En
un momento en el que muchos escritores han sucumbido al encanto de la IA y la
escritura parece ser algo irrelevante para algunos de ellos —al asumir la
autoría de algo que no les pertenece, por más que defiendan que sus ideas y
prompts son suyos—, la realidad nos dice que escritor es el que escribe; el
que, en el mejor de los casos, piensa, redacta y desarrolla un texto.
Por
eso es reconfortante encontrarse con libros como Al cruzar esa calle... (2026), de
Fernando Macías Pinargote. Una obra donde la memoria se construye a partir de
relatos en los que el barrio, la ciudad, la amistad y sucesos sobresalientes
marcan el ritmo de pequeñas crónicas. Son postales donde la niñez y la juventud
siempre destacan hechos relevantes para el protagonista. Portoviejo es el
espacio geográfico recurrente: una ciudad con cientos de historias desconocidas
y proezas locales que el cronista eleva al escenario global.
Y
eso, en una época en la que una legión de autores ha caído bajo la sospecha de
usar IA para “escribir”, es meritorio. Un escritor frente a su computadora
rememorando, revisando archivos, dialogando con otros, reconstruyendo la
memoria colectiva y mirando desde su recuerdo... todo para convertirlas en
piezas destacadas que lo sobrevivan a él y a cada protagonista de sus
historias.
