miércoles, 25 de abril de 2018

Testigo del grito




Grito. La bruma del grito ahogándolo todo, reptando frente a nosotros, en un espejismo atragantado de nombres, formas y espacios. Un grito terrorífico, intensificado desde el rictus de los cuerpos que van, huyen, desorientados en la noche. Un grito rabioso y perturbado que con los minutos engorda mórbidamente. Un grito que va adhiriendo llanto. Un grito que arrincona por la búsqueda de otros.
El grito, cual parásito, se hospedó en mi esposa, mis hijos, mi madre, mi hermano. Una larva que desarrolló increíblemente, ensordeciendo desde la humedad de los ojos cada instante posterior. Nunca antes logró tanto poder en mi familia.
Un grito nocturno de sombras murmurantes, de espectros que se alimentan de un aura necra que eriza los recovecos del sosiego. En ese grito, en su torbellino imparable, vi las calles desprendidas de su asfalto, hogares erigiéndose palacios de ruina, contemplé, cautivo del horror, la danza frenética de un fragmento de ciudad.
Grito sin edad. Grito cicatriz. Una marca lleva su nombre, un signo con sangre envuelto en pistas fúnebres que duelen. En esta hecatombe lo primero que hice, fue recorrer el mapa de mis queridos, ir por cada uno de ellos y apaciguarlos. Ser el consuelo que retenía la intromisión del espanto.
Ciudad del grito. Parroquia del grito. Barrio del grito. Oscuridad arañada por las luces aceleradas de los autos. Todos son la bala en busca de un cuerpo al cual yacer. Viajo en una, y cada rostro, tras el volante, calca la misma arruga de una historia trágica. Ausencia descubierta, ausencia impuesta, ausencia decapitando la esperanza del mañana.
Pero hay algo en el grito, en su volumen ininterrumpido, omnipresente, imperante desde edificios, oficinas, hogares, que lo vuelve indestructible: su alianza, su pacto de rumba terrenal, donde el miedo aparece, renovado con las horas, en cada esquina. Una descripción manchada de sangre, el escombro resumiendo un acabose instantáneo. Grito voraz, de caldera con nombres y recuerdos que crujen al unísono.
Porque después de las 18:58 el grito generó un coro de renovación permanente. Un grito-aullido, un grito-alarma, un grito-anuncio de que nuevas formas, en la oscuridad, ya no latían. De que la edad, condición económica y credo no importaban, porque el arrebatamiento no fue excluyente.
Y también, atosigado por el grito, lloré desde adentro, en un mal ejercicio de seudo seguridad, de una tranquilidad impuesta para no derrumbar a los míos. Pensando que mi hijo, antes de la hora cero, veía televisión, un aparato eléctrico grande que minutos más tarde se estrellaría en el lugar aún tibio dejado por él; que mi madre y hermano, en el suelo abrazados del susto, pudieron estar bajos las paredes derrumbadas a pocos metros de ellos; que mi esposa y mi hija, abrazadas en la casa de mi suegra, pudieron estar entre las víctimas compradores de útiles escolares, como la vecina y sus hijos. El grito-carcajada miraba complaciente.  
Hoy el grito solo vive en mis pesadillas. Sonríe en su malevolencia. Salta en su perturbada glotonería. Amenaza con volver, agrandarse, conducirse al límite de su intensidad. Atacar en el caos, aliarse al miedo. Hoy el grito me susurra que siempre será un mal momento para regresar.
(Texto que es parte del libro AA.VV. (2018). Memorias del 16A. Un libro de historias ciudadanas, Manta, Ecuador: Gad Manta) 

sábado, 14 de abril de 2018

Literatura erótica o el amor insatisfecho



La literatura erótica ha sido de mucho interés para las editoriales. Esto, porque las historias de este género exploran y exponen situaciones que han encontrado muchos lectores y han despertado el interés de otros. Además, que las casas editoriales han logrado hacer que muchas de estas obras encuentren un plus en sus versiones cinematográficas, lo que ha ayudado considerablemente a difundir y empoderarlas. Desde luego, nada de lo anterior fuera posible si no se contara con una industria publicitaria detrás que bombardea, desde distintos francos, al posible y casi siempre rendido público.

“Porno para mamás” dice King, y puede que no se equivoque en su prejuicio. Con historias donde casi siempre las protagonistas resultan mujeres frustradas, con problemas para expresarse corporalmente, frígidas esposas que no encontraron ni entendieron su propia sexualidad junto a su pareja, infieles que buscan en otros cuerpos el arrebatamiento del deseo apagado, víctimas apaciguadas que intentan realizarse mediante la complacencia. Mujeres que desean conocer lo que significa un orgasmo (cansadas de un sexo rutinario cargado de insatisfacción).

Pero no solo se trata de sexo, esta literatura erótica asienta sus bases en el amor, esa búsqueda desesperada por encontrar a otro que entienda, comprenda, que asimile cada cosa dicha y no dicha. Que sea el receptor adecuado/a que con afán se ha perseguido. Ese sueño platónico que se busca para autocomplaciencia y también para satisfacer a un entorno que lo impone.  






Sin embargo, mucha seuda literatura erótica abomba en las librerías. Mucha mala literatura es del interés de lectores. Mucha literatura basura es consumida con preocupante voracidad por jóvenes que ven en ella verdaderas obras maestras. Donde el amor y el sexo, como elementos base, se combinan con historias empalagosas donde la heroína busca un “príncipe azul” que cumpla todos sus deseos. Donde la dependencia hacia otro se vuelve clave en esa búsqueda exitosa.      

No es fácil escribir literatura erótica, eso deberían saberlo quienes se han atrevido, porque el simple hecho de describir un encuentro sexual, quizás hasta exponer filias relacionadas al masoquismo y sadomasoquismo (pienso en Cincuenta sombras de Grey y todos estos libros similares) demanda un tratamiento adecuado del lenguaje.

Y sí, para escribir literatura erótica hace falta experiencia y experticia en el tema (porque ocurre que muchos autores en sus textos primerizos se aventuran a escribir “literatura erótica” y la realidad es que ni siquiera han sido ni besados/as, menos conocen el placer de la carne). Pero la experiencia no es todo para escribir esta clase de literatura, porque si no cualquiera con mucha experiencia fuera escritor/a (la experiencia sirve para argumentar, pero es necesario un trabajo adecuado, para hacer de esa experiencia material idóneo para la literatura).   

(Este texto fue realizado a partir de la entrevista en que iba a participar el sábado 14 de abril en el programada radial Raíces, y del cual por compromisos familiares no logré llegar a tiempo y participar)

miércoles, 4 de abril de 2018

La fiesta convidada

Portada del libro La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez.

Un editor debe ser un radar y una esponja de su tiempo...
Jordi Nadal, Libros o velocidad

Uno
He leído manuscritos desesperantes. Bodrios que intentaron ser poesía o relatos. Novelas con introducciones explicativas de la trama (como si el lector fuera un retardado al que se debiera explicar todo). Falsos ensayos recargados de simples opiniones. Oraciones y párrafos acumulados como leña vieja. Montones de páginas que pudieron comprimirse en una sola, y aun así editarse hasta dejarlas con menos caracteres.  

Siempre que alguien, desde el otro lado del espacio virtual, me asegura que es un genio inédito, sospecho del texto que me suele adjuntar después. Textos que significan horas y horas de lectura para confirmar lo que muchas veces el sentido común me grita: que no se puede, que es imposible editar lo no editable. Que a veces es mejor ser cruel con muchos de estos autores. Que la verdad duele, la verdad de un solo individuo, que puede ser al final de cuentas, una vil mentira.    

Pero he gozado de extrema paciencia. He derrochado paciencia para el trabajo de lector. Una paciencia que a veces asombra. Una paciencia que debería premiarse. Una paciencia increíble para muchos. Una paciencia que solo flaquea en mi interior, donde la ira cobra formas repudiables.     

Ignacio Loor Vera, autor de La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez. 



Dos
Los textos que termino subrayando. Los que aparecen mientras bebo cerveza y converso con alguien de libros y futuros libros. Los que, como lector, me gustaría ver en mi biblioteca, son aquellos textos por los que termino encantándome, por los que digo sí, por los que me lanzo de cabeza y apuesto por ellos.

Todos esos textos me acompañan por algún tiempo. A ellos me entrego con paciencia y esmero. A ellos dedico las horas que debería entregar a mi familia. A ellos repaso en sueños. En ellos pienso más de lo debido.

Entonces uno, dos, y hasta tres borradores del mismo texto, absorben mi tiempo de lectura (uno que me gustaría entregar a libros por entretenimiento o la contemplación exagerada de series que no alcanzo a consumir como un verdadero fan). Y soy testigo de una transformación constante, hasta reconocer que todo cuanto se ha realizado sobre el texto significa algo, ese algo que es un todo para un individuo que sueña demás.    

Tres
Luego del primer encuentro que tuve con el borrador de La fiesta del fracaso supe que estaba ante un texto que interrumpiría mis sueños, que se entrometería en varios de mis asuntos pendientes, que sus personajes no me dejarían tranquilo por un largo tiempo.

Han pasado algunos meses desde que me reuní con su autor. Varios meses en lo que emití el primer juicio de valor respecto a las nueve historias. Semanas desde que comenté lo mucho que terminé enganchado con algunos de los personajes: recorriendo junto a ellos la ciudad, una Manta sombría, opacada por la desidia; una urbe donde se vive y se muere desde las entrañas; una ciudad que potencia el caos que late con desesperación en cada una de las voces.

Historias donde el amor, el sexo, la cotidianidad, la violencia y la desesperanza son los temas recurrentes. Donde personajes que anhelan ser escritores avanzan hacia un presente desalentador. Donde la sombra de un padre trasmuta en varias vidas, ya como drogadicto o como millonario-político indiferente.   

Hoy contemplo el libro La fiesta del fracaso y sé que cada hora invertida, cada relectura y cada conversación sobre la obra, es la confirmación de que un sí bien fundamentado puede ser una buena decisión.