domingo, 16 de junio de 2013

La felicidad de Pulido (parte 3)




En aquel trabajo, Pulido duró poco tiempo, porque las máquinas sufrían continuamente toda clase de desperfectos- seguramente provocados por las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval-. Y el gordo no conseguía suficientes trabajos donde poder colocar las máquinas. En una ocasión le dijeron a Pulido que haga un inventario de la pequeña bodega y cuando Joey estuvo frente a frente de todo aquel armatoste lleno de grasa, donde tenía que registrar, pieza por pieza, todo el contenido, se le subió toda la nicotina de todos lo cigarrillos que se había fumado en su puta vida, y le empezó a dar un ataque de risa demencial, frenética, imparable. Eran oleadas de carcajadas y más carcajadas, que no tenían ni principio ni fin. Cuando finalmente se tranquilizó, empezó a realizar el inventario de la pequeña bodega, pieza por pieza. Cuando le contó a su esposa mormona lo que le había pasado, ella le preguntó que cuál había sido el motivo de semejante comportamiento y él le mintió. Le dijo que había recordado un episodio que le había pasado en Montañita. Pues, en una ocasión, Pulido se había quedado a vivir en Montañita tres meses, y, lógicamente, se había quedado sin dinero para la comida, así que, cuando iba de la punta al pueblo, muerto de hambre, a ver de dónde sacaba un plato de comida, se encontró con unos amigos que le dijeron que no caminara más y que se metiera en una casa de caña a esperar, que ellos le traerían un plato de suculenta comida. Las horas de oscura espera, en aquella covacha de caña eran interminables, y Pulido, que le tenía miedo a la oscuridad, sentía como millones de espíritus, ¿almas en pena?, se le abalanzaban sobre el rostro y hasta sentía que se lo querían llevar en peso, pero Joey estaba tan desfalleciente por la hambruna que no oponía resistencia a nada. Cuando, finalmente, llegaron sus amigos pudo devorar unos trozos de algo que le parecía fritada, pero que al saborearla le parecía también una mezcla de carne de vaca con carne de chancho. Cuando terminó de comer, apetitosamente, sus amigos le preguntaron si le había gustado y él respondió que sí. Entonces, ellos le dijeron que se había comido un zorro con un tremendo rabazo.
Eso fue, lo que Pulido le dijo a Penélope, que era el motivo de la risa demencial, que le había atacado en el Puerto, pero todo era un cuento porque Pulido, en realidad, no sabía de qué se había reído ni la causa que lo había motivado.
Por las noches, Pulido trabajaba incansablemente tipeando en su máquina de escribir mientras escuchaba la canción titulada: BYE BYE SUPERMAN, del grupo electrónico GEYSTER. Le daba los últimos toques a su manuscrito titulado: LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA, que contenía dos capítulos, el uno era: TODOS LOS HOMBRES DE LA INDEPENDENCIA DE LA PROVINCIA DEL GUAYAS.
Y al mismo tiempo empezaba un manuscrito, que sería el segundo capítulo de LA RESPONSABILIDAD POLÍTICA, titulado: SOBRE LA LEGALIZACIÓN DE LA POLIGAMIA, capítulo que estaba dedicada a Soraya, princesa de Irán. Mujer iraní, cuya existencia, por su educación europea, estaba dividida entre la cultura occidental y la oriental. Y que a pesar de ser el gran amor del Sha de Irán, Mohamed Reza Palevi, tuvo que divorciarse del gran emperador persa de extremo Oriente por no poder darle descendencia.
Aquel capítulo comenzaba con un liminar del profesor Saul Bellow que hablaba sobre la naturaleza:

Buen trecho nos lleva a algunos a averiguar qué implica el ser hechura y parte de la naturaleza. El tiempo que demora esto dependerá de la presteza con que se disuelva el resguardo social en cada caso. Mas, no bien se ha disuelto ese néctar, muy otro resulta el temple de las cosas, lo cual nos llena los ojos de estupor y lágrimas. La novedad radica en que, aun si te has elevado sobre las arenas de la existencia, estás pronto a caer.

Pulido afirmaba en este escrito, que la naturaleza humana era la fuerza fundamental que gobernaba al hombre moderno, muy por encima de la razón, la moral o el sentido común, y que el sistema capitalista de la mano invisible de Adam Smith, con su filosofía de alta competitividad y de supervivencia del más apto, propiciaba estas condiciones, donde el hombre moderno, como ejecutivo de una o varias empresas, se hallaba junto con su sexualidad y el estrés, completamente perdido, como los leones en medio de la jungla. Pulido proponía regular la necesidad del hombre-como la de los leones-, de introducir su semilla en diferentes mujeres y evitar la plaga de los divorcios, que tanto daño le hacían a las familias con hijos menores de edad o a las mujeres que eran repudiadas por sus maridos por no poder darles descendencia. Para Pulido, el estrés era el promotor principal de la voluptuosidad y la lujuria, y el sexo era la gratificación, que la naturaleza le daba al macho o hembra dominante,  por la realización exitosa de un negocio. Pulido explicaba de esta manera la razón por la que había tantos MANAGERS que se divorciaban de su esposa para casarse con su secretaria. También afirmaba que las mujeres que sufrían de infertilidad no tenían que ser repudiadas por sus esposos porque la legalización de la poligamia arreglaría el asunto e incluso facilitaría las cosas a las madres que alquilaban su vientre para ayudar a tener prole a las familias devastadas por trágicos cuadros clínicos de infertilidad femenina. Aunque a Pulido le quedaba por resolver el ambiente de competitividad que experimentarían las esposas por obtener los favores de su esposo y los celos que le quitarían la necesaria estabilidad a la familia.



Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)


martes, 11 de junio de 2013

Mi afición por la literatura de terror




Todas las veces que alguien me ha preguntado mis preferencias literarias no he podido ocultar mi afición por el terror y el horror (mi biblioteca habla de ello). Las historias espeluznantes, grotescas, con personajes macabros, con desenlaces inesperados. Sí, la literatura de terror ha sido esa fuente oscura de la que me he amamantado por años. Gracias a la cual he podido alimentar una poesía que avanza por una senda violenta (y unos relatos que siguen puliéndose en la clandestinidad), donde sus personajes-verdugos buscan con insistencia acabarse y acabar con los demás.

Digamos que Stephen King fue el primero que apareció en mi camino, no desde la literatura, sino desde las adaptaciones de su obra para la televisión y el cine. Muchas de sus historias las reconozco desde ahí. Luego vendría un encuentro más íntimo mediante sus novelas y cuentos. Y aún continúo acercándome a su abundante obra.

Pero no quiero hablar de este lugar común llamado Stephen King, sino de otro autor que ha continuado el legado, su hijo: Joe Hill (1972, Estados Unidos), un autor que en solo tres libros (dos novelas y una colección de cuentos) ya ha demostrado que en la literatura de terror no estaba escrito todo, que aún faltaban personajes e historias configuradas desde la modernidad.

Hill, se ha alimentado de la obra de su padre, pero también de los maestros del terror contemporáneo encabezados por Richard Matheson (Soy leyenda, entre sus novelas más populares). Desde su irrupción con “Fantasmas” (2005, Punto de lectura) ya configura un universo que gira en torno a personajes cotidianos, donde el terror no recae en la cantidad de sangre, ni vísceras que puedan aparecer en el desarrollo de la trama, sino en los conflictos de los personajes, donde radican los traumas infantiles, donde las decepciones del día a día delatan situaciones terroríficas más abrumantes y creíbles. Si logran dar con el libro vayan directo a El mejor cuento de terror, Un fantasma del siglo XX, Hijos de Abraham, Último aliento, El desayuno de la bruja y Reclusión voluntaria, en estos cuentos está lo mejor de esta obra.



Con “El traje del muerto” (2007, Suma de letras) aparece un personaje atípico: una estrella de rock que compra un auténtico traje de muerto, sin saber que este traje y su venta es la trampa inicial para una persecución fantasmagórica cuyo propósito es su acabose. Una historia que atrapa desde sus primeras páginas pero que flaquea en un final con sobrevivientes y sonrisas. 

Sin embargo en “Cuernos” (2010, Suma de letras) su segunda novela, Hill deja a un lado cualquier sentimentalismo desarrollado hacia sus personajes y los vuelve carne de cañón, los va deteriorando tanto física como emocionalmente hasta enfrentarlos unos a otros. El crecimiento de unos cuernos, el poder de la manipulación, el conocer los secretos de los demás, el buscar venganza ante el asesinato de una novia, reconocer en su mejor amigo al traidor, marcan al personaje protagonista. Una novela donde el autor supera sus propias expectativas como escritor.

A Hill, hasta ahora, no le han interesado los vampiros ni los zombis, buena señal de que no se ha vendido a los intereses de la industria editorial de masas, de que sigue aferrado a sus personajes arcanos y sombríos, que no se encuentran en sótanos ni cuevas, sino en la casa de alado, que representan al vecino silencioso, otras veces a la hiperactiva ama de casa que en sus momentos más íntimos planea cambiarle con unas tijeras el rostro triste de su perro, luego hacer lo mismo con su esposo, hijos y amigas.

Así que todas las veces que alguien me vuelva a preguntar mis preferencias literarias, ya saben qué diré, sobre qué hablaré: de las historias espeluznantes, grotescas, con personajes macabros, con desenlaces inesperados...

Por lo pronto vuelvo a dejar los libros de Hill en la estantería y me alisto a dar un recorrido por la ciudad, donde un terror local y cada vez más increíble bulle, se respira, se estampa desde sus espacios visibles y ocultos. Donde el horror va creciendo como mancha que luego se leerá, verá, chateará. Que la oscuridad nos “inspire”.  
 




viernes, 7 de junio de 2013

La felicidad de Pulido (parte 2)









De entrada, su presencia fue mal vista por Pescadito, el gordo jefe de operadores de los montacargas. Este gordo poseía un alto sentido de malsana competitividad y veía en Pulido a un vago, aniñado, que lo habían contratado para sustituirlo. Pero no le decía nada de esto a Pulido sino que lo trataba con gran sarcasmo y lo llamaba:

-         A ver, MI JEFE, venga por aquí...y vaya a comprar esta manguera hidráulica que la necesitamos urgente. A ver, MI JEFE, venga por acá...y vaya a cambiar estos cheques, que necesitamos efectivo para comprar combustible.
Y luego, Pescadito le contaba su gran proyecto, de instalar un gran y lujoso bar de streap tease en el Puerto, para la diversión de los tripulantes. Incluso ya tenía comprado el aire acondicionado industrial, las luces de colores, el gas de fantasía, los servicios higiénicos, las botellas de whisky, los muebles, toda la música electrónica, el contrato con teve cable y las chicas listas y dispuestas para trabajar. Sólo faltaba hablar con el gran capo del Puerto, Lucky Gutiérrez, un pez gordo calibre 38, para que le dé el permiso correspondiente y le alquilase un local dentro del Puerto. El bar se llamaría ANITA y sería la sensación de los tripulantes extranjeros.
En todo el tiempo que Pulido llevaba de vida, ya había desarrollado una gran superioridad intelectual y moral, y veía todo este voudevil con gran calma. No se trataba de que era un cobarde, sino que toda la miseria y la mezquindad humana la comprendía y todo le valía un pito. Además, cuando se tiene tanta mala suerte como Pulido, ya todo se lo toma uno con mayor resignación. Además había publicado un libro que se había vendido con un gigantesco éxito y él estaba tranquilo, porque después de treinta años de desesperación ya había pasado a la historia de la literatura política guayaquileña.
Un amigo, Rafael, le organizó en la Alianza Francesa, un recital poético y Pulido acudió, entre otros poetas para declamar sus tres piezas. Cuando a Joey le tocó su turno declamó un tremendo poema que dejó asustado a medio público y a algunas mujeres silenciosamente escandalizadas. El poema se titulaba VERÓNICA y decía así:

Aquella noche no esperaba
Encontrar el amor
El dolor en las tripas era insoportable
Luchaba contra la tiranía de Dios
En medio de las dunas y de las olas
Apareciste con tu sonrisa
Me saludaste
Te acompañé y te pedí compañía
No te pareció mala la idea de ganarte
Un billete de diez dólares en medio de la noche
Temías encontrarte con tu hermano
Me preguntas que quién soy:
Aquella noche podía ser Flaubert o Jack el destripador
Ciertamente no eres la Verónica de Cristo
Pero aquella noche me salvaste la vida
En el cuarto de al lado
Se escuchaba Holyanna, de TOTO
Chupé tus pezones y luego saboree el sudor de tus axilas
Cogiste mi pequeño pedazo de carne
Y te lo metiste
Acabamos juntos, pero
No sé dónde volverte a ver
Regresaste a la oscura noche preñada de dunas de arena  llevando mi semilla en tu vientre
Para nunca más volverte a ver

Cuando Pulido terminó de declamar aquel poema ya casi había terminado el recital y al fondo permanecía una señora de cincuenta años, que se ventaba desesperadamente por el calor que experimentaba. Al parecer era extranjera y parecía que de un momento a otro lo iba a abordar a Joey.
Pulido la observó un momento y se le empezó a acercar poco a poco y ella se venteaba con su abanico con mayor rapidez como deseando fervientemente aquel encuentro. De pronto apareció Helen, su vieja amiga escritora y periodista cultural y lo invitó a cenar al hotel Oro Verde.
Cada vez que Helen lo invitaba a comer a Pulido era a un restaurant lujoso, sólo para los súper ricos. Si no era al Club de la Unión era al PALACE o a cualquier otro lugar semejante. Y siempre lo interrogaba sobre los libros que estaba estudiando y sobre los libros que estaba escribiendo. En aquella época, su padre, antiguo archi millonario, estaba mal por el cáncer a los ganglios, batalla que estaba perdiendo poco a poco.
Ya por la mañana tenía que volver a enfrentarse a la pesadilla de trabajar como supervisor de montacargas en el Puerto. 


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)

(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)