Hace
poco retomé, en una maratón nostálgica y carcajeante, las últimas temporadas de
Friends. Por unas semanas se volvió un rito al final de la tarde para
apaciguar la carga de lectura académica de ocho horas. Una escena bastó para
emprender la maquinaria absurda y predecible de la serie.
Más
allá de las risas, en algún momento algo hizo clic: Ross no solo era el pelele
y bufón, sino también un intelectual que se reprimía ante sus amigos vulgares y
con intereses mundanos. ¿Ser ñoño era atractivo? ¿Cuántas mujeres se sentían
cautivadas por un hombre que demostraba saber algo a profundidad?
Lo
tenía claro: una cosa era tener conocimiento y otra —casi siempre en el
panorama— era ser bobalicón. Los expertos en verborrea hueca abundaban. Nada
tenía que ver con los títulos y grados que se cargaban y exponían, porque, como
decía Chancro Duro: hay “ignorantes titulados” por doquier.
Sin
embargo, Ross, desde la ficción, demostraba que se podía ser intelectual,
tolerar e incluso apreciar a un grupo de ignorantes y, sobre todo, ser
atractivo muchas veces sin necesidad de pretender serlo; es decir, solo bastaba
encontrar a la persona adecuada que lo escuchara para reconocer el talento en
él.
Así,
la primera situación se da en la temporada siete, episodio siete (El libro de
la biblioteca). Ross descubre que su tesis doctoral consta en la biblioteca de
su universidad; se encuentra recluida en una sección de escasa consulta, pero,
contradictoriamente, de mucha frecuencia. Todo porque el espacio al final de la
sala se volvió el motel de parejas fogosas.
Cuando
Ross lo descubre, y ante la ausencia de guardias que detengan esta situación y mancillen
su tesis y libros sagrados para su profesión de paleontólogo, decide custodiar
el lugar al finalizar sus clases para alejar a las parejas que se acercan.
Todo
marcha bien hasta que encuentra a una joven que llega en busca de un libro. Al
interrogarla, descubre que es una lectora de su tesis y que hay afinidad en
lecturas y criterios. Títulos y referencias van y vienen… Luego, aparecen los
dos a medio vestir, escoltados por la policía en la recepción de la biblioteca.
La
otra situación se da en la temporada ocho, episodio veintiuno (La lección de cocina).
La vendedora de ropa de bebés de la tienda encuentra cautivante a Ross al
enterarse de que es paleontólogo y profesor universitario. La joven ve en él a
una especie de “Indiana Jones” que, más allá de ser padre, no tiene compromiso
sentimental con nadie.
¿Ser
ñoño es atractivo? Lo es desde la ficción de una serie, donde los docentes no
parecen tener una carga horaria agotadora y el humor dota de una mejor conexión
con los estudiantes. Y donde, parece, las mujeres sienten atracción por
profesores que demuestran conocimiento y no representan el camino fácil de la
academia.


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