En
este tiempo de redes sociales, la infidelidad pasó de ser un tema serio a una
comedia instantánea, donde el deseo y la trampa se volvieron materia prima de
contenidos que han normalizado el engaño.
En
esta fauna de ridiculez y malas actuaciones, los deslices marcan las dinámicas:
una recurrencia que parece obligatoria en la vida de pareja. Porque los tiempos
han cambiado, porque cuenta más la experiencia que la frustración, porque el
amor siempre tiene fecha de caducidad…
Y
entonces recuerdo Damage (1992), de Louis Malle: al hijo cayendo desde un
cuarto piso; al padre desnudo bajando las escaleras con la esperanza de
encontrar a su primogénito aún vivo; y la mujer —que estaba con el padre y pretendía
casarse con el hijo— huyendo cabizbaja de la escena trágica.
¿Cómo
se llena el vacío ante la muerte del hijo? ¿Cómo se sana la culpa? ¿Cómo se
detiene el deseo hacia la mujer del hijo? Me sigo preguntando, mientras evado
una nueva historia ridícula en alguna red social.
