¿Han
notado el comentario por lo bajo que señala lo raros que son todos aquellos que
compran, adquieren y resguardan libros? ¿Los que muchas veces prefieren
permanecer en casa, atrapados en alguna historia, en vez de salir a un bar? ¿Los
que recorren y contemplan los estantes y montañas de libros en los espacios de
su hogar? ¿Los que se han negado a permanecer frente a una pantalla, alabando o
sufriendo por el fútbol, mientras atraviesan página tras página?
Hasta que
salga el cuento (b@ez.editor.es, 2024), de Dalton Osorno
(Jipijapa, 1958), es una colección de cuentos donde la prostitución, la
traición y la soledad son los temas que atraviesan casi todas las historias. A
través de un Guayaquil antiguo y moderno, el autor expone tragedias donde el
comercio del sexo y la ausencia de amor son los devenires constantes. Sin
embargo, hay un cuento en particular que llama mi atención: «María José».
En YouTube
es fácil dar con un video en el que Umberto Eco recorre su casa-biblioteca:
pasillos con libreros empotrados a sus lados, salas abarrotadas de libros,
escritorios y mesas con montañas de ejemplares, e incluso libros apilados en el
piso. Y cuando el espectador cree que el recorrido culminará pronto, se da
cuenta de que el escritor avanza hasta, momentos después, dar con un estante del
cual toma un ejemplar y lo abre.
Este
laberinto es una especie de «paraíso» para quienes apreciamos los libros; para
todos aquellos que encontramos en ellos una forma de permanencia; que
integramos su presencia a nuestras actividades y, sobre todo, para los que un
día empezamos a acumularlos y nos negamos a desprendernos de ellos, porque algo
de nosotros permanecía en sus páginas.
Marco
Alberto Casado y Blanco, el personaje del cuento de Osorno, es un pastiche de
escritor que hizo de la acumulación de libros parte de su identidad. Esta
obsesión lo hacía destacar en cuanta reunión asistía y deslumbraba a mujeres
incautas, capaces de asombrarse ante la vocinglería ajena.
Se
trataba de un acumulador que compraba, canjeaba, prestaba o hurtaba libros. Su
casa en el centro de Guayaquil —desde donde lo ubica Osorno— pronto se volvió un
lugar de peregrinación de escritores, investigadores y amistades. Era una
casa-biblioteca de la que se sentía orgulloso, con miles de libros atiborrando
cada espacio de su hogar: doce mil setecientos cincuenta ejemplares en su
colección, según asegura el personaje.
Pero, a
todo esto, ¿ha leído un acumulador-lector todo lo que posee en su biblioteca?
¿Es necesario leerlo todo? En este tiempo en el que escasean los lectores y
abundan los autores, uno anda con cuidado, valorando una obra desde sus
primeras páginas; porque si no hay un clic en la historia no se avanza.
Así de cruel es la modernidad acelerada. Hay mucho por leer y no hay tiempo
para libros que no dicen nada al lector.
Y sí,
puede que las murmuraciones y etiquetas de «raritos» acierten para todos los
acumuladores-lectores.
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