sábado, 7 de noviembre de 2015

Bajo el signo de la bestia




Existe arte que logró fusionar a la cultura metalera y la literatura, en especial la poesía. Un movimiento artístico que no ha dado el gran salto aún, pero que existe, se mueve, produce y se mantiene, elementos importantes en una época donde todo es inmediato y pasajero.

Mayarí Granda Luna (Quito, 1975) es parte de esta “comunidad” de artistas vinculados al metal, aquella música incomprendida aún por una mayoría, detestada por los círculos pacatos y conservadores, rechazada por no responder -sus integrantes- a una estética “normal” dentro de un mundo cada vez más anormal.

Granda Luna es poeta. Una poeta metalera. Una metalera que escribe poesía. Una artista que escribe, canta y se sostiene en un eterno performance donde la palabra es su materia prima.
 





Su más reciente libro se titula Bajo el signo de la bestia (Decapitados, 2015), un trabajo que agrupa poesía, narrativa y ensayo. Provocador desde su portada, aludiendo desde la mitología cristiana, a aquella bestia cruenta y salvaje, sinónimo de castigo, llamada Satán.

Pero más allá de lo que pretendería hallar el lector: textos de conceptos satanistas, encantos, hechizos, rituales…lo que contienen estas páginas es poesía, una que habla desde la crítica social, que confronta la frivolidad de la juventud, que ataca soterradamente a la moral cristiana y a sus seguidores. Poesía directa, que habla del ejemplo que impone la voz poética hacia una libertad intelectual más que física.

“Pertenezco a la generación de quienes fuimos acosados por llevar el cabello largo o desarreglado, por no ser bautizados, por no ser crueles o simplemente por memorizar versos de poetas que causaban en el resto escozor y desconcierto” (p. 40) asegura Mayarí, y ella es una voz representante de otras voces, de esa “comunidad” metalera-literaria que existe, se mueve, produce y se mantiene en Ecuador.


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