sábado, 15 de agosto de 2026

Francine Capella: “Lo que busco al escribir es plantear preguntas”



El dos mil veinticinco me dio una sorpresa que no esperaba: la novela de una autora que, para mí, no constaba en el radar local. Ese año no leí el manuscrito de lo que prometía ser, según su representante, una historia alucinante y temeraria, con una protagonista que dejaría su huella en el lector. Algo pasó y no logré, en todo el año, concretar una lectura que desplegara mi juicio crítico.

Pero las obras, cuando tienen algo que decir, llegan a los lectores adecuados. Eso me dije a principios de este año, después de internarme en la trama y de ir reconociendo los entretelones de la historia.

Francine Capella (Portoviejo, 2006) no aparecía por ningún lado. Se había pasado los últimos veinte años pensando, imaginando, escribiendo, reescribiendo y corrigiéndose para hacer que sus historias dijeran algo, mucho.

Al final de este mes se realizará la presentación de su primera novela, que, a la vez, es su ópera prima como escritora. El evento tendrá lugar en su ciudad, Portoviejo. Pero mientras se acerca el día, me surgen algunas interrogantes: ¿Dónde estaba esta autora? ¿Qué formación y qué lecturas están detrás de ella? ¿Tiene más textos inéditos?


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Francine, se dice que los jóvenes leen poco o ya no leen, en tu caso ¿qué autores han marcado tu ruta como lectora?

Durante mucho tiempo me interesó más crear historias que acercarme a los escritores que las creaban. Con los años empecé a interesarme por la filosofía y por autores como Kafka, Albert Camus y Dostoyevski. Encontré en Camus una forma de pensamiento que se acercaba a algo que yo ya sentía. Su visión del absurdo no me parece triste, sino profundamente humana y libre. No creo que necesitemos encontrar un sentido universal para que nuestra existencia tenga valor. Dostoyevski, en cambio, me atrae mucho por su manera de narrar y explorar la mente humana, mientras que Kafka me acercó a esa forma de convertir situaciones cotidianas en algo extraño y significativo.

 

¿En qué momento te reconociste como escritora?

No hubo un momento exacto en el que decidiera considerarme escritora. Yo ya escribía desde antes, aunque lo veía como una forma de entretenerme, igual que dibujar historietas o crear historias para internet. Fue alrededor de los 15 años, cuando comencé a escribir Madison, que algo cambió.

Desde entonces empecé a escribir en todas partes. Llevaba un cuaderno al colegio, anotaba ideas y les contaba a mis amigas. No pensaba en publicar, solo deseaba seguir escribiendo. Con el tiempo entendí que eso ya no era simplemente un pasatiempo: era una nueva forma de expresar lo que imaginaba y de hacer que algo que solamente existía en mi mente pudiera existir también fuera de ella. Creo que fue ahí cuando realmente comencé a sentirme escritora.

 

¿Cuándo nace la idea de tu novela MADZp53?

La idea nació cuando tenía 15 años, en una etapa en la que comenzaba a interesarme profundamente por la genética y la inmortalidad. Había dejado de lado otra historia porque sentía que quería escribir algo que realmente me moviera, aunque todavía no sabía exactamente qué sería.

Aquella tarde no comencé pensando lo que haría. Me senté frente a mi computadora y empecé a escribir lo que pensaba y sentía en ese momento: mis ideas sobre la verdad, la vida, el conocimiento y la posibilidad de vivir para siempre. Así nació el prólogo.

A partir de ese pensamiento comenzó a aparecer todo lo demás. Madison nació después, pero la primera semilla siempre fue aquella reflexión que escribí.

 

¿Cuánto cambió desde el primer borrador hasta la versión final tu proyecto de novela?

Cambió muchísimo. Madzp53 pasó por varios procesos de corrección durante los años, y la versión que hoy tengo entre mis manos es muy diferente de aquel primer borrador. Curiosamente, la parte que menos cambió fue el prólogo. En cambio, el inicio de la historia sí cambió por completo. Originalmente comenzaba de una manera mucho más cotidiana. Fue durante la edición cuando sentí que podía comenzar en el punto donde realmente empezaba la historia.

También cambió mucho el ritmo. Algunos personajes y acontecimientos también desaparecieron. El final fue lo que más trabajo me dio. El camino hasta ese momento cambió muchas veces, pero el destino siempre estuvo ahí.





¿Cuánto ha influenciado tu carrera de biotecnología en la construcción de tu novela?

Mi carrera de Ingeniería en Biotecnología ha influido bastante en mi novela, aunque de una manera curiosa, porque la novela nació antes que mi carrera. Cuando tenía 14 y 15 años empecé a interesarme profundamente por los temas que aborda la historia. Cuando comencé a escribir, sabía que Madison estaba relacionada con la ciencia y la tecnología, pero ni siquiera había decidido qué estudiaba. Tuve que preguntarme qué carrera cursaba y, al investigar, descubrí la Ingeniería en Biotecnología. Me pareció que encajaba perfectamente con ella y la incluí en la historia, sin imaginar que años después yo misma terminaría estudiando esa carrera.

Cuando entré a estudiar, yo había olvidado que se lo había asignado a Madison. Con el tiempo, cursar la carrera sí me ayudó mucho durante la corrección de la novela. Es curioso pensar que primero creé a una protagonista que estudiaba Ingeniería en Biotecnología sin saber realmente qué era, y años después terminé recorriendo yo misma ese camino.

 

¿Podría Madison, la protagonista, representar la heroína que toda persona ansía convertirse?

Personalmente, no veo a Madison como una heroína, y tampoco creo que exista un héroe completamente definido como ejemplo perfecto a seguir. Madison está rota desde el comienzo: puede ser egoísta, terca, impulsiva y tomar decisiones cuestionables. Lo que me parece admirable de ella es que después de experimentar en carne propia lo que significa perder el control sobre su propia vida, siempre intentó evitar que otras personas sufrieran el mismo destino. Incluso cuando tuvo razones y herramientas para convertirse en alguien cruel, decidió no hacerlo. Al final logra aceptar que ya no es como los demás, sin dejar de reconocerse como humana. Por eso creo que cada lector puede decidir si quiere llamarla heroína, pero yo prefiero verla como una persona imperfecta que, aunque su mente la atormentaba y la volvía violenta, luchó por no convertirse en aquello que la había herido. Quizás eso sea lo más humano y admirable de ella.

 

Persecuciones, espionaje, luchas, experimentos científicos… ¿qué otros temas incluyen la novela y por qué los consideras importante en la historia?

Uno de los temas centrales de la novela es la mente humana frente a aquello que no está preparada para soportar. Desde el inicio me interesaba preguntarme qué ocurriría con la conciencia de una persona si su cuerpo dejara de morir, pero su mente continuara siendo humana. Por eso el dolor, la identidad, la libertad, la ética científica y la inmortalidad tienen tanto peso en la historia. Incluso el propio nombre de Madzp53 nace de Madison: ella misma, al analizar su sangre modificada, decide nombrar la sustancia que ha transformado su cuerpo. Para mí, esto refleja también la manera en que termina aceptando, aunque sea con ironía, que ella misma se ha convertido en aquello que intentaron crear. Aunque no lo haya deseado. La novela no trata solamente de alguien que no puede morir, sino de cuánto puede soportar una mente humana cuando tiene que vivir con algo para lo que nunca fue creada.

 

Por otro lado, amor y paternidad son dos carencias de Madison ¿por qué?

Sí, el amor y la paternidad son dos carencias importantes en Madison, aunque no son las únicas. Su relación con su padre es especialmente importante porque durante su infancia fueron muy cercanos y compartían incluso un mismo sueño. Después del divorcio, cuando Madison tenía doce años, ella vivió su separación como un abandono y terminó interpretando que, de alguna manera, había sido responsable de que sus padres dejaran de estar juntos. Esa experiencia terminó influyendo en su manera de relacionarse. Madison siente profundamente, pero tiene miedo de ser vulnerable, de ser abandonada o ver que no es suficiente. Madison no carece de amor porque no sepa sentirlo; al contrario, siente demasiado y teme las consecuencias de necesitar a alguien.

 

Finalmente ¿En qué otros proyectos literarios te encuentras trabajando?

Actualmente continúo trabajando en distintos proyectos literarios. Mi siguiente proyecto principal es El ángel que mintió, una historia de drama psicológico, fantasía oscura y urbana, en la que he podido explorar mucho más la mente de los personajes y los conflictos internos que me interesan como escritora. También continúo desarrollando historias de ciencia ficción y misterio. En el futuro me gustaría volver a experimentar con el terror psicológico y quizá explorar el romance, aunque probablemente desde un enfoque más oscuro. La ciencia ficción y las preguntas sobre la mente humana siguen siendo temas a los que siempre regreso. Creo que, independientemente del género, lo que realmente busco al escribir es plantear preguntas, intentando descubrir hasta dónde puede llevarme la mente de un personaje.



 

miércoles, 12 de agosto de 2026

Luigi


El noticiero radial me dio su nombre. Lo pensé, recordé y comprendí: era él. Habían pasado tal vez unos cinco años desde la última vez que lo vi. Lo encontré en la terminal terrestre de Manta, en su local de venta de productos electrónicos y de entretenimiento. Nos saludamos y quizás nos alegramos de vernos. Esa tarde continué mi camino para enviar una encomienda a otra ciudad. Desde entonces no supe nada de su vida hasta la mañana del martes, cuando un locutor pronunció su nombre y agregó la fatídica noticia que lo vinculaba.

Fuimos compañeros de escuela. En ese tiempo, en los años ochenta, la institución educativa era única y regía en el sector conformado por varios barrios. Allí crecimos, estudiando y jugando hasta finalizar la primaria. El colegio nos distanció.

Lo volvería a encontrar, junto a otros, una tarde en que salí a patinar. En ese tiempo, recorrer las calles, saltar escaleras y provocarme toda clase de heridas era una tarea diaria de dolor y aprendizaje extremo. Nos volvería a juntar la música.

Fuimos los muchachos «rebeldes» que, noche a noche, con una grabadora destartalada, se arrinconaban en un espacio del barrio y, a todo volumen, manifestaban la música que los gobernaba. Y aunque él siempre prefirió a Guns N' Roses, nunca nos hizo mala cara ante nuestro esplendor por Cry y su Aracnofilia, ni ante los gruñidos de John con Obituary, y menos aún ante el enfurecimiento de Glen con Deicide.

Conciertos, bailes, cientos de borracheras absurdas y un recorrido interminable por otros barrios y sus calles. Las aventuras junto a él y los otros nunca faltaron. Y nadie —no recuerdo que alguien lo hiciera— dijo aburrirse, porque siempre había algo por hacer, cualquier estupidez que alegrara aquella descabellada juventud.

Ayer por la mañana, el locutor dijo su nombre, pero yo recordé cómo le decíamos: Luigi. Dijo que su cuerpo estaba dentro de su auto, como dormido, frente a un gimnasio. No sé si vivía por esa ciudadela o si continuaba en el mismo barrio del que todos habíamos huido. Nada sé. Solo queda el recuerdo de su nombre, escuchado desde unos parlantes.

sábado, 1 de agosto de 2026

Mucha pantalla, poca cama


 

Los escritores siempre están esperando que algo en su interior haga clic para empezar una nueva historia; que algo se remueva dentro de ellos para volver a obsesionarse con la historia elegida. Muchas horas frente a una pantalla y pocas horas sobre una cama, porque mientras la historia continúe latiendo, hay que aprovechar el ritmo aparecido.  

Por un momento —a veces más de la cuenta—, los asuntos familiares y laborales deben esperar. Es una pausa urgente que casi siempre lo trastoca todo y lo arruina. Pero no importa, porque la punta de una historia ha aparecido y se continúa escarbando para hacerla visible.

¿Alguien que no sea otro escritor entenderá el dilema? ¿Alguien que no sea una esposa enfurecida podría justificar tal acción egoísta? ¿Alguien que no sea el jefe del trabajo estaría de acuerdo con las ausencias porque el fin es necesario?

El escritor sabe que las historias, sus historias, no aparecen en él a cada momento; que a veces pasa meses seco, sin ideas, sin esbozos, sin nada que le aporte a su obra. Él sabe que cuando la chispa brota, por la situación que sea, es vital refugiarse con ella y extraer todo de sí. Y entonces el mundo, toda la vida conocida, deja de importar.

(A propósito del k-drama El chico de la última fila, Kim Kyu-tae, 2026)

sábado, 25 de julio de 2026

Importancia y clandestinidad del escritor fantasma

Foto de Pacha Tamayo


Una tarde, cuando recorría el pasillo del centro comercial, algo llamó su atención en el escaparate de la librería ubicada allí: la portada de un libro en la sección de novedades. Reconoció el título y también el nombre de quien figuraba como su autor. Sonrió, con una mezcla de satisfacción y algo de decepción. En el pasado había intentado publicar por su cuenta, pero todos sus intentos terminaban en fracaso.

El título del libro le había costado algunas noches: pensar y repensar para concretar en un conjunto de palabras eso que englobara la historia que contenía: una novela que una noche, en la soledad de una habitación, estableció el día de inicio y la fecha de finalización.

¿Se sentía especial? Sí. Muchos héroes mantenían una doble vida; él también, aunque al único que había salvado era a sí mismo. Una salvación fútil y más corriente, sin nada de heroísmo, pura supervivencia; puro y duro capitalismo existencial.

Por eso, cuando un día le pidieron reconocer su oficio, lo dijo sin titubear: fantasma, soy un escritor fantasma.

 

Fantasmagoría creativa

Cuando se habla de un “escritor fantasma”, lo primero que se imagina quien escucha la designación es a alguien que escribe bajo la protección de una sábana, que por las noches deambula recitando versos o repitiendo oraciones que pronto llevará a una pantalla; un ser desdichado que ha decidido peregrinar mientras va elucubrando historias.

Esta condición fantasmagórica —atractiva por demás— no se ajusta a la realidad, porque el escritor fantasma tiene una existencia terrenal más mundana y menos interesante. Sí, es un anónimo que un día decidió escribir para otros, crear para otros, hacer de los otros —que sí podrían tener una existencia fantasmal— seres reales a los cuales contemplar y, sobre todo, leer.

Un profesional cuyo oficio es la construcción: textos académicos de la más amplia índole como artículos, ensayos, tesis; textos políticos como informes y discursos; y, sobre todo, textos literarios como cuentos, poesía o novelas. Su campo creativo no tiene límites, porque todo lo que demande la escritura será terreno fértil para su desarrollo.

Es cierto, también, que los escritores fantasmas no son todólogos; tienen sus reparos en áreas del conocimiento más complejas donde no se trata de una vocinglería textual, sino de evidenciar un saber a todas luces.


 

Foto de Pacha Tamayo

Los que escriben y los que pagan

¿Cómo alguien llega a convertirse en escritor fantasma? ¿Existe una escuela o taller de formación para todos ellos? ¿Se los reconoce por la calle o tienen una agencia donde se los puede contratar?

La respuesta es bastante simple: los escritores fantasmas son escritores; escritores que un día recibieron la oferta de escribir para otros, porque la falta de tiempo, los compromisos sociales o un bloqueo interminable imposibilitaban a algunos escribir sus propios textos.

¿Hay mérito en lo que hacen? No, porque se trata de un trabajo como muchos otros. Un trabajo donde se usa la fuerza mental y creativa, se pasa sentado durante horas pensando, borroneando, escribiendo, reescribiendo. Una rutina que tiene como fin la obtención de un pago económico.

Sin romanticismos: hay trabajo y el indicado para hacerlo es un escritor. Un profesional que jamás dirá públicamente que escribe para otros, señalando a todos los que un día le solicitaron sus servicios de escritura.

Por eso, sería absurdo que un día se dé un encuentro de escritores fantasmas; que, en el marco de una feria de libros o un encuentro literario, se abra una mesa con escritores fantasmas como si se tratara de un fragmento de episodio de una serie animada.

 

Venderse al mejor postor

Sí, muchos escritores fantasmas, antes de convertirse, pensaron en lo que les proponían: crear monstruos, visibilizar a otros desde la literatura o la academia. La paga siempre estuvo bien, pero ser parte de una farsa, construir una mentira que podría ser exitosa o simplemente pasar desapercibida, ser o no ser para todos ellos, les puso reparos.

Pero ¿al final del día, tras corregir las páginas pensadas y escritas, importa que la autoría pertenezca a otro? No. Si un escritor fantasma no puede aceptar el hecho de que su oficio es escribir para otros, jamás podrá mantenerse en este mundo de sombras y dólares.

Porque en el ámbito de la oferta y la demanda, el escritor fantasma habita en una comunidad de otros similares: colegas con tarifas establecidas que cobran por página, por todo el tiempo invertido en erigir la obra de una persona.

Casi todo en este mundo capitalista se reduce a la obtención de dinero. Oferta y demanda. Comercio y consumismo. Y el escritor fantasma encontró la forma de volver rentable su capacidad creativa.

 

¿La IA es el nuevo negro literario?

Hasta hace poco, el escritor fantasma se sentía seguro en su oficio soterrado. Capaz de ser convocado por una amalgama variopinta de clientes, siempre deseosos de cumplir con el anhelo de convertirse en escritores, en figurar como autores de una obra. Ese territorio, a ellos como propiciantes de volver realidad el sueño ajeno, les pertenecía, pero de pronto todo cambió y apareció un enemigo visible y menos costoso.

La competencia pronto tuvo nombre: IA. La inteligencia artificial se volvió el nuevo escritor fantasma de muchos, de todos aquellos que decidieron acortar camino y se volcaron a una pantalla a lanzar todas las palabras clave y directrices para “crear”.

Pronto poemas, cuentos, novelas, artículos, ensayos, tesis, discursos, crónicas… empezaron a engrosar su bibliografía personal. Porque todo estaba ahí, a un clic, a una nada de distancia.

¿Es ético? No, pero ¿a quién le interesa? Desde hace décadas la ética, en el territorio de la creación académica y literaria, ha venido señalándose y cuestionándose, pero sin mayor repercusión real. Falsos investigadores y escritores existen, conviven entre nosotros, nos devuelven el saludo e incluso nos han brindado su amistad. Nadie los detuvo ni los detendrá.

 

Hay honor, y a nadie le importa

Contrario a lo que significa ser un escritor fantasma, no hay drama en su quehacer. Porque mientras exista alguien dispuesto a pagar a otro para que escriba y dé forma a sus ideas, para que arme y armonice una historia, siempre existirá un profesional dispuesto a colaborar con este objetivo.

Y sí, puede que, en algún momento, alguien frente a la novedad en la librería que se ve, comente para sí mismo: “yo soy todos los otros detrás de Rob Pilatus y Fab Morvan, deslumbrantes en la percha”. Y sonría, mientras avanza con la satisfacción del trabajo bien realizado.


sábado, 27 de junio de 2026

Libros, acumuladores y vocinglería


¿Han notado el comentario por lo bajo que señala lo raros que son todos aquellos que compran, adquieren y resguardan libros? ¿Los que muchas veces prefieren permanecer en casa, atrapados en alguna historia, en vez de salir a un bar? ¿Los que recorren y contemplan los estantes y montañas de libros en los espacios de su hogar? ¿Los que se han negado a permanecer frente a una pantalla, alabando o sufriendo por el fútbol, mientras atraviesan página tras página?

Hasta que salga el cuento (b@ez.editor.es, 2024), de Dalton Osorno (Jipijapa, 1958), es una colección de cuentos donde la prostitución, la traición y la soledad son los temas que atraviesan casi todas las historias. A través de un Guayaquil antiguo y moderno, el autor expone tragedias donde el comercio del sexo y la ausencia de amor son los devenires constantes. Sin embargo, hay un cuento en particular que llama mi atención: «María José».




En YouTube es fácil dar con un video en el que Umberto Eco recorre su casa-biblioteca: pasillos con libreros empotrados a sus lados, salas abarrotadas de libros, escritorios y mesas con montañas de ejemplares, e incluso libros apilados en el piso. Y cuando el espectador cree que el recorrido culminará pronto, se da cuenta de que el escritor avanza hasta, momentos después, dar con un estante del cual toma un ejemplar y lo abre.

Este laberinto es una especie de «paraíso» para quienes apreciamos los libros; para todos aquellos que encontramos en ellos una forma de permanencia; que integramos su presencia a nuestras actividades y, sobre todo, para los que un día empezamos a acumularlos y nos negamos a desprendernos de ellos, porque algo de nosotros permanecía en sus páginas.

Marco Alberto Casado y Blanco, el personaje del cuento de Osorno, es un pastiche de escritor que hizo de la acumulación de libros parte de su identidad. Esta obsesión lo hacía destacar en cuanta reunión asistía y deslumbraba a mujeres incautas, capaces de asombrarse ante la vocinglería ajena.




Se trataba de un acumulador que compraba, canjeaba, prestaba o hurtaba libros. Su casa en el centro de Guayaquil —desde donde lo ubica Osorno— pronto se volvió un lugar de peregrinación de escritores, investigadores y amistades. Era una casa-biblioteca de la que se sentía orgulloso, con miles de libros atiborrando cada espacio de su hogar: doce mil setecientos cincuenta ejemplares en su colección, según asegura el personaje.

Pero, a todo esto, ¿ha leído un acumulador-lector todo lo que posee en su biblioteca? ¿Es necesario leerlo todo? En este tiempo en el que escasean los lectores y abundan los autores, uno anda con cuidado, valorando una obra desde sus primeras páginas; porque si no hay un clic en la historia no se avanza. Así de cruel es la modernidad acelerada. Hay mucho por leer y no hay tiempo para libros que no dicen nada al lector.

Y sí, puede que las murmuraciones y etiquetas de «raritos» acierten para todos los acumuladores-lectores.



jueves, 25 de junio de 2026

El terror religioso en la obra de Coello García

(novela, 2022)



No recuerdo con precisión en qué año, tras una reunión de trabajo con Carlos Coello García, me soltó la etiqueta de lo que estaba escribiendo: terror bíblico. ¿El terror podía venir de la Biblia? ¿Era la Biblia un libro de terror? Y lo más importante, ¿podía darse en verdad esa fusión entre un texto religioso y la ficción más salvaje?

Sus poemas y cuentos tenían marcados elementos que destacaban sus historias. Por un lado, personajes enfurecidos con las atrocidades de la sociedad, víctimas de urbes cada vez más sanguinarias, y que encontraban refugio en la Biblia ante sus vidas convulsionadas; por otro lado, ángeles vengadores que no dudaban en hacer justicia, en castigar a villanos y crueles, en aplicar las sentencias más radicales que consideraban justas.



(novela, 2026)


Las historias de Carlos hablaban de un mundo desesperante, donde los personajes no lograban distinguir entre la cordura y la locura; hombres, en su mayoría, que reflejaban una lucha interna, que sucumbían casi siempre a la voz interior que los obligaba a recorrer un sendero de violencia.

¿Todo lo anterior se enmarcaba en el terror bíblico? Sí, y pronto reconocí que la obra de Carlos apuntaba más al terror teológico, porque sus personajes, tal y como se mostraban en sus novelas más recientes —Oculto y El reflejo insano—, compartían una devoción extrema, casi fanática, como una respuesta a la necesidad de aferrarse a algo con lo cual hallar calma.



Carlos Coello García (Manta-Ecuador).
Foto de Joselo Márquez.


Pero, por más increíble que pareciera, los personajes y las historias no tenían un objetivo evangelizador; la obra de Coello se centraba en develarnos a sus personajes engullidos en sus infiernos personales, atrapados en su realidad alterada donde los otros siempre resultaban sus enemigos.

Y aunque su literatura, tan viva y extraña, debía ser material de estudio para quienes apreciaban lo raro, para docentes y estudiantes de literatura, para fanáticos del terror y lectores frikis, su obra continuaba siendo una isla: fuera del mapa oficial. ¿Importaba? A veces, pocas veces. Aún había mucho por escribir: un proyecto magno, un legado que sobreviviera al autor en su incomprendido entorno.

 

sábado, 13 de junio de 2026

Tontos útiles

Foto de Ron Lach (Pexels)

 

En «No puedes escribir una historia de amor», Carl, su protagonista, agarra el teléfono fijo; desde ahí escucha una voz que pregunta por él y lo invita a leer en un colegio. La paga es de $100. Él reclama algo mejor, pero es todo lo que pueden ofrecerle, además de un almuerzo junto a los estudiantes.

El cuento de Bukowski, más allá de tratar sobre el bloqueo del narrador, delata cómo se dan, usualmente, las invitaciones a escritores: con pagos mínimos y algún beneficio extra. Invitaciones que casi siempre, mientras incluyan una remuneración, son recibidas de buena manera.

No siempre ocurre que las invitaciones vienen con un pago como motivación. Por eso, uno se termina preguntando ¿Está mal exigir un pago por las actividades literarias en las que se participa? ¿El trabajo de lectura y escritura sigue considerándose un pasatiempo? ¿El ser escritor continúa siendo visto como un simple entretenimiento?

Las interrogantes surgen después de semanas de haber recibido un mensaje de un número desconocido; se trataba de una invitación para ofrecer un masterclass sobre literatura en uno de los colegios prestigiosos de Manta. Constaba el día y el horario establecido para la actividad; sin embargo, pronto noté que el mensaje carecía de lo más importante: la compensación económica.

No se trataba solo de una invitación para ser jurado en algún concurso de oratoria, poesía o cuento, sino de ofrecer una clase maestra; es decir, de preparar material para abordar un tema en torno a la lectura y escritura.

Cuando respondí que me encantaba la idea de ofrecer un masterclass para el grupo de estudiantes anunciado, y que también deseaba conocer cómo sería el pago por la actividad, una barrera empezó a erigirse entre el representante de la institución y yo. Me dijeron que consultarían con los directivos si era posible el valor sugerido y que me avisarían, pero el aviso nunca llegó.

¿Está mal exigir un pago por las actividades literarias en las que se participa? No. Es el momento en el que los escritores deben negarse a las invitaciones donde no se valore su trabajo, dejar de ser los tontos útiles y empezar a establecer tarifas.

No somos Ginsberg, como reclama el personaje de Bukowski, con pagos de $1000, pero incluso los pagos simbólicos siempre darán una motivación y compromiso ante cualquier actividad abordada.