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sábado, 27 de junio de 2026

Libros, acumuladores y vocinglería


¿Han notado el comentario por lo bajo que señala lo raros que son todos aquellos que compran, adquieren y resguardan libros? ¿Los que muchas veces prefieren permanecer en casa, atrapados en alguna historia, en vez de salir a un bar? ¿Los que recorren y contemplan los estantes y montañas de libros en los espacios de su hogar? ¿Los que se han negado a permanecer frente a una pantalla, alabando o sufriendo por el fútbol, mientras atraviesan página tras página?

Hasta que salga el cuento (b@ez.editor.es, 2024), de Dalton Osorno (Jipijapa, 1958), es una colección de cuentos donde la prostitución, la traición y la soledad son los temas que atraviesan casi todas las historias. A través de un Guayaquil antiguo y moderno, el autor expone tragedias donde el comercio del sexo y la ausencia de amor son los devenires constantes. Sin embargo, hay un cuento en particular que llama mi atención: «María José».




En YouTube es fácil dar con un video en el que Umberto Eco recorre su casa-biblioteca: pasillos con libreros empotrados a sus lados, salas abarrotadas de libros, escritorios y mesas con montañas de ejemplares, e incluso libros apilados en el piso. Y cuando el espectador cree que el recorrido culminará pronto, se da cuenta de que el escritor avanza hasta, momentos después, dar con un estante del cual toma un ejemplar y lo abre.

Este laberinto es una especie de «paraíso» para quienes apreciamos los libros; para todos aquellos que encontramos en ellos una forma de permanencia; que integramos su presencia a nuestras actividades y, sobre todo, para los que un día empezamos a acumularlos y nos negamos a desprendernos de ellos, porque algo de nosotros permanecía en sus páginas.

Marco Alberto Casado y Blanco, el personaje del cuento de Osorno, es un pastiche de escritor que hizo de la acumulación de libros parte de su identidad. Esta obsesión lo hacía destacar en cuanta reunión asistía y deslumbraba a mujeres incautas, capaces de asombrarse ante la vocinglería ajena.




Se trataba de un acumulador que compraba, canjeaba, prestaba o hurtaba libros. Su casa en el centro de Guayaquil —desde donde lo ubica Osorno— pronto se volvió un lugar de peregrinación de escritores, investigadores y amistades. Era una casa-biblioteca de la que se sentía orgulloso, con miles de libros atiborrando cada espacio de su hogar: doce mil setecientos cincuenta ejemplares en su colección, según asegura el personaje.

Pero, a todo esto, ¿ha leído un acumulador-lector todo lo que posee en su biblioteca? ¿Es necesario leerlo todo? En este tiempo en el que escasean los lectores y abundan los autores, uno anda con cuidado, valorando una obra desde sus primeras páginas; porque si no hay un clic en la historia no se avanza. Así de cruel es la modernidad acelerada. Hay mucho por leer y no hay tiempo para libros que no dicen nada al lector.

Y sí, puede que las murmuraciones y etiquetas de «raritos» acierten para todos los acumuladores-lectores.