domingo, 13 de mayo de 2018

Días de rock…y reflexión




El plan lector de mi hijo primero lo consumo yo. Este ha sido el acercamiento que he tenido con Días de rock de Garaje (SM, 2016) de Jairo Buitrago, una novela juvenil atractiva en su historia, con una protagonista que a manera de crónica nos cuenta de cómo se involucró en el rock, de cómo llega a tocar el bajo en una banda conformada por amigos del barrio, de cómo la ausencia de un padre es reemplazada por una música desenfrenada.

Una novela de ritmo ágil, que da cuenta de una familia de clase media baja que intenta sobrellevar emocional y económicamente la ausencia de un padre; un padre que es referenciado a cada momento; un padre cuyo legado no solo ha sido la soledad sino la música que conectó con sus hijos.

Más allá de la historia, la novela es una excelente excusa para que su autor (en voz de uno de sus personajes) denote sus conocimientos de muchas bandas, desde las clásicas hasta las más modernas. Todo un compendio de nombres, estilos y anécdotas que enriquecen la obra.  

Plan lector con obras manabitas
En Manabí y Manta también se están escribiendo historias que pueden calar en muchos de los jóvenes lectores. Quizás ha faltado un mayor rastreo de parte de las instituciones educativas para dar con estos títulos y acercarlos a sus alumnos, tal vez las casas editoriales (que son poquísimas en la provincia) no se han tomado el tiempo de ofertar su catálogo. Puede ser que el temor de competir con empresas gigantes que han copado el mercado editorial infantil y juvenil, sea un freno para muchos autores y editores.

Lo cierto es que en Manabí se están moviendo, aún desde las sombras, excelentes proyectos literarios que cuando vean la luz, no pasarán desapercibidos. Autores y obras que necesitan una oportunidad para llegar a todos esos lectores, en quienes consideran, sus historias tendrán un nexo.


miércoles, 25 de abril de 2018

Testigo del grito




Grito. La bruma del grito ahogándolo todo, reptando frente a nosotros, en un espejismo atragantado de nombres, formas y espacios. Un grito terrorífico, intensificado desde el rictus de los cuerpos que van, huyen, desorientados en la noche. Un grito rabioso y perturbado que con los minutos engorda mórbidamente. Un grito que va adhiriendo llanto. Un grito que arrincona por la búsqueda de otros.
El grito, cual parásito, se hospedó en mi esposa, mis hijos, mi madre, mi hermano. Una larva que desarrolló increíblemente, ensordeciendo desde la humedad de los ojos cada instante posterior. Nunca antes logró tanto poder en mi familia.
Un grito nocturno de sombras murmurantes, de espectros que se alimentan de un aura necra que eriza los recovecos del sosiego. En ese grito, en su torbellino imparable, vi las calles desprendidas de su asfalto, hogares erigiéndose palacios de ruina, contemplé, cautivo del horror, la danza frenética de un fragmento de ciudad.
Grito sin edad. Grito cicatriz. Una marca lleva su nombre, un signo con sangre envuelto en pistas fúnebres que duelen. En esta hecatombe lo primero que hice, fue recorrer el mapa de mis queridos, ir por cada uno de ellos y apaciguarlos. Ser el consuelo que retenía la intromisión del espanto.
Ciudad del grito. Parroquia del grito. Barrio del grito. Oscuridad arañada por las luces aceleradas de los autos. Todos son la bala en busca de un cuerpo al cual yacer. Viajo en una, y cada rostro, tras el volante, calca la misma arruga de una historia trágica. Ausencia descubierta, ausencia impuesta, ausencia decapitando la esperanza del mañana.
Pero hay algo en el grito, en su volumen ininterrumpido, omnipresente, imperante desde edificios, oficinas, hogares, que lo vuelve indestructible: su alianza, su pacto de rumba terrenal, donde el miedo aparece, renovado con las horas, en cada esquina. Una descripción manchada de sangre, el escombro resumiendo un acabose instantáneo. Grito voraz, de caldera con nombres y recuerdos que crujen al unísono.
Porque después de las 18:58 el grito generó un coro de renovación permanente. Un grito-aullido, un grito-alarma, un grito-anuncio de que nuevas formas, en la oscuridad, ya no latían. De que la edad, condición económica y credo no importaban, porque el arrebatamiento no fue excluyente.
Y también, atosigado por el grito, lloré desde adentro, en un mal ejercicio de seudo seguridad, de una tranquilidad impuesta para no derrumbar a los míos. Pensando que mi hijo, antes de la hora cero, veía televisión, un aparato eléctrico grande que minutos más tarde se estrellaría en el lugar aún tibio dejado por él; que mi madre y hermano, en el suelo abrazados del susto, pudieron estar bajos las paredes derrumbadas a pocos metros de ellos; que mi esposa y mi hija, abrazadas en la casa de mi suegra, pudieron estar entre las víctimas compradores de útiles escolares, como la vecina y sus hijos. El grito-carcajada miraba complaciente.  
Hoy el grito solo vive en mis pesadillas. Sonríe en su malevolencia. Salta en su perturbada glotonería. Amenaza con volver, agrandarse, conducirse al límite de su intensidad. Atacar en el caos, aliarse al miedo. Hoy el grito me susurra que siempre será un mal momento para regresar.
(Texto que es parte del libro AA.VV. (2018). Memorias del 16A. Un libro de historias ciudadanas, Manta, Ecuador: Gad Manta) 

sábado, 14 de abril de 2018

Literatura erótica o el amor insatisfecho



La literatura erótica ha sido de mucho interés para las editoriales. Esto, porque las historias de este género exploran y exponen situaciones que han encontrado muchos lectores y han despertado el interés de otros. Además, que las casas editoriales han logrado hacer que muchas de estas obras encuentren un plus en sus versiones cinematográficas, lo que ha ayudado considerablemente a difundir y empoderarlas. Desde luego, nada de lo anterior fuera posible si no se contara con una industria publicitaria detrás que bombardea, desde distintos francos, al posible y casi siempre rendido público.

“Porno para mamás” dice King, y puede que no se equivoque en su prejuicio. Con historias donde casi siempre las protagonistas resultan mujeres frustradas, con problemas para expresarse corporalmente, frígidas esposas que no encontraron ni entendieron su propia sexualidad junto a su pareja, infieles que buscan en otros cuerpos el arrebatamiento del deseo apagado, víctimas apaciguadas que intentan realizarse mediante la complacencia. Mujeres que desean conocer lo que significa un orgasmo (cansadas de un sexo rutinario cargado de insatisfacción).

Pero no solo se trata de sexo, esta literatura erótica asienta sus bases en el amor, esa búsqueda desesperada por encontrar a otro que entienda, comprenda, que asimile cada cosa dicha y no dicha. Que sea el receptor adecuado/a que con afán se ha perseguido. Ese sueño platónico que se busca para autocomplaciencia y también para satisfacer a un entorno que lo impone.  






Sin embargo, mucha seuda literatura erótica abomba en las librerías. Mucha mala literatura es del interés de lectores. Mucha literatura basura es consumida con preocupante voracidad por jóvenes que ven en ella verdaderas obras maestras. Donde el amor y el sexo, como elementos base, se combinan con historias empalagosas donde la heroína busca un “príncipe azul” que cumpla todos sus deseos. Donde la dependencia hacia otro se vuelve clave en esa búsqueda exitosa.      

No es fácil escribir literatura erótica, eso deberían saberlo quienes se han atrevido, porque el simple hecho de describir un encuentro sexual, quizás hasta exponer filias relacionadas al masoquismo y sadomasoquismo (pienso en Cincuenta sombras de Grey y todos estos libros similares) demanda un tratamiento adecuado del lenguaje.

Y sí, para escribir literatura erótica hace falta experiencia y experticia en el tema (porque ocurre que muchos autores en sus textos primerizos se aventuran a escribir “literatura erótica” y la realidad es que ni siquiera han sido ni besados/as, menos conocen el placer de la carne). Pero la experiencia no es todo para escribir esta clase de literatura, porque si no cualquiera con mucha experiencia fuera escritor/a (la experiencia sirve para argumentar, pero es necesario un trabajo adecuado, para hacer de esa experiencia material idóneo para la literatura).   

(Este texto fue realizado a partir de la entrevista en que iba a participar el sábado 14 de abril en el programada radial Raíces, y del cual por compromisos familiares no logré llegar a tiempo y participar)

miércoles, 4 de abril de 2018

La fiesta convidada

Portada del libro La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez.

Un editor debe ser un radar y una esponja de su tiempo...
Jordi Nadal, Libros o velocidad

Uno
He leído manuscritos desesperantes. Bodrios que intentaron ser poesía o relatos. Novelas con introducciones explicativas de la trama (como si el lector fuera un retardado al que se debiera explicar todo). Falsos ensayos recargados de simples opiniones. Oraciones y párrafos acumulados como leña vieja. Montones de páginas que pudieron comprimirse en una sola, y aun así editarse hasta dejarlas con menos caracteres.  

Siempre que alguien, desde el otro lado del espacio virtual, me asegura que es un genio inédito, sospecho del texto que me suele adjuntar después. Textos que significan horas y horas de lectura para confirmar lo que muchas veces el sentido común me grita: que no se puede, que es imposible editar lo no editable. Que a veces es mejor ser cruel con muchos de estos autores. Que la verdad duele, la verdad de un solo individuo, que puede ser al final de cuentas, una vil mentira.    

Pero he gozado de extrema paciencia. He derrochado paciencia para el trabajo de lector. Una paciencia que a veces asombra. Una paciencia que debería premiarse. Una paciencia increíble para muchos. Una paciencia que solo flaquea en mi interior, donde la ira cobra formas repudiables.     

Ignacio Loor Vera, autor de La fiesta del fracaso. Foto de Joselo Márquez. 



Dos
Los textos que termino subrayando. Los que aparecen mientras bebo cerveza y converso con alguien de libros y futuros libros. Los que, como lector, me gustaría ver en mi biblioteca, son aquellos textos por los que termino encantándome, por los que digo sí, por los que me lanzo de cabeza y apuesto por ellos.

Todos esos textos me acompañan por algún tiempo. A ellos me entrego con paciencia y esmero. A ellos dedico las horas que debería entregar a mi familia. A ellos repaso en sueños. En ellos pienso más de lo debido.

Entonces uno, dos, y hasta tres borradores del mismo texto, absorben mi tiempo de lectura (uno que me gustaría entregar a libros por entretenimiento o la contemplación exagerada de series que no alcanzo a consumir como un verdadero fan). Y soy testigo de una transformación constante, hasta reconocer que todo cuanto se ha realizado sobre el texto significa algo, ese algo que es un todo para un individuo que sueña demás.    

Tres
Luego del primer encuentro que tuve con el borrador de La fiesta del fracaso supe que estaba ante un texto que interrumpiría mis sueños, que se entrometería en varios de mis asuntos pendientes, que sus personajes no me dejarían tranquilo por un largo tiempo.

Han pasado algunos meses desde que me reuní con su autor. Varios meses en lo que emití el primer juicio de valor respecto a las nueve historias. Semanas desde que comenté lo mucho que terminé enganchado con algunos de los personajes: recorriendo junto a ellos la ciudad, una Manta sombría, opacada por la desidia; una urbe donde se vive y se muere desde las entrañas; una ciudad que potencia el caos que late con desesperación en cada una de las voces.

Historias donde el amor, el sexo, la cotidianidad, la violencia y la desesperanza son los temas recurrentes. Donde personajes que anhelan ser escritores avanzan hacia un presente desalentador. Donde la sombra de un padre trasmuta en varias vidas, ya como drogadicto o como millonario-político indiferente.   

Hoy contemplo el libro La fiesta del fracaso y sé que cada hora invertida, cada relectura y cada conversación sobre la obra, es la confirmación de que un sí bien fundamentado puede ser una buena decisión.   

jueves, 29 de marzo de 2018

Contra el mundo caótico y repulsivo

Portada del libro publicado en 2017.


“Buscaba en la brutalidad de las imágenes deshilar el ovillo inextricable de la vida y la muerte; de ahí muchos riffs y letras de canciones” (p. 97) dice Igor Icaza en su libro Resplandor (Sensorial, 2017). Un libro donde además de reunir letras de canciones y juntar a un grupo de amigos escritores y músicos que escriben sobre su obra, denota el compromiso que como multiinstrumentista y compositor ha legado a la música ecuatoriana.


Un trabajo que no pasa desapercibido, sea por el tono de las letras que se agrupan, los análisis que acercan al lector, o las anécdotas que el autor complementa al final. Todo esto conforman un cuerpo que narra cronológicamente la trayectoria de Icaza desde sus distintas agrupaciones musicales y proyectos: Obertura, Ente, Sal y Mileto, Funda Mental…y lo hace desde lo lírico, donde ahonda en su pensamiento.

Igor Icaza leyendo parte de su obra. 

Un libro necesario para todo aquel que se respete como melómano (incluye un cd con doce canciones escritas y musicalizadas por el autor). Aquellos que van tras la trayectoria de los artistas que han sido parte primordial en su vinculación a la música (en mi caso desde el death metal de Ente). Porque bien lo dice Icaza: “Cada espíritu libre irá al encuentro de la muerte engrandecido por la locura, la irreverencia y la autoafirmación” (p. 14). Y este libro tiene elementos absorbentes, da un registro de la imparable creación de un artista libre que ha seguido un objetivo contra viento y marea.     


“Cuando dejo de soñar salgo de la alcantarilla” (p. 42) asegura Icaza, y es precisamente lo que el autor hace: mostrarnos un mundo caótico y repulsivo, al que se odia porque odia; al que se mantiene al margen porque mira y juzga desde sus rincones cargados de prejuicio; al que se contempla sospechosamente cada vez que aparece su otra cara, la descolorida y marginal.


Icaza (en medio) junto a los otros miembros de la banda Ente. 



En Resplandor hay poesía, una estruendosa, hiriente, chocante, que da cuenta de una voz urbana que contempla y explota, que no guarda ninguna pasibilidad, sino más bien se encuentra en una constante lucha interna para gritar desde una trinchera salvaje e incontenible himnos que crecen y crecen...

Fotos tomadas de la cuenta de Facebook de Igor Icaza.

miércoles, 21 de marzo de 2018

Nirvana desde el recuerdo abrumador


Crecí con Nirvana. Fui uno de los miles de adolescentes que en los noventa, perdido por una decadencia interna y desesperado por la búsqueda de una luz en medio de aquella oscuridad abrumadora, dio con la banda.

Fue fácil llegar a ellos, lo difícil fue reconocer que más allá de la estridencia y el aura maldita de cada canción, existía un mundo lleno de otras bandas y mejores melodías (incluso más sombrías de las que había hecho mi bandera).  

Pero en ese momento, en esos días, cuando se era emo y sad (sin que las clasificaciones aparecieran) con fundamento, cuando parecía que el futuro consistía solo en un ahora decadente marcado por la desgracia; cuando solo era Nirvana: tres tipos desde un todo siempre eufórico, lo que gobernaba. Todo era felicidad, una macabra y complaciente.

Luego nos enteraríamos de que la cabeza de Kurt explotó, de que la banda desaparecía, de que solo su música quedaba en el espacio ahondándolo todo. Esos días también fueron tristes, llenos de música, su música, pero tristes al final.



En estos días Kika, mi amiga darks, me escribe para decirme que harán un tributo a Nirvana, la misma banda que hace más de veinte años escuchaba junto a mis panas de barrio. La banda que estremecía las paredes de mi cuarto mientras mis padres tenían su propio concierto lleno de gritos.    

Nirvana: Kurt, Krist y Dave. Nirvana desde dos parlantes. Nirvana desde el recuerdo abrumador.

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El sábado 7 de abril se hará un tributo a Nirvana a cargo de la Banda Don Juan. Retro Bar, 20h00. Entrada 10 dólares.  

martes, 20 de marzo de 2018

El fracaso con uñas y dientes

Portada de la ópera prima de Loor Vera, publicado por Tinta Ácida Ediciones.



Por: Paulina Soto

“Era el inicio de algo que me llevaría al desvelo y a la desorientación” así es como Ignacio Loor Vera nos presenta un camino sacudido por el dolor, la frustración, la ira, la muerte, en un sismo de emociones que son fácilmente nuestras hermanas. El fracaso descarnado se siente vívido en cada uno de los nueve relatos que presenciamos en esta fiesta disoluta. Ya no hay un freno para el destino, hay que enfrentarlo hasta sus últimas consecuencias, da igual si es con resignación o rebeldía. Da igual si se tiene la voluntad de la confrontación o se toma una puerta falsa. La inocencia ha muerto.

Las historias nos adentran en un entorno de ecuatorianidad: el fútbol y sus glorias, el funesto feriado bancario, la playa como un refugio disfuncional. Nos cuentan las cosas que podrían ser nuestras, o que hemos oído que les pasan a nuestros vecinos y amigos, cuando los problemas nos cercan, sin dejarnos dormir, ni escribir, ahogándonos como una tenaza lenta.

El estilo de Ignacio Loor Vera es, sobre todo, honesto. Nos lleva con facilidad de la mano a través de una visualización nítida de la ciudad de Manta. El alcohol, la sangre, el calor, aparecen para meternos dentro de cada escena y trasladarnos hacia el medio en que se desenvuelve el autor, sobre todo en “¿Era ese el último polvo?” que está contado desde una forma descriptiva, como la escena de un guión de película. El erotismo es sobrio, cálido y avasallador.

Los seres humanos somos por antonomasia, animales simples. Nos aferramos a los últimos rezagos de esperanza, vengan de donde vengan. Es así como se defienden con uñas y dientes los prosaicos personajes de cada relato para obtener un atisbo del éxito que no es de ninguna manera alcanzado, aunque lluevan los golpes, las distancias, la tragedia y la incomprensión. Un hombre, es al final, solo un hombre. ¿Cuánto desencanto puede soportar su alma?

Historias muy bien contadas, muy nuestras, de actualidad. Dramas que, con un estilo nítido, nos muestran que no nos queda más que aprender a vivir con el doloroso vacío que provoca el fracaso, a pesar de que tratemos de huir de él a toda velocidad.