sábado, 25 de julio de 2026

Importancia y clandestinidad del escritor fantasma

Foto de Pacha Tamayo


Una tarde, cuando recorría el pasillo del centro comercial, algo llamó su atención en el escaparate de la librería ubicada allí: la portada de un libro en la sección de novedades. Reconoció el título y también el nombre de quien figuraba como su autor. Sonrió, con una mezcla de satisfacción y algo de decepción. En el pasado había intentado publicar por su cuenta, pero todos sus intentos terminaban en fracaso.

El título del libro le había costado algunas noches: pensar y repensar para concretar en un conjunto de palabras eso que englobara la historia que contenía: una novela que una noche, en la soledad de una habitación, estableció el día de inicio y la fecha de finalización.

¿Se sentía especial? Sí. Muchos héroes mantenían una doble vida; él también, aunque al único que había salvado era a sí mismo. Una salvación fútil y más corriente, sin nada de heroísmo, pura supervivencia; puro y duro capitalismo existencial.

Por eso, cuando un día le pidieron reconocer su oficio, lo dijo sin titubear: fantasma, soy un escritor fantasma.

 

Fantasmagoría creativa

Cuando se habla de un “escritor fantasma”, lo primero que se imagina quien escucha la designación es a alguien que escribe bajo la protección de una sábana, que por las noches deambula recitando versos o repitiendo oraciones que pronto llevará a una pantalla; un ser desdichado que ha decidido peregrinar mientras va elucubrando historias.

Esta condición fantasmagórica —atractiva por demás— no se ajusta a la realidad, porque el escritor fantasma tiene una existencia terrenal más mundana y menos interesante. Sí, es un anónimo que un día decidió escribir para otros, crear para otros, hacer de los otros —que sí podrían tener una existencia fantasmal— seres reales a los cuales contemplar y, sobre todo, leer.

Un profesional cuyo oficio es la construcción: textos académicos de la más amplia índole como artículos, ensayos, tesis; textos políticos como informes y discursos; y, sobre todo, textos literarios como cuentos, poesía o novelas. Su campo creativo no tiene límites, porque todo lo que demande la escritura será terreno fértil para su desarrollo.

Es cierto, también, que los escritores fantasmas no son todólogos; tienen sus reparos en áreas del conocimiento más complejas donde no se trata de una vocinglería textual, sino de evidenciar un saber a todas luces.


 

Foto de Pacha Tamayo

Los que escriben y los que pagan

¿Cómo alguien llega a convertirse en escritor fantasma? ¿Existe una escuela o taller de formación para todos ellos? ¿Se los reconoce por la calle o tienen una agencia donde se los puede contratar?

La respuesta es bastante simple: los escritores fantasmas son escritores; escritores que un día recibieron la oferta de escribir para otros, porque la falta de tiempo, los compromisos sociales o un bloqueo interminable imposibilitaban a algunos escribir sus propios textos.

¿Hay mérito en lo que hacen? No, porque se trata de un trabajo como muchos otros. Un trabajo donde se usa la fuerza mental y creativa, se pasa sentado durante horas pensando, borroneando, escribiendo, reescribiendo. Una rutina que tiene como fin la obtención de un pago económico.

Sin romanticismos: hay trabajo y el indicado para hacerlo es un escritor. Un profesional que jamás dirá públicamente que escribe para otros, señalando a todos los que un día le solicitaron sus servicios de escritura.

Por eso, sería absurdo que un día se dé un encuentro de escritores fantasmas; que, en el marco de una feria de libros o un encuentro literario, se abra una mesa con escritores fantasmas como si se tratara de un fragmento de episodio de una serie animada.

 

Venderse al mejor postor

Sí, muchos escritores fantasmas, antes de convertirse, pensaron en lo que les proponían: crear monstruos, visibilizar a otros desde la literatura o la academia. La paga siempre estuvo bien, pero ser parte de una farsa, construir una mentira que podría ser exitosa o simplemente pasar desapercibida, ser o no ser para todos ellos, les puso reparos.

Pero ¿al final del día, tras corregir las páginas pensadas y escritas, importa que la autoría pertenezca a otro? No. Si un escritor fantasma no puede aceptar el hecho de que su oficio es escribir para otros, jamás podrá mantenerse en este mundo de sombras y dólares.

Porque en el ámbito de la oferta y la demanda, el escritor fantasma habita en una comunidad de otros similares: colegas con tarifas establecidas que cobran por página, por todo el tiempo invertido en erigir la obra de una persona.

Casi todo en este mundo capitalista se reduce a la obtención de dinero. Oferta y demanda. Comercio y consumismo. Y el escritor fantasma encontró la forma de volver rentable su capacidad creativa.

 

¿La IA es el nuevo negro literario?

Hasta hace poco, el escritor fantasma se sentía seguro en su oficio soterrado. Capaz de ser convocado por una amalgama variopinta de clientes, siempre deseosos de cumplir con el anhelo de convertirse en escritores, en figurar como autores de una obra. Ese territorio, a ellos como propiciantes de volver realidad el sueño ajeno, les pertenecía, pero de pronto todo cambió y apareció un enemigo visible y menos costoso.

La competencia pronto tuvo nombre: IA. La inteligencia artificial se volvió el nuevo escritor fantasma de muchos, de todos aquellos que decidieron acortar camino y se volcaron a una pantalla a lanzar todas las palabras clave y directrices para “crear”.

Pronto poemas, cuentos, novelas, artículos, ensayos, tesis, discursos, crónicas… empezaron a engrosar su bibliografía personal. Porque todo estaba ahí, a un clic, a una nada de distancia.

¿Es ético? No, pero ¿a quién le interesa? Desde hace décadas la ética, en el territorio de la creación académica y literaria, ha venido señalándose y cuestionándose, pero sin mayor repercusión real. Falsos investigadores y escritores existen, conviven entre nosotros, nos devuelven el saludo e incluso nos han brindado su amistad. Nadie los detuvo ni los detendrá.

 

Hay honor, y a nadie le importa

Contrario a lo que significa ser un escritor fantasma, no hay drama en su quehacer. Porque mientras exista alguien dispuesto a pagar a otro para que escriba y dé forma a sus ideas, para que arme y armonice una historia, siempre existirá un profesional dispuesto a colaborar con este objetivo.

Y sí, puede que, en algún momento, alguien frente a la novedad en la librería que se ve, comente para sí mismo: “yo soy todos los otros detrás de Rob Pilatus y Fab Morvan, deslumbrantes en la percha”. Y sonría, mientras avanza con la satisfacción del trabajo bien realizado.


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