viernes, 29 de mayo de 2026

¿Quién necesita un prólogo?

Imagen tomada de Pexels (Cottonbro Studio)


Hace más de dos décadas, tras la publicación de mi primer poemario —ahora desclasificado—, recibí la invitación para unirme a un grupo de escritores de Manta. Era un joven veinteañero que ignoraba aún el mundo y más a los escritores de su misma ciudad, apenas unos cuantos autores que había leído en la biblioteca de la Uleam. Asistí a unas tres reuniones del grupo hasta que me aburrí.

La experiencia de las reuniones solo me dejó un gran lote de libros de los miembros del grupo: poesía, ensayos y novelas. Obras que, aún en mi ignorancia de juventud, no me dijeron casi nada o, definitivamente, nada.

Una de estas obras llamó mi atención; llevaba por título el nombre de un mes del calendario y, más allá del diseño (nada atractivo), algo me atrajo: su prólogo. ¿Las novelas llevaban prólogo? ¿Por qué las novelas de autores internacionales no tenían uno? ¿Un prólogo era parte sustancial de la historia de la obra?

Pronto descubrí que no necesitaba leer la novela, porque el prólogo —un texto sin firma y que asumo le pertenecía al mismo autor— ya me había dado un resumen de qué iba la trama, cuáles eran los personajes y, sobre todo, cuál era la resolución.  

Este texto no fue el único; también encontré poemarios con otros prólogos. Textos que le decían al lector sobre qué iba la obra en cuestión, que analizaban y daban al lector un juicio crítico que en cierta medida intentaba condicionarlo, orillarlo a continuar la opinión del prologuista.

Desde entonces advertí que los libros de creación literaria funcionaban de dos maneras: con prólogos y sin estos. A los primeros empecé a verlos con recelo, porque algo necesitaban asentar con este texto: una ayuda, una especie de padrinazgo —cuando el texto venía de alguien más—. A los segundos los respetaba, porque más allá del texto de contraportada el lector ingresaba a oscuras a las obras: leyendo-descubriendo, encantándose o no, pero solos.

En los únicos libros —dentro de la creación literaria— en los que reconocía la validez de un prólogo eran las antologías, esos compilados que recogían la obra de un autor; y también las novelas donde el prólogo era parte integral de la obra; es decir, un elemento de la historia.

Quizás, si después de dos décadas de haber recibido la invitación del grupo literario de mi ciudad continuara afiliado, miraría estos textos como un elemento clave dentro de una obra literaria; abogaría y defendería su inclusión como algo natural, como un desastre natural inevitable. 

sábado, 16 de mayo de 2026

Perros de caza



Creo que fue en el lobby de un hotel —a propósito de una feria de libros— donde, conversando con Ernesto Carrión, él me comentaba que su suegro, en los años 60, fue amigo de Jacinto Santos Verduga (Chintolo), poeta manabita que acabó con su vida en Guayaquil.

La historia giraba en torno a una pelea protagonizada por Chintolo y el poeta lojano Carlos Eduardo Jaramillo. Esta anécdota, interesante por las rencillas que en el ámbito literario y, sobre todo, poético se daban y continúan dándose como una especie de estigma en el mundillo de las letras, quedó conmigo como tesoro verbal.

Y continué creyéndome esta versión hasta que se publicó Fados del atardecer (2025, El Ángel Editor: sello ecuatoriano que viene agregando a su catálogo a autores cuya obra es necesaria para todo aquel que se considere lector de poesía), del mismo Carlos Eduardo Jaramillo. Un libro imponente, no solo por la cantidad de páginas (722), sino también por la poesía contenida en él.

Ahí aparece “Perros de caza”, poema escrito y fechado el 26 de marzo de 2012, y tras ello, el derrumbe de una versión. No existió tal pelea y, aunque la idea de imaginar a los puños a estos dos poetas en su juventud siempre fue un tema de conversación con quien estuviera dispuesto a escucharme, las razones de Jaramillo me convencieron. 

 




Una obra que no es una antología, sino el compendio de poesía inédita y escrita desde los años 60 hasta 2023. Familia, amores, amigos…la vida desde el podio de la experiencia; una obra para leer y subrayar; poemas que se van quedando en retumbe.


domingo, 5 de abril de 2026

La infidelidad es una comedia


 

En este tiempo de redes sociales, la infidelidad pasó de ser un tema serio a una comedia instantánea, donde el deseo y la trampa se volvieron materia prima de contenidos que han normalizado el engaño.

En esta fauna de ridiculez y malas actuaciones, los deslices marcan las dinámicas: una recurrencia que parece obligatoria en la vida de pareja. Porque los tiempos han cambiado, porque cuenta más la experiencia que la frustración, porque el amor siempre tiene fecha de caducidad…

Y entonces recuerdo Damage (1992), de Louis Malle: al hijo cayendo desde un cuarto piso; al padre desnudo bajando las escaleras con la esperanza de encontrar a su primogénito aún vivo; y la mujer —que estaba con el padre y pretendía casarse con el hijo— huyendo cabizbaja de la escena trágica.

¿Cómo se llena el vacío ante la muerte del hijo? ¿Cómo se sana la culpa? ¿Cómo se detiene el deseo hacia la mujer del hijo? Me sigo preguntando, mientras evado una nueva historia ridícula en alguna red social.

viernes, 27 de marzo de 2026

It y una lectura en convalecencia


 

Empezar y terminar un libro puede ser un reto absurdo para muchos, pero no para quienes hicimos de la lectura un refugio ante un mundo saturado de horror y una realidad cada vez más increíble en sus acciones.

Era 2019 y me recuperaba de una operación espantosa e inevitable. En esos días, la palabra sangre no solo habitaba en mis textos, también en una enfermedad cargada de anemia. Los días de reposo fueron más tolerables gracias a lectura.

Mientras sanaba de la intervención y recuperaba un poco mi orgullo, empecé y finalicé It, uno de los ladrillos de King. Leer setenta páginas al día, con subrayados y reflexiones sobre la historia, se volvió mi mérito personal.

Ningún familiar compartió mi felicidad; lo único que hacía durante el día —además de tomar la medicina, caminar por la casa e intentar recuperarme pronto— era estar acostado leyendo. Sonriendo y leyendo, como si la vida fuera así de simple. Para mí, en el mes que duró mi reto, lo fue.

Hoy, que las redes sociales abruman más, veo a jóvenes alardeando (como yo ahora) de empezar las más de 1600 páginas de la novela. Lectores que intentan construir su propia historia a partir del libro, pero que primero grabarán un video para ganar likes y luego lo abandonarán en el estante donde lo presumen. Mientras tanto, en las sombras, Pennywise se entristece porque sabe que nunca llegarán hasta él.

lunes, 23 de marzo de 2026

Tragicomedias que divierten


 

Cada día aparece un nuevo creador de contenido en TikTok. No tengo prueba de ello, pero tampoco duda. Los ejemplos abundan: desde la señora que vende cosas cantando alabanzas hasta la mujer que canta en seudo inglés; los grupos que recrean historias sensibleras de infieles y malvados, o los relatos de niños abandonados, madres solteras y hombres en relaciones tóxicas. Es una larga lista de contenidos que se repiten y calcan entre sí.

En medio de todas estas propuestas, aparecen dos creadores que dicen algo: El Jampi, desde Manta, y El Revish, desde Guayaquil. ¿Qué los hace destacar? Me atrevería a afirmar que la originalidad. Mientras muchos de sus colegas centran su contenido en temas gastados, ellos van en otra línea (aunque sus primeros registros dan cuenta de la imitación).

Son personajes que cuentan historias desde el testimonio. Por un lado, El Jampi: desde el incrédulo con una supuesta novia europea que termina estafado; el que busca jóvenes para su “empresa” de prostitución masculina; el taxista de inDrive que opina de la vida de sus clientes (y que explota sentimental y sexualmente a alguien de su mismo género) o el delivery que no atina con los pedidos.

Por otro lado, El Revish presenta contenido movido por la coyuntura social, política y de seguridad. Usa un recurso constante: el ecuatoriano promedio que intenta salir librado de distintas situaciones, terminando siempre con un estribillo que denota el “por gusto”, lo vano de una solicitud que no llegará a realizarse.

Ambos comparten una línea: sus historias muestran al ecuatoriano común, el que se mueve en los barrios, el de la esquina, el de la jerga popular que se reconoce parte de un territorio marginal. Las tragicomedias que presentan divierten porque concentran historias cotidianas; situaciones reales que refuerzan la idiosincrasia local y nacional.

viernes, 20 de marzo de 2026

Un territorio gobernado por madres


Las vacaciones suelen tener el mismo ritmo cada año: salidas a la playa menos contaminada y ruidosa, museos, parques y, sobre todo, la asistencia a los vacacionales que el municipio oferta para esta fecha. El baloncesto continúa siendo la opción más aprovechable. Acompaño a mis hijas dos veces a la semana y la mañana transcurre sin novedad, hasta que empiezo a prestar atención al lugar en el que estoy.

Un día miré a mi alrededor y me di cuenta de que era el único padre, porque el territorio estaba gobernado por madres. ¿Son todas ellas "madres luchonas"? Porque las escucho y, en cada uno de sus gritos nombrando a sus hijos e hijas y designándoles acciones en la cancha, parece que estuvieran listas para una lucha si esta se presentara.


¿Soy un padre luchón? Porque, además de ser una isla, estoy atento a la hidratación de mis “deportistas” y, al igual que la veintena de madres, estoy listo para la defensa de ellas. Es el sexto día del curso vacacional y puedo afirmar que las historias que se cuentan en las gradas son más interesantes que los partidos aburridos de los niños.

Es imposible escapar a lo que se dice con voz fuerte: la historia de la abuela-niñera a la que su hija trabajadora le ha endilgado una tarea que no le corresponde; una tía hablándole a su sobrina para que haga recapacitar a su hermana menor, que vive pegada al teléfono y no ayuda en casa; las señoras que comentan los beneficios de purgantes caseros en ayunas; las madres jóvenes que confirman que la vecina separada tiene nuevo novio.



 

Mientras tanto, bajo el sol, los niños continúan realizando los ejercicios impuestos, rebotando la pelota, aprendiendo las reglas de un juego que muchos de ellos jamás desarrollarán; porque los vacacionales son para “hacer algo”, para estar fuera de casa, para olvidar las matemáticas o las clases de historia que las profesoras se saben solo por el libro guía…

Todas las madres son jugadoras jubiladas de baloncesto; eso me dicen sus gritos y las órdenes que emiten a los suyos: quitar el balón, rebotar, pasar, cubrir, encestar... y las muchas faltas que reconocen antes que el profesor-árbitro. Al final, la mañana ha dejado solo pequeños cuerpos sudorosos que regresan a sus casas felices, esperanzados de que en la próxima clase lo harán mejor; madres sonrientes porque se han liberado junto a sus amigas, porque conversar les hace bien; y un padre que piensa cómo abordar una historia para su blog.

domingo, 15 de marzo de 2026

El libro ante el artículo científico


 

Existió un tiempo en el que los docentes universitarios, además de su labor en la enseñanza, tenían un objetivo claro en su quehacer académico: aportar a su línea de conocimiento. Un subgrupo de ellos encontraba la motivación de aportar desde la ficción: novelas o colecciones de cuentos que denotaban que no solo se vivía de la teoría, sino que su obra era el mejor ejemplo para los estudiantes. Profesores capaces de compartir sus libros entre sí, generar comentarios y juicios críticos más allá del halago mutuo; una sana competencia para dejar una huella en el área que enseñaban.

En ese tiempo importaba más la escritura y publicación de un libro: presentarlo, dialogar con el público —usualmente estudiantes interesados y no “obligados” a asistir— y acercarlos al proceso de escritura, a las motivaciones iniciales y a las luces del objetivo trazado de la obra.

Hoy importa más un artículo científico, un artículo de investigación y de revisión, un ensayo…textos de vida corta en revistas especializadas. Textos que casi siempre se pierden en el océano de otros textos similares. Textos que pocos o nadie comentarán o citarán, porque su aporte es mínimo. Textos olvidados en las marañas de revistas depredadoras…  

¿A qué viene lo anterior? A propósito de Vladimir (2026), la reciente serie basada en la novela homónima de Julia May Jonas. Una historia cercana al “porno para mamás” (como diría King respecto a obras similares). Una profesora con un matrimonio abierto que tiene una fijación con el profesor joven recién contratado. Una historia entretenida —para escarbar y dar con los puntos interesantes— ante lo banal que se presenta.