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| Foto de Pacha Tamayo |
Una
tarde, cuando recorría el pasillo del centro comercial, algo llamó su atención
en el escaparate de la librería ubicada allí: la portada de un libro en la
sección de novedades. Reconoció el título y también el nombre de quien figuraba
como su autor. Sonrió, con una mezcla de satisfacción y algo de decepción. En
el pasado había intentado publicar por su cuenta, pero todos sus intentos
terminaban en fracaso.
El
título del libro le había costado algunas noches: pensar y repensar para
concretar en un conjunto de palabras eso que englobara la historia que
contenía: una novela que una noche, en la soledad de una habitación, estableció
el día de inicio y la fecha de finalización.
¿Se
sentía especial? Sí. Muchos héroes mantenían una doble vida; él también, aunque
al único que había salvado era a sí mismo. Una salvación fútil y más corriente,
sin nada de heroísmo, pura supervivencia; puro y duro capitalismo existencial.
Por
eso, cuando un día le pidieron reconocer su oficio, lo dijo sin titubear:
fantasma, soy un escritor fantasma.
Fantasmagoría
creativa
Cuando
se habla de un “escritor fantasma”, lo primero que se imagina quien escucha la
designación es a alguien que escribe bajo la protección de una sábana, que por
las noches deambula recitando versos o repitiendo oraciones que pronto llevará
a una pantalla; un ser desdichado que ha decidido peregrinar mientras va
elucubrando historias.
Esta
condición fantasmagórica —atractiva por demás— no se ajusta a la realidad,
porque el escritor fantasma tiene una existencia terrenal más mundana y menos
interesante. Sí, es un anónimo que un día decidió escribir para otros, crear
para otros, hacer de los otros —que sí podrían tener una existencia fantasmal—
seres reales a los cuales contemplar y, sobre todo, leer.
Un
profesional cuyo oficio es la construcción: textos académicos de la más amplia
índole como artículos, ensayos, tesis; textos políticos como informes y
discursos; y, sobre todo, textos literarios como cuentos, poesía o novelas. Su
campo creativo no tiene límites, porque todo lo que demande la escritura será
terreno fértil para su desarrollo.
Es
cierto, también, que los escritores fantasmas no son todólogos; tienen sus
reparos en áreas del conocimiento más complejas donde no se trata de una
vocinglería textual, sino de evidenciar un saber a todas luces.
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| Foto de Pacha Tamayo |
Los
que escriben y los que pagan
¿Cómo
alguien llega a convertirse en escritor fantasma? ¿Existe una escuela o taller
de formación para todos ellos? ¿Se los reconoce por la calle o tienen una
agencia donde se los puede contratar?
La
respuesta es bastante simple: los escritores fantasmas son escritores;
escritores que un día recibieron la oferta de escribir para otros, porque la
falta de tiempo, los compromisos sociales o un bloqueo interminable
imposibilitaban a algunos escribir sus propios textos.
¿Hay
mérito en lo que hacen? No, porque se trata de un trabajo como muchos otros. Un
trabajo donde se usa la fuerza mental y creativa, se pasa sentado durante horas
pensando, borroneando, escribiendo, reescribiendo. Una rutina que tiene como
fin la obtención de un pago económico.
Sin
romanticismos: hay trabajo y el indicado para hacerlo es un escritor. Un
profesional que jamás dirá públicamente que escribe para otros, señalando a
todos los que un día le solicitaron sus servicios de escritura.
Por
eso, sería absurdo que un día se dé un encuentro de escritores fantasmas; que,
en el marco de una feria de libros o un encuentro literario, se abra una mesa
con escritores fantasmas como si se tratara de un fragmento de episodio de una
serie animada.
Venderse
al mejor postor
Sí,
muchos escritores fantasmas, antes de convertirse, pensaron en lo que les
proponían: crear monstruos, visibilizar a otros desde la literatura o la
academia. La paga siempre estuvo bien, pero ser parte de una farsa, construir
una mentira que podría ser exitosa o simplemente pasar desapercibida, ser o no
ser para todos ellos, les puso reparos.
Pero
¿al final del día, tras corregir las páginas pensadas y escritas, importa que
la autoría pertenezca a otro? No. Si un escritor fantasma no puede aceptar el
hecho de que su oficio es escribir para otros, jamás podrá mantenerse en este
mundo de sombras y dólares.
Porque
en el ámbito de la oferta y la demanda, el escritor fantasma habita en una
comunidad de otros similares: colegas con tarifas establecidas que cobran por
página, por todo el tiempo invertido en erigir la obra de una persona.
Casi
todo en este mundo capitalista se reduce a la obtención de dinero. Oferta y
demanda. Comercio y consumismo. Y el escritor fantasma encontró la forma de
volver rentable su capacidad creativa.
¿La
IA es el nuevo negro literario?
Hasta
hace poco, el escritor fantasma se sentía seguro en su oficio soterrado. Capaz
de ser convocado por una amalgama variopinta de clientes, siempre deseosos de
cumplir con el anhelo de convertirse en escritores, en figurar como autores de
una obra. Ese territorio, a ellos como propiciantes de volver realidad el sueño
ajeno, les pertenecía, pero de pronto todo cambió y apareció un enemigo visible
y menos costoso.
La
competencia pronto tuvo nombre: IA. La inteligencia artificial se volvió el
nuevo escritor fantasma de muchos, de todos aquellos que decidieron acortar
camino y se volcaron a una pantalla a lanzar todas las palabras clave y
directrices para “crear”.
Pronto
poemas, cuentos, novelas, artículos, ensayos, tesis, discursos, crónicas…
empezaron a engrosar su bibliografía personal. Porque todo estaba ahí, a un
clic, a una nada de distancia.
¿Es
ético? No, pero ¿a quién le interesa? Desde hace décadas la ética, en el
territorio de la creación académica y literaria, ha venido señalándose y
cuestionándose, pero sin mayor repercusión real. Falsos investigadores y
escritores existen, conviven entre nosotros, nos devuelven el saludo e incluso
nos han brindado su amistad. Nadie los detuvo ni los detendrá.
Hay
honor, y a nadie le importa
Contrario
a lo que significa ser un escritor fantasma, no hay drama en su quehacer.
Porque mientras exista alguien dispuesto a pagar a otro para que escriba y dé
forma a sus ideas, para que arme y armonice una historia, siempre existirá un
profesional dispuesto a colaborar con este objetivo.
Y
sí, puede que, en algún momento, alguien frente a la novedad en la librería que
se ve, comente para sí mismo: “yo soy todos los otros detrás de Rob Pilatus y
Fab Morvan, deslumbrantes en la percha”. Y sonría, mientras avanza con la
satisfacción del trabajo bien realizado.


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