sábado, 23 de junio de 2018

Una novela que estremece e indigna

Portada de la novela, publicada por la Casa de la Cultura ecuatoriana.




¿Puede una obra literaria ser un instrumento de protesta? ¿Puede ser políticamente incorrecta? ¿Puede alterar a ciertos sectores del poder? ¿Puede, por lo menos, ser una idea gangrenosa dentro del lector? ¿Puede, debe?
Estructura de la plegaria (CCE, 2018) de DiegoMaenza (Ecuador, 1987) es una novela para alterar el orden, para decirle al lector que las cosas no están bien, que cierta gente, cierto poder, sigue haciendo de las suyas; que un sin número de sujetos continúan sometiendo, gozando, ultrajando… en nombre de alguien (o una idea pervertida y escudada a conveniencia).
Que lo normalizado reposa sobre un territorio violentado a cada momento; que las reglas han fracasado ante la trampa de quien las crea; que la apariencia es un arma de doble filo; que la fe es un alegato para retener, engullir y desechar.   
Persiste, en sus personajes protagonistas, la excusa de que la tentación del otro es la culpable de las distintas situaciones donde los instintos, el deseo, la hambruna carnal, la malicia en su mayor desarrollo, logran materializarse.
El cristianismo, desde un sacerdote y una monja, dos historias atravesadas por el secreto, por el sufrimiento de no reconocerse en sus “pecados”, en negarse a una realidad que les va diciendo, cada vez más fuerte, que son débiles ante la aceptación de sus decisiones erradas.
Estructura de la plegaria no es un panfleto, ni reprimenda, menos un discurso solapado de “buenas costumbres”; en sus páginas hay historias entrelazadas, marcadas por el miedo, reducidas a una contemplación absurda, a una tradición de acciones que se repiten como si se tratase de un guión mórbido y complaciente.
Los personajes son solo meras figurillas puestas en la trama para ahondar en un mensaje constante y perturbador: alguien está siempre sobre otro; alguien que sentencia con ideas condicionadas a su beneficio.
Y es que en el “pueblo chico, infierno grande” donde aterriza esta historia (muy similar a las que suceden casi a diario en distintos espacios) sus personajes se miran y juzgan, contemplan y delatan, se desnudan y violentan.
Maenza ha escrito una novela que estremece, indigna, y por ratos enferma. Una novela precisa para estos días.  

viernes, 8 de junio de 2018

Una descolorida forma de ver el mundo (divagaciones sobre Medardo Ángel Silva)

"Se fue con algo mío"cuadernillo con breve selección poética de Medardo Ángel Silva. 


I
Un ritmo lento me gobierna. Un ritmo que susurra un lamento que ha ido extendiéndose en las orillas de una realidad herida por la apatía. Un ritmo de pausas y explosiones rabiosas. Un ritmo que habita en un espacio oscuro. Un ritmo incomprendido que invoca a la muerte como una excusa liberadora. Un ritmo que se ha vuelto la ausencia recurrente.
Ese ritmo encontré en los versos de Medardo Ángel Silva. En su poesía de dolor acumulado, aferrado a un arcano simbólico que hipnotizaba, que trasmitía una electricidad desconcertante. Una poesía de grito ascendente, que chocaba contra toda esperanza.
Tenía veinte años cuando empecé a leerlo casi con obsesión. Mientras transcurrían los días en la universidad, mientras recorría las calles y me refugiaba con más insistencia en una biblioteca que ya no existe. Aniversario era un poema que hablaba de mí, era yo, atrapado en un conjunto de versos. Fui ese joven tristón que siempre miraba al vacío fumándose la vida.
Por eso, y por otras cosas menos poéticas y más mundanas, conecté con su poesía. Un mar de devaneos que le cantaban desde un simbolismo empalagoso, a la luna, las estrellas, a los meses del año. Una poesía donde el dolor por la ausencia de un ser amado se volvió con lugar común. Y, sin embargo, una poesía recargada de un aura melancólica y posesiva.

II
Los temas, el tono, la insistente manía de victimizarse, fue lo que dejó asentado Silva en sus textos, tanto en El árbol del bien y del mal o en las Poesías Escogidas de Gonzalo Zalumbide. En ellos los poemas tienen el mismo rictus de una voz poética desahuciada por el amor, por los días recargados de oscuridad, por una tristeza cancerosa que se va regando conforme se va adentrando en su obra.
El amor como esa masa empalagosa de la que se erigió una fortaleza. Una donde la belleza radicaba en las figuras construidas a partir de un sin número de fracasos. Una visión adolescente donde el ser un perdedor era el designio asumido con orgullo. Poesía para sufrir, para drenarse la parte infecta que latía en su pecho.

El alma como ese algo impalpable y subjetivo desde la visión cristiana. El alma, la suya, la transmutada en paloma devorada por gavilanes, la que late desde un pecho predispuesto a ser un blanco. Silva y su alma, aquel despojo al que le cantó para vengarla de tanto agravio. 

Yuliana Marcillo y Erika Pico, gestoras culturales y organizadoras del evento. 


III
El modernismo era toda la poesía que conocía, esa fuente lúgubre de la que me alimentaba diariamente. Vivía por la poesía, transpiraba poesía, creía que con cada verso podía dejar un testimonio de una vida atrapada en la oscuridad.
Lo gracioso de mis lecturas, o específicamente de mi nexo con Silva, es que mientras lo leía, encontraba un dolor extenso en sus versos, una lloriqueante forma de ver su mundo y fracasos. Su dolor a través de los años no solo llegando a mí, sino en cientos de otros lectores que como yo encontraron en sus versos desesperantes una realidad tristona a la que aferrarse. 

Un mundo poético invadido de hadas, princesas, reinas, otoños, primaveras, corazones... no apto para quienes han mirado más allá de la fantasía. Sin embargo, esa irrealidad pintorreada de rosa, tuvo trazos negros de una lid donde el desaparecer con causa siempre fue un alegato.

Público local siempre atento a las actividades literarias. 



IV
Siempre me atrajo la idea de que un poeta decepcionado de amor se haya volado los sesos de un balazo. Esa versión romántica de la historia siempre fue atrayente. Y no dejó de serlo a pesar de que se puso en duda su “suicidio”, diciendo que se trató de un descuido de un muchacho que jugaba con un arma cargada.
Cierto o no, el mito del poeta romántico que se metió una bala en la cabeza fue atrayente. Lo maldito persiguiendo su nombre. Su poesía dando la certeza de que a Medardo Ángel Silva le pasaban muchas cosas, cosas de un muerto en vida que clamaba por la parca para su redención.
Testimonio de eso este fragmento:

Encerraré en un claustro mi dolor exquisito
y a solas con mis sueños cultivaré mis rosas;
mi alma será un espejo que copie lo Infinito,
más allá del humano límite de las cosas…
(Divagaciones sentimentales V, p. 66)

O estos otros fragmentos:

Los dos somos distintos: tú llevas traje largo,
yo cambié mi sonrisa con un rictus amargo;
después de los dieciocho pienso de otra manera:
eso sí: sigo haciendo mis versos cada día.

Yo no puedo llorar, pero mi poesía
llora por mí; ¡son dulces y tienen tal encanto
las tristezas rimadas, los dolores en canto!
Yo creo que las penas algo valen si de ellas
conseguimos hacer unas páginas bellas…
(El encuentro, p. 109)

Si Medardo viviera en nuestra época, sin dudarlo fuera un emo, un friki víctima del bullyn. Tal vez ya tuviera cicatrices en sus muñecas por haber querido cortarlas con los dientes, o en su cuello las marcas de intentar colgarse con papel higiénico. Sus borradores de suicidio como la fantochada literaria local. Pero no, se metió o se le escapó un tiro, y con ello terminó todo padecimiento. Un padecimiento que fue legado a todos sus lectores: una legión de descorazonados, de nuevos emos decepcionados del amor y la vida; una comunidad de sensibleros que después de leerlo en exceso decidieron contar sus penas y clasificarlas como poesía. Lo sé, porque fui uno de ellos.   
(Texto leído en el marco del homenaje realizado a Medardo Ángel Silva en Manta, jueves 7 de junio de 2018)

Fotos tomadas de la cuenta de facebook de Erika Pico.