viernes, 8 de junio de 2018

Una descolorida forma de ver el mundo (divagaciones sobre Medardo Ángel Silva)

"Se fue con algo mío"cuadernillo con breve selección poética de Medardo Ángel Silva. 


I
Un ritmo lento me gobierna. Un ritmo que susurra un lamento que ha ido extendiéndose en las orillas de una realidad herida por la apatía. Un ritmo de pausas y explosiones rabiosas. Un ritmo que habita en un espacio oscuro. Un ritmo incomprendido que invoca a la muerte como una excusa liberadora. Un ritmo que se ha vuelto la ausencia recurrente.
Ese ritmo encontré en los versos de Medardo Ángel Silva. En su poesía de dolor acumulado, aferrado a un arcano simbólico que hipnotizaba, que trasmitía una electricidad desconcertante. Una poesía de grito ascendente, que chocaba contra toda esperanza.
Tenía veinte años cuando empecé a leerlo casi con obsesión. Mientras transcurrían los días en la universidad, mientras recorría las calles y me refugiaba con más insistencia en una biblioteca que ya no existe. Aniversario era un poema que hablaba de mí, era yo, atrapado en un conjunto de versos. Fui ese joven tristón que siempre miraba al vacío fumándose la vida.
Por eso, y por otras cosas menos poéticas y más mundanas, conecté con su poesía. Un mar de devaneos que le cantaban desde un simbolismo empalagoso, a la luna, las estrellas, a los meses del año. Una poesía donde el dolor por la ausencia de un ser amado se volvió con lugar común. Y, sin embargo, una poesía recargada de un aura melancólica y posesiva.

II
Los temas, el tono, la insistente manía de victimizarse, fue lo que dejó asentado Silva en sus textos, tanto en El árbol del bien y del mal o en las Poesías Escogidas de Gonzalo Zalumbide. En ellos los poemas tienen el mismo rictus de una voz poética desahuciada por el amor, por los días recargados de oscuridad, por una tristeza cancerosa que se va regando conforme se va adentrando en su obra.
El amor como esa masa empalagosa de la que se erigió una fortaleza. Una donde la belleza radicaba en las figuras construidas a partir de un sin número de fracasos. Una visión adolescente donde el ser un perdedor era el designio asumido con orgullo. Poesía para sufrir, para drenarse la parte infecta que latía en su pecho.

El alma como ese algo impalpable y subjetivo desde la visión cristiana. El alma, la suya, la transmutada en paloma devorada por gavilanes, la que late desde un pecho predispuesto a ser un blanco. Silva y su alma, aquel despojo al que le cantó para vengarla de tanto agravio. 

Yuliana Marcillo y Erika Pico, gestoras culturales y organizadoras del evento. 


III
El modernismo era toda la poesía que conocía, esa fuente lúgubre de la que me alimentaba diariamente. Vivía por la poesía, transpiraba poesía, creía que con cada verso podía dejar un testimonio de una vida atrapada en la oscuridad.
Lo gracioso de mis lecturas, o específicamente de mi nexo con Silva, es que mientras lo leía, encontraba un dolor extenso en sus versos, una lloriqueante forma de ver su mundo y fracasos. Su dolor a través de los años no solo llegando a mí, sino en cientos de otros lectores que como yo encontraron en sus versos desesperantes una realidad tristona a la que aferrarse. 

Un mundo poético invadido de hadas, princesas, reinas, otoños, primaveras, corazones... no apto para quienes han mirado más allá de la fantasía. Sin embargo, esa irrealidad pintorreada de rosa, tuvo trazos negros de una lid donde el desaparecer con causa siempre fue un alegato.

Público local siempre atento a las actividades literarias. 



IV
Siempre me atrajo la idea de que un poeta decepcionado de amor se haya volado los sesos de un balazo. Esa versión romántica de la historia siempre fue atrayente. Y no dejó de serlo a pesar de que se puso en duda su “suicidio”, diciendo que se trató de un descuido de un muchacho que jugaba con un arma cargada.
Cierto o no, el mito del poeta romántico que se metió una bala en la cabeza fue atrayente. Lo maldito persiguiendo su nombre. Su poesía dando la certeza de que a Medardo Ángel Silva le pasaban muchas cosas, cosas de un muerto en vida que clamaba por la parca para su redención.
Testimonio de eso este fragmento:

Encerraré en un claustro mi dolor exquisito
y a solas con mis sueños cultivaré mis rosas;
mi alma será un espejo que copie lo Infinito,
más allá del humano límite de las cosas…
(Divagaciones sentimentales V, p. 66)

O estos otros fragmentos:

Los dos somos distintos: tú llevas traje largo,
yo cambié mi sonrisa con un rictus amargo;
después de los dieciocho pienso de otra manera:
eso sí: sigo haciendo mis versos cada día.

Yo no puedo llorar, pero mi poesía
llora por mí; ¡son dulces y tienen tal encanto
las tristezas rimadas, los dolores en canto!
Yo creo que las penas algo valen si de ellas
conseguimos hacer unas páginas bellas…
(El encuentro, p. 109)

Si Medardo viviera en nuestra época, sin dudarlo fuera un emo, un friki víctima del bullyn. Tal vez ya tuviera cicatrices en sus muñecas por haber querido cortarlas con los dientes, o en su cuello las marcas de intentar colgarse con papel higiénico. Sus borradores de suicidio como la fantochada literaria local. Pero no, se metió o se le escapó un tiro, y con ello terminó todo padecimiento. Un padecimiento que fue legado a todos sus lectores: una legión de descorazonados, de nuevos emos decepcionados del amor y la vida; una comunidad de sensibleros que después de leerlo en exceso decidieron contar sus penas y clasificarlas como poesía. Lo sé, porque fui uno de ellos.   
(Texto leído en el marco del homenaje realizado a Medardo Ángel Silva en Manta, jueves 7 de junio de 2018)

Fotos tomadas de la cuenta de facebook de Erika Pico.

jueves, 24 de mayo de 2018

Mundana y sus proyectos de resistencia

Imagen alusiva al afiche de la feria. 


A Edison Navarro y Darío Jiménez, por la amistad.

Feria del libro de Imbabura, desarrollada el 18 y 19 de mayo en el parque Pedro Moncayo de la ciudad de Ibarra.

Ibarra, en su silencio
Abandonar la ciudad, dejar de sentir el calor de los cuerpos amados, emprender hacia kilómetros de aventura, siempre ha sido difícil al principio. La noche del jueves 17 de mayo fui parte de un nuevo rito, de acudir al llamado que la hermandad literaria hacía desde una ciudad desconocida.
Ibarra, desde su aparente apacibilidad, me enganchó al día siguiente, en su arquitectura, en su silencio constante, en su aura de urbe íntima donde no pasa nada.

Una ciudad para recorrer a pie, para contemplar los cientos de rostros que el camino iba ofreciendo en cada paso. Una ciudad para tararear todas las canciones interiores que uno lleva en cada viaje.   

Junto a Juan Romero dialogando en torno a La ruina del vientre sacudido, que se presentó la tarde del sábado 19. 

Libros, editores y público  
Allí estaba, siendo parte de la primera Feria del Libro de Imbabura, una arriesgada propuesta (como toda descabellada idea de gestión cultural en el país) que reunía a editoriales independientes, universitarias, editores y escritores de varias ciudades de Ecuador (salvo Mattías Tello que visitaba desde Chile).
Una comunidad de trashumantes que exhibía y comercializaba sus únicos tesoros: libros. Montones de títulos cada vez más atrayentes desde cada una de sus disímiles propuestas editoriales.

Fue grato encontrarme con editores amigos, con sus catálogos, con las actividades que cada uno resalta desde su experiencia.

Walter Jimbo leyendo parte de su poesía en el cierre la feria. 

Una feria de riesgo
Cada apuesta cultural es un riesgo, pero uno que se asume con la convicción de continuarlo hasta las últimas consecuencias. Eso testimonié en Jairo Mena y todos quienes estuvieron detrás de esta travesía donde escritores, editores y lectores confluyeron en un espacio céntrico de la ciudad; donde el libro como gran protagonista fue recibido con honores por el público local.
Y aunque el clima haya hecho malas jugadas por momentos, la feria salió a flote. Podría decir que para su primera edición fue exitosa en la medida de lo que se espera de una primera edición.

Mena y los suyos no solo le ofrecieron a su ciudad la oportunidad de acercarse a la producción de editores independientes y universitarios, sino también música en vivo y teatro. Lecturas poéticas y narrativas, presentaciones de libros y talleres.   

Junto a Darío Jiménez y Juan Romero, con quienes los temas literarios nunca faltan.


El vecino que siempre quise
Pero más allá de las actividades de la agenda de la feria, me quedo con la parte clave de todo encuentro: las personas. Jairo y la calidez que logró para cada uno de los invitados. La vieja guardia de metaleros ibarreños con quienes se compartió miles de palabras. Los amigos que ya forman una comunidad siempre reconocible en cada feria de libros y que con los años cada reencuentro va logrando mejores momentos.   
Destaco la presencia de dos personas que hicieron del viaje a Ibarra un recorrido fructífero: Edison Navarro (desde su cercano Cotacachi) y el reencuentro con la amistad desde hace ya varios años. Y, Darío Jiménez (desde su lejano Loja). Dos voces con quienes se departió de la única forma que se puede hacer: mediante el diálogo, mediante la conversación franca y extendida que otorga la amistad. Ellos son los vecinos que siempre quise tener.   

FLI
Solo me queda agradecer a todos los lectores que se dieron cita hasta el parque Pedro Moncayo. A los organizadores y su aguante para los invitados siempre intensos en sus acciones. A todos los que se fueron integrando los dos días de feria: autores, gestores y músicos.
Y que en el 2019 siga la fiesta desde Ibarra.

Las fotos han sido tomadas de la cuenta de Facebook de Kimrey Anna Batts.  

domingo, 13 de mayo de 2018

Días de rock…y reflexión




El plan lector de mi hijo primero lo consumo yo. Este ha sido el acercamiento que he tenido con Días de rock de Garaje (SM, 2016) de Jairo Buitrago, una novela juvenil atractiva en su historia, con una protagonista que a manera de crónica nos cuenta de cómo se involucró en el rock, de cómo llega a tocar el bajo en una banda conformada por amigos del barrio, de cómo la ausencia de un padre es reemplazada por una música desenfrenada.

Una novela de ritmo ágil, que da cuenta de una familia de clase media baja que intenta sobrellevar emocional y económicamente la ausencia de un padre; un padre que es referenciado a cada momento; un padre cuyo legado no solo ha sido la soledad sino la música que conectó con sus hijos.

Más allá de la historia, la novela es una excelente excusa para que su autor (en voz de uno de sus personajes) denote sus conocimientos de muchas bandas, desde las clásicas hasta las más modernas. Todo un compendio de nombres, estilos y anécdotas que enriquecen la obra.  

Plan lector con obras manabitas
En Manabí y Manta también se están escribiendo historias que pueden calar en muchos de los jóvenes lectores. Quizás ha faltado un mayor rastreo de parte de las instituciones educativas para dar con estos títulos y acercarlos a sus alumnos, tal vez las casas editoriales (que son poquísimas en la provincia) no se han tomado el tiempo de ofertar su catálogo. Puede ser que el temor de competir con empresas gigantes que han copado el mercado editorial infantil y juvenil, sea un freno para muchos autores y editores.

Lo cierto es que en Manabí se están moviendo, aún desde las sombras, excelentes proyectos literarios que cuando vean la luz, no pasarán desapercibidos. Autores y obras que necesitan una oportunidad para llegar a todos esos lectores, en quienes consideran, sus historias tendrán un nexo.


miércoles, 25 de abril de 2018

Testigo del grito




Grito. La bruma del grito ahogándolo todo, reptando frente a nosotros, en un espejismo atragantado de nombres, formas y espacios. Un grito terrorífico, intensificado desde el rictus de los cuerpos que van, huyen, desorientados en la noche. Un grito rabioso y perturbado que con los minutos engorda mórbidamente. Un grito que va adhiriendo llanto. Un grito que arrincona por la búsqueda de otros.
El grito, cual parásito, se hospedó en mi esposa, mis hijos, mi madre, mi hermano. Una larva que desarrolló increíblemente, ensordeciendo desde la humedad de los ojos cada instante posterior. Nunca antes logró tanto poder en mi familia.
Un grito nocturno de sombras murmurantes, de espectros que se alimentan de un aura necra que eriza los recovecos del sosiego. En ese grito, en su torbellino imparable, vi las calles desprendidas de su asfalto, hogares erigiéndose palacios de ruina, contemplé, cautivo del horror, la danza frenética de un fragmento de ciudad.
Grito sin edad. Grito cicatriz. Una marca lleva su nombre, un signo con sangre envuelto en pistas fúnebres que duelen. En esta hecatombe lo primero que hice, fue recorrer el mapa de mis queridos, ir por cada uno de ellos y apaciguarlos. Ser el consuelo que retenía la intromisión del espanto.
Ciudad del grito. Parroquia del grito. Barrio del grito. Oscuridad arañada por las luces aceleradas de los autos. Todos son la bala en busca de un cuerpo al cual yacer. Viajo en una, y cada rostro, tras el volante, calca la misma arruga de una historia trágica. Ausencia descubierta, ausencia impuesta, ausencia decapitando la esperanza del mañana.
Pero hay algo en el grito, en su volumen ininterrumpido, omnipresente, imperante desde edificios, oficinas, hogares, que lo vuelve indestructible: su alianza, su pacto de rumba terrenal, donde el miedo aparece, renovado con las horas, en cada esquina. Una descripción manchada de sangre, el escombro resumiendo un acabose instantáneo. Grito voraz, de caldera con nombres y recuerdos que crujen al unísono.
Porque después de las 18:58 el grito generó un coro de renovación permanente. Un grito-aullido, un grito-alarma, un grito-anuncio de que nuevas formas, en la oscuridad, ya no latían. De que la edad, condición económica y credo no importaban, porque el arrebatamiento no fue excluyente.
Y también, atosigado por el grito, lloré desde adentro, en un mal ejercicio de seudo seguridad, de una tranquilidad impuesta para no derrumbar a los míos. Pensando que mi hijo, antes de la hora cero, veía televisión, un aparato eléctrico grande que minutos más tarde se estrellaría en el lugar aún tibio dejado por él; que mi madre y hermano, en el suelo abrazados del susto, pudieron estar bajos las paredes derrumbadas a pocos metros de ellos; que mi esposa y mi hija, abrazadas en la casa de mi suegra, pudieron estar entre las víctimas compradores de útiles escolares, como la vecina y sus hijos. El grito-carcajada miraba complaciente.  
Hoy el grito solo vive en mis pesadillas. Sonríe en su malevolencia. Salta en su perturbada glotonería. Amenaza con volver, agrandarse, conducirse al límite de su intensidad. Atacar en el caos, aliarse al miedo. Hoy el grito me susurra que siempre será un mal momento para regresar.
(Texto que es parte del libro AA.VV. (2018). Memorias del 16A. Un libro de historias ciudadanas, Manta, Ecuador: Gad Manta) 

sábado, 14 de abril de 2018

Literatura erótica o el amor insatisfecho



La literatura erótica ha sido de mucho interés para las editoriales. Esto, porque las historias de este género exploran y exponen situaciones que han encontrado muchos lectores y han despertado el interés de otros. Además, que las casas editoriales han logrado hacer que muchas de estas obras encuentren un plus en sus versiones cinematográficas, lo que ha ayudado considerablemente a difundir y empoderarlas. Desde luego, nada de lo anterior fuera posible si no se contara con una industria publicitaria detrás que bombardea, desde distintos francos, al posible y casi siempre rendido público.

“Porno para mamás” dice King, y puede que no se equivoque en su prejuicio. Con historias donde casi siempre las protagonistas resultan mujeres frustradas, con problemas para expresarse corporalmente, frígidas esposas que no encontraron ni entendieron su propia sexualidad junto a su pareja, infieles que buscan en otros cuerpos el arrebatamiento del deseo apagado, víctimas apaciguadas que intentan realizarse mediante la complacencia. Mujeres que desean conocer lo que significa un orgasmo (cansadas de un sexo rutinario cargado de insatisfacción).

Pero no solo se trata de sexo, esta literatura erótica asienta sus bases en el amor, esa búsqueda desesperada por encontrar a otro que entienda, comprenda, que asimile cada cosa dicha y no dicha. Que sea el receptor adecuado/a que con afán se ha perseguido. Ese sueño platónico que se busca para autocomplaciencia y también para satisfacer a un entorno que lo impone.  






Sin embargo, mucha seuda literatura erótica abomba en las librerías. Mucha mala literatura es del interés de lectores. Mucha literatura basura es consumida con preocupante voracidad por jóvenes que ven en ella verdaderas obras maestras. Donde el amor y el sexo, como elementos base, se combinan con historias empalagosas donde la heroína busca un “príncipe azul” que cumpla todos sus deseos. Donde la dependencia hacia otro se vuelve clave en esa búsqueda exitosa.      

No es fácil escribir literatura erótica, eso deberían saberlo quienes se han atrevido, porque el simple hecho de describir un encuentro sexual, quizás hasta exponer filias relacionadas al masoquismo y sadomasoquismo (pienso en Cincuenta sombras de Grey y todos estos libros similares) demanda un tratamiento adecuado del lenguaje.

Y sí, para escribir literatura erótica hace falta experiencia y experticia en el tema (porque ocurre que muchos autores en sus textos primerizos se aventuran a escribir “literatura erótica” y la realidad es que ni siquiera han sido ni besados/as, menos conocen el placer de la carne). Pero la experiencia no es todo para escribir esta clase de literatura, porque si no cualquiera con mucha experiencia fuera escritor/a (la experiencia sirve para argumentar, pero es necesario un trabajo adecuado, para hacer de esa experiencia material idóneo para la literatura).   

(Este texto fue realizado a partir de la entrevista en que iba a participar el sábado 14 de abril en el programada radial Raíces, y del cual por compromisos familiares no logré llegar a tiempo y participar)

miércoles, 4 de abril de 2018

La fiesta convidada

Portada del libro La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez.

Un editor debe ser un radar y una esponja de su tiempo...
Jordi Nadal, Libros o velocidad

Uno
He leído manuscritos desesperantes. Bodrios que intentaron ser poesía o relatos. Novelas con introducciones explicativas de la trama (como si el lector fuera un retardado al que se debiera explicar todo). Falsos ensayos recargados de simples opiniones. Oraciones y párrafos acumulados como leña vieja. Montones de páginas que pudieron comprimirse en una sola, y aun así editarse hasta dejarlas con menos caracteres.  

Siempre que alguien, desde el otro lado del espacio virtual, me asegura que es un genio inédito, sospecho del texto que me suele adjuntar después. Textos que significan horas y horas de lectura para confirmar lo que muchas veces el sentido común me grita: que no se puede, que es imposible editar lo no editable. Que a veces es mejor ser cruel con muchos de estos autores. Que la verdad duele, la verdad de un solo individuo, que puede ser al final de cuentas, una vil mentira.    

Pero he gozado de extrema paciencia. He derrochado paciencia para el trabajo de lector. Una paciencia que a veces asombra. Una paciencia que debería premiarse. Una paciencia increíble para muchos. Una paciencia que solo flaquea en mi interior, donde la ira cobra formas repudiables.     

Ignacio Loor Vera, autor de La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez. 



Dos
Los textos que termino subrayando. Los que aparecen mientras bebo cerveza y converso con alguien de libros y futuros libros. Los que, como lector, me gustaría ver en mi biblioteca, son aquellos textos por los que termino encantándome, por los que digo sí, por los que me lanzo de cabeza y apuesto por ellos.

Todos esos textos me acompañan por algún tiempo. A ellos me entrego con paciencia y esmero. A ellos dedico las horas que debería entregar a mi familia. A ellos repaso en sueños. En ellos pienso más de lo debido.

Entonces uno, dos, y hasta tres borradores del mismo texto, absorben mi tiempo de lectura (uno que me gustaría entregar a libros por entretenimiento o la contemplación exagerada de series que no alcanzo a consumir como un verdadero fan). Y soy testigo de una transformación constante, hasta reconocer que todo cuanto se ha realizado sobre el texto significa algo, ese algo que es un todo para un individuo que sueña demás.    

Tres
Luego del primer encuentro que tuve con el borrador de La fiesta del fracaso supe que estaba ante un texto que interrumpiría mis sueños, que se entrometería en varios de mis asuntos pendientes, que sus personajes no me dejarían tranquilo por un largo tiempo.

Han pasado algunos meses desde que me reuní con su autor. Varios meses en lo que emití el primer juicio de valor respecto a las nueve historias. Semanas desde que comenté lo mucho que terminé enganchado con algunos de los personajes: recorriendo junto a ellos la ciudad, una Manta sombría, opacada por la desidia; una urbe donde se vive y se muere desde las entrañas; una ciudad que potencia el caos que late con desesperación en cada una de las voces.

Historias donde el amor, el sexo, la cotidianidad, la violencia y la desesperanza son los temas recurrentes. Donde personajes que anhelan ser escritores avanzan hacia un presente desalentador. Donde la sombra de un padre trasmuta en varias vidas, ya como drogadicto o como millonario-político indiferente.   

Hoy contemplo el libro La fiesta del fracaso y sé que cada hora invertida, cada relectura y cada conversación sobre la obra, es la confirmación de que un sí bien fundamentado puede ser una buena decisión.   

jueves, 29 de marzo de 2018

Contra el mundo caótico y repulsivo

Portada del libro publicado en 2017.


“Buscaba en la brutalidad de las imágenes deshilar el ovillo inextricable de la vida y la muerte; de ahí muchos riffs y letras de canciones” (p. 97) dice Igor Icaza en su libro Resplandor (Sensorial, 2017). Un libro donde además de reunir letras de canciones y juntar a un grupo de amigos escritores y músicos que escriben sobre su obra, denota el compromiso que como multiinstrumentista y compositor ha legado a la música ecuatoriana.


Un trabajo que no pasa desapercibido, sea por el tono de las letras que se agrupan, los análisis que acercan al lector, o las anécdotas que el autor complementa al final. Todo esto conforman un cuerpo que narra cronológicamente la trayectoria de Icaza desde sus distintas agrupaciones musicales y proyectos: Obertura, Ente, Sal y Mileto, Funda Mental…y lo hace desde lo lírico, donde ahonda en su pensamiento.

Igor Icaza leyendo parte de su obra. 

Un libro necesario para todo aquel que se respete como melómano (incluye un cd con doce canciones escritas y musicalizadas por el autor). Aquellos que van tras la trayectoria de los artistas que han sido parte primordial en su vinculación a la música (en mi caso desde el death metal de Ente). Porque bien lo dice Icaza: “Cada espíritu libre irá al encuentro de la muerte engrandecido por la locura, la irreverencia y la autoafirmación” (p. 14). Y este libro tiene elementos absorbentes, da un registro de la imparable creación de un artista libre que ha seguido un objetivo contra viento y marea.     


“Cuando dejo de soñar salgo de la alcantarilla” (p. 42) asegura Icaza, y es precisamente lo que el autor hace: mostrarnos un mundo caótico y repulsivo, al que se odia porque odia; al que se mantiene al margen porque mira y juzga desde sus rincones cargados de prejuicio; al que se contempla sospechosamente cada vez que aparece su otra cara, la descolorida y marginal.


Icaza (en medio) junto a los otros miembros de la banda Ente. 



En Resplandor hay poesía, una estruendosa, hiriente, chocante, que da cuenta de una voz urbana que contempla y explota, que no guarda ninguna pasibilidad, sino más bien se encuentra en una constante lucha interna para gritar desde una trinchera salvaje e incontenible himnos que crecen y crecen...

Fotos tomadas de la cuenta de Facebook de Igor Icaza.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Nirvana desde el recuerdo abrumador


Crecí con Nirvana. Fui uno de los miles de adolescentes que en los noventa, perdido por una decadencia interna y desesperado por la búsqueda de una luz en medio de aquella oscuridad abrumadora, dio con la banda.

Fue fácil llegar a ellos, lo difícil fue reconocer que más allá de la estridencia y el aura maldita de cada canción, existía un mundo lleno de otras bandas y mejores melodías (incluso más sombrías de las que había hecho mi bandera).  

Pero en ese momento, en esos días, cuando se era emo y sad (sin que las clasificaciones aparecieran) con fundamento, cuando parecía que el futuro consistía solo en un ahora decadente marcado por la desgracia; cuando solo era Nirvana: tres tipos desde un todo siempre eufórico, lo que gobernaba. Todo era felicidad, una macabra y complaciente.

Luego nos enteraríamos de que la cabeza de Kurt explotó, de que la banda desaparecía, de que solo su música quedaba en el espacio ahondándolo todo. Esos días también fueron tristes, llenos de música, su música, pero tristes al final.



En estos días Kika, mi amiga darks, me escribe para decirme que harán un tributo a Nirvana, la misma banda que hace más de veinte años escuchaba junto a mis panas de barrio. La banda que estremecía las paredes de mi cuarto mientras mis padres tenían su propio concierto lleno de gritos.    

Nirvana: Kurt, Krist y Dave. Nirvana desde dos parlantes. Nirvana desde el recuerdo abrumador.

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El sábado 7 de abril se hará un tributo a Nirvana a cargo de la Banda Don Juan. Retro Bar, 20h00. Entrada 10 dólares.  

martes, 20 de marzo de 2018

El fracaso con uñas y dientes

Portada de la ópera prima de Loor Vera, publicado por Tinta Ácida Ediciones.



Por: Paulina Soto

“Era el inicio de algo que me llevaría al desvelo y a la desorientación” así es como Ignacio Loor Vera nos presenta un camino sacudido por el dolor, la frustración, la ira, la muerte, en un sismo de emociones que son fácilmente nuestras hermanas. El fracaso descarnado se siente vívido en cada uno de los nueve relatos que presenciamos en esta fiesta disoluta. Ya no hay un freno para el destino, hay que enfrentarlo hasta sus últimas consecuencias, da igual si es con resignación o rebeldía. Da igual si se tiene la voluntad de la confrontación o se toma una puerta falsa. La inocencia ha muerto.

Las historias nos adentran en un entorno de ecuatorianidad: el fútbol y sus glorias, el funesto feriado bancario, la playa como un refugio disfuncional. Nos cuentan las cosas que podrían ser nuestras, o que hemos oído que les pasan a nuestros vecinos y amigos, cuando los problemas nos cercan, sin dejarnos dormir, ni escribir, ahogándonos como una tenaza lenta.

El estilo de Ignacio Loor Vera es, sobre todo, honesto. Nos lleva con facilidad de la mano a través de una visualización nítida de la ciudad de Manta. El alcohol, la sangre, el calor, aparecen para meternos dentro de cada escena y trasladarnos hacia el medio en que se desenvuelve el autor, sobre todo en “¿Era ese el último polvo?” que está contado desde una forma descriptiva, como la escena de un guión de película. El erotismo es sobrio, cálido y avasallador.

Los seres humanos somos por antonomasia, animales simples. Nos aferramos a los últimos rezagos de esperanza, vengan de donde vengan. Es así como se defienden con uñas y dientes los prosaicos personajes de cada relato para obtener un atisbo del éxito que no es de ninguna manera alcanzado, aunque lluevan los golpes, las distancias, la tragedia y la incomprensión. Un hombre, es al final, solo un hombre. ¿Cuánto desencanto puede soportar su alma?

Historias muy bien contadas, muy nuestras, de actualidad. Dramas que, con un estilo nítido, nos muestran que no nos queda más que aprender a vivir con el doloroso vacío que provoca el fracaso, a pesar de que tratemos de huir de él a toda velocidad.

domingo, 18 de febrero de 2018

Amor Escupido o el amor desde otras formas y sensibilidades

Luis Franco

Una locura. Dos palabras para describir al Amor Escupido que llegó a su sexta edición, la noche del sábado 17 de febrero. El escenario, en esta ocasión fue Retro Bar, uno de los espacios alternativos con los que cuenta Manta para el desarrollo de actividades literarias y artísticas. Ahí Luis Franco (Santa Elena), Yuliana Ortiz (Esmeraldas), Jorge Osinaga, Azael Álvarez y Juan Carlos Cucalón (Guayaquil) se ofrecieron en poesía y cuerpo ante un público, cada vez, más ávido de poesía y propuestas novedosas.



ElElla. Literatura punzante, así se denominó este año al evento, co-organizado por el colectivo literario Clandestino y Tinta Ácida Ediciones, con el apoyo y auspicio de la Casa de la Cultura de Manabí (una casa renovada, con una visión fresca de lo que significa el arte, la gestión cultural y las necesidades que la provincia tiene al respecto). 

Amor Escupido, una propuesta contraria al empalagoso, espectacular y consumista día de San Valentín. Un grito para decirle a la sociedad que el amor también se encuentra en otras formas y sensibilidades, donde el silencio es el enemigo, uno que se combate con furia y trabajo desde la palabra.     

Por acá un registro de las lecturas desarrolladas.   






jueves, 1 de febrero de 2018

Breves apuntes sobre King


Este texto apenas son fragmentos de un ensayo que me encuentro trabajando, producto de mis lecturas y relación con la obra de Stephen King, tanto desde la literatura como de las adaptaciones al cine y series.

Personajes escritores
King ha logrado legarles a sus lectores personajes atormentados, insanos en sus concepciones creativas, perdidos en sus filias y abusos, dementes y obsesivos en cuanto cierran las puertas de la realidad para sumergirse en aquel pantanoso terreno que le pertenece solo a los escritores.
Conociendo él mismo este campo de la creatividad, de lo absorbente que llega ser la creación literaria, varios de sus personajes han sido escritores. Ahí está Paul Sheldon en Mísery, siendo secuestrado por una fan, una enferma que no acepta que el escritor mate a la protagonista de sus novelas rosas. Por otro lado, Mike Noonan en Un saco de huesos, perdiendo la “inspiración” tras la muerte de su esposa, refugiándose en una casa campestre donde encontrará no solo la motivación para volver a escribir, sino el amor desde una paternidad no buscada. O aquel John Torrance desde El Resplandor, que desde un hotel pierde la cordura y con ello un sin regreso a la normalidad.

Sobre las adaptaciones
El universo de King desde el principio fue atractivo para el cine, le pasó con Carrie, su primera novela, que después de llevada al cine cobró más fuerza y logró convertirse en best seller. La película dimensionó el potencial de King, desde aquel enfermizo mundo lleno de maldad, donde el terror no eran seres fantasmagóricos escondidos en los armarios, sino personajes “normales”, cotidianos, casi reales como cualquier vecino de barrio. Allí, desde el principio, King demarcó que el terror y el horror existían desde las sombras de hogares casi perfectos, desde el turbio pensamiento martillando al sicópata que come helado en la tienda más fresa de la ciudad.
Una de las primeras películas que vi, basada en una de sus novelas fue La rebelión de las máquinas, aquel drama terrorífico de finales de los ochenta donde las máquinas cobran vida y tratan de cumplir un objetivo: asesinar a los humanos.
Pero no todas las adaptaciones han logrado captar la esencia de sus novelas o cuentos, por ejemplo, La Niebla, esta novela corta o cuento largo, que en la versión cinematográfica de 2007 respetó casi la idea original de King, mientras que en 2017 la versión producida por Nexflix fue algo diferente, extraño, tanto así que solo llegó a la primera temporada.

Y algo extraño, la serie de 2002 de La zona muerta fue mejor que la película de 1983, demostrando con ello que un buen guión y actuaciones sobresalientes mejoran una obra en nuevos formatos. 


El conflicto con el padre
En un capítulo de Los Simpson Marge le pregunta a Nelson por su padre, y este responde que una vez dijo que iba a comprar cigarrillos y nunca más regresó. Pues les tengo una noticia, esta anécdota es plagiada de King, porque él, en uno de los tantos documentales que se encuentran sobre su vida y obra, cuenta este fragmento de su vida. Aunque en realidad la que le cuenta esta versión es la madre de King, quien debió asumir la crianza del escritor y su hermano, pasando por distintas penurias que conlleva la crianza cuando se es madre soltera y sin un trabajo bien remunerado.
Por ello no es de extrañar que varias de las novelas encontremos un reiterativo conflicto padre e hijo. Siempre una lucha interminable entre ambos. 

Lo sobrenatural
Para quienes han leído Ojos de fuego saben que Once, el personaje de Stranger Things es una copia débil de Charlie, la niña capaz de incendiar cosas y seres. Y por cierto la película de 1984 guarda cierto respeto por la idea original de la novela de King, lo que no pasa con el recalentado de 2005 donde Charlie es una adolescente fogosa, pero igual de letal.
Como dije al principio, estos son algunos brevísimos apuntes de un texto en desarrollo. Solo puedo decir que he sido un lector apasionado de King, no de toda su obra, pero sí una mínima cantidad que me ha servido para engancharme a su universo.

(Texto leído en el conversatorio King y la influencia del terror contemporáneo, realizado el jueves 25 de enero en La Caverna en Manta, y organizado por el club literario Clandestino y Tinta Ácida Ediciones) 

domingo, 28 de enero de 2018

Leer es cool


¿Cuándo dejaron de ser ñoños, norios, nerds, bobos, aburridos…todos los que se refugiaban en un libro? ¿Cuándo pasaron de ser aquellos entes bajo la sombra que todos evitaban y se empoderaron como estrellas de luz intensa? 

 Sospecho, viniendo de la categoría de ratón de biblioteca, que el cambio empezó a gestarse porque se logró conectar adecuadamente las redes sociales con el gusto por la lectura; quizás porque los lectores y lectoras fueron delatándose más allá del cliché: “es feo/a, por eso lee”. Tal vez, porque estos lectores, que anuncian con reiteración sus nuevas adquisiciones, fueron comentando, argumentando, discutiendo, sobre los géneros de su predilección. Y muy seguramente, todos estos lectores, fueron conectando con gente que pensaba como ellos.


 Leer se volvió algo así como ser buena onda. Porque esta nueva clase de lectores no solo viven atrapados en cuatro paredes leyendo y comentando, no, también viven, salen a fiestas, tienen una vida social intensa. Lo que leen lo asocian con su estilo de vida; por ello sugieren qué leer. Son los cool de esta parte del siglo. 

Sí, puede que las redes sociales, además de dar a conocer a los lectores de sepa (aquellos que dieron el paso para salir de la oscuridad) reflejen un exceso de noveleros que posan cada vez que pueden junto a libros que nunca leen, que conservan como parte de trofeos o adornos en sus hogares. Pero, aunque parezca raro, está bien, siempre que un novelero diga que tal o cual libro le gustó, que haga mención a dos o tres líneas de la contraportada, que por lo menos se tome una selfie junto a la portada de la obra…con ello hace mucho, motiva a varios, pone su granito de arena en esa construcción difícil que representa la lectura.

Y tú ¿también eres cool?


Las fotos han sido tomadas al azar de varias cuentas de lectores que aparecen en la red social Instagram.

miércoles, 24 de enero de 2018

Señorita Satán


No es el título, no es la colección, no es la promoción, son las voces que habitan esta propuesta: contracorriente, perturbadora, de ritmo ágil. Voces que cuentan desde otra orilla, una que no se limita; libre en su decir. Historias diversas, pero enlazadas por una misma causa: la literatura, como medio para asentar ficciones que estremezcan.

Eso y mucho más es Señorita Satán. Nuevas narradoras ecuatorianas (El Conejo, 2017). Un libro con 17 textos, todos disímiles entre sí, denotando la variedad de miradas y construcciones de sus autoras: una camada de escritoras con recorridos distintos que saben -por lo menos así el lector asume- qué decir; que han logrado un tono personal; que no maquillan nada.

Como todo trabajo, siempre habrá textos que conecten mejor con el lector, ahí va mi breve selección de relatos favoritos y que recomiendo cuando logren acceder al libro:

·   El hombre que tenía las manos atadas de Abril Altamirano
·       La versión de Jacques de María Fernanda Ampuero
·       La gente dice de Sandra Araya
·       Volverán las palomas de Adriana Borja Enríquez
·       Galápagos de Marcela Ribadeneira
·       Un paseo de domingo de Solange Rodríguez Pappe
·       La hora de las arañas de Diana Zavala


sábado, 13 de enero de 2018

La Niebla y sus versiones alucinadas

Portada de una de las ediciones de La Niebla en su versión original: novela. 

He tratado, en mi condición de lector, de acceder a la mayor cantidad de libros de Stephen King (hasta hace poco un objetivo difícil en una ciudad que no tenía librerías). Leer, analizar, e ir señalando los temas que con frecuencia aparecen en su obra. Un trabajo conectado por el placer de las historias de terror.

Siempre encontré en varios de sus personajes fragmentos de tragedia e ideas subrayables. También ha sido casi que una obligación autoimpuesta, acceder a las adaptaciones que se han hecho de sus novelas y cuentos. Una tarea no siempre satisfactoria, pero que ha frenado el morbo.


Así llegué a La Niebla, primero en su versión original. Una historia perturbadora, cargada de todos los elementos característicos de las obras de King. Siempre me gustó el final de esta novela corta, la esperanza de saber que el protagonista junto a su hijo, aún atrapados en una niebla que nadie sabe de dónde ha venido, llena de monstruosos asesinos, se refugia en un mañana de posible salvación. Y aunque no haya una certeza de solución, persiste la necesidad de sobrevivencia de sus personajes.

Afiche de la versión fílmica estrenada en  2007. 

Después vendría la versión cinematográfica. Un film con mucha relación de su versión original, con la única diferencia de que, al contrario de la novela, donde había un final abierto, acá el espectador se chocó con un final cerrado, donde el padre sobreviviente, junto a su hijo y dos personas más, deciden salir del supermercado donde estaban atrapados y aventurarse en un auto a la huida. El desenlace es conmovedor, sin gasolina y varados en medio de la niebla, el protagonista armado con una pistola con tres balas decide eliminar a sus compañeros (incluido su hijo) para librarlos de una muerte horrible en las fauces de los monstruos. Y mientras el padre, afectado por matar a su hijo busca fuera del auto que lo asesinen, lo que encuentra es una niebla disipándose y con ello la presencia de militares quemando a las bestias. 

Afiche de la versión serie estrenada en 2017. 

El año pasado se estrenó La Niebla en su versión serie, y como seguidor de la obra de King, me conecté lo más pronto a ella. Sin embargo, muchas cosas habían cambiado: el hijo original había sido reemplazado por una hija, el supermercado dejó de ser el escenario central de la historia, y la presencia militar cobró mayor protagonismo (una de las hipótesis reiterativas de los personajes de King: los militares están detrás de muchos incidentes sangrientos y paranormales).


Diez capítulos de casi una versión libre. Con personajes por momentos haciendo ruido. Con una niebla que dejó de albergar a monstruos y que más bien atacaba desde los traumas de cada personaje. Para alegría de muchos (en el fondo me incluyo) meses después del estreno se anunció que ya no se la continuaría.