En Manabí, en Ecuador, tal vez a nivel mundial, hay
demasiados libros; muchos libros emergiendo a una velocidad desesperante.
Libros de toda clase y tema; libros para todas las edades; libros de ciclo
corto; libros para alimentar una hoja de vida; libros que con los meses se
olvidan o embodegan; libros de muerte programada.
Quizás porque, como argumenta el editor Jordi Nadal:
“Los malos libros son como una franquicia de hamburguesería: solo tienen en
común las grasas y la vulgaridad”. Así de escandalosa es esta apreciación en un
contexto donde publicar un libro parece ser una meta urgente.
¿Puede culparse a un autor por esta aspiración? No,
jamás, porque una mayoría creció devota a la frase de que “sembrar un árbol,
tener un hijo y escribir un libro” es la meta existencial.
No se puede señalar a un autor por desear publicar,
ver su nombre en la portada de un libro, saberse leído por conocidos y
desconocidos, o escuchar su nombre junto al membrete de escritor. Todo un
anhelo realizable, en apariencia, con bastante facilidad.
Por eso, en este territorio de autores idealizando una
frase, emergieron a la par editoriales trasnochadas para aprovechar el momento.
Decenas de sellos con cientos de nuevos libros cada año; libros que no
responden a un catálogo y sí a otros intereses; libros descartables para
olvidar rápido.
Editoriales depredadoras
Están más cerca de lo que se creería. Editoriales con
nombres pomposos, moviéndose con la mayor espectacularidad posible en el
territorio; editoriales que han hecho de las redes sociales su mejor carta de
promoción para empoderar la idea de su utilidad. Editoriales que, tal vez por
desconocimiento, elogian su falta de profesionalismo en su quehacer diario.
¿Cómo reconocerlas? Quizás porque decidieron que el
autor es más importante que la obra, que hablar del autor es más necesario que
analizar la obra. Tal vez porque los libros abusan de las mayúsculas, porque
hay una fijación en anteceder al nombre del autor su grado académico, o porque
muchos de ellos hacen ruido en sus diseños de portada y el pleonasmo en su
interior recae en la dedicatoria, agradecimientos y epígrafe. Detalles a los
que el lector ya se acostumbró.
Son editoriales que van depredando un sector que
intenta hacer de cada obra un trabajo artístico; que alimenta un catálogo que
responde a colecciones por área de conocimiento; que se niega a la
instantaneidad y prefiere pocos títulos, pero con más repercusión. Porque en
edición, menos es más.
Los falsos best seller
¿Pero quién entiende a un editor? Pocos, tal vez
nadie, quizás no importe. En una actualidad donde la IA puede resolver muchas
de nuestras dudas, la posición crítica de alguien parece estar de más.
Por eso se vuelve incorrecto argumentar que en Manabí
(y tal vez en todo el país) no hay best sellers desde Amazon; que es una
trampa que la misma plataforma y algunas editoriales se inventaron para
cautivar a muchos autores que, decepcionados por los altos costos de impresión
y la ausencia de respaldo editorial, vieron en este panteón de publicaciones una
alternativa salvadora. Pero no lo es, o por lo menos, no como el autor imagina:
publicar no es sinónimo de ventas y menos de reconocimiento.
Es cierto que las obras cruzan fronteras, que basta un
clic para acceder a un libro que tardaría meses en viajar hasta otro
continente; que los lectores ganan y que el autor gana. Lo que pocos dicen es
que Amazon es un territorio digital superpoblado; que las obras sin publicidad
ni marketing quedan sepultadas y que los libros que nadie comenta pasan
desapercibidos.
En este escenario, un libro sin publicidad pero con la
etiqueta de best seller es una burla, una mentira creíble solo por el
autor.
MADZp53
Dos mil veinticinco me dio una sorpresa que no esperaba: la novela de una
autora que, para mí, no constaba en el radar local. Ese año no leí el
manuscrito de lo que prometía ser, según su representante, una historia
alucinante y temeraria, con una protagonista que dejaría su huella en el
lector. Algo pasó y no logré, en todo el año, concretar una lectura que
desplegara mi juicio crítico.
Pero las obras, cuando tienen algo que decir, llegan a
los lectores adecuados. Eso me dije a principios de este año, después de
internarme en la trama y de ir reconociendo los entretelones de la historia.
Francine Capella (Portoviejo, 2006) no aparecía por
ningún lado; sin embargo —y esto después de conversar con ella una tarde—, se
había pasado los últimos cinco años escribiendo, reescribiendo y corrigiendo su
primera novela, como si su vida dependiera únicamente de esta actividad.
Una historia que, después de mi primera lectura, supe
que era necesario difundir. Los lectores que lleguen a ella acompañarán a
Madison, la protagonista, en este viaje cargado de desafíos.
Muchos libros, pocas editoriales
En
Manabí, en Ecuador —tal vez a nivel mundial—, hay demasiados libros. Libros
cuyos autores han tenido la necesidad de publicar; libros que existen porque el
mercado de la oferta y la demanda no tiene restricciones (ni las necesita), y
porque todos los autores son libres de publicar lo que consideran necesario
leer.
Que nadie culpe a un autor por publicar demasiado;
pero sí se debe señalar a una editorial por exponerlo a través de una obra mal
editada, es decir, un libro con problemas de forma y fondo que, lejos de
resaltar su trabajo, lo condenará.
Editoriales depredadoras y «hamburgueseras» que
existen porque muchos autores se negaron a reconocer que sus textos necesitaban
corrección, que sus personajes no eran creíbles o que su hoja de vida (en
solapas o en las páginas finales) merecía más protagonismo. Esas editoriales
que, al final del día, harán poco o nada por una obra, pero que llenarán de
homenajes, certificados y medallas a su autor.
Portoviejo,
28 agosto de 2026
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