El
lugar común de la poesía son los poetas: cientos y miles de hombres y mujeres que
un día se reconocieron no como escritores, sino como poetas. Porque entre
escritores y poetas ha existido una línea, una franja invisible que los ha separado
de su quehacer literario. Por eso no es de extrañar que en las biografías de muchos
de ellos se explique que es poesía lo que escriben (aunque nunca faltará el
todólogo que afirme que es Escritor y Poeta; incluso los más excéntricos asegurarán
que son Escritor, Poeta y Periodista).
Por
eso, cuando aparece una película tan ácida y descarnada como Un poeta (2025,
Simón Mesa Soto) uno, como espectador, vuelve a preguntarse ¿son necesarios los
poetas? ¿Son suficientes todos los poetas existentes? ¿Es necesaria la poesía
de toda esta legión de poetas pululantes?
Óscar
Restrepo, el protagonista de esta disparatada y tragicómica historia, es el
arquetipo de poeta que se puede encontrar en toda Latinoamérica: un bebedor
extremo que prefiere filosofar respecto a la “buena” poesía. La poesía pura nacida
desde el margen, sin el afán de reconocimiento; la poesía descontaminada de los
intereses coyunturales. Un poeta abogando por la poesía como la expresión
máxima de la creación literaria, aunque su propia obra sea irrelevante.
Pero
en Un Poeta no solo se trata de la vida del poetita apestoso que todos
ven con conmiseración; es también el reflejo de lo que la gestión cultural representa
en muchos de los países de la región: ese entramado político de favores y
compadrazgos. Esos espacios donde los consagrados determinan qué vale y qué
debe olvidarse; esos centros de poder cultural que levantan y sepultan autores
a su antojo.
Un
poeta, es un film para desplegar carcajadas desaforadas y
también, una vez disipada la risa, para reflexionar sobre el retrato exagerado de
nuestra realidad.
Por
aquí se puede ver.


No hay comentarios:
Publicar un comentario