lunes, 5 de septiembre de 2011

Un libro que busca problemas




¿Qué hacemos cuando nos pesa lo moralista, lo ético y lo “bueno”? ¿Qué hacemos cuando los impulsos naturales de la carne, invocados a gritos, son sofocados por la frustración?.

Carne tierna y otros platos es un libro que busca problemas al prejuicio, al machismo estentóreo y lineal existente. Su propuesta va contra corriente: provocando las historias de finales felices, desencantando con reiteración cada propósito carnal, donde el amor es de ultimátum, recreado con desesperación, aniquilado antes del fin. Y el sexo, aquel del cliché inolvidable, bestial, desenfrenado, sofocante y aliviador, jamás llega a ser en su totalidad.

Es un libro problema porque sus personajes (femeninos, próximos a un feminismo complicado) nos demuestran desde sus diálogos, acciones, escenas tonificadoras y también apabullantes que en el amor persiste el desencanto, la flacidez de los encuentros desapasionados, las pasiones truncadas, un todo caótico arrastrándose en un silencio atronador.

Estos personajes tienen claro su objetivo: no seguir la tradición pacata que el sistema y sociedad moralista continúa imponiendo desde sus distintos escenarios. Estos personajes saben defenderse, exigir, desmoronar cuanto sueño imposible aparezca en el camino. Estos personajes reclaman amor, pero en el proceso de obtenerlo, degüellan sin compasión alguna la esperanza deslumbrante que toda mentira contiene.

Por ello atinan a compartirnos sus secretos de cama: “Nano se derrumba a los tres y aguantándose a los ocho minutos” (Polvo de gallo). “Impresionó su rapidez para dejarme en piel, el primero que no se atora en los gafetes del sostén. Pensaba mientras me aplastaba su pecho: este tipo promete. Abracé esa inmensa carne blanda, blanca y pecosa, esperé el debut de su miembro en mi noche de aniversario. Sentí dedos, sentí lengua, seguí esperando” (Noche de aniversario). “Tana lo sintió pequeño, pensó hacerlo cambiar de postura, subir para que le toque el punto, se lo iba a decir cuando vio la mueca acentuándole las arrugas y un largo jadeo anunció que la función había terminado” (La última gota de un cínico). “(…) claro prefirió chuparme porque no logra una erección” (Amor humo).

Secretos narrados desde la impotencia, desde la exigencia de algo mejor y duradero, de ese algo “varonil” que satisfaga, que aplaque el hambre de carne, una carne libidinosa que se cansó de la decepción.

Y es que la carne, como elemento continuado en esta obra, aparece desde dos francos: la primera latiendo por otra, buscando perforar y ser perforada; la segunda apareciendo entre los dientes de un comensal y desmembrada en el hocico de un perro hambriento. Así lo genital y lo nutritivo, dentro de las tramas, encuentra asidero. Tanto en ese yo femenino hiriente, sin vergüenza, que nos dice desde el fondo que quiere y puede atreverse a más, acabar con la hipocresía y rituales sexuales a los que se ve agobiada. Como el que a través de sus monólogos interiores nos descubre el odio incontenible a la normatividad, o a lo que creemos es lo “correcto” dentro de un machismo increíble, por obtuso.

En este Carne tierna todos buscan la posesión: estar y ser engullidos por alguien; perdurar más allá de los cuartos, de una fiesta popular, en medio de un basurero, dentro de un bus, junto a ávidos y desfachatados comensales. La voz narrativa, múltiple en sus situaciones, idéntica en sus necesidades, se impone. Colérica avanza ante los amantes “flojos”, los traicionados por el orgullo sin erectar, los que aferrados al vicio del tabaquismo no reconocen su decadencia, los aniquilados por la voracidad de su carne no complacida.

Si hasta ahora, lectores, no hallaron el libro problema, el desmitificador, el hiriente, el de secretos a voces, el negado a callar por la sumisión irracional que persiste en algunas débiles, pues éste es el LIBRO. Una obra, a la que su autora, sin duda, le legó toda su dureza.

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