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| Foto de Stanislav Kondratiev (Pexels) |
Una
noche, después de haber presentado uno de mis libros, una pareja de amigos se
acercó a que les firmara un ejemplar. Antes de hacerlo, me entró una duda que les
comenté como broma: ¿a quién de los dos se lo dedico, o a ambos? La pregunta
surgía porque, en un mundo de constante búsqueda de emociones y experiencias, las
relaciones de pareja no duraban. Además, era una inquietud seria porque se
trataba de lectores que mantenían una biblioteca en común.
Mis
amigos, no eran un caso exclusivo de parejas que compartían biblioteca; conocía
a otros, a muchos, que exhibían los espacios que conformaban su tesoro: cientos
de títulos que resguardaban y apreciaban; libros de autores nacionales e
internacionales, adquiridos en ferias, obsequiados por escritores con los que frecuentaban;
títulos raros de conseguir, ediciones agotadas…
Lo
suyo, más que una colección, era el manifiesto de una actividad individual que el
amor, en un primer momento, había unido: obras que mantenían un nexo con ellos,
con su actividad lectora. Leían no porque la sociedad y el círculo frecuentado
lo exigieran, sino porque prevalecía el gusto por internarse en historias, incluso
desde la poesía.
Estas
bibliotecas, imagino —por las fotos en redes sociales de muchas parejas— se
alimentan de dos motivaciones donde el gusto prevalece en cada uno. Sí, habrá
títulos compartidos, pero coexistirán dos afluentes movidos por un
individualismo lector.
Mis
amigos mantenían una biblioteca que, debido a los años que llevaban juntos,
estaba bien surtida. Por eso, esa noche, volví a preguntarles ¿qué pasaría si
terminaban la relación? ¿cómo fragmentarían la biblioteca? ¿se daría una
repartición equitativa o simplemente alguien (el más lector) reclamaría la
totalidad del tesoro?
Solo
hubo risas, no necesitaban en ese momento enfrentarse al futuro.
Al
final, la dedicatoria fue para ambos. Y ahora que ya no están juntos, me vuelvo
a preguntar ¿quién se habrá quedado con el ejemplar firmado esa noche? ¿Alguno
de los dos lo consideró lo suficientemente especial para su biblioteca individual?
O tal vez —y esto es para una nueva reflexión— ¿lo dejaron olvidado como
nivelador de la pata de una mesa en la sala del departamento?



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