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| Imagen tomada de Pexels (Cottonbro Studio) |
Hace
más de dos décadas, tras la publicación de mi primer poemario —ahora
desclasificado—, recibí la invitación para unirme a un grupo de escritores de
Manta. Era un joven veinteañero que ignoraba aún el mundo y más a los
escritores de su misma ciudad, apenas unos cuantos autores que había leído en
la biblioteca de la Uleam. Asistí a unas tres reuniones del grupo hasta que me
aburrí.
La
experiencia de las reuniones solo me dejó un gran lote de libros de los
miembros del grupo: poesía, ensayos y novelas. Obras que, aún en mi ignorancia
de juventud, no me dijeron casi nada o, definitivamente, nada.
Una
de estas obras llamó mi atención; llevaba por título el nombre de un mes del
calendario y, más allá del diseño (nada atractivo), algo me atrajo: su prólogo.
¿Las novelas llevaban prólogo? ¿Por qué las novelas de autores internacionales
no tenían uno? ¿Un prólogo era parte sustancial de la historia de la obra?
Pronto
descubrí que no necesitaba leer la novela, porque el prólogo —un texto sin
firma y que asumo le pertenecía al mismo autor— ya me había dado un resumen de
qué iba la trama, cuáles eran los personajes y, sobre todo, cuál era la
resolución.
Este
texto no fue el único; también encontré poemarios con otros prólogos. Textos
que le decían al lector sobre qué iba la obra en cuestión, que analizaban y
daban al lector un juicio crítico que en cierta medida intentaba condicionarlo,
orillarlo a continuar la opinión del prologuista.
Desde
entonces advertí que los libros de creación literaria funcionaban de dos maneras:
con prólogos y sin estos. A los primeros empecé a verlos con recelo, porque
algo necesitaban asentar con este texto: una ayuda, una especie de padrinazgo —cuando
el texto venía de alguien más—. A los segundos los respetaba, porque más allá
del texto de contraportada el lector ingresaba a oscuras a las obras: leyendo-descubriendo,
encantándose o no, pero solos.
En
los únicos libros —dentro de la creación literaria— en los que reconocía la
validez de un prólogo eran las antologías, esos compilados que recogían la obra
de un autor; y también las novelas donde el prólogo era parte integral de la
obra; es decir, un elemento de la historia.
Quizás, si después de dos décadas de haber recibido la invitación del grupo literario de mi ciudad continuara afiliado, miraría estos textos como un elemento clave dentro de una obra literaria; abogaría y defendería su inclusión como algo natural, como un desastre natural inevitable.

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