domingo, 24 de mayo de 2015

Alucinaciones (parte XIX)

Imagen tomada de http://www.minuto30.com/panama-se-lanza-a-la-caza-del-pez-leon-que-amenaza-su-seguridad-alimentaria/171519/




A Claudia, aquella idea le pareció repugnante y primitiva, de alguien que estaba fuera del mundo civilizado, pero no dijo nada y se recostó entre sus dos hombres.
Pava Loca y Danni se miraron el uno al otro y la idea les pareció interesante y nueva.
El mundo no sería más que un asilo para ancianos sin las experiencias nuevas y el conocimiento añadido que proporcionaba el ímpetu, la ambición y el hambre de poder de la juventud.
La juventud siempre lo revolucionaba todo, desde los catorce años hasta los veinte el joven poseía una fuerza física arrolladora, casi divina, por su mente no pasaba la idea de la muerte, el dolor o el sufrimiento. Pero el destino juega con los hombres como conejillos de indias, unos vienen al mundo en la más extrema pobreza y otros con una cuenta de crédito multimillonaria en el banco, unos nacen con estrella y otros estrellados; todos luchan contra el destino sin darse cuenta: contra una enfermedad terminal, un hijo amado y perdido en la droga, la vejez o la pobreza. Ni Zeus podía detener el destino de los hombres, Casandra de Troya podía ver el futuro, pero no podía cambiarlo porque estaba maldita y nadie le creía. Muy pocos tenían la suerte de vivir una niñez feliz y despreocupada porque pronto el destino los enfrentaba contra el horror y la brutalidad de la lucha por la supervivencia del más apto.

Se incorporaron y acompañaron, barranco abajo, a su loco amigo y cuando este se terminó de colocar el equipo de buceo, se metieron al agua.
Aquellas profundidades, de color jade, eran casi transparentes. Las rocas parecían mecerse de un lado para otro, pero todo aquello se trataba del efecto que producían las algas adheridas a las rocas. Aquellos abismos azules, intimidaban, peces raros y con rostros monstruosos asomaban sus caras, apareciendo de pronto de entre las brumas azules y gélidas de las profundidades.
La naturaleza en Manta es grande, todo grande. De pronto Iván se lanzó en picada, profundidad abajo para arrancar del fondo arenoso y rocoso una gigantesca langosta. Regresó con aquel animal, cogido de las antenas y se lo puso en las manos de Pava Loca, que se sintió impresionado por el tamaño del animal que movía la cola furiosamente.
Luego salió a la superficie, respiró con el snorkeer y volvió a sumergirse y esta vez fue a por una tortuga de buen tamaño. Se le acercó al confiado y dócil animal, y le asestó una puñalada mortal en el cuello con su cuchillo de buceo. Entonces salieron jadeantes a la playa. Pero Danni retenía en la mente la muerte y el sacrificio de aquel animal: estaba manchado de sangre.
Cuando volvieron a subir la loma, encontraron a Claudia, recorriendo las tumbas del cementerio, recogiendo palos y basura para quemar y hacer una fogata. Pava Loca, mucho más diestro en aquel asunto, se metió en el desierto bíblico y empezó a recolectar buena leña.
Cuando finalmente consiguieron encender un buen fuego, Iván tenía envueltos en pequeñas ramas puntiagudas, pedazos crudos y sanguinolentos de tortuga y langosta, que de inmediato los puso a asar. Aquella escena se asemejaba a un sacrificio de los antiguos para sus dioses del Olimpo. También tenía un gran vaso repleto de sangre de tortuga. Después de ofrecérselo a todos y de ser rechazado con incredulidad y asco por todos, se lo bebió él de un solo trago y sin respirar.
Claudia sentía que se le revolvía el estómago. A Danni se le vino a la mente una cita de Jack Kerouac: que claramente nos damos cuenta de cuándo nos estamos volviendo locos; la mente se sume en el silencio, físicamente no ocurre nada, la orina se acumula en la vejiga, las costillas se contraen. 
Los tres fueron testigos de un asesinato y de un acto salvaje contra la naturaleza. Su amigo Iván se había comportado como un Caín contra la naturaleza. Grifotes como estaban, después de pasarse uno de los últimos porros de yerba que le quedaban, alucinaban a Iván como si fuera un primitivo homínido, devorando aquellas piezas de carne humeante, medio asadas y medio crudas, un poco sanguinolentas.
Todo aquel asunto era absolutamente demencial. El método primitivo de comer con las manos era un ritual antropológico, Iván era para los ojos alucinados de aquellos chicos un subhumano, un sobreviviente, sus dientes y muelas trituraban aquella carne que iba a parar a sus intestinos para darles calor, fe, ¿valor?
Claudia sentía que se estaba volviendo loca y no paraba de mirar a sus compañeros de manera interrogativa, movía la cabeza en busca de auxilio para su cordura, tratando de arrancarles con la mirada alguna palabra que aclarara todo aquel asunto.
Cuando finalmente Iván se hartó, se arrellanó sobre la arena y se apoyó contra una mochila y les dijo a los chicos:
-      ¿Alguna vez han probado PEDRO?
-      No.
-      Yo tampoco.
-      Le tengo miedo a esos experimentos-dijo Pava Loca-.
-      Sólo basta unas gotitas y todo reventará en sus cerebros, ¿quieren probar?
-      Déjame verlo-dijo Claudia-.

Iván rebuscó en su mochila y sacó un pequeño frasquito, color púrpura, el color de la locura. Parecía uno de aquellos frascos donde se guardan caros perfúmenes de la aristocracia guayaquileña. Y luego dijo:

-      ¡Aquí está!, y abrió la tapita.

Pava Loca dejó caer en su lengua un par de gotas de PEDRO de aquella mágica pócima y luego se levantó y se fue caminando en dirección del desierto. Él dijo que si algo le iba a pasar, que sea en el desierto porque temía morir ahogado en el mar.
Danni y Claudia hicieron lo mismo y se quedaron sentados junto a la fogata, pero después Danni se encontró-sin saber cómo ni como había llegado allí-, dentro de la carpa junto a Claudia y sentía una gran quemazón en los poes como si hubiera estado caminando mucho tiempo descalzo por la arena ardiente del desierto.
Mientras tanto Pava Loca se encontraba corriendo, desnudo, con los ojos desorbitados, errante por el desierto de San Mateo, escurriéndosele espuma por la boca. Iba y venía de un lado para otro, corriendo desnudo y a veces gritaba y soltaba unos alaridos demenciales, como si fuera un soldado de infantería embistiendo al enemigo, en plena batalla nocturna.
Danni no supo cómo ni en qué momento había dado a parar, con todos sus huesos, en la carpa de una bruja, que se hallaba en pleno desierto.
La bruja Alcira, le sostenía la mano, leía las líneas y le hablaba sobre su futuro. Palabras ininteligibles, que el efecto alucinante del PEDRO las hacían incomprensibles. De pronto la maga le metió la mano en el bolsillo del pantalón de baño de Danni y se metió en su cartera unos cuantos sucres. Después la mujer madura se empezó a desnudar, poco a poco, y se acostó en una hamaca confeccionada con redes de pesca y su rostro se relajaba entre una multitud de colores y entre una humareda que salía de un habano que se estaba fumando despacio.
Los ojos de Daniel –por el efecto de la droga-, podían apreciar cada detalle erótico de aquella mujer chola de piel color aceituna y ojos almendrados. Sintió entre las piernas una poderosa erección, que casi le hizo gritar de dolor y la vieja bruja también se dio cuenta de aquello. En la cabeza afiebrada por las alucinaciones se le vino un pensamiento que fue citado por Jack Kerouac: Dios tiene por norma hacer que nuestras vidas sean menos crueles que nuestros sueños.
Entonces Alcira lo comenzó a llamar para que se acerque, en un lenguaje típico de los huancavilcas y ya perdido: el TALLAN, lenguaje extraviado en la memoria de los comuneros de la playa.
Como Danni estaba paralizado por el efecto idiotizante del PEDRO, la bruja, que sentía las entrepiernas empapadas de deseo, se le acercó lentamente al joven surfista. Luego le metió la madura y hermosa mano entre los broches del pantalón y se lo sacó. El falo del muchacho estaba a punto de estallar. La bruja se quedó extasiada al ver el duro falo del muchacho, que goteaba por el éxtasis y de inmediato se lo chupó. Cuando la maga hubo saboreado, por un buen rato, la carne del muchacho, se le montó encima.
Aquella jodienda con una mujer madura y excitada, todo sazonado con la droga, era algo inimaginable, de una dulzura exquisita. Aquella mujer chola gemía, se retorcía, casi lloraba y su sapote era una caverna, que chorreaba su esencia como una catarata que bañaba las carnes sudadas del muchacho. Luego la chola se puso en cuatro y le indicaba por señas a Danni, que la montara por atrás, que se le trepara entre las nalgas, la penetrara por aquel lugar estrecho, hediondo y prohibido, y la jodiera. Danni obedeció y la penetró con facilidad porque aquel templo también estaba empapado por el deseo, hacía una espuma fragante con olor de tripas y con el sutil frotar de las carnes completamente irrigadas de sangre.
Cuando ambos acabaron, la bruja se desentendió fríamente del muchacho y salió al patio para ducharse al aire libre con su maduro y grueso cuerpo desnudo.
Mientras tanto, Claudia estaba caminando como loca perdida por la playa, recogiendo caracoles, que en su mente afiebrada por el PEDRO, al tocarlos se convertían en mariposas multicolores, que volaban y volaban hacia más allá de las nubes, y luego, con todos ellos, logró llenar una gran funda y se los llevó a la carpa; llenó un perol con agua, recogió leña, encendió fuego, un fuego chisporroteante, casi divino, antiguo y sagrado como las ruinas de la vieja ATENAS, luego cocinó un poco de arroz y lo mezcló todo. Junto a ella se sentaron Sócrates, Heráclito, Anaximandro, Pitágoras, Diógenes, Epicuro y otros sabios y le hablaban el incomprensible lenguaje de los muertos.
Toda aquella noble, original y primitiva sabiduría pasó por sus oídos, por su piel irritada por las quemaduras del sol; instruyéndola, asesorándola, abriendo su mente en diferentes direcciones. En su loca cabeza estaba preparando un plato de alto nivel gastronómico: arroz con caracoles, pero en realidad aquella bazofia estaba cocinándose de la manera más rudimentaria, sin aliños, ni sal y todo realizado a la maldita sea. De pronto, Claudia se ha cansado de tanto trajín, se ha hostigado y se ha metido dentro de la carpa. Allí se encontraba cuando de repente Pava Loca entró de un salto, desnudo, con todo el cuerpo repleto de arena y le ha caído encima, el impacto ha sido tan fuerte que a la pobre Claudia se le ha partido la boca por el bestial golpe del muchacho.
El golpe la dejó turulata y sin ganas de decir palabra alguna y a duras penas emitió un débil quejido. Mientras Pava Loca se le quitó, pesadamente, de encima y se ha acostado a un lado a dormir. Llevaba por lo menos cuatro horas ininterrumpidas de vuelo y de correr como caballo loco por en medio del desierto.
Casi al anochecer llegó Danni. Cuando arribó al campamento fue testigo de una procesión fúnebre en la que iban a depositar un cadáver en una fosa previamente excavada en el cementerio cerca de donde se encontraban acampando.
Sin decir nada, Danni se les unió a la procesión y recordó cuando tuvo que vivir la muerte de su padre, y hasta en ese momento, tuvo la loca idea, muy clara y precisa, de que el muerto que iban a enterrar en aquel cementerio de San Mateo era, precisamente, su padre.
Danni caminaba detrás del féretro y escuchaba los lamentos de la familia, el llanto de los niños y de la esposa de aquel pescador.
Finalmente la procesión se detuvo junto al hueco excavado en la tierra y el sacerdote dijo unas cuantas palabras:

-      Hermanos nos hemos reunido aquí para darle el último adiós a este pobre pescador: polvo eres y en polvo te convertirás. Fuiste un hombre íntegro y viviste una vida larga, ahora ha llegado el momento de descansar. Adiós Sebastián, paz en tu tumba.

Y luego empezaron a bajar con resignación el sarcófago al hueco, su morada final. Los sollozos, los quejidos y los lamentos de la viuda, sus familiares y sus hijos menores, se hicieron más agudos, más prolongados, casi quebraban el ambiente caluroso con aquel dolor, pero de pronto una gran brisa marina refrescó aquel lúgubre ambiente de dolor, quejidos lastimeros y lágrimas.

Danni quería gritar…, decir algo…, todo pasaba demasiado rápido para que él lo comprendiera, para que él lo pudiera controlar y asimilar. Se estaba quedando sin padre, no lo volvería a ver nunca más, aquel ser que amó se convertiría en materia en descomposición, líquidos apestosos, una cosa innombrable.
De pronto, despertó, se dio cuenta, había despertado, se percató que aquel muerto no era su padre, que su padre ya había muerto hace años y se alejó del grupo de gente y se fue para el borde del precipicio donde estaba la carpa. Cuando llegó, encontró entre las cenizas de un fuego casi apagado, una olla de arroz con caracoles y le pareció un plato exquisito, un manjar de dioses. Empezó a coger con la mano pequeñas pociones de arroz con pedacitos de caracol y empezó a comer y le pareció que aquello estaba salado y sin sabor, pero no pudo detenerse, no podía detenerse, comía y comía de aquel menjurje, como si tuviera un hambre atrasada de varios días. Cuando hacía pausa, era para respirar y poder masticar y buscar con los ojos, un poco de agua para pasar el bulto de comida que tenía entre los dientes y las muelas.
La noche se les venía encima a los chicos y el crepúsculo, rosado y púrpura, los sorprendió a los tres metidos en la calurosa carpa. Nadie había sabido nada de la vida de Iván, que era el hombre que había empezado toda aquella jornada de alucinaciones.



Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
 
(Fragmento de la novela Arena Amarilla que será publicada -como tres anteriores obras- por entregas semanales)



viernes, 15 de mayo de 2015

Alucinaciones (parte XIII)

Imagen tomada de http://www.eltiempo.com/Multimedia/galeria_fotos/internacional6/GALERIAFOTOS-WEB-PLANTILLA_GALERIA_FOTOS-12300747.html




Aquella piscina le trajo un borroso recuerdo a Danni.
Su padre le había comentado que en aquella casa, cuando él era pequeño y estaba de visita, había saltado el muro que los separaba de los vecinos, y que se había internado en aquel cesped hasta que unos perros salchicha lo sacaron corriendo despavorido, por el nerviosismo perdió pie y se cayó y se sintió desmayar cuando lo alcanzaron los diminutos canes.

La señora en traje de baño negro, se recostó en una silla plegable, de color blanco y se quedó ahí, tranquila, tomando el sol.
Claudia no paraba de mirar la piel delicada y bella de aquella dama. Parecía la piel de Cleopatra, que nunca envejecía por sus baños diarios con leche de burra o algo así.
El rostro mismo de aquella señora le parecía egipcio, enigmático, de una belleza insondable, era casi como el de una diosa egipcia. La Nefertiti retratada magistralmente por Norman Mailer.
Danni y Pava Loca al fin lograron refrescar su piel torturada por el sol, la arena y el sudor en aquella agua dulce y fresca. Al fondo del salón, el mayordomo había puesto la radio, y de aquel instrumento, salían las notas de una canción de Barry Manylow, la estrella rutilante de LAS VEGAS.
La señora ordenó que le trajeran el televisor y al encender la pantalla en blanco y negro, sintonizaron canal dos, donde pasaban el show cómico de Carol Burnett.
En aquel episodio, aparecía toda guafachoza, con un cubo de agua y un palo para trapear pisos, y se dedicaba a mantener un monólogo muy gracioso sobre las ridículas paradojas de la vida laboral de una mujer proletaria de New York.
Danni le preguntó a la tía Rina:

-      Disculpe la molestia, tía, ¿pero tiene algo de comer?
-      La comida en esta casa hay de sobra y hasta para regalar, pero hijo, está completamente congelada, tendrán que esperar a que se prepare todo.

Y con un tono imperioso de emperatriz rusa, le gritó al mayordomo, que preparara un buen guiso para Danni y sus amigos, y que haga suficiente por si querían repetir.
Cuando Danni se encontró frente al jugoso y humeante guiso de chuletas y huevos revueltos, su mente proyectó un pensamiento de DH Lawrence: obedecer al instinto más profundo es nuestro destino.

Danni, Claudia y Pava Loca devoraron con hambre atrasada aquellas chuletas de cerdo ahumadas con huevos.
Ella les preguntó:

-      ¿Qué hacen por acá?
-      Estamos corriendo olas, las olas no paran de llegar a la orilla, pero ya se nos ha acabado la comida y el dinero.
-      No se preocupen más por eso. Sólo tienen que venir y pedir. Yo me siento terriblemente sola y aburrida, aquí. La compañía de gente joven me hará bien- afirmó esto último con el gesto majestuoso de una reina austro-húngara-. 

Con todos los problemas logísticos solucionados, los chicos volvieron al cerro del cementerio a sentarse frente a sus carpas y extasiarse frente al maravilloso espectáculo que ofrecía el mar rayado por las ondas que terminaban agónicamente en la orilla de San Mateo.
Claudia dijo:
-      Se nos acaba la yerba.
-      Eso no es problema-dijo Pava Loca-, yo tengo un par de mugas por ahí en mi mochila, sólo tendremos que ajustarnos y fumar agujitas.
-      Esas agujitas para lo único que sirven es para surfear más cool y acostarse a dormir.

De pronto los chicos vieron en la playa, la figura solitaria de Iván, que caminaba con la majestuosa solemnidad de un monje krsna.
Claudia lo llamó y el chico hizo visera con la mano, los divisó y empezó el ascenso a la montaña.
Iván era un dato fuera de serie. Su vibra era muy dulce, una persona noble, estaba hambriento, pero prefería someter su cuerpo a la tortura y la renuncia antes que dejar su playa preferida. Después de que se había instalado les dijo a los chicos:

-      ¿Quién quiere acompañarme a bucear?, me muero de hambre y estoy dispuesto a cazar una tortuga, apuñalearla, descuartizarla, beberme su sangre y sobrevivir…



Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
 
(Fragmento de la novela Arena Amarilla que será publicada -como tres anteriores obras- por entregas semanales)