Lo volvería a encontrar, junto a otros, una tarde en que salí a patinar. En ese tiempo, recorrer las calles, saltar escaleras y provocarme toda clase de heridas era una tarea diaria de dolor y aprendizaje extremo. Nos volvería a juntar la música.
Fuimos los muchachos «rebeldes» que, noche a noche, con una grabadora destartalada, se arrinconaban en un espacio del barrio y, a todo volumen, manifestaban la música que los gobernaba. Y aunque él siempre prefirió a Guns N' Roses, nunca nos hizo mala cara ante nuestro esplendor por Cry y su Aracnofilia, ni ante los gruñidos de John con Obituary, y menos aún ante el enfurecimiento de Glen con Deicide.
Conciertos, bailes, cientos de borracheras absurdas y un recorrido interminable por otros barrios y sus calles. Las aventuras junto a él y los otros nunca faltaron. Y nadie —no recuerdo que alguien lo hiciera— dijo aburrirse, porque siempre había algo por hacer, cualquier estupidez que alegrara aquella descabellada juventud.
Ayer por la mañana, el locutor dijo su nombre, pero yo recordé cómo le decíamos: Luigi. Dijo que su cuerpo estaba dentro de su auto, como dormido, frente a un gimnasio. No sé si vivía por esa ciudadela o si continuaba en el mismo barrio del que todos habíamos huido. Nada sé. Solo queda el recuerdo de su nombre, escuchado desde unos parlantes.

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