viernes, 13 de marzo de 2026

El poeta es una carcajada errante

El lugar común de la poesía son los poetas: cientos y miles de hombres y mujeres que un día se reconocieron no como escritores, sino como poetas. Porque entre escritores y poetas ha existido una línea, una franja invisible que los ha separado de su quehacer literario. Por eso no es de extrañar que en las biografías de muchos de ellos se explique que es poesía lo que escriben (aunque nunca faltará el todólogo que afirme que es Escritor y Poeta; incluso los más excéntricos asegurarán que son Escritor, Poeta y Periodista).

Por eso, cuando aparece una película tan ácida y descarnada como Un poeta (2025, Simón Mesa Soto) uno, como espectador, vuelve a preguntarse ¿son necesarios los poetas? ¿Son suficientes todos los poetas existentes? ¿Es necesaria la poesía de toda esta legión de poetas pululantes? 



Óscar Restrepo, el protagonista de esta disparatada y tragicómica historia, es el arquetipo de poeta que se puede encontrar en toda Latinoamérica: un bebedor extremo que prefiere filosofar respecto a la “buena” poesía. La poesía pura nacida desde el margen, sin el afán de reconocimiento; la poesía descontaminada de los intereses coyunturales. Un poeta abogando por la poesía como la expresión máxima de la creación literaria, aunque su propia obra sea irrelevante.

Pero en Un Poeta no solo se trata de la vida del poetita apestoso que todos ven con conmiseración; es también el reflejo de lo que la gestión cultural representa en muchos de los países de la región: ese entramado político de favores y compadrazgos. Esos espacios donde los consagrados determinan qué vale y qué debe olvidarse; esos centros de poder cultural que levantan y sepultan autores a su antojo.

Un poeta, es un film para desplegar carcajadas desaforadas y también, una vez disipada la risa, para reflexionar sobre el retrato exagerado de nuestra realidad.

Por aquí se puede ver.