sábado, 29 de agosto de 2026

Carlos Coello García: “Prefiero escribir algo que incomode”



CarlosCoello García empezó a darse a conocer a nivel local a inicios del nuevo siglo, su primer poemario tuvo una recepción discreta, pero ayudó a ponerlo en el mapa literario de su ciudad, Manta. Luego vendrían dos poemarios con los que dio el salto a nivel nacional. No contento con el género que, hasta entonces, estaba desarrollando se internó en la novela, publicando obras como: Leyendas de un Fauno (2018), Oculto (2022) y El reflejo insano (2026).

Son dos novelas más recientes han logrado lo que quizás es la búsqueda anhelada de todo escritor: marcar el rumbo de su propia obra; una que se alimenta del terror, del thriller, del suspenso y que utiliza a la Biblia cristiana como un elemento en el que sus personajes intentan encontrar luz y, sobre todo, justificación a sus actos.

Hace unos días, nos sentamos a dialogar ampliamente sobre sus dos novelas. Una plática donde el autor desglosa su propia obra y motivaciones.

  

Carlos, la violencia en todas sus manifestaciones nos atosiga, en este escenario ¿cómo funcionan las historias donde la maldad y crueldad se imponen en sus acciones? 

Para mí la violencia en la ficción no puede ser gratuita, tiene que ser un espejo. Cuando el lector entiende que ese mal tiene un origen humano, no aparece de la nada. En mi obra suelo trabajar personajes que caen en la obsesión, en la traición, en la violencia, y trato de mostrar el proceso, no solo el resultado: qué hirió a esa persona antes, qué la fue empujando hasta ese punto.

 

Las historias realistas, como mucha de tu obra narrativa, siempre cargan con detalles violentos ¿por qué? 

Porque la violencia, cuando la escribo, nunca es el objetivo, es el síntoma. Vengo de un lugar donde crecí viendo de cerca la crudeza real de la vida: el vicio, la traición, la desesperación de la gente; y, eso se me metió en la forma de contar historias. No sé escribir un conflicto suavizado porque la vida que observé no fue suave. Cuando meto un detalle violento en una escena, lo hago porque necesito que el lector sienta el peso completo de lo que ese personaje está viviendo o provocando; no una versión cómoda. Si suavizo el golpe, suavizo también la consecuencia, y para mí ahí está lo importante: que el lector entienda que cada acto tiene una factura, que nada queda gratis. Además, escribo pensando en imágenes, casi como si viera una película en la cabeza.





En Oculto, tu penúltima novela, la locura es la excusa para no asumir las responsabilidades de actos sanguinarios ¿a qué se debe esto?

Mi protagonista no está loco por accidente: elige que lo crean loco. Se sienta frente a una psiquiatra, cita a Eclesiastés, razona con una lucidez perfecta, y al mismo tiempo construye, ladrillo por ladrillo, la coartada perfecta para que nadie le pida cuentas por lo que hizo. La ironía final del libro es que quien parece más cuerdo en el papel es quien menos remordimiento siente por la sangre derramada. Yo no le creo a mi propio narrador, y no quiero que el lector le crea tampoco quiero que dude de él desde la primera página hasta la última carta. Ese es el acertijo que planteo: ¿quién decide cuándo alguien está realmente perturbado, y quién se aprovecha de esa etiqueta para no responder por lo que hizo con plena conciencia? A veces el diagnóstico no libera al culpable lo esconde. Y el que mejor sabe esconderse no es el que grita que está loco, es el que convence a todos de que no lo está.

 

A diferencia de otras obras tuyas esta vez la geografía donde habitan los personajes es nacional y local ¿Qué acentúas con ello?

Transmito la verdad a través de la ficción; fue la clave perfecta para crear personajes orgánicos según las imágenes llegaban a mi cabeza. La mente era un cine, mi tarea solo es escribir lo que observo. Esta vez debe ser local… Una voz susurró en mis oídos. Eso hizo que se originara Oculto.

 

Continuando con Oculto ¿Qué significa para ti un manicomio? ¿cuándo surgió la idea de utilizarlo como escenario para tu historia?

Para mí un manicomio, o un instituto de neurociencias como el que aparece en Oculto, no es solo un lugar físico es una metáfora perfecta de la mente misma: un espacio donde la verdad y la mentira comparten la misma habitación, donde nadie de afuera puede estar completamente seguro de qué hay del otro lado de la puerta. Es el escenario ideal para una historia donde el lector nunca sabe si debe confiar en quien le está hablando. La idea de usarlo como escenario surgió porque necesitaba un lugar donde la palabra de mi protagonista valiera menos por definición donde, dijera lo que dijera, siempre hubiera una sombra de duda sobre si es verdad o es la enfermedad hablando. Ese desequilibrio de poder entre quien narra y quien lo escucha es lo que sostiene toda la tensión de la novela. El manicomio no es solo dónde pasa la historia, es el filtro a través del cual el lector tiene que decidir, sin ayuda de nadie, si le cree al hombre que tiene enfrente.

Además, me interesaba esa frontera incómoda entre la cordura y la locura, porque creo que es más delgada de lo que la sociedad quiere admitir. Todos, en algún momento, tenemos una habitación cerrada por dentro. Yo solo elegí escribir sobre alguien que decidió abrir esa puerta y no volver a cerrarla.

 

¿A eso entonces responde que Oculto sea una historia sanguinaria donde el juego de las máscaras destaca?

En Oculto nadie es exactamente quien parece ser, y esa es la columna vertebral de toda la novela. Mi protagonista se presenta como paciente, como víctima, como el chico ingenuo que cayó por amor cuando en realidad es alguien completamente distinto por dentro. Pero no es el único: casi todos los personajes que lo rodean también sostienen su propia versión pulida de sí mismos frente al mundo.

Me interesaba mostrar que la máscara no es solo un recurso del villano es algo mucho más humano y más incómodo. Todos, en distintos grados, editamos lo que mostramos según quién nos está mirando. Lo que hago en la novela es llevar esa costumbre cotidiana hasta su extremo más oscuro: ¿qué pasa cuando alguien construye una máscara tan perfecta que ni la ciencia, ni la justicia, ni las personas más cercanas logran ver lo que hay detrás?

La sangre en la historia no es el centro, es la consecuencia. El centro es la pregunta de cuánto podemos confiar en la cara que alguien nos muestra, sabiendo que quizás la verdadera cara nunca la vamos a ver. Por eso el lector tiene que desconfiar de cada palabra que sale de la boca de mi narrador porque él mismo es, ante todo, un maestro del disfraz.

 

Oculto es un thriller, y en esta amoralidad de su protagonista el lector termina detestándolo ¿esa fue tu intención?

Sí, totalmente. Si al terminar el libro el lector no siente rechazo por mi protagonista, entonces fallé como escritor. No quería crear un antihéroe carismático de esos que uno termina admirando a pesar de sus crímenes, quería algo más incómodo: que el lector lo acompañe capítulo tras capítulo, entienda su lógica interna, casi empiece a justificarlo por momentos, y después se sienta sucio por haberlo hecho.

Esa incomodidad era el objetivo. No escribí a un monstruo de caricatura fácil de odiar desde la primera página, porque eso libera al lector demasiado rápido, le permite decir "yo nunca pensaría así" y cerrar el libro tranquilo. Preferí construir a alguien inteligente, articulado, hasta con momentos de razonamiento que suenan lúcidos, para que el rechazo llegue más tarde y con más fuerza, cuando el lector ya invirtió empatía en él y descubre que esa empatía estaba mal puesta.

Detestarlo al final es, para mí, la señal de que la novela hizo su trabajo. El thriller que de verdad incómoda no es el que presenta la maldad como espectáculo lejano, es el que te hace sentir, aunque sea por un instante, que entendiste al monstruo y esa comprensión es la que después te persigue.

 

¿Crees que Oculto puede convertirse en una obra polémica?

Creo que sí tiene ese potencial, y no lo digo con miedo, lo digo con tranquilidad. Toca temas que incomodan de verdad el abuso, la violencia sexual, la manipulación del sistema de salud mental, un narrador que confiesa crímenes atroces sin una pizca de arrepentimiento genuino. Ese tipo de material siempre genera dos reacciones: quien entiende que estoy explorando la oscuridad humana para exponerla, no para celebrarla, y quien prefiere que la ficción no se acerque tanto a esos límites.

Yo prefiero escribir algo que incomode a que escribir algo que no le diga nada a nadie. Si un lector cierra el libro perturbado, o si alguien cuestiona por qué elegí ciertas escenas tan crudas, en el fondo eso significa que la historia cumplió su función: hacer sentir el peso real de lo que describe, no suavizarlo para quedar bien con todo el mundo.

Lo que sí tengo claro es la diferencia entre polémico y gratuito. No escribo violencia para provocar sin sentido, cada escena fuerte de Oculto está ahí porque el personaje o la trama la necesitan, no porque busque el escándalo por el escándalo. Si eso genera debate, bienvenido sea. Prefiero una obra que incomode y haga pensar, a una que pase sin dejar ninguna marca.



https://autorcoello.blogspot.com/



Ahora tu reciente novela, El reflejo insano, también retrata a un personaje obsesionado ¿estos perfiles son más fáciles de construir?

No diría que son más fáciles, diría que ya sé por dónde entrar en ellos, que es distinto. Después de construir al protagonista de Oculto, aprendí que la obsesión funciona mejor en primera persona, dejando que el lector viva el descenso desde adentro, sin la distancia de un narrador externo que juzgue. Diego, en El reflejo insano, nació con ese aprendizaje ya incorporado.

Pero cada obsesión tiene su propia textura, y eso sí exige trabajo nuevo cada vez. La del hombre gris en Oculto es fría, calculadora, casi quirúrgica, él controla su propio descenso. La de Diego es distinta: es un monstruo que él mismo nombra, que siente crecer sin poder frenarlo, hasta que ese monstruo termina escribiendo el final de su propia historia. Uno se esconde detrás de la lucidez; el otro se ahoga en la falta de ella.

Lo que sí es más natural para mí, después de dos libros trabajando este tipo de personaje, es no tenerle miedo a quedarme mucho tiempo dentro de una mente que se está pudriendo. Ya no dudo si es "demasiado oscuro" confío en que ese es justamente el lugar donde quiero que el lector se quede incómodo el tiempo suficiente para sentirlo de verdad. Eso no lo hace más fácil de escribir, pero sí más fácil de decidir escribirlo.

 

Tanto en Oculto como El reflejo insano, los personajes se aferran a la bíblica como salvavidas ¿quizás porque los actos humanos más brutales se pueden justificar en lo sobrenatural?

Es una observación interesante, pero yo lo vería casi al revés: en mis libros la Biblia no funciona como excusa para lo brutal, funciona como el espejo que no deja escapar al personaje de su propia culpa. El hombre gris en Oculto cita a Eclesiastés con una lucidez perfecta mientras confiesa crímenes atroces no usa el versículo para justificarse, lo usa para sonar racional, para que el lector dude si de verdad está loco o solo es alguien inteligente que hizo algo terrible. Ahí la palabra bíblica no lo salva, lo delata: muestra que sabía exactamente el peso moral de lo que hacía.

Lo sobrenatural, en mi forma de escribir, nunca es la puerta de salida fácil para el personaje, es la vara con la que se mide lo que hizo. Si algo terrible se comete a pesar de conocer la ley, la fe, el bien y el mal con total claridad, esa persona no tiene la excusa de la ignorancia. Al contrario, es más culpable, no menos.

Creo que me aferro a ese lenguaje bíblico como salvavidas narrativo por otra razón: es el idioma en el que mejor puedo hablar de juicio, de consecuencia, de que ningún acto queda sin su peso, aunque el personaje intente convencerse a sí mismo o al lector de lo contrario. No es sobrenatural como escape es sobrenatural como sentencia.

 

En El reflejo insano una voz, al igual que Oculto, asedia al protagonista ¿se pretende acentuar que los problemas mentales es algo más común y preocupante de lo que creemos?  

Sí, y creo que es justo el corazón de por qué elegí esa voz interna como recurso en las dos novelas. No quería que "el monstruo" o la voz que asedia fuera algo lejano, reservado para un villano de ficción exagerado quería que se sintiera cercano, casi reconocible, porque de eso se trata: los problemas mentales no golpean solo a personajes extremos de una novela, están mucho más presentes en la vida cotidiana de lo que la gente quiere admitir en voz alta.

Diego, en El reflejo insano, no empieza siendo un monstruo, empieza siendo alguien enamorado, común, que cualquiera podría reconocer en un vecino, un compañero de trabajo, hasta en uno mismo. La voz que lo asedia crece despacio, casi sin que él se dé cuenta, y creo que eso es lo verdaderamente inquietante: no la locura como algo ajeno y lejano, sino como algo que se filtra en una mente aparentemente normal hasta tomarla por completo.

Sí me preocupa, y sí quiero que se note en la ficción, esa idea de que el sufrimiento mental no siempre grita muchas veces susurra durante años antes de estallar, y la sociedad suele mirar para otro lado hasta que ya es demasiado tarde. Si mis novelas logran que un lector se detenga a pensar en eso, aunque sea un segundo, en vez de solo disfrutar el thriller y cerrarlo, entonces cumplieron algo más que entretener.





Manta es parte del paisaje de ambas novelas ¿quizás porque se ajusta a la violencia que impera en esta urbe?

Manta es mi casa, es donde nací y donde sigo viviendo, así que escribir sobre otro lugar sería como pedirles a mis personajes que hablen con una voz que no es la mía. No la elijo porque piense que es más violenta que cualquier otra ciudad, la elijo porque es la que conozco de memoria, la que puedo describir con el olor, la luz, el ritmo exacto de sus calles sin tener que inventar nada.

Lo que sí es cierto es que ninguna ciudad está libre de su propia oscuridad, y Manta tiene la suya como cualquier otro lugar del mundo. Cuando escribo, no busco retratar a mi ciudad como un escenario de crimen constante, busco algo distinto: mostrar que el horror que exploro en mis novelas no necesita un escenario exótico o lejano para existir. Puede pasar acá mismo, entre calles que cualquier lector manabita reconoce, en una casa que podría ser la del vecino. Eso, para mí, es más inquietante que ambientar la historia en un lugar distante y fácil de distanciar mentalmente.

No es que Manta se ajuste a la violencia de mis historias es que yo elijo mostrar que la violencia y la oscuridad humana no necesitan pedir permiso ni escenario especial. Pueden estar en cualquier ciudad del mundo, incluida la que yo más conozco.

 

Y finalmente ¿en qué otros proyectos literarios te encuentras?

Ahora mismo estoy metido de lleno en una novela mucho más extensa que todo lo que he publicado hasta hoy, se llama El Abismo Púrpura. Es un salto distinto para mí: si Oculto y El reflejo insano eran descensos íntimos, contenidos, esta es una obra coral, un viaje al juicio de un alma después de la muerte, donde el protagonista recorre no solo su propia historia sino la de otras almas que se cruzaron con la suya, cada una cargando su propio pecado, su propio castigo.

Es una novela de guerra espiritual, con demonios y ángeles como personajes reales dentro de la trama, pero sin perder lo que ya es mi sello: la obsesión, la culpa, la pregunta de si hay salida para alguien que ya cayó. Es el libro más ambicioso que he escrito, en escala y en riesgo, y llevo meses trabajándolo sin soltarlo.

Cuando esté terminado y editado, la idea es que dé el salto que Oculto y El reflejo insano todavía no dieron: llegar más allá de Ecuador. Es un proyecto que me tiene completamente entregado, y espero que cuando lo lean entiendan por qué valió la pena tomarme el tiempo que me está tomando.


domingo, 16 de agosto de 2026

Más allá de la leyenda de terror


 

Ecuador tiene escritores que continúan aún —haciendo una analogía con el deporte— en una liga menor, no porque sus obras no demuestren la madurez necesaria, sino por factores que dependen más del respaldo de un sello editorial posicionado y, sobre todo, del interés del oficialismo literario, capaz de empoderar su trabajo.

Pero lo anterior no ha detenido a muchos autores que continúan escribiendo, publicando y difundiendo su obra en el territorio. Escritores que no se han dejado doblegar ante el silencio de la prensa ni ante la invisibilización de ferias de libros o congresos literarios; al contrario, han encontrado los mecanismos para distribuir sus publicaciones.

Uno de estos autores es John Solís Rodríguez (Quito, 1974), un escritor capitalino que decidió quedarse en Manabí, donde ha continuado trabajando en nuevos proyectos literarios. Susurros y sombras. Historias fantasmales, de misterio y terror (Cultura Producciones, 2026) es su más reciente obra: una trilogía donde el terror es lo que más sobresale.

¿Se pueden reescribir las leyendas? Solís Rodríguez, en esta colección de tres tomos, no solo las reconstruye, sino que también aporta a las historias una mirada contemporánea en la que varios de los personajes sobresalen. Aquí, la fatalidad, la desesperación y el desconcierto son las marcas recurrentes. Y sí, el miedo logra filtrarse en las escenas; un miedo capaz de hacernos mirar atrás para saber si alguien nos observa.

Como en toda colección de cuentos, el lector siempre tendrá su selección personal. Entre lo más destacado, subrayo: «Medium», «El foco», «El espectro» y «La extraña dama del puerto».

Una trilogía que demuestra que aún se pueden continuar escribiendo historias de terror, donde lo fantasmagórico y lo sobrenatural no dependen de una mirada global, porque lo local es un terreno fértil, capaz de asombrarnos.


sábado, 15 de agosto de 2026

Francine Capella: “Lo que busco al escribir es plantear preguntas”



El dos mil veinticinco me dio una sorpresa que no esperaba: la novela de una autora que, para mí, no constaba en el radar local. Ese año no leí el manuscrito de lo que prometía ser, según su representante, una historia alucinante y temeraria, con una protagonista que dejaría su huella en el lector. Algo pasó y no logré, en todo el año, concretar una lectura que desplegara mi juicio crítico.

Pero las obras, cuando tienen algo que decir, llegan a los lectores adecuados. Eso me dije a principios de este año, después de internarme en la trama y de ir reconociendo los entretelones de la historia.

Francine Capella (Portoviejo, 2006) no aparecía por ningún lado. Se había pasado los últimos veinte años pensando, imaginando, escribiendo, reescribiendo y corrigiéndose para hacer que sus historias dijeran algo, mucho.

Al final de este mes se realizará la presentación de su primera novela, que, a la vez, es su ópera prima como escritora. El evento tendrá lugar en su ciudad, Portoviejo. Pero mientras se acerca el día, me surgen algunas interrogantes: ¿Dónde estaba esta autora? ¿Qué formación y qué lecturas están detrás de ella? ¿Tiene más textos inéditos?


https://isbnecuador.com/catalogo.php?mode=detalle&nt=114155


Francine, se dice que los jóvenes leen poco o ya no leen, en tu caso ¿qué autores han marcado tu ruta como lectora?

Durante mucho tiempo me interesó más crear historias que acercarme a los escritores que las creaban. Con los años empecé a interesarme por la filosofía y por autores como Kafka, Albert Camus y Dostoyevski. Encontré en Camus una forma de pensamiento que se acercaba a algo que yo ya sentía. Su visión del absurdo no me parece triste, sino profundamente humana y libre. No creo que necesitemos encontrar un sentido universal para que nuestra existencia tenga valor. Dostoyevski, en cambio, me atrae mucho por su manera de narrar y explorar la mente humana, mientras que Kafka me acercó a esa forma de convertir situaciones cotidianas en algo extraño y significativo.

 

¿En qué momento te reconociste como escritora?

No hubo un momento exacto en el que decidiera considerarme escritora. Yo ya escribía desde antes, aunque lo veía como una forma de entretenerme, igual que dibujar historietas o crear historias para internet. Fue alrededor de los 15 años, cuando comencé a escribir Madison, que algo cambió.

Desde entonces empecé a escribir en todas partes. Llevaba un cuaderno al colegio, anotaba ideas y les contaba a mis amigas. No pensaba en publicar, solo deseaba seguir escribiendo. Con el tiempo entendí que eso ya no era simplemente un pasatiempo: era una nueva forma de expresar lo que imaginaba y de hacer que algo que solamente existía en mi mente pudiera existir también fuera de ella. Creo que fue ahí cuando realmente comencé a sentirme escritora.

 

¿Cuándo nace la idea de tu novela MADZp53?

La idea nació cuando tenía 15 años, en una etapa en la que comenzaba a interesarme profundamente por la genética y la inmortalidad. Había dejado de lado otra historia porque sentía que quería escribir algo que realmente me moviera, aunque todavía no sabía exactamente qué sería.

Aquella tarde no comencé pensando lo que haría. Me senté frente a mi computadora y empecé a escribir lo que pensaba y sentía en ese momento: mis ideas sobre la verdad, la vida, el conocimiento y la posibilidad de vivir para siempre. Así nació el prólogo.

A partir de ese pensamiento comenzó a aparecer todo lo demás. Madison nació después, pero la primera semilla siempre fue aquella reflexión que escribí.

 

¿Cuánto cambió desde el primer borrador hasta la versión final tu proyecto de novela?

Cambió muchísimo. Madzp53 pasó por varios procesos de corrección durante los años, y la versión que hoy tengo entre mis manos es muy diferente de aquel primer borrador. Curiosamente, la parte que menos cambió fue el prólogo. En cambio, el inicio de la historia sí cambió por completo. Originalmente comenzaba de una manera mucho más cotidiana. Fue durante la edición cuando sentí que podía comenzar en el punto donde realmente empezaba la historia.

También cambió mucho el ritmo. Algunos personajes y acontecimientos también desaparecieron. El final fue lo que más trabajo me dio. El camino hasta ese momento cambió muchas veces, pero el destino siempre estuvo ahí.





¿Cuánto ha influenciado tu carrera de biotecnología en la construcción de tu novela?

Mi carrera de Ingeniería en Biotecnología ha influido bastante en mi novela, aunque de una manera curiosa, porque la novela nació antes que mi carrera. Cuando tenía 14 y 15 años empecé a interesarme profundamente por los temas que aborda la historia. Cuando comencé a escribir, sabía que Madison estaba relacionada con la ciencia y la tecnología, pero ni siquiera había decidido qué estudiaba. Tuve que preguntarme qué carrera cursaba y, al investigar, descubrí la Ingeniería en Biotecnología. Me pareció que encajaba perfectamente con ella y la incluí en la historia, sin imaginar que años después yo misma terminaría estudiando esa carrera.

Cuando entré a estudiar, yo había olvidado que se lo había asignado a Madison. Con el tiempo, cursar la carrera sí me ayudó mucho durante la corrección de la novela. Es curioso pensar que primero creé a una protagonista que estudiaba Ingeniería en Biotecnología sin saber realmente qué era, y años después terminé recorriendo yo misma ese camino.

 

¿Podría Madison, la protagonista, representar la heroína que toda persona ansía convertirse?

Personalmente, no veo a Madison como una heroína, y tampoco creo que exista un héroe completamente definido como ejemplo perfecto a seguir. Madison está rota desde el comienzo: puede ser egoísta, terca, impulsiva y tomar decisiones cuestionables. Lo que me parece admirable de ella es que después de experimentar en carne propia lo que significa perder el control sobre su propia vida, siempre intentó evitar que otras personas sufrieran el mismo destino. Incluso cuando tuvo razones y herramientas para convertirse en alguien cruel, decidió no hacerlo. Al final logra aceptar que ya no es como los demás, sin dejar de reconocerse como humana. Por eso creo que cada lector puede decidir si quiere llamarla heroína, pero yo prefiero verla como una persona imperfecta que, aunque su mente la atormentaba y la volvía violenta, luchó por no convertirse en aquello que la había herido. Quizás eso sea lo más humano y admirable de ella.

 

Persecuciones, espionaje, luchas, experimentos científicos… ¿qué otros temas incluyen la novela y por qué los consideras importante en la historia?

Uno de los temas centrales de la novela es la mente humana frente a aquello que no está preparada para soportar. Desde el inicio me interesaba preguntarme qué ocurriría con la conciencia de una persona si su cuerpo dejara de morir, pero su mente continuara siendo humana. Por eso el dolor, la identidad, la libertad, la ética científica y la inmortalidad tienen tanto peso en la historia. Incluso el propio nombre de Madzp53 nace de Madison: ella misma, al analizar su sangre modificada, decide nombrar la sustancia que ha transformado su cuerpo. Para mí, esto refleja también la manera en que termina aceptando, aunque sea con ironía, que ella misma se ha convertido en aquello que intentaron crear. Aunque no lo haya deseado. La novela no trata solamente de alguien que no puede morir, sino de cuánto puede soportar una mente humana cuando tiene que vivir con algo para lo que nunca fue creada.

 

Por otro lado, amor y paternidad son dos carencias de Madison ¿por qué?

Sí, el amor y la paternidad son dos carencias importantes en Madison, aunque no son las únicas. Su relación con su padre es especialmente importante porque durante su infancia fueron muy cercanos y compartían incluso un mismo sueño. Después del divorcio, cuando Madison tenía doce años, ella vivió su separación como un abandono y terminó interpretando que, de alguna manera, había sido responsable de que sus padres dejaran de estar juntos. Esa experiencia terminó influyendo en su manera de relacionarse. Madison siente profundamente, pero tiene miedo de ser vulnerable, de ser abandonada o ver que no es suficiente. Madison no carece de amor porque no sepa sentirlo; al contrario, siente demasiado y teme las consecuencias de necesitar a alguien.

 

Finalmente ¿En qué otros proyectos literarios te encuentras trabajando?

Actualmente continúo trabajando en distintos proyectos literarios. Mi siguiente proyecto principal es El ángel que mintió, una historia de drama psicológico, fantasía oscura y urbana, en la que he podido explorar mucho más la mente de los personajes y los conflictos internos que me interesan como escritora. También continúo desarrollando historias de ciencia ficción y misterio. En el futuro me gustaría volver a experimentar con el terror psicológico y quizá explorar el romance, aunque probablemente desde un enfoque más oscuro. La ciencia ficción y las preguntas sobre la mente humana siguen siendo temas a los que siempre regreso. Creo que, independientemente del género, lo que realmente busco al escribir es plantear preguntas, intentando descubrir hasta dónde puede llevarme la mente de un personaje.



 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Luigi


El noticiero radial me dio su nombre. Lo pensé, recordé y comprendí: era él. Habían pasado tal vez unos cinco años desde la última vez que lo vi. Lo encontré en la terminal terrestre de Manta, en su local de venta de productos electrónicos y de entretenimiento. Nos saludamos y quizás nos alegramos de vernos. Esa tarde continué mi camino para enviar una encomienda a otra ciudad. Desde entonces no supe nada de su vida hasta la mañana del martes, cuando un locutor pronunció su nombre y agregó la fatídica noticia que lo vinculaba.

Fuimos compañeros de escuela. En ese tiempo, en los años ochenta, la institución educativa era única y regía en el sector conformado por varios barrios. Allí crecimos, estudiando y jugando hasta finalizar la primaria. El colegio nos distanció.

Lo volvería a encontrar, junto a otros, una tarde en que salí a patinar. En ese tiempo, recorrer las calles, saltar escaleras y provocarme toda clase de heridas era una tarea diaria de dolor y aprendizaje extremo. Nos volvería a juntar la música.

Fuimos los muchachos «rebeldes» que, noche a noche, con una grabadora destartalada, se arrinconaban en un espacio del barrio y, a todo volumen, manifestaban la música que los gobernaba. Y aunque él siempre prefirió a Guns N' Roses, nunca nos hizo mala cara ante nuestro esplendor por Cry y su Aracnofilia, ni ante los gruñidos de John con Obituary, y menos aún ante el enfurecimiento de Glen con Deicide.

Conciertos, bailes, cientos de borracheras absurdas y un recorrido interminable por otros barrios y sus calles. Las aventuras junto a él y los otros nunca faltaron. Y nadie —no recuerdo que alguien lo hiciera— dijo aburrirse, porque siempre había algo por hacer, cualquier estupidez que alegrara aquella descabellada juventud.

Ayer por la mañana, el locutor dijo su nombre, pero yo recordé cómo le decíamos: Luigi. Dijo que su cuerpo estaba dentro de su auto, como dormido, frente a un gimnasio. No sé si vivía por esa ciudadela o si continuaba en el mismo barrio del que todos habíamos huido. Nada sé. Solo queda el recuerdo de su nombre, escuchado desde unos parlantes.

sábado, 1 de agosto de 2026

Mucha pantalla, poca cama


 

Los escritores siempre están esperando que algo en su interior haga clic para empezar una nueva historia; que algo se remueva dentro de ellos para volver a obsesionarse con la historia elegida. Muchas horas frente a una pantalla y pocas horas sobre una cama, porque mientras la historia continúe latiendo, hay que aprovechar el ritmo aparecido.  

Por un momento —a veces más de la cuenta—, los asuntos familiares y laborales deben esperar. Es una pausa urgente que casi siempre lo trastoca todo y lo arruina. Pero no importa, porque la punta de una historia ha aparecido y se continúa escarbando para hacerla visible.

¿Alguien que no sea otro escritor entenderá el dilema? ¿Alguien que no sea una esposa enfurecida podría justificar tal acción egoísta? ¿Alguien que no sea el jefe del trabajo estaría de acuerdo con las ausencias porque el fin es necesario?

El escritor sabe que las historias, sus historias, no aparecen en él a cada momento; que a veces pasa meses seco, sin ideas, sin esbozos, sin nada que le aporte a su obra. Él sabe que cuando la chispa brota, por la situación que sea, es vital refugiarse con ella y extraer todo de sí. Y entonces el mundo, toda la vida conocida, deja de importar.

(A propósito del k-drama El chico de la última fila, Kim Kyu-tae, 2026)

sábado, 25 de julio de 2026

Importancia y clandestinidad del escritor fantasma

Foto de Pacha Tamayo


Una tarde, cuando recorría el pasillo del centro comercial, algo llamó su atención en el escaparate de la librería ubicada allí: la portada de un libro en la sección de novedades. Reconoció el título y también el nombre de quien figuraba como su autor. Sonrió, con una mezcla de satisfacción y algo de decepción. En el pasado había intentado publicar por su cuenta, pero todos sus intentos terminaban en fracaso.

El título del libro le había costado algunas noches: pensar y repensar para concretar en un conjunto de palabras eso que englobara la historia que contenía: una novela que una noche, en la soledad de una habitación, estableció el día de inicio y la fecha de finalización.

¿Se sentía especial? Sí. Muchos héroes mantenían una doble vida; él también, aunque al único que había salvado era a sí mismo. Una salvación fútil y más corriente, sin nada de heroísmo, pura supervivencia; puro y duro capitalismo existencial.

Por eso, cuando un día le pidieron reconocer su oficio, lo dijo sin titubear: fantasma, soy un escritor fantasma.

 

Fantasmagoría creativa

Cuando se habla de un “escritor fantasma”, lo primero que se imagina quien escucha la designación es a alguien que escribe bajo la protección de una sábana, que por las noches deambula recitando versos o repitiendo oraciones que pronto llevará a una pantalla; un ser desdichado que ha decidido peregrinar mientras va elucubrando historias.

Esta condición fantasmagórica —atractiva por demás— no se ajusta a la realidad, porque el escritor fantasma tiene una existencia terrenal más mundana y menos interesante. Sí, es un anónimo que un día decidió escribir para otros, crear para otros, hacer de los otros —que sí podrían tener una existencia fantasmal— seres reales a los cuales contemplar y, sobre todo, leer.

Un profesional cuyo oficio es la construcción: textos académicos de la más amplia índole como artículos, ensayos, tesis; textos políticos como informes y discursos; y, sobre todo, textos literarios como cuentos, poesía o novelas. Su campo creativo no tiene límites, porque todo lo que demande la escritura será terreno fértil para su desarrollo.

Es cierto, también, que los escritores fantasmas no son todólogos; tienen sus reparos en áreas del conocimiento más complejas donde no se trata de una vocinglería textual, sino de evidenciar un saber a todas luces.


 

Foto de Pacha Tamayo

Los que escriben y los que pagan

¿Cómo alguien llega a convertirse en escritor fantasma? ¿Existe una escuela o taller de formación para todos ellos? ¿Se los reconoce por la calle o tienen una agencia donde se los puede contratar?

La respuesta es bastante simple: los escritores fantasmas son escritores; escritores que un día recibieron la oferta de escribir para otros, porque la falta de tiempo, los compromisos sociales o un bloqueo interminable imposibilitaban a algunos escribir sus propios textos.

¿Hay mérito en lo que hacen? No, porque se trata de un trabajo como muchos otros. Un trabajo donde se usa la fuerza mental y creativa, se pasa sentado durante horas pensando, borroneando, escribiendo, reescribiendo. Una rutina que tiene como fin la obtención de un pago económico.

Sin romanticismos: hay trabajo y el indicado para hacerlo es un escritor. Un profesional que jamás dirá públicamente que escribe para otros, señalando a todos los que un día le solicitaron sus servicios de escritura.

Por eso, sería absurdo que un día se dé un encuentro de escritores fantasmas; que, en el marco de una feria de libros o un encuentro literario, se abra una mesa con escritores fantasmas como si se tratara de un fragmento de episodio de una serie animada.

 

Venderse al mejor postor

Sí, muchos escritores fantasmas, antes de convertirse, pensaron en lo que les proponían: crear monstruos, visibilizar a otros desde la literatura o la academia. La paga siempre estuvo bien, pero ser parte de una farsa, construir una mentira que podría ser exitosa o simplemente pasar desapercibida, ser o no ser para todos ellos, les puso reparos.

Pero ¿al final del día, tras corregir las páginas pensadas y escritas, importa que la autoría pertenezca a otro? No. Si un escritor fantasma no puede aceptar el hecho de que su oficio es escribir para otros, jamás podrá mantenerse en este mundo de sombras y dólares.

Porque en el ámbito de la oferta y la demanda, el escritor fantasma habita en una comunidad de otros similares: colegas con tarifas establecidas que cobran por página, por todo el tiempo invertido en erigir la obra de una persona.

Casi todo en este mundo capitalista se reduce a la obtención de dinero. Oferta y demanda. Comercio y consumismo. Y el escritor fantasma encontró la forma de volver rentable su capacidad creativa.

 

¿La IA es el nuevo negro literario?

Hasta hace poco, el escritor fantasma se sentía seguro en su oficio soterrado. Capaz de ser convocado por una amalgama variopinta de clientes, siempre deseosos de cumplir con el anhelo de convertirse en escritores, en figurar como autores de una obra. Ese territorio, a ellos como propiciantes de volver realidad el sueño ajeno, les pertenecía, pero de pronto todo cambió y apareció un enemigo visible y menos costoso.

La competencia pronto tuvo nombre: IA. La inteligencia artificial se volvió el nuevo escritor fantasma de muchos, de todos aquellos que decidieron acortar camino y se volcaron a una pantalla a lanzar todas las palabras clave y directrices para “crear”.

Pronto poemas, cuentos, novelas, artículos, ensayos, tesis, discursos, crónicas… empezaron a engrosar su bibliografía personal. Porque todo estaba ahí, a un clic, a una nada de distancia.

¿Es ético? No, pero ¿a quién le interesa? Desde hace décadas la ética, en el territorio de la creación académica y literaria, ha venido señalándose y cuestionándose, pero sin mayor repercusión real. Falsos investigadores y escritores existen, conviven entre nosotros, nos devuelven el saludo e incluso nos han brindado su amistad. Nadie los detuvo ni los detendrá.

 

Hay honor, y a nadie le importa

Contrario a lo que significa ser un escritor fantasma, no hay drama en su quehacer. Porque mientras exista alguien dispuesto a pagar a otro para que escriba y dé forma a sus ideas, para que arme y armonice una historia, siempre existirá un profesional dispuesto a colaborar con este objetivo.

Y sí, puede que, en algún momento, alguien frente a la novedad en la librería que se ve, comente para sí mismo: “yo soy todos los otros detrás de Rob Pilatus y Fab Morvan, deslumbrantes en la percha”. Y sonría, mientras avanza con la satisfacción del trabajo bien realizado.


sábado, 27 de junio de 2026

Libros, acumuladores y vocinglería


¿Han notado el comentario por lo bajo que señala lo raros que son todos aquellos que compran, adquieren y resguardan libros? ¿Los que muchas veces prefieren permanecer en casa, atrapados en alguna historia, en vez de salir a un bar? ¿Los que recorren y contemplan los estantes y montañas de libros en los espacios de su hogar? ¿Los que se han negado a permanecer frente a una pantalla, alabando o sufriendo por el fútbol, mientras atraviesan página tras página?

Hasta que salga el cuento (b@ez.editor.es, 2024), de Dalton Osorno (Jipijapa, 1958), es una colección de cuentos donde la prostitución, la traición y la soledad son los temas que atraviesan casi todas las historias. A través de un Guayaquil antiguo y moderno, el autor expone tragedias donde el comercio del sexo y la ausencia de amor son los devenires constantes. Sin embargo, hay un cuento en particular que llama mi atención: «María José».




En YouTube es fácil dar con un video en el que Umberto Eco recorre su casa-biblioteca: pasillos con libreros empotrados a sus lados, salas abarrotadas de libros, escritorios y mesas con montañas de ejemplares, e incluso libros apilados en el piso. Y cuando el espectador cree que el recorrido culminará pronto, se da cuenta de que el escritor avanza hasta, momentos después, dar con un estante del cual toma un ejemplar y lo abre.

Este laberinto es una especie de «paraíso» para quienes apreciamos los libros; para todos aquellos que encontramos en ellos una forma de permanencia; que integramos su presencia a nuestras actividades y, sobre todo, para los que un día empezamos a acumularlos y nos negamos a desprendernos de ellos, porque algo de nosotros permanecía en sus páginas.

Marco Alberto Casado y Blanco, el personaje del cuento de Osorno, es un pastiche de escritor que hizo de la acumulación de libros parte de su identidad. Esta obsesión lo hacía destacar en cuanta reunión asistía y deslumbraba a mujeres incautas, capaces de asombrarse ante la vocinglería ajena.




Se trataba de un acumulador que compraba, canjeaba, prestaba o hurtaba libros. Su casa en el centro de Guayaquil —desde donde lo ubica Osorno— pronto se volvió un lugar de peregrinación de escritores, investigadores y amistades. Era una casa-biblioteca de la que se sentía orgulloso, con miles de libros atiborrando cada espacio de su hogar: doce mil setecientos cincuenta ejemplares en su colección, según asegura el personaje.

Pero, a todo esto, ¿ha leído un acumulador-lector todo lo que posee en su biblioteca? ¿Es necesario leerlo todo? En este tiempo en el que escasean los lectores y abundan los autores, uno anda con cuidado, valorando una obra desde sus primeras páginas; porque si no hay un clic en la historia no se avanza. Así de cruel es la modernidad acelerada. Hay mucho por leer y no hay tiempo para libros que no dicen nada al lector.

Y sí, puede que las murmuraciones y etiquetas de «raritos» acierten para todos los acumuladores-lectores.