martes, 6 de noviembre de 2018

Editar, publicar y leer desde los márgenes

Algunas de las publicaciones de "Culo de guayabo editores".



Es posible, una empresa alucinada y de la que pocos darán un centavo de existencia, pero real, y, sobre todo, fiel al ideal trazado: ser el medio por el cual se pueda acceder a una obra literaria que por los medios tradicionales (e incluso por editoriales alternativas) tendría escasa o nulas posibilidades de existencia.

Culo de guayabo editores (que a lo ecuatoriano sería algo así como chuchaqui editores) es una propuesta editorial colombiana que no responde a nada ni nadie, una fuerza incontenible de autores, editores y publicaciones cuyo fin es provocar, incendiar, ser el bicho raro y arcano en donde quiera que se exhibe (por lo general en feria de libros, así que descarten la posibilidad de buscarlos en librerías convencionales).

Editores cuya consigna es la de darle y darse voz (puesto que algunas de estas obras son escritas, corregidas, editadas, publicadas y comercializadas por ellos mismos) en un escenario donde el autor más reconocido es el del libro más fastuoso y de mucha publicidad. Estos autores-editores se han negado a ser parte de este ritmo, y optaron por ser la oveja negra del sistema editorial. 

Basta ver títulos tan escandalosos, pero de una fuerza arrolladora, como: La filosofía no se soñó la salsa choque, Tío Tombo, El lenguaje de las gallinas, True poesía from heteropatriarca(´s) hell, La estética del guayabo: guayabitos de ayer, hoy y siempre, Yendo pa un sitio donde no hay poemas, El nadaísmo me lo mama en reversa…

Libros nacidos desde el margen de los requerimientos de un sistema. Sin Isbn ni código de barras, con tirajes cortos, con un logo editorial con rostro de Cantinflas, que ya dice mucho de la pasada en la que andan, que lo suyo es una comedia desde el exterior, que la burla es una constante, que los otros de quienes se mofan también son ellos. 

Sergio Muñoz, José Rengifo Delgado, Miguel Urrego y Adolfo Guerrero, son quienes están detrás de este proyecto editorial. Sus libros viajan junto a ellos en cada encuentro literario, feria de libros, lectura o reunión en cantina. Sus libros: su estética, sus títulos, sus portadas, su contenido (poesía, novela, ensayo) son la idea sobredimensionada de su postura ante un mundo encorbatado al que ven sospechosamente. Un mundo literario del que gozan y son parte. Un mundo del que no dan la mínima oportunidad de salvarse.

jueves, 1 de noviembre de 2018

Desde una ficción desconcertante

Portada del libro, publicado en 2017 por la Casa de la Cultura ecuatoriana.



“Los hijos de puta pueden ser genios y mi papá lo fue”, esto argumenta el personaje de Prólogo, uno de los nueve cuentos que integran Faltas ortográficas (CCE, 2017) de Eduardo Varas. Una historia perturbadora donde un escritor es también un asesino serial, y su hijo, el narrador, intenta descifrar qué llevó a su padre a convertirse en el monstruo que la prensa y sociedad linchó.  

Así empieza este segundo libro de cuentos de Varas (el primero data de hace una década atrás: Conjeturas para una tarde, 2007, Banco Central del Ecuador). Un conjunto de historias que tratan sobre cine b, estrellas de rock en un paraíso alucinado, políticos zombies, escritores vengándose de otros escritores (al puro estilo de Putas asesinas de Bolaños), un hombre lobo matando y muriendo por placer, un actor fantasma, un niño aislado por su enfermedad.

Cada uno de estos cuentos es un hit, una historia que cala, que sacude, que nos hace mirar más allá de lo que hasta hace poco creíamos entender; historias cargadas de un humor negro casi imperceptible; historias donde los escritores, como personajes, aparecen, atacan, sueltan su puñado de oraciones y frases lapidarias, y luego se esfuman. 

Varas no solo ha escrito un libro para tratar temas con los cuales se convive a diario: cine, música, libros, sino para explorar qué hay en el fondo, ahí donde la voz está sola y contempla otras historias, algunas cercanas a la realidad, otras desde una ficción desconcertante.              

jueves, 20 de septiembre de 2018

Todos somos Lázaro

Troncoso interpretando a la madre de Lázaro. Foto: José Márquez.


Ayer miércoles 19 de septiembre, en el marco del trigésimo primer Festival internacional de Teatro de Manta, se presentó la obra De cómo moría y resucitaba Lázaro el lazarillo interpretado por el actor argentino Guillermo Troncoso. Una obra divertida y melancólica que llegó al espectador.
 



El ciego, primer amo de Lázaro. Foto: José Márquez.



Una metáfora de la pobreza
Lázaro ha sobrevivido porque el aire es gratis. Tiene una madre que le dio la vida, pero que le ha quedado debiendo muchas cosas, por eso lo envía donde su “tío” el ciego para que aprenda el arte de la mendicidad. Todo un sistema de artilugios claves para lucharla día a día. Luego se juntará con el “italiano” en su búsqueda por satisfacer el hambre que lo acompaña desde que nació. Posteriormente se pegará a “hermano” que ayuda a los moribundos al último peldaño hacia la muerte. Todos sus amos. Todos con sistemas fraudulentos para sobrevivir. Todos, a fin de cuentas, rechazándolo.
Por eso Lázaro se vuelve una metáfora de la pobreza en extremo. Una sombra desfigurada que no encuentra paz en su cuerpo, porque el hambre es una herencia inagotable.  Así sus desventuras no son más que un retrato de lo que pasa fuera del confort de un hogar con todas las necesidades cubiertas. Una mirada a ese Lázaro que se multiplica en las calles de los países sudamericanos. Un Lázaro que desde las urbes socialistas es uno y miles a la vez.
De cómo moría y resucitaba Lázaro el lazarillo tiene, indudablemente, la poética de Arístides Vargas. La dramaturgia posee los elementos características de otras obras escritas (y en este caso adaptadas) por Vargas. Un lenguaje capaz de arrinconar al espectador en ocurrencias, pero también en devastarlo en el aura melancólica que todo lo llena.   


El italiano, segundo amo de Lázaro. Foto: José Márquez.



Interactuar con el público 
Troncoso desde el inicio de su interpretación interactuó con el público. Primero pasando como uno más de los espectadores y causando asombro en varios de ellos. Más tarde solicitando plegarias (que fueron debidamente secundadas) y ofrendas (estratégicamente colocadas debajo de las butacas, para dar la idea de que el público las daba).
Al final, al igual que como ingresó a escena, salió entre los concurrentes, para luego regresar por sus aplausos merecidos. Lo suyo es un trabajo de mucha factura.  


Foto: José Márquez.



Sieteocho
Hoy jueves a partir de las 20h00, en el Centro de Artes La Trinchera, se presenta la obra Liza de la compañía venezolana Danza Contemporánea Sieteocho. Una obra con dirección de Anaisa Castillo. Trabajo que “expone una de las tradiciones culturales más resaltantes, clandestinas y contradictorias: la pelea de gallos. El combate entre ejemplares de las mismas características como signo de violencia simbólica en analogía con la animalidad en el hombre y la violencia social de la que somos parte”, según informa el programa.