viernes, 10 de septiembre de 2021

Perder la fe en el amor

Leo, junto a la asistente editorial Alicia.

Augusto Monterroso decía que hay una especie de pequeño círculo infernal, al referirse al ámbito editorial, donde existen autores, editores, libreros, contratos editoriales, ranquin de ventas…un territorio donde el autor que ingresa debe saber lidiar y adaptarse o simplemente lanzarse por la borda y alejarse de todo ello.

No es un ámbito para todos, sobre todo para quienes desean no ser foco de atención, estar detrás de su obra, invisibles, sin exponerse. Para quienes permanecen, hay condiciones (como un contrato editorial) que se deben respectar: fechas de entregas, ruedas de prensa, entrevistas, fotos promocionales, firma de libros entre otras actividades que para muchos parecerá el éxito.

La asistente editorial Alicia tiene claro el panorama. A ella, y sin duda para quienes están involucrados en el sector les será familiar, le interesa dos cosas: mantener el estilo del género de moda y que las ventas no bajen. Un objetivo que se cumple siempre y cuando el autor contratado continúe alimentando a la editorial con la escritura de novelas. Un fin sencillo y fácil de lograr, salvo que el autor se niegue a continuar escribiendo textos en el mismo género y tono.

Hacia allá nos remite La flor de mi secreto (1995) de Almodóvar, hacia el conflicto que tiene Leo (la escritora de varios bestseller rosa) que ha perdido la fe en el amor, porque la experiencia de ser amada y deseada se le ha esfumado, como resultado de su separación matrimonial. Desde ahí, el amor que tiene es uno cargado de odio, frustración, venganza y muerte; contrariamente su nueva novela (la que ha enviado a la editorial para respetar el contrato que le exige 5 novelas por año) y que ha sido rechazada, devela una mirada más real de la vida, es decir, de su vida y entendimiento del mundo, donde el amor existe más allá de una pareja.

Augusto Monterroso no se equivocaba cuando hablaba de este pequeño círculo infernal. Existe, mastica y engulle.


 

viernes, 3 de septiembre de 2021

"Samay Pushac" o la espera de un lector

Cinco años demoré en abrir las páginas de Samay Pushac (guardián de los sueños) (Dragón Luz) de Paulina Soto. Recuerdo que su autora, en mi segunda visita a Loja (2016), me lo entregó como uno de sus mayores proyectos literarios. Un trabajo por el que había apostado no solo en los años dedicados a pensarlo y darle forma, sino en la materialización, la que se realizaría en 2014.

Cinco años en los que otras lecturas se fueron atravesando constantemente. Cinco años en los que contemplaba el ejemplar y cuando creía estar preparado para abordarlo, siempre ocurría algo. Sin embargo, el momento llegó. Hace un mes lo abrí, empecé por el primer capítulo y desde ahí no paré hasta finalizarlo.

Por ahora (porque mi encanto con la novela tiene un objetivo) solo puedo decir que la historia es uno de los trabajos más sobresalientes de Soto (por lo menos de lo que he leído de su obra narrativa). No solo se explaya en temas vinculados a la tradición oral, mitos y leyendas de Loja (temas que aparecían ya en su cuentario ¡Alas! de 2006) también es un homenaje a su ciudad y su fantasmagoría urbana y rural.

La novela se complementa con doce ilustraciones relacionadas a la historia.

 

He imaginado esta fantástica historia como una serie atrapando a miles de espectadores alucinados por las peripecias de sus héroes; he recorrido Loja desde la versión turística hasta la clandestina; he sufrido por las situaciones de peligro de Esteban, Jonathan y Helena; he aplaudido cada acto salvador de este mundo asediado por el mal.

Si en algún momento se encuentran con esta voluminosa novela (461 páginas), no teman adentrarse en ella. Y si, ya internados en la trama, se reconocen riendo, quiere decir que están disfrutando de todo ese humor que da equilibrio a todas las acciones peligrosas a las que sus protagonistas deben hacer frente.