sábado, 5 de enero de 2019

Una colección de situaciones que atormentan


Este conjunto de cuentos, Cabeza de avestruz (Turbina, 2017), salvo Comida para las perras y El sillón azul (que tienen un enlace en personajes, como si se trata de un intento fallido de novela y estos fueran dos capítulos de una trama más extensa) son mundos distintos. Una colección de situaciones que atormentan y por momentos desesperan al lector.

La soledad y la incertidumbre son dos temas constantes en estas historias. Una donde los personajes detallan, y en exceso, sus acciones, los ambientes. Donde el tema homosexual es planteado como ese gusto que convive con los narradores, pero que no aflora del todo.
 




Un libro para todos aquellos degustadores de historias donde sexo, alcohol, drogas y música acompañen a sus personajes. Donde los pasajes sombríos y perturbadores aparecen para acompañar.

Mis preferidos: Un chaulafán por favor, Un presidente que lee la Biblia todos los días, Autonomía sintáctica (uno de los más interesantes cuentos de esta colección) y los dos mencionados al inicio.    

Luis Borja Corral (Quito, 1981) con esta, su segunda obra publicada, denota un gran interés por el detalle, por ese mirar a los espacios, rasgos y cosas que otros no quieren ver.   

viernes, 28 de diciembre de 2018

Un recorrido sombrío




Personajes atormentados, amor y celos, una mujer en la cual giran hombres que no se conocen; hombres que odian otros hombres. Una ciudad que como sombra engulle a quienes la atraviesan. Niños raptados y un temor que crece en una urbe en la que no hay respuesta para tal atrocidad. Estos son algunos de los elementos de Hoteles del silencio (Pre-textos, 2016) la novela más reciente de Javier Vásconez (Quito, 1946).



Jorge y Loreta protagonizan esta historia. Una donde el amor y la duda aparecen a cada instante, porque mientras Jorge intenta convencerse de que Loreta es la ideal, los celos por ella, por sus acciones y ausencias lo van carcomiendo lentamente. Por otro lado, Loreta, aquel personaje sensual y electrizante, ha regresado de España en busca de un amor que la atormenta, un amor del cual lleva consigo su legado en su vientre, un amor del que no ha podido escapar y que busca en la ciudad que la acoge.





La novela está atravesada por personajes fantasmales. Un amor del que no se ha podido borrar las cicatrices; una madre (la de Jorge) que recorre una casa, que muere entre sus paredes e historias de fracaso; un padre alcoholizado que mira a la ciudad y la vida desde una orilla desencantada y brutal; otra madre (la de Loreta) que es solo una herida que se recuerda con miedo y odio.     



Y la ciudad y sus espacios. Un laberinto donde los niños desaparecen, donde el horror es un lamento que va perturbando con más fuerza a sus ciudadanos. Donde casonas y hoteles acogen a sombras con nombres; sombras que arrastran tras sí pesadillas que alimentan insomnios.


Foto tomada de https://elpais.com/cultura/2016/10/12/actualidad/1476283639_910227.html


Pero Hoteles del silencio tiene una particularidad, en ella hay un desdoble, el escritor convertido en personaje:   



“Fue el instante en que descubrí la fotografía del escritor J. Vásconez volviendo ligeramente la cabeza hacia la cámara, sin saber que Félix estaba a punto de capturarlo para siempre”. (p. 155)



“Volví a la fotografía del escritor J. Vásconez, con su aspecto cansado y tenso, y me fijé en el abrigo hecho de paño inglés que alguna vez debió de ser elegante. Ahora se veía algo raído y desflecado, como si fuese la prolongación de la niebla que le llegaba temblorosa hasta las rodillas”. (p. 279)



“-Estoy esperando a que Loreta tenga su hijo.

-Loreta, Loreta…-dijo sin mirarme-. Parece el personaje de una novela.

-A lo mejor lo es.

Con actitud furtiva, salió del local sin despedirse. Lo vi alejarse bajo la lluvia”. (p. 330)



Hoteles del silencio es una novela necesaria, clave para yacer, en estos días, en su recorrido sombrío.