Existió
un tiempo en el que los docentes universitarios, además de su labor en la
enseñanza, tenían un objetivo claro en su quehacer académico: aportar a su línea
de conocimiento. Un subgrupo de ellos encontraba la motivación de aportar desde
la ficción: novelas o colecciones de cuentos que denotaban que no solo se vivía
de la teoría, sino que su obra era el mejor ejemplo para los estudiantes. Profesores
capaces de compartir sus libros entre sí, generar comentarios y juicios críticos
más allá del halago mutuo; una sana competencia para dejar una huella en el
área que enseñaban.
En
ese tiempo importaba más la escritura y publicación de un libro: presentarlo,
dialogar con el público —usualmente estudiantes interesados y no “obligados” a
asistir— y acercarlos al proceso de escritura, a las motivaciones iniciales y a
las luces del objetivo trazado de la obra.
Hoy
importa más un artículo científico, un artículo de investigación y de revisión,
un ensayo…textos de vida corta en revistas especializadas. Textos que casi
siempre se pierden en el océano de otros textos similares. Textos que pocos o
nadie comentarán o citarán, porque su aporte es mínimo. Textos olvidados en las
marañas de revistas depredadoras…
¿A
qué viene lo anterior? A propósito de Vladimir (2026), la reciente serie
basada en la novela homónima de Julia May Jonas. Una historia cercana al “porno
para mamás” (como diría King respecto a obras similares). Una profesora con un
matrimonio abierto que tiene una fijación con el profesor joven recién
contratado. Una historia entretenida —para escarbar y dar con los puntos
interesantes— ante lo banal que se presenta.

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