jueves, 31 de enero de 2013

El plagio de un manuscrito

Roy.
  
Roy y Rory Jansen son escritores, están bloqueados, tienen problemas económicos y familiares, están perdiendo la fe en su escritura y la relación que últimamente han tenido con sus editores ha sido decepcionante: sus novelas no son lo que esperan y no están listas para el mercado literario que promueven. Sin embargo, ambos, han encontrado manuscritos ajenos, diferentes de su estilo, capaces de darles éxito, dinero y reconocimiento, y hacia ese oscuro dilema: de apropiarse o no de la obra ajena, van encaminadas sus vidas.



Escritores personajes 

Roy y Rory Jansen además de ser escritores, son personajes cinematográficos, el primero parte sustancial de “Conocerás al hombre de tus sueños” (Woody Allen, 2010) y el segundo protagonista de “El ladrón de palabras” (Brian Klugman y Lee Sternthal, 2012). Los dos lidian con el problema ético de asumir la autoría de una obra ajena, beneficiándose, alcanzando el éxito y regocijándose en su ego.



Por ello ¿qué hace un escritor ante un manuscrito que no le pertenece?, ¿cómo se asume la gloria a través de un trabajo escrito por otro?, ¿cuándo se reniega de la autoría falsa?, ¿cómo se vive sabiendo que el éxito no ha sido gracias a méritos propios sino hurtados?, ¿qué hacer si la mentira es descubierta, dónde queda la carrera tras el fraude?



Estos dos filmes no hacen más que enfocar un problema bien conocido dentro del ámbito literario: el plagio.



La tentación de un manuscrito ajeno

Se considera manuscrito al original de una obra -en este caso- literaria (poesía, relato, novela, teatro) o académica que permanece inédita (sin publicar). Este manuscrito es al que se aferran los escritores para dar a conocer su trabajo a un editor, quien regularmente los lee para encontrar obras que se ajusten a su línea editorial. Es una tarea compleja si se tiene en cuenta que dentro de nuestra sociedad la población de escritores (o quienes aseguran serlo) va en aumento, lo que deviene una sobreproducción de manuscritos invadiendo, cada vez con más prisa, los escritorios de editores.



Sin embargo ¿Qué ocurre cuando un autor que cree con obsesión y perfeccionamiento en su obra no se arriesga a presentar su manuscrito a un editor?, ¿qué sucede si este escritor muere y su manuscrito permanece inédito?, ¿qué pasaría si este manuscrito inédito estuviera bajo la custodia de otro escritor?



Una recomendación vital: no confiar jamás en otro escritor. La lucha de egos es abominable, porque cada uno desea ser el mejor, y en esta búsqueda implacable pocas veces importa la amistad. Importa, desde la lógica del éxito despiadado, ir sobre los demás. Que prevalezca el individualismo.



Por eso no olvidar que las ideas (embriones para una novela, un cuento o todo un poemario) son más valiosas de lo que se cree, compartirlas a colegas, a desconocidos, siempre será un riesgo.



Rory Jansen.



El rol implacable de un editor

Todo escritor debe tener un editor. Todo escritor que valore su obra debe contar con el apoyo y la logística de una editorial. Todo escritor que busque visibilizar su trabajo, que intente llegar a las perchas de las librerías, que pueda ser reseñado, que logre ser entrevistado por los medios de comunicación especializados, que pueda ser traducido a otro idioma y que venda sus derechos de autor a otras casas editoras, debe tener un agente literario.



Si se desea continuar escribiendo y publicando sin sello editorial se lo puede hacer, pero las posibilidades de que un autor pueda salir de su espacio geográfico (no basta el campo digital) serán mínimas. Ya que detrás de un escritor y su obra existe toda una maquinaria de promoción, que no solo le compete a una persona, sino a un equipo multidisciplinario.



¿Dónde encaja el tema del plagio? En todo, porque un editor debe estar siempre alerta ante cualquier copia posible de parte de las obras que vaya a editar, es una tarea difícil, sobre todo si se trata de un autor que recién inicia, pero en el caso de autores con obra publicada es más fácil de reconocer, puesto que cada autor posee un estilo, una marca personalizada que distingue su trabajo de otros. 



El ego ante todo

Roy y Rory Jansen son escritores mediocres, no han logrado exigirse la creación de una obra y contrariamente se han apoderado de la autoría de manuscritos ajenos. Ambos han decidido, con resignación y un poco de miedo, creerse los autores de textos que no les pertenecen. Ambos se han dejado cautivar por los elogios del editor, de la crítica, de sus parejas, de sus lectores. Ambos están dispuestos a todo con tal de seguir en el nivel que han alcanzado. Por eso jamás reconocerán, ante el público y los medios de comunicación, que son una farsa, que lo que ellos firman como suyo es de otros.



Y a pesar de todo esto ¿cuánto importa que una obra literaria sea plagiada?, ¿se justifica el plagio de una obra intelectual si logra ser del disfrute del público?, ¿si el plagio era inevitable existe la culpa impuesta?



Fuera de este texto, en la calle, encerrado en una habitación, sentado en una banca de parque, arrinconado en un bar, sonriendo en medio de una fiesta, está uno de los tantos escritores, escuchando, grabando cada pasaje ajeno, sirviéndose de las historias que se le ofrecen, atragantándose de aquella realidad, y también esperando que algún colega se descuide. ¿Quién lo culpará?.


miércoles, 30 de enero de 2013

El regreso de Pulido (parte 5)




Cuando llegaba por la mañana, lo primero que Pulido hacía era caminar hasta el hueco de un muro, que limitaba una invasión, caminar por un sendero de tierra, con ríos de aguas negras y nauseabundas, y desayunarse, a base de pan y cola, en una pequeña despensa, que regularmente era atendida por una joven pareja de pobres esposos. Ella lucía una barriga de preñez de seis meses y él era delgado, con aspecto de campesino emigrado a la ciudad. Tenían un hijo pequeño, que todavía no pronunciaba bien las palabras, y Pulido lo llamaba, exagerando el tono de voz:

-         ¡Hola CRIATUUUURAAA!

Y el pequeño que se endiablaba rápidamente le contestaba:

-         AAAATTTTUUUURRRA...

Todas las mañanas era la misma rutina, y tanto la madre como el padre, se divertían a mandíbula batiente, de la forma en que reaccionaba su pequeño hijo ante las provocaciones infantiles de Pulido.
Luego, asistía a la pequeña comedia, que el chofer ejecutaba al tratar de limpiar aquel grasoso y desastrado camioncito con unas gotas de agua y un trapo sucio. Aquel chofer siempre manejaba el camioncito con la misma prisa paranoica con que maneja el chofer de un blindado repleto de billetes.
De esa manera emprendían la larga jornada de trabajo. Había que pasar por una gasolinera, donde la compañía tenía crédito y comprar el diesel para el día. Aquí, regularmente se facturaba un poco más de lo que se entregaba y el despachador de combustible entregaba un suelto, en efectivo, que se utilizaba para invitar a todos los operadores de rompedoras a desayunar un rico encebollado. En el mundo de la construcción todos robaban con la facturación del combustible. Y lo mismo ocurría con el combustible de las obras públicas.
A veces, la compañía era contratada para demoler algún pedazo de obra, que había sido mal realizada, y los muchachos provistos de guantes y de tapones para los oídos, empezaban a ejecutar la tarea con el subsiguiente estruendo. Pulido aunque supervisaba de lejos y no usaba tapones, pronto se dio cuenta de la necesidad de usarlos porque se estaba quedando sordo.
En aquel trabajo, Pulido aprendió a manejar a grandes velocidades, porque su primo le dio la consigna de manejar una gran camioneta para transportar personal o hacer diferentes diligencias, y Joey manejaba aquella camioneta por las autopistas a unas velocidades inauditas. Pero la mala suerte lo tenía agarrado a Pulido de las pelotas, y como los tubos de las llantas, de aquella camioneta, eran viejos, constantemente se reventaban por el efecto de las armas secretas indetectables de P2 Inteligencia Naval, y Pulido tenía que informar por radio a su primo, que se había quedado botado, tubo abajo, en tal o cual lugar, y su primo furioso le decía:

-         Tienes mucha mala suerte...deberías hacerte una limpia, hacerte pasar un huevo o bañarte con azúcar.



Por: Sam Scholl
(narrador ecuatoriano)
(Fragmento de la novela Ineptitud que será publicada -como dos anteriores obras- por entregas semanales)



martes, 29 de enero de 2013

Cómo sobrevivir al trabajo editorial



Una editorial, vista desde afuera, puede ser el lugar más extraordinario y alucinante en el que muchos lectores, escritores, comunicadores (y sin duda otros profesionales) quisieran trabajar. Ser testigo de las obras desde su condición de inéditas, pasando por el proceso editorial correspondiente hasta su publicación y promoción. Conocer a los autores de reconocimiento nacional, estar en contacto con los nuevos valores literarios y académicos que van emergiendo. Todo, visto desde afuera, es ese paraíso que se busca con afán.

Pero lo que muchos desconocen es que más allá del reconocimiento en los créditos de cada obra, hay un complejo y dedicado trabajo, uno que demanda esfuerzo y sacrificio, uno que exige al límite, uno que no tolera errores en demasía, uno que persigue hasta después de las horas laborales.         

El asistente editorial puede con todo

Dentro de una editorial, del proceso que se dedica a cada libro, de las actividades programadas, el asistente es ese profesional que todo lo puede, está en su naturaleza, y si no lo puede lo debería poder. Su función está en desarrollar las disposiciones del editor, de constatar que todo el proceso relacionado al libro llegue a su término sin contratiempos.



El diagramador, un perdedor a tiempo completo

Dentro de la cadena de edición de un libro está el rol de diagramador, uno de los más importantes porque es quien trabaja con el contenido de la obra, y desde esta perspectiva la responsabilidad es mayor porque está en juego no solo el nombre del autor, sino el de la editorial. Una página incompleta, oraciones, párrafos, cuadros estadísticos ausentes, pueden significar un mal trabajo.

Sin embargo, la verdadera labor del diagramador es entender a cada uno de los distintos y siempre especiales autores. En esto consiste su naturaleza de perdedor, de hacedor y deshacedor de cuanto diagrama. De repetir una y las veces necesarias el trabajo que logra un final después de muchos intentos fallidos.

Y es un perdedor porque su condición está condicionada a las decisiones de un autor. Entonces las oraciones, párrafos y páginas se borran, se cambian, se modifican y cuando cree que debió dedicarse a otra profesión, finalmente se aprueba.



Del autor y sus obsesiones

No hay autor que no sea obsesivo con su trabajo. Existe desde el reiterativo (aquel de corrección constante) hasta el silencioso (que espera casi el final del proceso de edición para anunciar cambios). Todos ellos son el terror de un equipo editorial. Todos ellos han decidido publicar un libro, y desde este propósito todo es justificable.  

Es cierto, también están los del otro bando, los cancheros, los autores que conocen los procesos y pasos a seguir dentro de una editorial, de las facilidades que hay que ofrecer a quienes se encuentran en la tarea de darle forma y vida a su libro, los que han entendido que las mayúsculas, negrillas y subrayados en exceso no aportan al texto. Estos autores son el sueño de un equipo editorial, pero no solo de sueños vive un equipo editorial.






Del derecho autoral, ISBN e ISSN

Ya no queda duda: libro que no posea su respectivo registro en la Cámara del libro de cada país es un libro que no existe dentro de los registros nacionales de producción. Puesto que el ISBN y su respectivo código de barra no solo ayudan a una debida y masiva comercialización, sino que pone al autor dentro del mapa de autores de cada país, lo visibiliza, lo vuelve “escritor” dentro de los parámetros y las estadísticas.

Lo mismo ocurre con el registro en el Instituto de Propiedad Intelectual (IEPI). Si se trata de un autor que se respeta y respeta su creación registrará su trabajo, inédito, por publicarse o publicado. Todo en función de ser parte de un banco nacional de datos concerniente a la creación, tanto literaria como académica, tanto valorativa como descartable.  

¿Y qué pasa con el ISSN? Lo mismo que con los registros anteriores. Las publicaciones periódicas necesitan un registro para su existencia oficial, para desligarse de su condición fantasmagórica, para regirse a parámetros de calidad. El que una revista exista sin este registro no la desmerece, pero la vuelve menos asequible a fines específicos como una indexación.

Para todos estos tres registros persiste el mito de lo imposible. Lo que es mentira, porque tanto el autor-editor como el autor que posee el respaldo de un sello editorial pueden acceder y beneficiarse.



Redención

Una editorial, vista desde afuera, siempre será el lugar más extraordinario y alucinante, y aunque desde esta posición alarmista y levemente exagerada se asegure lo contrario, la verdad es que estar adentro, siendo un filtro ante otros, muchos, descuidos de quienes publican por publicar, es una experiencia que pocos pueden llegar a disfrutar.

Quien haya dicho que los masoquistas estaban en extinción se equivocaron, están ante uno. Uno que ama hacer libros, propios y ajenos, adsorbentes y aburridos, complejos y ligeros. Uno, de la camada invisible, de cada editorial.
(Conferencia leída el jueves 24 de enero de 2013, en el marco del II Seminario Internacional de Editoriales Universitarias)