miércoles, 4 de septiembre de 2019

La mala costumbre de escribir sobre poetas




A Gustavo Cañizares 
(Esmeraldas, 1950 / Manta, 2018)

El año pasado, semanas antes de este día, avanzábamos a contra reloj. Leyendo, corrigiendo y soñando con lo que sería el nuevo testimonio de un poeta. Un conjunto de textos donde su autor le hacía frente a la enfermedad, a ese designio impostergable que le había dado duro en los últimos meses.
“Los poetas de las bolsas tristes” lo había titulado, con ese tono jocoso y de doble sentido característico de él. Un trabajo del que ya había adelantado lecturas en la Feria del autor independiente (julio 2018).
Semanas antes de este día, el libro ya estaba listo. Quizás no sería un libro que marcaría un antes y después en la poesía ecuatoriana, pero sí sería el testimonio de un poeta que había contemplado la vida en los últimos años desde una perspectiva más reposada, con el mismo impulso poético, pero madura.



Gustavo leyendo en la Feria del autor independiente, 2018.




La dedicatoria era una pasada a su estilo: “A la huesuda rechiflada que ya me está persiguiendo la pisada”. Y el conjunto de poemas no perdía su estilo, ese con el que había resaltado dentro del escenario manabita.  

La mala costumbre
de escribir poesía
en un bicho–jodienda
que a todos
nos picó alguna vez;
solo que algunos
se nos volvió un parásito de vida.
(La mala costumbre, fragmentos)

Los poetas de las bolsas tristes
-renegados del espíritu
con la muerte en los talones-
escriben sobre escrotos de miseria
la abundancia del esperma
triunfador de los poetas
perdedor de los profetas.
Los poetas de las bolsas tristes
solo viven
de selectos lectores,
escasos compradores,
y dádivas de aplausos.
(Los poetas de las bolsas tristes, fragmentos)
 






Poemas donde la muerte acecha, donde se clama por un “tiempo extra”, para finalizar los proyectos empezados: el legado en textos, la obra como riqueza. Estos textos tampoco se libran del humor corrosivo que lo caracterizó.

Amigo Nazareno: ¿­Por qué será
que cuando estamos enfermos, jodidos
a punto de morir
se nos despierta un amor profundo
apasionado por la vida
y sus azúcares a cuentagotas de felicidad?
A estas horas del partido
es la conclusión a la que he llegado
porque es tan sabrosa, hermosa,
esta puta vida
que vale la pena mi panita, Nazareno,
disfrutarla unos añitos más.
(Esquela al nazareno de un cristiano en lucha contra el cáncer, fragmentos)


Por andar siempre jugando
a las escondidas con la muerte
hoy me notificaron
que solo me quedan
seis meses de vida.
Por eso,
ya mi alma está morijuyunga
boqueando,
exhalando,
sus últimos exabruptos
y refunfuños poéticos.
Pues bien,
aquí está mi caterva de propósitos
y descabellados antojos
que cumpliré al pie de la letra
antes de estirar mi patica andariega:
Desternillarme de la risa
con los poemitas que escriben
los seguidores cursiflorillantos
de la quejosa Dolores de Vacagalindo.
Meareme de las iras
por los cuentitos fruslerías
de los viejitos chalaqueros
solo leídos entre gallos y medianoche
y premiados –cuesta abajo–
en los arenales de Pascuales.
(Seis meses de vida, fragmentos)






Semanas antes de este día, estuve en su casa, dialogué con él. Cuando partí no supe que sería la última vez que lo vería. Hoy las redes sociales me recuerdan un año de su ausencia. Un año que ha servido para releerlo, para disfrutar de su humor, ese que continúa latiendo en sus poemas.

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