martes, 12 de junio de 2007

Intimidades de un cinéfilo




He renunciado a colaborar para el diario local, nada insólito para ellos, nada insólito para mí, pero muy insólito para muchos lectores. Los mails no han parado de llegar, todos con la misma interrogante recordatoria ¿por qué ya no escribes para el diario &%$#//? Y a todos he tenido que repetir la misma historia: que en Manta no se respeta a los periodistas culturales, que nadie paga por los servicios prestados, que se intenta convertir al escaso ejercicio del periodismo cultural en simple materia de farándula, que todo lo publicable responde a intereses de los medios, que en definitiva son unos mediocres caducos posicionados en espacios que dejan mucho que decir.
Por eso en vez de amargarme por ya no mendigar un espacio, he espectado cine, mucho cine -bueno quizás no tanto como quisiera-, hasta que la realidad pueda ser tan simple como una comedia de final feliz.

Borat, ese humor que atrapa y espanta
Borat: el segundo mejor reportero del glorioso país Kazajistán viaja a América (2006) de Larry Charles, es un film estadounidense que resulta ser en esencia más anti estadounidense de lo debido -mas no de lo permitido si no ¿dónde quedaría Michael Moore y sus producciones?-, por darle justo en los lados flacos a este país y su política. Se trata de una película donde el humor negro es suelto a borbotones y el personaje (junto con los otros que cumplen un propósito específico) transgrede, en medio de su ignorancia por las costumbres occidentales, el espacio y toda la política que sostiene al país que lo acoge.
Se trata de un recorrido a las entrañas de un país prejuicioso y alarmado por la menor rareza -ver escena cuando el personaje va por la calle e intenta saludar con besos a los transeúntes y estos huyen, o al defecar en el jardín de un hotel-, donde Borat (Sacha Baron Cohen) es un atentado andante: a las costumbres, a esa delimitación de clases sociales (invitar a la cena, de una familia adinerada y conservadora, a una amiga prostituta no es lo más acertado), normas de higiene, cuestionamientos a la política de terror que Estados Unidos mantiene a nivel internacional y lo peor intentar poseer a los símbolos sexuales de este país (quien se mete con Pamela Anderson es persona no grata), lo vuelven al personaje un peligro.
Y es que el film trata de centrarse en ello: en lo peligroso que pueden llegar a ser quienes desconocen las normas de metrópolis imponentes y a la vez enloquecedoras, donde las palabras y acciones pueden, hasta dichas y hechos de buenas intenciones, convertirse en alarmantes advertencias donde el odio y la repulsión quedan próximos.

Juegos secretos: entre el amor estéril y lo estéril de una historia
¿Qué vuelve a un pervertido sexual un interesante personaje dentro de un film saturado de ligereza y personajes cansinos? ¿un romance compuesto de adulterio? ¿la exposición de personajes cuyas vidas patéticas resultan lugares comunes de consumir? Pues la verdad poco, muy poco para ser más precisos, salvo el aparecimiento de Richard (Gregg Edelman) como personaje secundario, gracias al cual la trama cobra mayor interés, y su cuadro psicológico capaz de causar pánico entre los habitantes de su comunidad, nos encontramos con un film tedioso, repetitivamente recurrente en la historia de la madre hostigada de su matrimonio, de un esposo que ha perdido el interés en ella, lo que hace que encuentre en un amante su escape momentáneo.
Si bien Kate Winslet logra en su personaje Sarah mayor exposición erótica como en ningún otro film haya presentado, también es cierto que la historia no le ayuda mucho para que su personaje logre mayor atractivo. Puesto que Richard y los hechos a su alrededor componen una historia paralela que bien podría haber sido desarrollada desde su perspectiva sin tanto relleno de promiscuidad y amores estériles. Así Juegos secretos (2006) de Todd Field se vuelve una película de historia central ligera, pero compuesta de una historia alterna que si no es la mejor por lo menos resulta ser la más dramática.

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