jueves, 29 de noviembre de 2012

Krelko y su defensa literaria

Krelko le debe su nombre al cuento homónimo del escritor Miguel Donoso Pareja, a quien se le rinde homenaje con esta publicación periódica.



¿Existe en la actualidad una defensa de la literatura ecuatoriana?, ¿cómo se manifiesta? y ¿quiénes son los encargados de defenderla? Estas son las interrogantes que me ha provocado Krelko, revista literaria (noviembre 2012).


Pedro Gil, director de la revista, acierta en su editorial cuando afirma que “Esta revista literaria no pretende en lo más mínimo ser novedosa, pero sí buena”. Y hay textos que lo son, otros sobran.



Quizás esta defensa de la literatura, sea planteada desde varias de las voces mantenidas al margen (incluso de aquellas con cierto reconocimiento y que no se acoplan a aquella norma establecida). Lo cierto es que Krelko es un nuevo espacio, una nueva alternativa para que la literatura sea defendida, aunque en este proceso muchos de sus defensores renieguen de hacerlo (desde sus textos).



lunes, 26 de noviembre de 2012

La saliva de un hijo


Samy, en El Murciélago. Manta, 2012. 

Vuelve al mar,

 pequeño de caos,

vuelve a dejar tu saliva enfurecida,

que manche la espuma 

que revuelva los tóxicos humores de su vida

que sienta un nuevo lunar

recorriendo su líquida tortura.


Vuelve al mar,

pequeño de rabia,

que una sonrisa los haga caer en la trampa.  


Vuelve al mar,

pequeño de salto feroz,

que tu saliva se vuelva el esputo escandaloso

que los cuerpos choquen

que los cuerpos repugnen

que los cuerpos huyan.


Una nueva sonrisa los hará caer en la trampa.

martes, 20 de noviembre de 2012

La Culeka # 2




La Culeka en su segundo número (noviembre 2012) demuestra que el trabajo de sus editores va en serio, que se ha apostado a un espacio alternativo que busca imponer su voz dentro de un panorama saturado de voces calcadas.

Aunque este segundo número no posea la irreverencia y humor de su ópera prima, el tema general (uso y abusos de las drogas legales e ilegales) denota un discurso más maduro y sereno (demasiado diría) que en muchas de las historias queda debiendo al lector. Sí, el atiborramiento de alcohol, cigarrillo, marihuana, coca, polvo, hongos…genera historias atractivas y morbosas, aborrecibles y vergonzantes (y una breve felicidad), todas matizadas con el sexo, el amor y sobre todo la muerte. En este escenario marginal muchas de las historias carecen de una total malicia, hay breves momentos pero no despegan.

Sin embargo El tanque de la baciladera, El peor lugar para estar chispo y Algo sobre la noche y el himno generacional son tres historias que logran darle fuerza a este segundo número, existe en ellas la argumentación de aquella cotidianidad que se vive soterradamente, pulula en sus tramas esa ansia y decepción diaria por ignorar la realidad, por hacer de los peores lugares los sitios más cómodos. La consigna es volar y en ese vuelo estas historias lo hacen excelentemente.

Bien por La Culeka y su rápida transformación: pasar de un medio alternativo y subterráneo (fanzinero al límite) a una revista de lujo y de circulación masiva (desde nuestra posición underground 1500 ejemplares es algo grande) esto denota que además de sus editores otros han visualizado la propuesta y sus aportes.

lunes, 19 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 5/fin)


El tiempo transcurría poco a poco y Pulido se acostumbró a vivir de manera automática como un zombie. Por las mañanas se bañaba, asistía a terapia, hacía retrospección de su vida pasada cuando le tocaba hablar, luego subía al tercer piso para el almuerzo que a veces sólo consistía en un arroz con huevo como la comida de las prostitutas, en la tarde volvía a asistir a la terapia, que podía ser dictada por unos evangelistas, el psicólogo u otros terapistas, que venían recorriendo todo el circuito de clínicas de recuperación, luego venía la cena frugal que en una ocasión Pulido tuvo que dejarla porque consistía en una sopa de pollo toda grasosa que era simplemente imposible de tragar, y finalmente la hora de dormir. Poco antes de que apagaran las luces, Pulido escribía en la pared junto a su cama una cita del escritor John Updike que decía así:



LA VIDA ES DEMASIADO CORTA PARA QUE ENCIMA SEAMOS INFELICES



Se levantaba por las mañanas, soportaba mal el frío de la sierra, pero ahora se cuidaba más para no enfermarse de gripe, y cada vez más se iba aclimatando, hasta volverse un cuencano más. Por las mañanas se duchaba con agua caliente y había que tener suficiente dinero para comprar una pastilla de oloroso jabón con qué frotarse por todo el cuerpo. Pronto empezó a perder peso por el esfuerzo que hacía todos los días para mantenerse vivo dentro de ese infierno. Su recurso era el humor, pero a veces, un timbre de alerta le indicaba que no era momento de hacerse el payaso. Había que tener cuidado de no repetir un chiste que había funcionado con una persona porque el mismo chiste podía no funcionar con otra. A veces tenía que abrigarse bien y salir a la calle con un grupo de adictos para pararse en una esquina y empezar a repartir hojas volantes que le hacían publicidad a la Clínica. Entonces Pulido era testigo del show que representaban los cuencanos bien trajeados y perfumados yendo de aquí para allá con sus rostros serios pero también llenos de preocupación y angustia, también ellos en busca del preciado sucre que todo lo facilitaba: comida, salud, educación, sexo y toda clase de pequeños placeres.

Las confesiones dentro de la terapia no eran tomadas con la debida seriedad y cualquier fondo homosexual provocaba secreto revuelo entre los internos. Cualquiera que declaraba una aventura homosexual, en el pasado, era visitado en la noche de inmediato por uno o más internos al cuarto para darle la vuelta para ver si se aflojaba. Esto ocasionaba cierta tensión entre los internos, porque después de pasar en terapia unas dos semanas, todos se daban cuenta de que el sentido de estar ahí, era el de abrir la boca y soltar toda la mierda psicológica que llevaban encima, por lo que al botar sus fondos homosexuales no era nada grato después ser acosados como si fueran maricas en celo.

Un cuencano jovencito se empezó a fijar en la forma como razonaba Pulido y pronto se le despertó una pasión homosexual por él. Cada vez que Pulido estaba acostado o sentado en algún lugar, generalmente leyendo, venía el serranito y le ofrecía un caramelo, un cigarrillo o un chicle. Pulido no sabía cómo tomar estos ofrecimientos de amor. A pesar de haber sido tirado y de haber perdido su dignidad, Pulido, básicamente era un tipo heterosexual. Tal vez en lo más profundo de su ser sea bisexual, pero todas aquellas desviaciones eran la excepción y no la regla. El serranito era lindo y tenía el cuerpo en formación ya no era un niño, pero tampoco se había convertido en un hombre. En una ocasión Pulido no encontraba un cuarto vacío para leer, se acostó en el cuarto del serranito y coincidió que éste justo salía del baño y se mostraba todo seductor como una jovencita desnuda. Se apretaba la toalla justo debajo de las axilas y la toalla apretada y húmeda le daba a su cuerpo una silueta de mujer. Pulido sentía fuertes latidos en el corazón. Lo correcto era haberse levantado y escapar, pero interrumpió su lectura y se quedó ahí extasiado mirando por atrás el cuerpo del jovencito que exploraba algo en el closet del cuarto. Éste dejó caer la toalla y Pulido pudo ver y saborear sus bellos y jóvenes glúteos. Luego entró alguien haciendo bulla y el serranito recogió del suelo la toalla y siguió ensimismado en su rutina por elegir una ropa del closet.

Aquella noche Pulido no pudo dormir bien y empezaba a dudar seriamente de su cordura. Ya ni las revistas del Selecciones del Reader’s Digest le aliviaban la tensión. Cuando leía la Biblia, como un libro cualquiera, de principio a fin, le parecía que aquel libro sólo hablaba de sexo.

A veces Pulido era seleccionado por el tío Ray para acompañar a los chicos que iban al mercado a comprar los víveres. Pulido aprovechaba esas ocasiones para salir y disfrutar de la bella y fría ciudad de Cuenca. El mercado era un gran laberinto de pasajes, llenos de mercadería y toda clase de frutas y vegetales. Algunas de las serranitas, hijas de los tenderos, eran de una belleza casi anglosajona y Pulido aprovechaba el rápido momento en que estaban despachando la mercadería para mirarlas y saborearlas en toda su plenitud. Pulido se imaginaba rápidamente a la serranita en cuestión toda desnuda en la cama, reposando después de hacer el amor y esperando que Pulido le trajera el desayuno o el almuerzo a la cama. En algún momento dado Joey concibió la idea de quedarse a vivir en Cuenca trabajando como taxista y empezó a hablarle por teléfono a Penélope de que estaba yendo al sindicato de choferes del Azuay para tramitar una licencia de manejo profesional y la idea de que Penélope y los niños se fueran a vivir para allá.

En la última conversación telefónica que mantuvo con Penélope, ésta le dijo que Danni había contraído una hepatitis leve. Todo había ocurrido porque el padre de Pulido le daba de comer por las mañanas ostiones crudas al niño y esos moluscos eran demasiado fuertes para su pequeño organismo de ocho años. Pulido consiguió del tío Ray un permiso para viajar y de inmediato se fue a Salinas a resolver aquel asunto. Llegó justo cuando Danni se sentía mal y empezaba a orinar negro. Pronto el análisis de sangre reveló que el niño tenía hepatitis y fue sometido a medicación de inmediato con fuertes tratamientos de vitamina B.

Una vez resuelto ese problema Pulido regresó a Cuenca a proseguir su tratamiento. Pulido sólo visitó a su familia en los cumpleaños, en la navidad del año 1998 y en el fin de año.

El tiempo transcurría fría y lentamente en Cuenca. Ahora Pulido se le había encargado de sacar toda la basura de los cuartos, meterla en fundas y llenar el tanque que se depositaba afuera para su recolección. Esto incluía los tachos de basura de las dos chicas que estaban internadas. En sus tachos Pulido siempre encontraba toallas higiénicas embarradas de sangre de lo que menstruaban las chicas. Cuando ya tuvo el tiempo suficiente de internamiento y la confianza de su tío lo pusieron a dar terapia y en una ocasión que sacó al frente a una de las chicas para que desenrolle sus problemas ante los internos, fue interrumpido por un interno que lo solicitaba de emergencia, porque otro chico estaba siendo víctima de un ataque de depresión y se estaba amarrando un cable en el cuello para guindarse. Cuando resolvió el asunto y regresó a la sala de terapia, se encontró con la sorpresa de que la compañera se estaba quitando la ropa y ya casi desnuda era el deleite de sus compañeros de terapia que la miraban fijamente.

Otra de las chicas lo tenía metido a Pulido entre ceja y ceja, y siempre le separaba un plato de comida cuando las ocupaciones lo demoraban y llegaba tarde al almuerzo. Luego se jactaba de su dedicación, toda coqueta, y en señal de posesión de ser la guardiana del estómago de Pulido y daba a entender que tenía ciertos derechos sobre él. Su cuerpo blanco, grande y apetitoso poseía unos senos inmensos y su piel estaba llena de pecas, su cabellera rubia provocaba en Pulido verdaderas crisis de éxtasis cuando la miraba. Pero siempre sonaba un timbre de alerta en la cabeza de Pulido y su voluble conciencia le aconsejaba evitar enredos sentimentales, que podrían provocar el cierre de la Clínica. Pero el frío, la soledad y la promiscuidad intelectual, el arremolinamiento en el cerebro de Joey de tantas confesiones sexuales a veces lo alteraban, y al final, tuvo que pedirle al tío que lo lleve a LOS TANQUES, que era el sitió donde la gente se contactaba con las trabajadoras sexuales. Tanto jodió Pulido que finalmente le dieron permiso y se fue en compañía de Iván el celador de la Clínica. Cuando llegaron Pulido se encontró con un panorama completamente diferente a todo lo que había imaginado. Las chicas estaban tranquilamente sentadas esperando un cliente que las eligiera. Una de ellas se fijó en Pulido y le guiñaba el ojo a cada rato, en otras ocasiones le lanzaba sendos besos volados hasta que consiguió que Pulido la eligiera como amante. Pero la mala suerte lo tenía cogido de las pelotas a Pulido y los nervios volvieron a jugarle otra mala pasada. La picha de Pulido no se paraba por nada. Joey le rogaba a la serranita que le chupara la picha para que se la estimule y ella le insistía que eso le costaría más. Joey no sabía que Iván tenía más dinero y que tranquilamente le hubiera podido dar para solucionar el problema, pero nada pasó y Pulido dejó su dinero en la bolsa de la serrana por nada. Algunas putas eran expertas en ganarse la plata sin tener sexo y aprovechaban cualquier crisis de impotencia de sus clientes para castrarlo más con alguna burla, ataque de risa o algún acto de impaciencia que mandara al traste todo el deseo de satisfacción sexual.

Pulido comía mierda todas las mañanas porque alguien se tomaba la molestia en la madrugada de ir a tumbar el tanque y dejar regada toda la basura que pronto atraería las ratas.

Las dotes intelectuales de Pulido y el tiempo que llevaba internado pronto lo convirtieron en un serio candidato a terapeuta en la casa de reposo. Ahora tenía una responsabilidad intelectual que cumplir con aquellos internos. Así que los hacía leer despacio el manual de narcóticos anónimos y Pulido descubrió que muchos de ellos habían perdido la facultad de leer y de comprender lo que leían. Si no entendían el manual básico de los doce pasos y de las doce tradiciones, ¿qué esperanzas tenían esos chicos y viejos que se hallaban internados? La respuesta era ninguna. No tendrían ninguna esperanza para sobrevivir por mucho tiempo en el mundo. Pulido, pacientemente, como un profesor de escuela, los hacía leer de uno en uno, aquellas palabras de tranquilidad y resignación, de obediencia a las normas de convivencia, y de invitación a la prudencia. La labor era titánica. Muchos chicos estaban totalmente perdidos para siempre. Ni siquiera la terapia, llevada difícilmente con humor, conseguía sacarlos de su estado vegetal y de negación. En estos casos las excepciones eran un verdadero milagro. La negación de que ellos tenían un serio problema era un sentimiento sumamente fuerte, y la conciencia de que tenían que tomar la difícil decisión de cambiar completamente su modo de pensar, y toda su vida, era una idea tan lejana como el planeta Plutón.

En la hora previa al almuerzo, Pulido se pasaba en el comedor matando moscas a diestra y siniestra, y sentía verdadero alivio imaginando que de esa manera se recuperaba más porque estaba haciendo un servicio devocional a Krsna. Cuando de pronto vio a un compañero correr y saltar como si estuviera haciendo alguna acrobacia en patines. Una y otra vez, el interno corría de un extremo a otro del comedor, y ya en la mitad saltaba, y se daba una vuelta en el aire. Cuando Pulido conversó con él se enteró que en su juventud había sido un campeón de patinaje artístico sobre ruedas, pero que las pastillas lo habían enajenado como a Elvis Presley en su servicio militar en Alemania, y pronto toda su vida se había convertido en un desastre. Cuando estaba loco por las pepas iba hasta el almacén de telas de sus familiares y les arrojaba un puñado de centavos y pronto ellos llamaban a los médicos y a los terapistas para que lo cojan y lo internen de nuevo.

A veces se iba el agua en la ciudad y Pulido tenía que ir al río, coger agua con un balde y subir las escaleras hasta el tercer piso para echarla en los servicios repletos de mierda. Para Pulido el sólo aproximarse al agua helada del río le ocasionaba una interminable crisis de estornudos. Aquella agua era sucia, contaminada por desechos químicos y llena de toda clase de bichos. Otras veces tenía que interrumpir la terapia y salir a la ciudad bien abrigado en busca de un adicto que se estaba declarando loco con la esposa o con la familia. Las capturas siempre eran aparatosas y el futuro interno recibía una buena golpiza hasta lograr someterlo y de ahí se lo llevaban unas veces esposado hasta la Clínica para procesarlo, abrirle un expediente e internarlo por tres meses.

Las sesiones con el psicólogo eran interesantes. Tal vez el trabajo de los psicólogos y de los médicos era dar esperanzas a sus pacientes. El psicólogo le decía a Pulido que se tenía que preparar en el futuro para grandes retos intelectuales y que su inteligencia estaba destinada para el beneficio de la humanidad. En cambio uno de los terapistas le decía que se olvidara de la familia y que se venga a vivir a Cuenca, que acá le esperaba un nuevo comienzo, una nueva familia, y Pulido sufría con resignación el repudio que estos razonamientos le causaban. Él ya tenía una familia y algún día la recuperaría, así tuviera que morir en la lucha.

Pronto la crisis económica ecuatoriana del 98-99 llegó a la Clínica y las personas que alquilaban el edificio al tío de Pulido, querían que se marchara. Entonces Pulido se dio cuenta que nunca lograría trabajar como terapista de drogadictos en Cuenca. Habló con el tío Ray y le dijo que le agradecía el año que lo tuvo refugiado, pero que para él era el momento de regresar al hogar.

Una vez más Pulido se hallaba sin nada que hacer, después de hacer su maleta y de guardar sus pocos libros que había llevado, fue acompañado por su tío a la terminal y pronto se encontraba de regreso en el hogar. El camino de regreso se le hizo a Pulido interminable, la carretera estaba siendo sometida a arreglos interminables y el carro que traía a Pulido de regreso al hogar tuvo que meterse por un camino viejo, en desuso y angosto. Pulido salió de Cuenca justo en el momento en que llegaba la temporada de invierno helado, cuando por las noches llovían pequeñas bolitas de granizo.

Cuando llegó a Salinas volvió a subir por aquella conocida loma de toda la vida, volvió a ver los mismos rostros desesperados de sus vecinos, metió la llave en la cerradura, abrió la puerta y se encontró con la imagen de sus padres, su esposa Penélope y sus dos hijos en trajes de baño, que lo habían estado esperando tanto tiempo. Entonces Pulido les preguntó:



- ¿Qué hacen?, ¿a dónde van?



Y como respuesta le dijeron:



- Cámbiate pronto que llegarás tarde a la playa.






FIN



sábado, 10 de noviembre de 2012

Una trilogía de carne y tragedia


Inivitación a la presentación en la Feria Internacional del libro, Quito 2012.

Trilogía de la carne (Mar Abierto 2012) es la reunión de tres trabajos: Club de los premuertos (Mar Abierto, 2006) Bloody city (Marfuz ediciones, 2009) y Legado de carne (poemairo inédito que acompaña a los anteriores).

Dentro del proceso de edición, el editor, creyó conveniente juntar estos tres poemarios por su nexo con la carne y la soledad, con su enfurecida visión urbana donde la muerte es un pretexto de sobrevivencia.

Contrariamente a lo que muchos creen, en este libro sí hay amor: uno enfermo, uno herido, uno colérico, uno que se ha podrido en su intento de felicidad. Un amor que se ama a sí mismo con la fuerza de la individualidad más aborrecible. Esto es Trilogía... esta es su esencia.




El libro ha tenido la dicha de moverse dentro de una distribución subterránea (recién algunas librerías lo han acogido) donde lectores más cercanos al rock y metal han hallado una especie de espejo sangriento de sus ciudades. Eso es este Trilogía... pero también el testimonio solitario de un cuerpo que recorre vorazmente cada esquina, cada callejón, cada departamento de una urbe (multiplicada) que finalmente lo ignora.

El jueves 15 de noviembre, en la sala Nela Martínez (Centro de Exposiciones Quito) dentro del marco de la Feria Internacional del libro, se presentará. Sin show tétrico, sin sangre, sin desesperación...o quizás sí. Ven y descúbrelo: 11 de la mañana.   

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 4)


En una ocasión un serrano que le tenía hambre a Pulido y que le quería meter la picha en la nalga, le inspeccionó el trabajo de trapear la escalera y encontró una falla – un poco de tierra escondida detrás de la escalera-, y entró al cuarto de terapia donde estaba Pulido para sacarlo a que repita el trabajo de trapear las escaleras.

En las noches siempre lo rondaba a Pulido y se le acercaba cuando estaba arrecho y con el penezote grandote y le hablaba a Pulido al oído como si fuera su mujer y le decía.



- ¡Vamos monito, vamos a mi cuarto que te quiero dar un regalito!, ¡vamos no seas malo que yo me porto bien contigo!, ¡vamos monito que quiero que me mames la picha!



Y luego le decía:



- Mírame el huevo, que lo tengo grandote, vamos de una, monito, para que me arregles el día. Yo te escupo bien en la nalga para que no te duela cuando te penetre.



Y luego lo abrazaba por el cuello y se lo llevaba a pasear como si fueran enamorados. Luego cuando pasaron por el cuarto el serrano lo empujó adentro a Pulido en la cama, cerró con llave y se bajó los pantalones.

Pulido nunca había visto un falo tan enorme sin circuncidar y goteando semen. Pulido se tapó los ojos mientras el serrano lo desvestía y lo volteaba para que su nalga recibiera el alegre peso de sus cojones. Había pasado mucho tiempo que el serrano no descargaba el peso de su semen en el culo de un hombre.

Pulido sentía un dolor tremendo, tremendo, como si los tejidos de su ano estuvieran a punto de reventar. De pronto sintió ganas de hacer caca. Eran unas ganas intensas de evacuar y hacer caca. Entonces empezó a pujar como mujer pariendo y pujaba y pujaba hasta sentir que la mierda se desprendía de sus intestinos. ¡Y entonces Pulido fue feliz! Sintió un verdadero orgasmo y hasta se deslechó un poco.

Al final el serrano se quedó desmayado sobre el cuerpo cagado de Pulido. Pulido ya muy tarde se lo quitó de encima y se percató que tenía el ano empapado en semen y mierda. De inmediato se fue al baño y vomitó por el culo todo el aborto de semen que tenía en los intestinos. La leche del serrano le había penetrado hasta lo más recóndito de sus entrañas y lo había hecho sentir mujer. Había perdido su dignidad pero de alguna manera la volvería a recuperar. Ahora ningún acto en la vida tenía la fuerza de perturbar más a Pulido. En el tiempo que estuvo en la Clínica, Pulido siguió escribiendo, pero ahora se dedicaba a la poesía. Y mandó por correo certificado dos volúmenes de trescientas cartas de poesía a una revista semi porno de Quito llamada Mango.

Pulido se percató que ese baño no era limpio como el suyo y se limpió con papel higiénico mojado toda la leche que le salía por el culo.

Luego bajó las escaleras y salió al patio donde se celebraba un juego de voley. Los juegos de voley eran entretenidos y hacían que Pulido bajara de peso y sacara físico. Pulido se sentó y se dejó llevar por el partido. Pronto caería la noche. El viento ya traía el frío serrano del páramo. Para pulido Cuenca era como estar en un país satélite tras la cortina de hierro. Su gente pedía ser amada a gritos y había un cuencano que le cogió afecto a Pulido como si de su yerno o sobrino se tratara. Lo llevaba a comer pizza y a conversar. En la Clínica se pusieron de acuerdo en que Pulido podía funcionar como guía y vigilante de este tipo para que lo acompañe a pagar unos impuestos municipales y a la casa para que visite y converse con su mujer. Pulido caminaba sobre las calles de Cuenca y soñaba con quedarse a vivir allí o traerse a su familia a vivir allá. Sí, Pulido pensaba en esas horas en su esposa y sus dos hijos. En el libro de recuperación que utilizaba había colocado una foto en la portada en la que aparecía Pulido, su esposa y sus dos hijos en el patio de la casa, y Pulido sentado en la hamaca. Esos eran aquellos momentos en que Pulido, deprimido, sólo pensaba en el suicidio. En la foto había aparecido con los ojos trastornados. El destino final de esa foto fue quedar guardada en los archivos del colegio de Danni. En el colegio le pedían una foto familiar y esa era la única que tenían. Su esposa Penélope le reprochaba el que haya entregado esa foto donde se los retrataba con ropa de casa y de una manera más bien informal y despreocupada.

Los días pasaban y Pulido conocía a nuevos internos que llegaban. Unos llegaban escoltados por sus familiares y tarde o temprano se resistían al encierro como un niño cuando se lo lleva al médico o a la enfermera para que le pinchen una inyección. Se ponían a hablar por teléfono horas y horas, lo mismo que hizo Pulido, y luego con la cara blanca por el desfallecimiento, se resignaban a dejarse llevar y ser vapuleados por todo el mundo. En aquella casa de locos no había respeto por nadie. Otros llegaban inconscientes y hasta cagados y era un espectáculo tierno ver cómo Geovanny se encargaba de los nuevos y los limpiaba sin dar muestras del menor signo de asco o repugnancia. Este Geovanny era un caso de locura positiva, porque era el más antiguo en la clínica y no quería salir de ahí para nada. Simplemente se había institucionalizado. Cuando se chiflaba se ponía a dar volteretas para atrás en el tercer piso, en el comedor de la cocina y se escuchaba un tremendo escándalo cuando después del salto golpeaba con los pies el suelo de la Clínica.

En una ocasión mientras el famoso Robert Taylor estaba dando terapia, se tuvo que interrumpir con asombro, y mandar a alguien a ver qué diablos estaba pasando arriba porque cada vez que tomaba la palabra se escuchaba un tremendo golpe en el piso de la cocina y de lo que se trataba era de que a Geovanny le había entrado la chifladura y se ponía a saltar para atrás y saltar y saltar hasta quedar completamente agotado.

En una ocasión le dieron permiso a Pulido y a otro chico para salir a divertirse y pronto su compañero cuencano Phillipe lo llevó a conocer unas amigas y se fueron hasta el mirador del Turi, deambularon por aquel mirador que en algunas partes se encontraba repleto de basura y de ahí para abajo, hasta estacionarse en un seno del río y se pusieron a conversar. Pulido estuvo aburridísimo porque todo el tiempo fingía ser un muchacho libre, temporalmente perturbado, que tenía un gran futuro por delante, pero la realidad era otra. En la mente de Joey danzaba la preocupación por su esposa y sus hijos y sobre todo por su futuro, ese no where que siempre lo perdería para cualquier causa que se propusiera conquistar. La juventud de aquellas cuencanas era inocente, invitaba a amar y a olvidar, a buscar un nuevo comienzo con nuevas esperanzas, pero Joey estaba atado con fuertes cadenas de amor filial y aquella tarde se sentía un hombre maduro, incapaz de ilusionar y engañar a nadie más, ni siquiera con un suave y casto beso en los labios.

En las noches siempre se alteraba la paz de la Clínica cuando un interno se sentía mal como si le fuera a dar un ataque epiléptico y se quisiera suicidar. El encierro y el síndrome de abstinencia de la droga eran algo fuerte, como los ataques de delirium tremens, que les daba a los borrachos. Había que agarrar entre tres al loco que se quería lanzar balcón abajo con tal de escapar al encierro. O se trataban de escapar por un tubo que daba a la parte central del edificio y se iban haciendo mierda la ropa y la piel con el alambre de púas, que habían colocado alrededor del tubo y luego eran aparados por los demás internos que ya lo estaban esperando abajo. Luego había que curar las heridas con alcohol, mertiolate y sulfa de los que se abrían la piel con tijeras o guilletes.

Muchas veces Pulido era buscado por los demás internos para auxiliar a algún interno que estaba pasando por un difícil momento de depresión, angustia y que se quería suicidar. Pulido, experto en el tema, se acercaba con cuidado al muchacho y le empezaba a hablar al oído, despacio, sobre todas las cosas que el interno necesitaba saber, todos los trucos necesarios para poder sobrevivir a la angustia y a la depresión que producen el encierro. Pulido no se cansaba de hablar y de razonar sobre esta maldita sensación temporal de depresión que en realidad ocultaba el síndrome de abstinencia a las drogas. Claro que el encierro también era un asunto perturbador, pero la ciencia estaba en pañales en cuestiones de rehabilitación de adictos y de personas que sufrían trastornos de conducta y el encierro era lo único que se recomendaba. Encierro y terapia. La otra alternativa era el hospital psiquiátrico y la medicación que volvía a la persona un verdadero vegetal.

jueves, 8 de noviembre de 2012

Guía de supervivencia para un eventual apocalipsis zombie



Y Rafael Méndez Meneses publicó su Guía de supervivencia para un eventual apocalipsis zombie (por lo menos en la web). Creo que fue el año pasado que leí su manuscrito. Genial, un trabajo que, en medio de tanto caos y terror posible, no pierde en ningún momento el humor negro con el que se avisora este futuro "tentativo". Recomendado.

Aquí el enlace del blog.

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 3)



Los internos escuchaban las charlas de motivación de los psicólogos y después era el turno de ellos de ir soltando la lengua para ir desenmarañando el ovillo de trastornos psicológicos que los había llevado al internamiento. El diálogo era pobre, reflejaba toda la mezquindad de un cerebro carcomido ya por el alcohol o por la droga. Muchas veces estos diálogos eran repetitivos, cobardes, llenos de escenas machistas de sexo, y algunas veces poseedores de una lógica inconexa, que pronto daba al traste con cualquier tipo de sentido que uno quisiera encontrarle al asunto. En medio de este panorama Pulido brillaba por la profundidad y la lógica de sus razonamientos que tampoco carecían de una vena de humor, claro, sin llegar a la burla maliciosa. Pulido estaba consciente de que se hallaba en una situación peligrosa. Todo el año que permaneció en aquel asilo tuvo que sacarle el cuerpo a la pastilla Sinogán y eso era un mérito. Su conducta fue tan ejemplar que pronto lo identificaron con el nombre de DISCIPLINA.

Todos los fines de semana la Clínica se convertía en una feria de felicidad. Los parientes que se mostraban interesados por sus familiares los iban a visitar y se producían escenas de lágrimas y esperanza. Los demás se concentraban en sendos partidos de voley y los internos jugaban incansablemente mientras Pulido les sintonizaba en la radio música de los 70’s como la del grupo LED ZEPELIN y todos los locos sentían las energías de aquellas melodías y jugaban con mayor energía bajo los acordes de Robert Plant:



- Shake for me, baby… I wanna be you macho men… Yeah…Ouuu…Yeah…Ouuu…



Cada vez que un adicto se abría en las terapias y confesaba un fondo psicológico dotado de suma gravedad, los demás adictos gritaban en coro:



- ¡ME IDENTIFICOOOO!



Para Pulido el más cuerdo de todos era el cuencano, peruano que siempre se presentaba a las terapias con un atuendo disparatado, ya se ponía un cintillo en la cabeza, ya una camisa sin mangas. Y las conversaciones que mantenía con él eran de lo más divertidas. El cuencano, peruano le contaba que el había sido vendedor de electrodomésticos y que era bueno en el negocio, pero siempre tenía guardado en un cajón de su escritorio una botella de alcohol. De esa manera, después de atender a un cliente, corría a su oficina, se encerraba con seguro, abría el cajón y se mandaba un pequeño sorbo para de ahí, correr a seguir atendiendo a otro cliente. El resultado de este accionar era que poco a poco se iba emborrachando y los tragos se hacían cada vez más largos y al final terminaba todo ebrio y se iba a su casa arrastrando los pies.

Cuando llegó el fin de semana le tocó a Pulido lavar su ropa. Había que aprovechar el sol fugaz de la bella y deslumbrante Cuenca. Al principio el tío le facilitó una barra de jabón y con eso Pulido aprendió a lavar su ropa de la misma manera que en la parrillada con el argentino había aprendido a cocinar arroz y a asar un pollo al limón o cuando en Casa Maspons, había aprendido de la manera más humillante, a trapear los pisos del almacén. Había que esperar turno con toda la ropa sucia metida en una funda y luego ponerse a remojar cada pieza y luego embadunarla de espuma con el jabón y toda la operación se realizaba bajo los acordes de la música de NIRVANA y Pulido sentía verdadera buena vibra y lavaba y lavaba y restregaba y restregaba hasta botar todo el estrés que producía el encierro y hasta dejar toda la ropa limpia.

Cuando terminaban las faenas de lavandería de la ropa, había que limpiar los servicios higiénicos del cuarto donde uno se hospedaba. Pulido en eso mostraba la higiene de un monje krsna, y usaba una buena cantidad de cloro para dejar bien desinfectado la tasa donde todos los cuatro ocupantes del cuarto colocaban sus nalgas para evacuar. Incluso mientras limpiaba los servicios se ponía a cantar los santos nombres del Señor:



Hare Krsna Hare Krsna

Krsna Krsna Hare Hare

Hare Rama Hare Rama

Rama Rama Hare Hare



Muchas veces la cocina se llenaba de moscas y Pulido, completamente lunático se ponía a matar moscas. Primero se hacía de un matamoscas y luego empezaba a exterminar las moscas pegadas en el vidrio de la ventana. Esa actividad acompañada de buena música del grupo AMERICA de los 70’s era la distracción favorita de Pulido.

¡Qué lejos estaba el mundo de las preocupaciones y los desasosiegos!

Imaginaba que las moscas eran enemigos de otro planeta que había que eliminar para preservar la supervivencia de la raza humana.

Ahora Pulido vivía en un mundo de fantasía donde los límites de su cerebro habían desaparecido. Había llegado a comprender todo y luego se había vuelto loco. Su amigo el cocinero estaba sentado en la mesa de la cocina y mientras se despachaba un arroz con pollo, guardado de la noche anterior, observaba a Pulido en su aerobic asesino de moscas.



- Eres una causa perdida Pulido- le decía el cocinero con la boca llena-. Eres una causa perdida como todos nosotros.



Las terapias en la noche, antes de acostarse a dormir, era lo más agotador porque en ella se realizaban ejercicios de destreza física y mental. Unos ya eran de lo más ridículos, que los internos parecían niños de jardín de infante. Como el juego de la sillita y otros así por el estilo.

Pero había que someterse a todo sin chistar porque la sombra de la amenaza de la pastilla sinogán era latente.

En aquella casa de locos nadie controlaba sus emociones sino era a la fuerza. La amenaza de suicidio, violación y muerte estaba en el rostro de cada uno de los internos. Todos los días Pulido amanecía con el temor de abrir una puerta y encontrar a un loco que se había guindado del cuello. Era mejor tratar de pasar desapercibido y silencioso. Había que estar ocupado haciendo algo.

Pronto lo pusieron a Pulido a trapear toda la escalera del edificio de tres pisos. Ese trabajo era un sacadero de chucha tremendo. Peldaño por peldaño había que trapear la escalera de cabo a rabo.

III Encuentro nacional de talleres, colectivos y grupos literarios Gustavo Garzón Guzmán


Un abrazo fraternal a todos los amigos y amigas que estarán del 11 al 14 de noviembre en Manta.



jueves, 1 de noviembre de 2012

The irish people o desesperados (capítulo 3, parte 2)





La vida de interno en la Clínica, dentro del segundo piso, era austera y disciplinada. Todos vivían bajo el lema de que el que se resiente pierde. De vez en cuando sazonada con la escena aberrante de algún interno, que en medio de la noche gritaba y aullaba porque había perdido el control y no soportaba más el encierro.
Todos se levantaban a las siete de la mañana y se duchaban con agua caliente hasta las ocho, desayunaban un vaso de avena o de colada, un pedazo de pan y si tenías suerte o dinero, te podías comprar un huevo para que te lo sirvan frito, revuelto o duro.
El cocinero era un tipo encantador que preparaba unas sopas de verduras deliciosas e incomparables. No era muy alto, pero sí rechoncho, siempre usaba una camiseta que tenía pintado el siguiente mensaje: “DIOS ES CARIDAD”, usaba lentes transparentes, hablaba poco, pero lo que decía era interesante, leía mucho sobre la NASA, y se fijaba en Pulido a cada rato. Siempre había una sonrisa de comprensión, solidaridad, un detalle de gentileza para el pobre mono, maniático y suicida. Después de desayunar, el cocinero le mostró a Pulido un calendario que mostraba una foto con unas huellas en la arena y un pensamiento sobre Dios, cuyo mensaje más o menos decía, que cuando ya tus fuerzas te abandonaban, era Dios quien te cargaba durante el camino. Pulido volvió a rechazar a Dios, y aquellos pensamientos a Pulido se le antojaron sensibleros y que, lo que en realidad ocultaban, era la tiranía, la confusión, una especie de anarquía ignorante y el despotismo de un Dios, que al haber creado al mundo y al hombre se había olvidado del verdadero libre albedrío, había demostrado ser una deidad totalitaria, llena de errores e incompetente. No había espacio para Dios en el corazón de Pulido así como Stephen Hawking afirmaba con sus cálculos astrofísicos, que no había espacio para Dios en el Universo.
Luego vino la terapia junto con los demás internos. Poco a poco Pulido se iba sumergiendo en las diferentes anomalías mentales de sus compañeros de internamiento. Unos habían demostrado durante toda su vida una patología por el alcohol; otros se masturbaban pensando en su madre o en sus hermanas; los había aquellos que verdaderamente eran un caso de inadaptación desequilibrante; otros estaban viejos y consumidos por el aislamiento, el vicio y la incomunicación de sus familiares; y estaban los que consumían todo tipo de drogas y tenían el cerebro completamente tostado.
También estaban las visitas al psicólogo. Éste profesional lo interrogaba a Pulido sobre todos los aspectos previos de su vida antes del internamiento, y Pulido sentía frío, pero se entregaba completamente en las manos del doctor, y hablaba, confesaba haber vivido, haber sido seducido por una anarquía completamente atea, que al igual que a Federico Nietsche,  lo había llevado a una casa de recuperación donde se le iba a dar el último chance antes de ingresarlo en el psiquiátrico Lorenzo Ponce. Después de las terapias y de la cita con el psicólogo, Pulido subía al tercer piso para recibir el almuerzo, que invariablemente consistía en una sopa de verduras serranas, exquisita y caliente, un vaso de colada y un pan si es que tenías suerte o el dinero para comprarlo. Aquí conoció a un cuencano que había nacido en Perú, Pulido no sabía explicar este asunto de la doble nacionalidad de su amigo, pero con él tuvo una identificación inmediata porque a ambos les gustaba escuchar la música en inglés y en especial la música vieja de los 70’s y 80’s en inglés, que era la única y verdadera terapia que Pulido necesitaba.
El edificio de la Clínica, estaba ubicado lejos del ruido de la ciudad. Ese aislamiento era un tónico equilibrante para los nervios de Joey, pero el hecho de estar lejos de su familia lo empezaba a preocupar. Constantemente le preguntaba a Ray si estaba seguro de que su padre le iba a pasar el dinero necesario a Penélope para que no pase necesidad con los niños. E invariablemente recibía la respuesta afirmativa, que Joey terminó por aceptar como verdadera, para poder estar en paz.
Por las mañanas heladas, lo último que quería hacer Joey era salir al patio a trotar y a realizar ejercicios. Su tío Ray al principio lo disculpaba, pero pronto llegaría el día en que estaba obligado a sacar su cuerpo corrupto al frío para ponerlo en movimiento y hacer circular la sangre. Toda la terapia física estaba a cargo de un ex sargento que estaba tratando de superar un ligero descontrol de su mente producida por el alcohol. Él mismo contaba en las sesiones de terapia, que como militar en servicio activo, borracho, cometía toda clase de abusos de autoridad contra los conscriptos y los ponía a realizar ejercicios durante las noches heladas y en calzoncillos. Luego de ejecutada su confesión, se le veía con el rostro tembloroso lleno de lágrimas y de sincero arrepentimiento cristiano.
Mientras más pasaba el tiempo, más era el número de internos que iban llegando, ¡y cómo llegaban!; mientras que otros cumplían sus tres meses de internamiento y se preparaban para volver al mundo a enfrentar todos los desastres que habían provocado y dejado atrás. En esas ocasiones en la Clínica se organizaba una gran fiesta de despedida para desearle suerte al chico afortunado, que había cumplido su tiempo y que regresaba a la sociedad con toda una estructura de nuevas ideas para enfrentar su pasado, vivir su presente y transformar su futuro. Cualquiera que sea el resultado de ese accionar siempre podía regresar a la Clínica en busca de terapia, compañía o un ameno diálogo con el psicólogo.
Por las noches a los internos del tercer y segundo piso los encerraban con candado para que no intentaran bajar por las escaleras para escaparse o subir por las escaleras a la cocina. Aunque se había suscitado un caso en que un paciente interno se había lanzado por el balcón desde el tercer piso y se había roto el cuello y matado.
Estaba totalmente prohibido meter platos de comida en los cuartos. Toda falta disciplinaria era castigada, la primera vez, con la ingesta forzosa de una pastilla Sinogán, de efectos somníferos, que iba acompañada de una contra terapia o terapia de shock, que le prohibía al paciente abandonarse tranquilamente al sueño que producía el narcótico.  En otras palabras: tortura. Pero lo peor era cuando algún loco se declaraba en estado de rebeldía violenta y había que someterlo por la fuerza, porque entonces el psicólogo daba luz verde a los internos para que desplieguen toda la violencia reprimida y lo molieran a golpes y patadas en la cabeza, hasta que el interno descontrolado se rindiera y suplicara perdón.
Joey se ponía a conversar con los diferentes grupitos o mafias que los internos formaban. Pulido era como una especie de Gulliver que saltaba de una isla a otra de personas, y todos lo recibían con amabilidad y cortesía. Al principio. Después del almuerzo y de la terapia de la tarde, llegaba la noche y la cena, compuesta casi siempre de sopa de pollo, el mismo vaso de colada y la eterna posibilidad de acompañar el rancho con un mendrugo de pan. Terminada la cena los internos podían salir a la terraza, mirar el cielo nocturno tachonado de estrellas, respirar el viento helado de las montañas, todo surcado de vez en cuando por un meteorito, conversar sobre extraterrestres y fumarse un cigarrillo.
Había un interno, hijo de un alto oficial de la Fuerza Aérea, que afirmaba que los viajes a la luna se habían suspendido por las amenazas telepáticas, que los astronautas americanos habían recibido de los alienígenas. Que de manera invisible a nuestros sentidos vivían en aquel satélite. En otras ocasiones nos contaba cómo un ruso de apellido Notovitch había escrito un libro sobre su viaje al monasterio de HIMIS en el Tibet y su descubrimiento de que Jesús había estudiado allí en el período comprendido entre los doce hasta los treinta años.
En cambio el rechoncho, feliz y melenudo cocinero hablaba sobre unos cursos especializados en lenguas extranjeras, que utilizaban los de la NASA como método de aprendizaje, llamado la himnopedia o aprendizaje a través del sueño. Al tipo, estudiante en cuestión, antes de dormir, le colocaban unos audífonos y le hacían escuchar un casete reprogramable, que duraba todas las ocho horas del sueño para que el nuevo conocimiento se le quede grabado en el subconsciente.
Una noche en especial, todos los locos internos se arremolinaron en un cuarto, cuya ventana daba a una colina negra por la noche, y supuestamente, todos fueron testigos del aterrizaje y desembarco de unas luces que provenían de otra galaxia. Aquello fue para Pulido sumergirse en una divertida histeria colectiva y el asunto le hacía una gracia purificadora, aquellas carcajadas lo reconciliaban con él mismo y lo acercaban más a la cordura, Pulido volvía a sentirse vivo después de llorar a lágrima viva de la risa.
Ya para el segundo día de terapia le dijeron a Pulido que se cambiara de pantalón y que si no tenía otro que lo lavara en la terraza porque el que cargaba ya caminaba solo.  Pulido comprendió el mensaje. El loco era él y tenía que obedecer en todo el asunto referente a la limpieza. Había que cambiarse de medias, lavarse los dientes, ponerse desodorante, bañarse bien y peinarse bien. En definitiva había que lucir bien y no oler mal. Pero había algunos internos que por su aspecto eran de preocupación y cuidado. Parecían viejos vagabundos recogidos de la calle. Los había los que la ropa ya le salía moho. En una ocasión llegó un interno con una hediondez en la boca que simplemente era inaguantable dormir en el mismo cuarto que ese sujeto, el hedor te ahogaba. Pronto todos dejaban escapar su mente y pensar en cosas como el sexo, la bohemia y la caminata alcohólica o drogada por las calles, con hambre y rebuscando por ahí a ver qué se hace. El daño psicológico era general y todos caminaban de un lado a otro con los ojos desenfocados y tristes, a veces en silencio, otras veces dejándose llevar por tics nerviosos y moviendo locamente la cabeza, otros aullando como perros alunados por las ventanas.