sábado, 31 de octubre de 2026

Al cruzar esa calle


 

En un momento en el que muchos escritores han sucumbido al encanto de la IA y la escritura parece ser algo irrelevante para algunos de ellos —al asumir la autoría de algo que no les pertenece, por más que defiendan que sus ideas y prompts son suyos—, la realidad nos dice que escritor es el que escribe; el que, en el mejor de los casos, piensa, redacta y desarrolla un texto.

Por eso es reconfortante encontrarse con libros como Al cruzar esa calle... (2026), de Fernando Macías Pinargote. Una obra donde la memoria se construye a partir de relatos en los que el barrio, la ciudad, la amistad y sucesos sobresalientes marcan el ritmo de pequeñas crónicas. Son postales donde la niñez y la juventud siempre destacan hechos relevantes para el protagonista. Portoviejo es el espacio geográfico recurrente: una ciudad con cientos de historias desconocidas y proezas locales que el cronista eleva al escenario global.

Y eso, en una época en la que una legión de autores ha caído bajo la sospecha de usar IA para “escribir”, es meritorio. Un escritor frente a su computadora rememorando, revisando archivos, dialogando con otros, reconstruyendo la memoria colectiva y mirando desde su recuerdo... todo para convertirlas en piezas destacadas que lo sobrevivan a él y a cada protagonista de sus historias.

domingo, 11 de octubre de 2026

La mano maldita


 

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Hay una comunidad de escritores latinoamericanos conectados con el metal: aquella música estridente e “infernal” para muchos. Una comunidad que no es tal, es decir, que no es una especie de club en el que sus miembros se reúnen para dialogar o plantear ideas de representatividad colectiva. No, cada uno desde sus países se mueve a su ritmo y bajo sus propias consignas.

Pero esta “comunidad” de escritores-metaleros —porque es innegable el gusto por el metal extremo: desde el heavy rebelde hasta el death más violento— mantiene un vínculo a la distancia: su literatura dialoga y se mueve desde las mismas consignas, con personajes provenientes de los márgenes, desencajados y ruidosos que dicen mucho de su subcultura.

 

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PabloRodríguez, amigo y periodista rockero y metalero, a quien siempre reconocí por su trabajo de comunicador en distintos medios (televisivos e impresos), me presentó el libro Tren Loco. 20 años. Pogo en el andén. Era 2010 y ese año —en una feria de libros en Ecuador— conocí la historia de una banda y el trabajo de un escritor que no constaba en mis registros: Gito Minore.

Cuatro años pasarían hasta coincidir con Minore en otra feria de libros. Un diálogo breve, algunas revistas y libros, y un contacto hermanado por la música y las actividades metaliterarias que aún permanece.

 

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Habían pasado varios años de mi encuentro con Minore cuando, un día, recibí su invitación. Ahí me contaba de un proyecto que se alineaba a otros similares en la región, como el realizado en 2014 en Chile: las antologías de poesía y narrativa denominadas Metalenguaje. Un proyecto que integraba a escritores que conocía desde su obra y a otros que no aparecían en mi mapa personal, pero cuya obra empezaba a seguir.

La mano maldita lo tituló Gito desde el respaldo de su sello Clara Beter. Era 2018 y para mí esa fue una de las mejores noticias de aquel año. Porque una historia adolescente que tenía bastante tiempo guardada encontraba una casa colectiva para difundirse. Porque conocía la obra de otros autores con los que tenía el nexo de la música y la literatura.

 

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A principios de este año, Gito me vino contando de la posibilidad de una segunda edición de La mano maldita; una donde integraría a más autores de la región. Fue cuando me llegó el borrador de la maqueta y empezamos la corrección de pruebas que me convencí de que este conjunto de relatos tendría un nuevo impulso.

Hoy vuelve a circular esta entrega que agrupa a una camada de autores provenientes de México, Argentina, Uruguay, El Salvador, Puerto Rico, Bolivia y Ecuador. Y puedo afirmar que las historias dicen mucho de una comunidad que aún en este tiempo se visibiliza con el estigma a cuestas de lo maldito, ritualista y sanguinario. Estas historias son un buen momento para desmentir todo mito.


sábado, 3 de octubre de 2026

Caecus


 

Desdoblarse es uno de los recursos más idóneos para mirarnos desde la autoficción. A esto nos lleva Caecus (Off Editores, 2026), de Dalton Osorno, una novela íntima y bastante personal, donde el pasado —que bien podría ser una autobiografía— no es más que el entramado de una novela en la que el otro —del que se sospecha que es el mismo autor por ciertas señas— es un personaje al que acompañamos en su recorrido existencial.

No estamos ante una novela querellista; al contrario, hay vitalidad en las acciones de su protagonista, incluso en las escenas más crueles contra él, en el eco de la burlilla estentórea que acompaña su niñez. Pero no hay drama, sino la crónica de un niño contra el mundo conocido y, luego, de un hombre apoderándose de ese mismo mundo.

En esta historia, a modo de homenaje, una madre es el escudo contra el entorno canalla; y también la lectura es la construcción de un mundo mejor, una fuga ante el horror de los demás.

domingo, 20 de septiembre de 2026

¿Nuevos clásicos de la literatura manabita?


 

La reflexión me surge después de haber dialogado respecto al tema; es decir, de recordar que en Manabí se leen cinco clásicos literarios que continúan siendo referentes dentro de la provincia: novelas —todas ellas escritas por hombres— cuyos escenarios son algunas de las ciudades más nombradas de la región.

Estas obras, ordenadas por su fecha de publicación, son Un hombre y un río (1957), Sed en el puerto (1962), La mula ciega (1970), Los designios (1974) y Tauras o muertos que están vivos (1981).

¿Quién las volvió clásicas? Digamos que, para conocer al Manabí de mediados y finales del siglo XX, es obligatorio internarse en estas historias. Aquí habitan tanto las costumbres como las problemáticas de la provincia y de sus habitantes, cuestiones que, a través de las décadas y del nuevo siglo, no han cambiado del todo.

Otro factor que, a mi juicio, ayudó a consolidarlas como «clásicas» fue la academia, desde las instituciones de educación media hasta la universitaria. Profesores del área de literatura inculcaron a sus alumnos la importancia de estas obras, generando un efecto eco entre los estudiantes.

Sin embargo, la última de estas obras data de principios de los años ochenta y, desde entonces, ha existido un silencio abrumador que ha impedido señalar cualquier otra creación que pueda sumarse a la lista; sobre todo si consideramos que la tradición anterior se ha limitado estrictamente a la novela, excluyendo las colecciones de cuentos, la poesía y, aún más, el ensayo.

A más de cuarenta años de distancia, creo que no estaría de más hacer un ejercicio de acercamiento a las obras que podrían convertirse en los nuevos clásicos de la literatura manabita, y cuya lectura debería ser clave. Es decepcionante saber que aún se ignora —en su propia provincia— la obra de Hugo Mayo o Jacinto Santos Verduga; que a Hidrovo Velásquez solo se lo conoce por Un hombre y un río, descartando el resto de su producción narrativa y poética; o incluso que, ante un contexto ausente de crítica literaria, la reedición de la obra ensayística de Hidrovo Peñaherrera se vuelve cada vez más urgente.

Mientras llega —o se provoca— esa redención, sigo trabajando en una lista que es preferible no hacer pública todavía, para no herir las susceptibilidades de los autores locales.


domingo, 6 de septiembre de 2026

El metal como identidad y bandera


 

¿Puede un libro llegar tarde al lector? No, nunca. Creo que los libros llegan en su momento adecuado y se quedan con el lector. Le dicen algo; ese algo que siempre terminará motivando a hablar, escribir y recomendar la obra a otros.

Bajo Cero. De Grand Bourg a Tokio (Clara Beter, 2017), de Gustavo Zavala, es una obra que va en dos direcciones: por un lado, agrupa historias familiares enmarcadas en la memoria y la anécdota; por el otro, presenta historias ficcionales, pequeñas piezas narrativas envolventes. Estos dos caminos tienen un mismo cauce: demostrar que el individuo rockero-metalero es más cuando logra desarrollarse junto a otros, cuando va en un sentido colectivo para lograr objetivos.


https://www.clarabeterediciones.com.ar/tinieblas/bajo-cero-gustavo-zavala 

De esto Zavala da el mayor de los testimonios desde las bandas Apocalipsis, S.U.R. y Tren Loco (sobre todo esta y su recorrido global). Porque desde la trinchera musical el trabajo colectivo es mayor: la banda como un solo cuerpo integrado por varias voces; una unificación que sigue una misma sintonía musical.

En esta obra hay rock y metal desde la infancia y en la adolescencia, plasmados en el testimonio de un hombre que hizo de la música identidad y bandera. Las historias de Zavala son nostalgia viva, pero también el eco de un mensaje cautivante: todos los sueños pueden cumplirse si hay paciencia; nada es fortuito, porque todo, al final, es resultado de trabajo y más trabajo.

 

sábado, 5 de septiembre de 2026

Ser ñoño se volvió atractivo



Hace poco retomé, en una maratón nostálgica y carcajeante, las últimas temporadas de Friends. Por unas semanas se volvió un rito al final de la tarde para apaciguar la carga de lectura académica de ocho horas. Una escena bastó para emprender la maquinaria absurda y predecible de la serie.

Más allá de las risas, en algún momento algo hizo clic: Ross no solo era el pelele y bufón, sino también un intelectual que se reprimía ante sus amigos vulgares y con intereses mundanos. ¿Ser ñoño era atractivo? ¿Cuántas mujeres se sentían cautivadas por un hombre que demostraba saber algo a profundidad?

Lo tenía claro: una cosa era tener conocimiento y otra —casi siempre en el panorama— era ser bobalicón. Los expertos en verborrea hueca abundaban. Nada tenía que ver con los títulos y grados que se cargaban y exponían, porque, como decía Chancro Duro: hay “ignorantes titulados” por doquier.

Sin embargo, Ross, desde la ficción, demostraba que se podía ser intelectual, tolerar e incluso apreciar a un grupo de ignorantes y, sobre todo, ser atractivo muchas veces sin necesidad de pretender serlo; es decir, solo bastaba encontrar a la persona adecuada que lo escuchara para reconocer el talento en él.






Así, la primera situación se da en la temporada siete, episodio siete (El libro de la biblioteca). Ross descubre que su tesis doctoral consta en la biblioteca de su universidad; se encuentra recluida en una sección de escasa consulta, pero, contradictoriamente, de mucha frecuencia. Todo porque el espacio al final de la sala se volvió el motel de parejas fogosas.

Cuando Ross lo descubre, y ante la ausencia de guardias que detengan esta situación y mancillen su tesis y libros sagrados para su profesión de paleontólogo, decide custodiar el lugar al finalizar sus clases para alejar a las parejas que se acercan.

Todo marcha bien hasta que encuentra a una joven que llega en busca de un libro. Al interrogarla, descubre que es una lectora de su tesis y que hay afinidad en lecturas y criterios. Títulos y referencias van y vienen… Luego, aparecen los dos a medio vestir, escoltados por la policía en la recepción de la biblioteca.

La otra situación se da en la temporada ocho, episodio veintiuno (La lección de cocina). La vendedora de ropa de bebés de la tienda encuentra cautivante a Ross al enterarse de que es paleontólogo y profesor universitario. La joven ve en él a una especie de “Indiana Jones” que, más allá de ser padre, no tiene compromiso sentimental con nadie.

¿Ser ñoño es atractivo? Lo es desde la ficción de una serie, donde los docentes no parecen tener una carga horaria agotadora y el humor dota de una mejor conexión con los estudiantes. Y donde, parece, las mujeres sienten atracción por profesores que demuestran conocimiento y no representan el camino fácil de la academia.

 

domingo, 30 de agosto de 2026

Más obra y menos autor


 

En Manabí, en Ecuador, tal vez a nivel mundial, hay demasiados libros; muchos libros emergiendo a una velocidad desesperante. Libros de toda clase y tema; libros para todas las edades; libros de ciclo corto; libros para alimentar una hoja de vida; libros que con los meses se olvidan o embodegan; libros de muerte programada.

Quizás porque, como argumenta el editor Jordi Nadal: “Los malos libros son como una franquicia de hamburguesería: solo tienen en común las grasas y la vulgaridad”. Así de escandalosa es esta apreciación en un contexto donde publicar un libro parece ser una meta urgente.

¿Puede culparse a un autor por esta aspiración? No, jamás, porque una mayoría creció devota a la frase de que “sembrar un árbol, tener un hijo y escribir un libro” es la meta existencial.

No se puede señalar a un autor por desear publicar, ver su nombre en la portada de un libro, saberse leído por conocidos y desconocidos, o escuchar su nombre junto al membrete de escritor. Todo un anhelo realizable, en apariencia, con bastante facilidad.

Por eso, en este territorio de autores idealizando una frase, emergieron a la par editoriales trasnochadas para aprovechar el momento. Decenas de sellos con cientos de nuevos libros cada año; libros que no responden a un catálogo y sí a otros intereses; libros descartables para olvidar rápido.

 

Editoriales depredadoras

Están más cerca de lo que se creería. Editoriales con nombres pomposos, moviéndose con la mayor espectacularidad posible en el territorio; editoriales que han hecho de las redes sociales su mejor carta de promoción para empoderar la idea de su utilidad. Editoriales que, tal vez por desconocimiento, elogian su falta de profesionalismo en su quehacer diario.

¿Cómo reconocerlas? Quizás porque decidieron que el autor es más importante que la obra, que hablar del autor es más necesario que analizar la obra. Tal vez porque los libros abusan de las mayúsculas, porque hay una fijación en anteceder al nombre del autor su grado académico, o porque muchos de ellos hacen ruido en sus diseños de portada y el pleonasmo en su interior recae en la dedicatoria, agradecimientos y epígrafe. Detalles a los que el lector ya se acostumbró.

Son editoriales que van depredando un sector que intenta hacer de cada obra un trabajo artístico; que alimenta un catálogo que responde a colecciones por área de conocimiento; que se niega a la instantaneidad y prefiere pocos títulos, pero con más repercusión. Porque en edición, menos es más.

 

Los falsos best seller

¿Pero quién entiende a un editor? Pocos, tal vez nadie, quizás no importe. En una actualidad donde la IA puede resolver muchas de nuestras dudas, la posición crítica de alguien parece estar de más.

Por eso se vuelve incorrecto argumentar que en Manabí (y tal vez en todo el país) no hay best sellers desde Amazon; que es una trampa que la misma plataforma y algunas editoriales se inventaron para cautivar a muchos autores que, decepcionados por los altos costos de impresión y la ausencia de respaldo editorial, vieron en este panteón de publicaciones una alternativa salvadora. Pero no lo es, o por lo menos, no como el autor imagina: publicar no es sinónimo de ventas y menos de reconocimiento.

Es cierto que las obras cruzan fronteras, que basta un clic para acceder a un libro que tardaría meses en viajar hasta otro continente; que los lectores ganan y que el autor gana. Lo que pocos dicen es que Amazon es un territorio digital superpoblado; que las obras sin publicidad ni marketing quedan sepultadas y que los libros que nadie comenta pasan desapercibidos.

En este escenario, un libro sin publicidad pero con la etiqueta de best seller es una burla, una mentira creíble solo por el autor.

 

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Dos mil veinticinco me dio una sorpresa que no esperaba: la novela de una autora que, para mí, no constaba en el radar local. Ese año no leí el manuscrito de lo que prometía ser, según su representante, una historia alucinante y temeraria, con una protagonista que dejaría su huella en el lector. Algo pasó y no logré, en todo el año, concretar una lectura que desplegara mi juicio crítico.

Pero las obras, cuando tienen algo que decir, llegan a los lectores adecuados. Eso me dije a principios de este año, después de internarme en la trama y de ir reconociendo los entretelones de la historia.

Francine Capella (Portoviejo, 2006) no aparecía por ningún lado; sin embargo —y esto después de conversar con ella una tarde—, se había pasado los últimos cinco años escribiendo, reescribiendo y corrigiendo su primera novela, como si su vida dependiera únicamente de esta actividad.

Una historia que, después de mi primera lectura, supe que era necesario difundir. Los lectores que lleguen a ella acompañarán a Madison, la protagonista, en este viaje cargado de desafíos.

  

Muchos libros, pocas editoriales

En Manabí, en Ecuador —tal vez a nivel mundial—, hay demasiados libros. Libros cuyos autores han tenido la necesidad de publicar; libros que existen porque el mercado de la oferta y la demanda no tiene restricciones (ni las necesita), y porque todos los autores son libres de publicar lo que consideran necesario leer.

Que nadie culpe a un autor por publicar demasiado; pero sí se debe señalar a una editorial por exponerlo a través de una obra mal editada, es decir, un libro con problemas de forma y fondo que, lejos de resaltar su trabajo, lo condenará.

Editoriales depredadoras y «hamburgueseras» que existen porque muchos autores se negaron a reconocer que sus textos necesitaban corrección, que sus personajes no eran creíbles o que su hoja de vida (en solapas o en las páginas finales) merecía más protagonismo. Esas editoriales que, al final del día, harán poco o nada por una obra, pero que llenarán de homenajes, certificados y medallas a su autor.

 

Portoviejo, 28 agosto de 2026