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| Foto de Ron Lach (Pexels) |
En
«No puedes escribir una historia de amor», Carl, su protagonista, agarra
el teléfono fijo; desde ahí escucha una voz que pregunta por él y lo invita a
leer en un colegio. La paga es de $100. Él reclama algo mejor, pero es todo lo
que pueden ofrecerle, además de un almuerzo junto a los estudiantes.
El
cuento de Bukowski, más allá de tratar sobre el bloqueo del narrador, delata
cómo se dan, usualmente, las invitaciones a escritores: con pagos mínimos y
algún beneficio extra. Invitaciones que casi siempre, mientras incluyan una remuneración,
son recibidas de buena manera.
No
siempre ocurre que las invitaciones vienen con un pago como motivación. Por eso,
uno se termina preguntando ¿Está mal exigir un pago por las actividades
literarias en las que se participa? ¿El trabajo de lectura y escritura sigue considerándose
un pasatiempo? ¿El ser escritor continúa siendo visto como un simple
entretenimiento?
Las
interrogantes surgen después de semanas de haber recibido un mensaje de un
número desconocido; se trataba de una invitación para ofrecer un masterclass
sobre literatura en uno de los colegios prestigiosos de Manta. Constaba el día
y el horario establecido para la actividad; sin embargo, pronto noté que el
mensaje carecía de lo más importante: la compensación económica.
No
se trataba solo de una invitación para ser jurado en algún concurso de
oratoria, poesía o cuento, sino de ofrecer una clase maestra; es decir, de
preparar material para abordar un tema en torno a la lectura y escritura.
Cuando
respondí que me encantaba la idea de ofrecer un masterclass para el grupo de
estudiantes anunciado, y que también deseaba conocer cómo sería el pago por la
actividad, una barrera empezó a erigirse entre el representante de la
institución y yo. Me dijeron que consultarían con los directivos si era posible
el valor sugerido y que me avisarían, pero el aviso nunca llegó.
¿Está
mal exigir un pago por las actividades literarias en las que se participa? No. Es
el momento en el que los escritores deben negarse a las invitaciones donde no
se valore su trabajo, dejar de ser los tontos útiles y empezar a establecer
tarifas.
No
somos Ginsberg, como reclama el personaje de Bukowski, con pagos de $1000, pero
incluso los pagos simbólicos siempre darán una motivación y compromiso ante cualquier
actividad abordada.

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