y las moscas juegan a las carreras
en la cornisa de un pico de botella.

Afuera el viento gruñe con libertad
el olor a pólvora va y viene
como en las películas del viejo oeste.
 

LA RUTA DE LA DESOLACIÓN
El mar gruñe
como un niño que se amamanta
y ella lasciva sale del meadero
para engullirme en su cajita de música.

La cerveza fría es inagotable,
mi borrachera parece inmortal,
estoy fuera del perímetro, a la deriva,
y por nada quiero regresar.

Nadando corriente arriba
la luna llena anuncia un día de sol,
los gallinazos solo escupen el aliento de la carroña.

Intento adueñarme
de los gemidos de una gata
metido en la ruta de la desolación,
pero no puedo,
al llegar a la carnicería
me ahuyentan
los cuchillos ensangrentados
de la desidia.

Para rodar
en el tambor del revólver
de esa demente que me agrada
mi cráneo se contenta
asesinando las noches de insomnios
con marihuana.

Las moscas afirman:
la vida es un recipiente
que hay que vaciar
hasta que llegue la muerte.
 

CIUDAD DE LOS MALDITOS
Están los puritanos
que por vanidad le empeñan el alma al diablo
y los que intentan reivindicarse
con la religión que les ofrece el perdón de pecados.
Está el chico que se cabrea
cuando la madre lo reprende.
La tribulación lo arropa
pero él no piensa en dejar atrás
los atentados nocturnos
en contra de su tranquilidad,
al contrario, los incrementa.
Está la vecina
que no puede ser madre,
su mirada perdida,
y los niños que no son suyos
jugando en el horizonte.
Están los que navegan
en una botella de aguardiente,
mis botas negras deshechas,
una silla sin mesa,
ella, la cantina, ellos, yo.

Picoaholibuk City
cuando no duerme arde,
les presento a la ciudad de los malditos,
la condesa de las marginales.

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Jimmy Hidalgo Palma (Picoazá, 1982). Poeta, Comunicador Social (Periodista), graduado en la Uleam. Actualmente en paro. Músico aficionado con el proyecto local de Rock “La Trinka” (Aún en garaje), cofundador de la Sur Oscura Manabí. Ha publicado parte de sus poemas en la red de escritores amateurs TusTextos.com bajo el seudónimo de “Patrick”.