CarlosCoello García empezó a darse a conocer a nivel local a inicios del nuevo siglo,
su primer poemario tuvo una recepción discreta, pero ayudó a ponerlo en el mapa
literario de su ciudad, Manta. Luego vendrían dos poemarios con los que dio el
salto a nivel nacional. No contento con el género que, hasta entonces, estaba
desarrollando se internó en la novela, publicando obras como: Leyendas de un
Fauno (2018), Oculto (2022) y El reflejo insano (2026).
Son
dos novelas más recientes han logrado lo que quizás es la búsqueda anhelada de
todo escritor: marcar el rumbo de su propia obra; una que se alimenta del
terror, del thriller, del suspenso y que utiliza a la Biblia cristiana como un
elemento en el que sus personajes intentan encontrar luz y, sobre todo,
justificación a sus actos.
Hace
unos días, nos sentamos a dialogar ampliamente sobre sus dos novelas. Una plática
donde el autor desglosa su propia obra y motivaciones.
Carlos,
la violencia en todas sus manifestaciones nos atosiga, en este escenario ¿cómo
funcionan las historias donde la maldad y crueldad se imponen en sus
acciones?
Para
mí la violencia en la ficción no puede ser gratuita, tiene que ser un espejo. Cuando
el lector entiende que ese mal tiene un origen humano, no aparece de la nada.
En mi obra suelo trabajar personajes que caen en la obsesión, en la traición,
en la violencia, y trato de mostrar el proceso, no solo el resultado: qué hirió
a esa persona antes, qué la fue empujando hasta ese punto.
Las
historias realistas, como mucha de tu obra narrativa, siempre cargan con
detalles violentos ¿por qué?
Porque
la violencia, cuando la escribo, nunca es el objetivo, es el síntoma. Vengo de
un lugar donde crecí viendo de cerca la crudeza real de la vida: el vicio, la
traición, la desesperación de la gente; y, eso se me metió en la forma de
contar historias. No sé escribir un conflicto suavizado porque la vida que
observé no fue suave. Cuando meto un detalle violento en una escena, lo hago
porque necesito que el lector sienta el peso completo de lo que ese personaje
está viviendo o provocando; no una versión cómoda. Si suavizo el golpe, suavizo
también la consecuencia, y para mí ahí está lo importante: que el lector
entienda que cada acto tiene una factura, que nada queda gratis. Además,
escribo pensando en imágenes, casi como si viera una película en la cabeza.
En
Oculto, tu penúltima novela, la locura es la excusa para no asumir las
responsabilidades de actos sanguinarios ¿a qué se debe esto?
Mi
protagonista no está loco por accidente: elige que lo crean loco. Se sienta
frente a una psiquiatra, cita a Eclesiastés, razona con una lucidez perfecta, y
al mismo tiempo construye, ladrillo por ladrillo, la coartada perfecta para que
nadie le pida cuentas por lo que hizo. La ironía final del libro es que quien
parece más cuerdo en el papel es quien menos remordimiento siente por la sangre
derramada. Yo no le creo a mi propio narrador, y no quiero que el lector le
crea tampoco quiero que dude de él desde la primera página hasta la última
carta. Ese es el acertijo que planteo: ¿quién decide cuándo alguien está
realmente perturbado, y quién se aprovecha de esa etiqueta para no responder
por lo que hizo con plena conciencia? A veces el diagnóstico no libera al
culpable lo esconde. Y el que mejor sabe esconderse no es el que grita que está
loco, es el que convence a todos de que no lo está.
A
diferencia de otras obras tuyas esta vez la geografía donde habitan los
personajes es nacional y local ¿Qué acentúas con ello?
Transmito
la verdad a través de la ficción; fue la clave perfecta para crear personajes
orgánicos según las imágenes llegaban a mi cabeza. La mente era un cine, mi
tarea solo es escribir lo que observo. Esta vez debe ser local… Una voz susurró
en mis oídos. Eso hizo que se originara Oculto.
Continuando
con Oculto ¿Qué significa para ti un manicomio? ¿cuándo surgió la idea
de utilizarlo como escenario para tu historia?
Para
mí un manicomio, o un instituto de neurociencias como el que aparece en Oculto,
no es solo un lugar físico es una metáfora perfecta de la mente misma: un
espacio donde la verdad y la mentira comparten la misma habitación, donde nadie
de afuera puede estar completamente seguro de qué hay del otro lado de la
puerta. Es el escenario ideal para una historia donde el lector nunca sabe si
debe confiar en quien le está hablando. La idea de usarlo como escenario surgió
porque necesitaba un lugar donde la palabra de mi protagonista valiera menos
por definición donde, dijera lo que dijera, siempre hubiera una sombra de duda
sobre si es verdad o es la enfermedad hablando. Ese desequilibrio de poder
entre quien narra y quien lo escucha es lo que sostiene toda la tensión de la
novela. El manicomio no es solo dónde pasa la historia, es el filtro a través
del cual el lector tiene que decidir, sin ayuda de nadie, si le cree al hombre
que tiene enfrente.
Además,
me interesaba esa frontera incómoda entre la cordura y la locura, porque creo
que es más delgada de lo que la sociedad quiere admitir. Todos, en algún
momento, tenemos una habitación cerrada por dentro. Yo solo elegí escribir
sobre alguien que decidió abrir esa puerta y no volver a cerrarla.
¿A
eso entonces responde que Oculto sea una historia sanguinaria donde el
juego de las máscaras destaca?
En
Oculto nadie es exactamente quien parece ser, y esa es la columna
vertebral de toda la novela. Mi protagonista se presenta como paciente, como
víctima, como el chico ingenuo que cayó por amor cuando en realidad es alguien
completamente distinto por dentro. Pero no es el único: casi todos los
personajes que lo rodean también sostienen su propia versión pulida de sí
mismos frente al mundo.
Me
interesaba mostrar que la máscara no es solo un recurso del villano es algo
mucho más humano y más incómodo. Todos, en distintos grados, editamos lo que
mostramos según quién nos está mirando. Lo que hago en la novela es llevar esa
costumbre cotidiana hasta su extremo más oscuro: ¿qué pasa cuando alguien
construye una máscara tan perfecta que ni la ciencia, ni la justicia, ni las
personas más cercanas logran ver lo que hay detrás?
La
sangre en la historia no es el centro, es la consecuencia. El centro es la
pregunta de cuánto podemos confiar en la cara que alguien nos muestra, sabiendo
que quizás la verdadera cara nunca la vamos a ver. Por eso el lector tiene que
desconfiar de cada palabra que sale de la boca de mi narrador porque él mismo
es, ante todo, un maestro del disfraz.
Oculto
es un thriller, y en esta amoralidad de su protagonista el lector termina
detestándolo ¿esa fue tu intención?
Sí,
totalmente. Si al terminar el libro el lector no siente rechazo por mi
protagonista, entonces fallé como escritor. No quería crear un antihéroe
carismático de esos que uno termina admirando a pesar de sus crímenes, quería
algo más incómodo: que el lector lo acompañe capítulo tras capítulo, entienda
su lógica interna, casi empiece a justificarlo por momentos, y después se
sienta sucio por haberlo hecho.
Esa
incomodidad era el objetivo. No escribí a un monstruo de caricatura fácil de
odiar desde la primera página, porque eso libera al lector demasiado rápido, le
permite decir "yo nunca pensaría así" y cerrar el libro tranquilo.
Preferí construir a alguien inteligente, articulado, hasta con momentos de
razonamiento que suenan lúcidos, para que el rechazo llegue más tarde y con más
fuerza, cuando el lector ya invirtió empatía en él y descubre que esa empatía
estaba mal puesta.
Detestarlo
al final es, para mí, la señal de que la novela hizo su trabajo. El thriller
que de verdad incómoda no es el que presenta la maldad como espectáculo lejano,
es el que te hace sentir, aunque sea por un instante, que entendiste al
monstruo y esa comprensión es la que después te persigue.
¿Crees
que Oculto puede convertirse en una obra polémica?
Creo
que sí tiene ese potencial, y no lo digo con miedo, lo digo con tranquilidad.
Toca temas que incomodan de verdad el abuso, la violencia sexual, la
manipulación del sistema de salud mental, un narrador que confiesa crímenes
atroces sin una pizca de arrepentimiento genuino. Ese tipo de material siempre
genera dos reacciones: quien entiende que estoy explorando la oscuridad humana
para exponerla, no para celebrarla, y quien prefiere que la ficción no se
acerque tanto a esos límites.
Yo
prefiero escribir algo que incomode a que escribir algo que no le diga nada a
nadie. Si un lector cierra el libro perturbado, o si alguien cuestiona por qué
elegí ciertas escenas tan crudas, en el fondo eso significa que la historia
cumplió su función: hacer sentir el peso real de lo que describe, no suavizarlo
para quedar bien con todo el mundo.
Lo
que sí tengo claro es la diferencia entre polémico y gratuito. No escribo
violencia para provocar sin sentido, cada escena fuerte de Oculto está
ahí porque el personaje o la trama la necesitan, no porque busque el escándalo
por el escándalo. Si eso genera debate, bienvenido sea. Prefiero una obra que
incomode y haga pensar, a una que pase sin dejar ninguna marca.
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Ahora
tu reciente novela, El reflejo insano, también retrata a un personaje
obsesionado ¿estos perfiles son más fáciles de construir?
No
diría que son más fáciles, diría que ya sé por dónde entrar en ellos, que es
distinto. Después de construir al protagonista de Oculto, aprendí que la
obsesión funciona mejor en primera persona, dejando que el lector viva el
descenso desde adentro, sin la distancia de un narrador externo que juzgue.
Diego, en El reflejo insano, nació con ese aprendizaje ya incorporado.
Pero
cada obsesión tiene su propia textura, y eso sí exige trabajo nuevo cada vez.
La del hombre gris en Oculto es fría, calculadora, casi quirúrgica, él
controla su propio descenso. La de Diego es distinta: es un monstruo que él
mismo nombra, que siente crecer sin poder frenarlo, hasta que ese monstruo
termina escribiendo el final de su propia historia. Uno se esconde detrás de la
lucidez; el otro se ahoga en la falta de ella.
Lo
que sí es más natural para mí, después de dos libros trabajando este tipo de
personaje, es no tenerle miedo a quedarme mucho tiempo dentro de una mente que
se está pudriendo. Ya no dudo si es "demasiado oscuro" confío en que
ese es justamente el lugar donde quiero que el lector se quede incómodo el
tiempo suficiente para sentirlo de verdad. Eso no lo hace más fácil de
escribir, pero sí más fácil de decidir escribirlo.
Tanto
en Oculto como El reflejo insano, los personajes se aferran a la
bíblica como salvavidas ¿quizás porque los actos humanos más brutales se pueden
justificar en lo sobrenatural?
Es
una observación interesante, pero yo lo vería casi al revés: en mis libros la
Biblia no funciona como excusa para lo brutal, funciona como el espejo que no
deja escapar al personaje de su propia culpa. El hombre gris en Oculto
cita a Eclesiastés con una lucidez perfecta mientras confiesa crímenes atroces
no usa el versículo para justificarse, lo usa para sonar racional, para que el
lector dude si de verdad está loco o solo es alguien inteligente que hizo algo
terrible. Ahí la palabra bíblica no lo salva, lo delata: muestra que sabía
exactamente el peso moral de lo que hacía.
Lo
sobrenatural, en mi forma de escribir, nunca es la puerta de salida fácil para
el personaje, es la vara con la que se mide lo que hizo. Si algo terrible se
comete a pesar de conocer la ley, la fe, el bien y el mal con total claridad,
esa persona no tiene la excusa de la ignorancia. Al contrario, es más culpable,
no menos.
Creo
que me aferro a ese lenguaje bíblico como salvavidas narrativo por otra razón:
es el idioma en el que mejor puedo hablar de juicio, de consecuencia, de que
ningún acto queda sin su peso, aunque el personaje intente convencerse a sí
mismo o al lector de lo contrario. No es sobrenatural como escape es
sobrenatural como sentencia.
En
El reflejo insano una voz, al igual que Oculto, asedia al
protagonista ¿se pretende acentuar que los problemas mentales es algo más común
y preocupante de lo que creemos?
Sí,
y creo que es justo el corazón de por qué elegí esa voz interna como recurso en
las dos novelas. No quería que "el monstruo" o la voz que asedia
fuera algo lejano, reservado para un villano de ficción exagerado quería que se
sintiera cercano, casi reconocible, porque de eso se trata: los problemas
mentales no golpean solo a personajes extremos de una novela, están mucho más
presentes en la vida cotidiana de lo que la gente quiere admitir en voz alta.
Diego,
en El reflejo insano, no empieza siendo un monstruo, empieza siendo
alguien enamorado, común, que cualquiera podría reconocer en un vecino, un
compañero de trabajo, hasta en uno mismo. La voz que lo asedia crece despacio,
casi sin que él se dé cuenta, y creo que eso es lo verdaderamente inquietante:
no la locura como algo ajeno y lejano, sino como algo que se filtra en una
mente aparentemente normal hasta tomarla por completo.
Sí
me preocupa, y sí quiero que se note en la ficción, esa idea de que el
sufrimiento mental no siempre grita muchas veces susurra durante años antes de
estallar, y la sociedad suele mirar para otro lado hasta que ya es demasiado
tarde. Si mis novelas logran que un lector se detenga a pensar en eso, aunque
sea un segundo, en vez de solo disfrutar el thriller y cerrarlo, entonces
cumplieron algo más que entretener.
Manta
es parte del paisaje de ambas novelas ¿quizás porque se ajusta a la violencia
que impera en esta urbe?
Manta
es mi casa, es donde nací y donde sigo viviendo, así que escribir sobre otro
lugar sería como pedirles a mis personajes que hablen con una voz que no es la
mía. No la elijo porque piense que es más violenta que cualquier otra ciudad,
la elijo porque es la que conozco de memoria, la que puedo describir con el
olor, la luz, el ritmo exacto de sus calles sin tener que inventar nada.
Lo
que sí es cierto es que ninguna ciudad está libre de su propia oscuridad, y
Manta tiene la suya como cualquier otro lugar del mundo. Cuando escribo, no
busco retratar a mi ciudad como un escenario de crimen constante, busco algo
distinto: mostrar que el horror que exploro en mis novelas no necesita un
escenario exótico o lejano para existir. Puede pasar acá mismo, entre calles
que cualquier lector manabita reconoce, en una casa que podría ser la del
vecino. Eso, para mí, es más inquietante que ambientar la historia en un lugar
distante y fácil de distanciar mentalmente.
No
es que Manta se ajuste a la violencia de mis historias es que yo elijo mostrar
que la violencia y la oscuridad humana no necesitan pedir permiso ni escenario
especial. Pueden estar en cualquier ciudad del mundo, incluida la que yo más
conozco.
Y
finalmente ¿en qué otros proyectos literarios te encuentras?
Ahora
mismo estoy metido de lleno en una novela mucho más extensa que todo lo que he
publicado hasta hoy, se llama El Abismo Púrpura. Es un salto distinto
para mí: si Oculto y El reflejo insano eran descensos íntimos,
contenidos, esta es una obra coral, un viaje al juicio de un alma después de la
muerte, donde el protagonista recorre no solo su propia historia sino la de
otras almas que se cruzaron con la suya, cada una cargando su propio pecado, su
propio castigo.
Es
una novela de guerra espiritual, con demonios y ángeles como personajes reales
dentro de la trama, pero sin perder lo que ya es mi sello: la obsesión, la
culpa, la pregunta de si hay salida para alguien que ya cayó. Es el libro más
ambicioso que he escrito, en escala y en riesgo, y llevo meses trabajándolo sin
soltarlo.
Cuando
esté terminado y editado, la idea es que dé el salto que Oculto y El
reflejo insano todavía no dieron: llegar más allá de Ecuador. Es un
proyecto que me tiene completamente entregado, y espero que cuando lo lean
entiendan por qué valió la pena tomarme el tiempo que me está tomando.












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