Los
escritores siempre están esperando que algo en su interior haga clic para
empezar una nueva historia; que algo se remueva dentro de ellos para volver a obsesionarse
con la historia elegida. Muchas horas frente a una pantalla y pocas horas sobre
una cama, porque mientras la historia continúe latiendo, hay que aprovechar el
ritmo aparecido.
Por
un momento —a veces más de la cuenta—, los asuntos familiares y laborales deben
esperar. Es una pausa urgente que casi siempre lo trastoca todo y lo arruina. Pero
no importa, porque la punta de una historia ha aparecido y se continúa
escarbando para hacerla visible.
¿Alguien
que no sea otro escritor entenderá el dilema? ¿Alguien que no sea una esposa
enfurecida podría justificar tal acción egoísta? ¿Alguien que no sea el jefe
del trabajo estaría de acuerdo con las ausencias porque el fin es necesario?
El
escritor sabe que las historias, sus historias, no aparecen en él a cada momento;
que a veces pasa meses seco, sin ideas, sin esbozos, sin nada que le aporte a
su obra. Él sabe que cuando la chispa brota, por la situación que sea, es vital
refugiarse con ella y extraer todo de sí. Y entonces el mundo, toda la vida
conocida, deja de importar.
(A
propósito del k-drama El chico de la última fila, Kim Kyu-tae, 2026)
