lunes, 4 de mayo de 2009

El oficio de un viajero masoquista






No parecía un hombre que ocupaba un espacio,
sino más bien un bloque impenetrable
de espacio en forma de hombre

Paul Auster


Las palabras chocan en mi rostro y orejas, las siento escurrirse en mis oídos, pero se diluyen. Sé que Diana, la joven y pequeña narradora que va a mi lado, me cuenta múltiples historias entrelazadas, cuyo inicio ha empezado dos horas antes en Manta. Soy un viajero anestesiado que piensa en Anathema, en que pronto estarán en el país, en Quito, la misma ciudad hacia donde nos dirigimos.

Anathema es mi punto reforzado para no desmayar dentro de la furgoneta en la que diez voces más orquestan una desafinada serenata biográfica y personal. Mientras pienso en Anathema, en lo poético de las canciones de los hermanos Cavanagh, en que no estaré ahí cuando se desgarren sobre el escenario, sino pronto, en un ahora sin complacencia.

Soy el ojo sobre la carretera, el ojo sin pestañar que agrupa parajes, muecas, desolación y soledad. Mucha soledad impregnada entre fango, neblina y más carretera. Viajo entre poetas y narradores: la nueva camada manabita, las nuevas voces, los nuevos gritos, los nuevos rostros, los nuevos. Allá, en la ciudad capital -imagino-, los esperarán los breves reconocimientos, los interminables flashes de las cámaras fotográficas, los lentes fijos de las filmadoras, las miradas escrutadoras de otros espectadores.

Silencio.
Atrás mío hay una daga.
No quiero despertarla.
Anda seduciendo corazones.
Se hunde en ellos sin compasión, inventa un nuevo dolor.
Llueve sangre.
Y la gente se convierte en gallinazos.

Recuerdo de Yuliana Marcillo, quien prefiere olvidar que es poeta y creer que se es alguien común y corriente dejándose llevar por el desquiciante ritmo de un regetón, una salsa, un merengue, o entregarse a una lloriqueante bachata o balada corta venas y salpica mocos. Le creo, porque la veo retorcerse detrás de mí, en su asiento-calvario de ocho horas. La música es su escape. La música sería mi escape.

Otro yo, en otra página
Roberto me dice que para ser una crónica exageradamente creíble (sí ¿acaso esto no ocurre todos los días en un mundo común, en un país común, en una ciudad común?) y medio atractiva al lector, no está completa, falta lo esencial: el motivo por el que los poetas y narradores van en una furgoneta hacia Quito.

Porque hasta donde él recuerda se salió de Manta con el fin de presentar la obra Soledumbre (publicada por Editorial Mar Abierto), cosa que ocurrió a las tres de la tarde en el Museo de la Palabra del Ministerio de Cultura del Ecuador, en Quito. Allí los escritores Jorge Luis Cáceres (narrador) y Paul Puma (poeta) fueron los encargados de analizar la obra, cada uno a su manera y cada uno aportando una lectura desde su individualidad como creadores literarios.

Intervendrían también Ubaldo Gil (director de Mar Abierto) Pablo Salgado (Asesor del Ministerio de Cultura) Medardo Mora (Rector de la ULEAM) Damián Gil (guitarrista) y los poetas y narradores: Yuliana Marcillo, María del Carmen Zavala, Monserrate Delgado, Verónica Sánchez, Diana Zavala, Ernesto Intriago y Pedro Gil. Todos ellos disertando desde sus oficios: el primero dando a conocer sobre la editorial que dirige: sus logros y constantes luchas por difundir el pensamiento manabita y ecuatoriano; el segundo recordándonos que la “cultura ya es de todos” y que los proyectos, concursos y becas a escritores son una realidad; el tercero reconociendo la labor de la editorial universitaria, del taller literario y del fruto logrado en Soledumbre; el cuarto interpretando tres piezas clásicas de guitarras y los quintos leyendo sus obras.

Lo admito, no soy el cronista que había imaginado, le digo, con toda la calma jamás concentrada en mi historia.

Ese yo, el que perdí pero encontré
Si te ofende mi verdad,
Toma en cuenta que estoy muerta.
Y los muertos no tienen corazón,
No tienen alma,
Son sombras al andar.

(No tengo corazón -Marcillo me acompaña nuevamente-, lo escupí por la ventanilla, cayó en el abismo de la cordillera que nos invita a un sacrificio. Debería regurgitar palabras obscenas, asquerosas, irme contra el chofer por la ofensa musical que no repara en detener, irme contra la felicidad de todos, irme contra el acantilado y llevarme a todos, que el pensamiento de Anathema me acompañe mientras la furgoneta se achichara violentamente y poetas, narradores, chofer y una sombra se vuelven trozos de carne apaciguados.)

Diana continúa hablándome, pero sigo sin entenderla, lo mío es una peste inglesa, una maldición compuesta por cinco rostros masculinos y uno femenino cantando dentro de mí Lost control, Underworld, Deep, y muchos otros lamentos adictivos.

El final del recorrido pronto llegará. Quito frente a nosotros nos recuerda a Soledumbre, los recuerda a ellos, el que deberán pararse frente a desconocidos para compartir sus palabras. Escucho al unísono todos los corazones literarios palpitando incesantemente. Quisiera llegar, hacer mi parte, fumar algunos cigarrillos y dejar que la noche me pierda fuera del espacio.

-A nadie se le ocurra ir al baño, porque el carro no se detiene hasta llegar a donde vamos. Es lo primero y último que digo. Y eso basta.

2 comentarios:

Ernesto Intriago dijo...

Los autores no tenemos libros... pronto... pronto... espero.... espero... Los autores no tenemos libros... pronto... pronto... espero.... espero... Los autores no tenemos libros... pronto... pronto... espero.... espero... Los autores no tenemos libros... pronto... pronto... espero.... espero... Los autores no tenemos libros... pronto... pronto... espero.... espero...

alexis cuzme dijo...

hee, ya no fumes esa nota