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Hay
una comunidad de escritores latinoamericanos conectados con el metal: aquella
música estridente e “infernal” para muchos. Una comunidad que no es tal, es
decir, que no es una especie de club en el que sus miembros se reúnen para
dialogar o plantear ideas de representatividad colectiva. No, cada uno desde
sus países se mueve a su ritmo y bajo sus propias consignas.
Pero
esta “comunidad” de escritores-metaleros —porque es innegable el gusto por el
metal extremo: desde el heavy rebelde hasta el death más
violento— mantiene un vínculo a la distancia: su literatura dialoga y se mueve
desde las mismas consignas, con personajes provenientes de los márgenes,
desencajados y ruidosos que dicen mucho de su subcultura.
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PabloRodríguez, amigo y periodista rockero y metalero, a quien siempre reconocí por
su trabajo de comunicador en distintos medios (televisivos e impresos), me
presentó el libro Tren Loco. 20 años. Pogo en el andén. Era 2010 y ese
año —en una feria de libros en Ecuador— conocí la historia de una banda y el
trabajo de un escritor que no constaba en mis registros: Gito Minore.
Cuatro
años pasarían hasta coincidir con Minore en otra feria de libros. Un diálogo
breve, algunas revistas y libros, y un contacto hermanado por la música y las
actividades metaliterarias que aún permanece.
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Habían
pasado varios años de mi encuentro con Minore cuando, un día, recibí su
invitación. Ahí me contaba de un proyecto que se alineaba a otros similares en
la región, como el realizado en 2014 en Chile: las antologías de poesía y
narrativa denominadas Metalenguaje. Un proyecto que integraba a
escritores que conocía desde su obra y a otros que no aparecían en mi mapa
personal, pero cuya obra empezaba a seguir.
La
mano maldita lo tituló Gito desde el respaldo de su
sello Clara Beter. Era 2018 y para mí esa fue una de las mejores noticias de
aquel año. Porque una historia adolescente que tenía bastante tiempo guardada
encontraba una casa colectiva para difundirse. Porque conocía la obra de otros
autores con los que tenía el nexo de la música y la literatura.
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A
principios de este año, Gito me vino contando de la posibilidad de una segunda
edición de La mano maldita; una donde integraría a más autores de la
región. Fue cuando me llegó el borrador de la maqueta y empezamos la corrección
de pruebas que me convencí de que este conjunto de relatos tendría un nuevo
impulso.
Hoy
vuelve a circular esta entrega que agrupa a una camada de autores provenientes
de México, Argentina, Uruguay, El Salvador, Puerto Rico, Bolivia y Ecuador. Y
puedo afirmar que las historias dicen mucho de una comunidad que aún en este
tiempo se visibiliza con el estigma a cuestas de lo maldito, ritualista y
sanguinario. Estas historias son un buen momento para desmentir todo mito.

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