domingo, 21 de septiembre de 2014

Ser poeta, ser llamado poeta. Radiografía desde la localidad.




(…) todo el mundo habla de poesía pero nadie puede hacer nada al respecto.
Charles Bukowski.

(…) la poesía no es sinónimo de libro de versos.
Pedro Saad Herrería.

De sentimental a tansemental
de poeta malito a poeta maldito
de loca adefesiosa a mujer fatal
acá siempre se las ingenian
para mejorar el currículum.
Rafael Méndez Meneses.

Introducción
¿Mediante qué recursos se etiqueta a quién es y no es poeta? ¿Por qué algunos son llamados poetas y otros deben llamarse a sí mismos o estancarse en el anonimato? ¿Quién etiqueta?  ¿Todos los poetas en Manabí son en verdad poetas?
Este texto es un ejercicio que analiza la poesía manabita desde la exposición mediática, que explora y expone más allá de los textos, un tema incómodo para muchos autores: ser o no ser desde la poesía.
Partamos diciendo que no se trata de un tema exclusivo de Manabí, porque es un fenómeno global: autores que han encontrado en su espacio geográfico y época el debido reconocimiento para ser llamados poetas, y también autores que ante la realidad de verse desconocidos y excluidos como poetas han decidido otorgarse a sí mismos el apelativo o aceptar un anonimato obligado.
 




Autores independientes y autores protegidos
Alfredo Cedeño Delgado (2005: 7) delata una realidad local: “(…) el escritor manabita ha escrito en condiciones excepcionales y difíciles porque la sociedad nuestra ha montado un frío y casi perfecto mecanismo para desalentar y matar en él su vocación”. Sí, ha sido y es un escenario difícil para muchos autores, porque no se han creado y mantenido las condiciones adecuadas para que los escritores puedan desarrollarse en su totalidad.
No basta con autopublicarse, las ediciones de autor dentro de un sistema valorativo editorial significan casi nada. No basta con publicar y hacer circular únicamente a nivel local las obras. No basta con tener múltiples títulos publicados y ninguno de ellos registrados en las instituciones legales. No basta con tener hermosos y encantadores comentarios en las contra cubiertas de los libros. No bastan extensos e increíbles prólogos. Nada de esto basta. Y sin embargo todo es apenas un ápice de un proceso comunicativo que tiene como objetivo primordial el posicionamiento del autor.
Así, en este contexto, no es difícil comprobar que existen dos clases de poetas a nivel local: los independientes y los protegidos. Los primeros haciendo cosas sin un debido asesoramiento, casi a ciegas. Los segundos siendo parte de una infraestructura y un proceso activo de posicionamiento.
Ser o no ser poeta, ese es el dilema, un dilema que no solo depende del talento del autor, que no solo le compete al autor, sino a todo un conjunto de profesionales muchas veces desligados de la creación literaria.
Sellos editoriales, gremios y colectivos culturales e instituciones educativas son quienes avalan la visibilización de un poeta. Son quienes van determinando quién es o quién no es poeta. Y no es que esta protección sea un error que deba corregirse con urgencia, al contrario, el escritor manabita, el poeta sobre todo, necesita la protección, que otros sean quienes apoyen su posicionamiento literario. Y en esta protección él, como creador, dedicarse solo a la escritura.
El error, y quizás en nuestra provincia se ha incurrido reiterativamente, está en que muchas veces los poetas respaldados no son los indicados. Cuando la obra del poeta no posee mayor valor, cuando su trabajo literario es una redundancia estancada y que, a pesar de lo que se diga y sostenga, no llegará muy lejos, rebotará en un espacio geográfico limitado. Cuando pasa esto, algo anda mal.
Y ese algo nos remite a un problema de fondo mayor ¿mediante qué mecanismos se erige a un poeta?.
 




Calificaciones, máscaras y premios literarios
Javier Vásconez, afirma que “aquí, en Ecuador, nos tomamos demasiado en serio las genialidades inventadas por nuestros amigos en las noches de tragos. Muchas de esas genialidades no son más que tonterías o mediocridades provincianas” (Rodríguez, 2012: 39). El texto de Vásconez resulta una mirada desde dentro del mundillo literario donde los comentarios de amigos (sean escritores o periodistas, o esa mixtura de escritor/periodista) logran una confianza en el ego del poeta que no siempre resulta bien librada.
Entonces se miente, y en esta mentira se va construyendo una idea que logra réplicas desde distintas plataformas comunicacionales: revistas, diarios, redes sociales, blogs, páginas web y en los mismos libros publicados. Sentencias que muchas veces no analizan la obra del poeta, y más bien se centran en destacar sus cualidades como ser humano.
Iván Carvajal (Pólit Dueñas, 2001: 310), desde otra perspectiva, sostiene que “(…) en ocasiones se premian obras y autores que, con el paso del tiempo, se revelan insignificantes, como también se han ignorado o relegado obras verdaderamente revolucionarias (…)”. Los premios, para Gonzalo Rojas (Rodríguez, 2012: 156) son tonterías, no sirven para nada. Y desde esta valoración, tanto Carvajal como Rojas dan en un punto clave: no siempre un premio literario asegura calidad de poesía y no siempre el obtenerlo es certeza de que se trata de un autor sobresaliente.
¿Pero cuántos poetas manabitas han logrado destacar en sus fichas biobibliográficas el haber logrado premios literarios? ¿Cuántos de estos premios obtenidos son representativos? ¿Cuántos de estos premiados han logrado un trabajo destacado?
Al igual que Jorgenrique Adoum, “desconfío de quienes quieren ser escritores; me interesan los que quieren escribir” (Molina Díaz, 2009: 36). Puesto que el figurar antes que el ser, continúa imponiéndose. Muchos quieren ser escritores, buscan ser catalogados como tal, sin siquiera haber desarrollado un trabajo de escritura que hable por ellos. Esta es la realidad del poeta, aferrado a la idea del reconocimiento: ser ante todo y muchas veces, ante poco o nada.  

 




Ser o no ser poeta
Entonces ser poeta va más allá de la etiqueta, se es o no se es poeta, no hay medias tintas. O se logra un trabajo poético capaz de sobresalir o se escribe y publica sin mayor propósito que el simple acontecimiento del libro formando parte de la bibliografía personal.
Juan Gelman asegura que “la verdadera originalidad consiste en encontrarse con la propia voz” (Rodríguez Núñez, 1998: 3) y desde esta mirada se ha logrado reconocer el trabajo de autores, cuya obra ha asentado un estilo e identidad, la voz propia y marca personal.  
Así el poeta con cada nuevo título va asentando su labor lírica, construyendo una obra que lo continuará. Ese es el ideal, uno que exagera de romántico, pero que ciertamente es el más aplicado, todo porque refleja la entrega a un trabajo donde la poesía busca ser ese punto convergente de interrogación, provocación y ruptura.  
Por ello poetas, como Juan Secaira, saben que: “La poesía exige cosas que la velocidad y fatuidad de la sociedad rechaza; una lectura atenta, una comunión, un deseo frenético y a la vez mesurado, un desafío lúdico y vital; el subvertir lo establecido con honestidad” (Rodríguez, 2012: 55). Ese encontrarse con el poema, devorarlo, consumirlo y aprovechar su alimento lírico.

Reivindicación de los poetas independientes  
Así como no existe un purismo total de “poeta” entre los autores protegidos, contrariamente existen poetas independientes que en su abandono han logrado un trabajo destacable, a veces hasta superior a todos aquellos poetas oficiales.    
Sí, varios de ellos han caído en momentos de desesperación y entrado al juego de llamarse a sí mismos. De exigir que otros vean al poeta que se ha ignorado. A veces, cuando se logra conexiones precisas y la obra secunda ocurre que un autor independiente pasa a las filas de los poetas protegidos.
Otras veces, las más comunes, los poetas independientes no solo son una isla abandonada, sino que en el desierto de su obra no hay esperanza mínima de cambiar su condición.

Conclusiones
Ser poeta en Manabí es difícil, por la sobrepoblación, por la idea errada de clasificar a todo lo publicado como poesía, por la generosidad de comentarios, por el exceso de libros impublicables, por la calidad exigida, por la falta de protección para que un autor se desarrolle totalmente.
Ser poeta en Manabí es vivir para escribir, sin importar la protección o el abandono. Es sostenerse en una fidelidad a su propia obra, sin que las tendencias y la moda hagan presa.
Ser poeta en Manabí es revisitarse cada cierto tiempo, leerse, corregirse, asegurarse que se va por el camino elegido.       
¿Debe importar que un poeta no sea llamado poeta mientras un conjunto de no poetas son POETAS oficiales? No, la realidad y las lecturas nos han enseñado que no todo lo clasificado de poesía lo es, que no todo sujeto llamado poeta merece el título, que todo cuanto se diga desde medios de comunicación y desde un mecenazgo literario activo, es cierto.
Al poeta se lo reconoce a través de su poesía y no en la maquinaria publicitaria y espectacular creada a su alrededor.  

Bibliografía
Bukowski, Charles (2009). Fragmentos de un cuaderno manchado de vino. Relatos y ensayos inéditos (1944-1990), España: Anagrama.
Carvajal, Iván (2001). Acerca de la modernidad y la poesía ecuatoriana, en Pólit Dueñas, Gabriela (compiladora) Crítica literaria ecuatoriana, Ecuador, Quito: Flacso. 
Cedeño Delgado, Alfredo (2005, enero). Por qué el cambio, Spondylus, 10, 17-18.
Méndez Meneses, Rafael (2008). Que mi alma se la lleve el diablo, Ecuador, Naranjal: CCE Guayas/Ext. Naranjal.
Molina Díaz, Miguel (2009, s.f.) Charla con Jorgenrique Adoum, El Búho, 28/29, 34-37.
Rodríguez, Augusto (2012). Palabra viva, entrevistas desde un Quirófano, Ecuador, Guayaquil: Universidad Politécnica Salesiana.
Rodríguez Núñez, Víctor (1998, mayo). Juan Gelman “La poesía es una gran interrogación”, Eskeletra, 8, 2-4.
Saad Herrería, Pedro (2001, agosto). 10 rasgos de la actual poesía joven del Ecuador, Cyberalfaro, 3, 118-129.

Portoviejo, sábado 13 de septiembre de 2014.
Fotografías tomadas de la página de facebook de CCE Manabí.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Aplausos, por fin alguien pone fuego en la llaga que debió cauterizarse hace décadas.