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lunes, 23 de marzo de 2026

Tragicomedias que divierten


 

Cada día aparece un nuevo creador de contenido en TikTok. No tengo prueba de ello, pero tampoco duda. Los ejemplos abundan: desde la señora que vende cosas cantando alabanzas hasta la mujer que canta en seudo inglés; los grupos que recrean historias sensibleras de infieles y malvados, o los relatos de niños abandonados, madres solteras y hombres en relaciones tóxicas. Es una larga lista de contenidos que se repiten y calcan entre sí.

En medio de todas estas propuestas, aparecen dos creadores que dicen algo: El Jampi, desde Manta, y El Revish, desde Guayaquil. ¿Qué los hace destacar? Me atrevería a afirmar que la originalidad. Mientras muchos de sus colegas centran su contenido en temas gastados, ellos van en otra línea (aunque sus primeros registros dan cuenta de la imitación).

Son personajes que cuentan historias desde el testimonio. Por un lado, El Jampi: desde el incrédulo con una supuesta novia europea que termina estafado; el que busca jóvenes para su “empresa” de prostitución masculina; el taxista de inDrive que opina de la vida de sus clientes (y que explota sentimental y sexualmente a alguien de su mismo género) o el delivery que no atina con los pedidos.

Por otro lado, El Revish presenta contenido movido por la coyuntura social, política y de seguridad. Usa un recurso constante: el ecuatoriano promedio que intenta salir librado de distintas situaciones, terminando siempre con un estribillo que denota el “por gusto”, lo vano de una solicitud que no llegará a realizarse.

Ambos comparten una línea: sus historias muestran al ecuatoriano común, el que se mueve en los barrios, el de la esquina, el de la jerga popular que se reconoce parte de un territorio marginal. Las tragicomedias que presentan divierten porque concentran historias cotidianas; situaciones reales que refuerzan la idiosincrasia local y nacional.

jueves, 7 de octubre de 2021

Entender el entusiasmo de los otros

Hace diez años, tras una acalorada conversación en defensa de las novelas de Bryce Echenique (el humor, lo absurdo, lo tragicómico de las situaciones que presentaban los personajes), mi compañero de trabajo me dijo que no había leído a uno de los grandes, que el autor que defendía a capa y espada era un niño baboso junto a esa obra maestra. No le creí nada.

Quizás fue por el ejemplar destartalado que me presentó tres días después; por la portada con una especie de detective vagabundo; por las páginas arrugadas; o por la pasta que lucía distintos colores de cinta evitando su desintegración total. Un mes estuvo conmigo ese ejemplar que había cumplido un rol importante: ser leído y con afán. Un mes lo contemplé cada vez que me proponía a leerlo, sin embargo, nunca pasé de la introducción del editor.

Una década después, y luego de ir tras un título que me entusiasmaba bastante, lo encontré mientras me dirigía a la caja de pago de la librería. Recordé el comentario de mi excompañero de trabajo. De su emoción cuando me hizo un resumen de la historia. De ese personaje irritante que protagonizaba esa alocada novela. Entonces supe que el momento de leerla había llegado.

 

Semana y media me bastó para entender el entusiasmo de los otros, para arrepentirme por no haberla leído antes. Ahora soy uno de los miles de fans de La conjura delos necios. Odié y, en cierta medida, entendí a Ignatius Reily: ¿Un sin vergüenza mantenido saboteándose a sí mismo? ¿Un idealista extraviado en una ciudad pacata y sofocante?

Ahora estoy listo para acalorarme en nuevas conversaciones, ya no en defensa de Bryce Echenique (a quien no he abandonado) sino en esa adictiva historia de un tipo contra todos, es decir, contra ese mundo abominable que solo aprendió a respirar y late para enfurecerlo y no comprender cada una de sus empresas, por más absurdas que parezcan.