
viernes, 16 de noviembre de 2007
Acerca del ganador del primer lugar de novela corta "Medardo Ángel Silva"

miércoles, 14 de noviembre de 2007
Naturaleza, armonía y localidad en la obra poética de Horacio Hidrovo Peñaherrera

Entre la lluvia cae una hoja que hace un segundo era nueva.
La había inventado la luz, llegaba de lejos,
de los primeros bosques inmemoriales
que llenaron todo el planeta.
Gira la hoja y cae en la alcantarilla sedienta
para que el mar la absorba y la desintegre.
Y un día vuelva a la luz y regrese a ser hoja y vuele
bajo otra lluvia que ha de resonar
dentro de muchos siglos.
José Emilio Pacheco
Si pretendiésemos hablar de la obra de un poeta manabita, cuyas características en su poética han sido elementos locales y naturales -interminable materia prima-, todos encaminados a su valoración y conservación, con el repetitivo discurso de la paz, ese sin duda sería el santanense Horacio Hidrovo Peñaherrera.
Cuarenta años escribiendo poesía solo nos pueden remitir a una obra sólida en cuanto a una línea definida, pero más que eso a la perduración de un canto hacia la naturaleza, la generación de un mundo pacífico, el interés por salvaguardar -aunque más bien se trate de sensibilizar- a la niñez y juventud del horror de las guerras, enaltecer el amor como sentimiento de cambio y sobre todo de conservar en la memoria y perdurar en la palabra a su Manabí.
Para comprender su obra habría que identificar el escenario natural de sus primeros años de vida, el contexto social y político en el que se desarrolla y forma su concepción del mundo, y la convicción y compromisos con las causas humanas a los que arriba en su madurez de poeta.
Sus libros mantienen objetivos específicos que no claudican en ningún momento de sus ideales; lo reiterativo toma fuerza en sus propósitos de trasmisión de ideas, así su recurrencia al lugar común es adrede, porque la conexión directa con el lector es una notoria preocupación en él.
Lo local como eje temático inacabable
El autor es un localista. Le canta a cada lugar, recuerdo y habitante de su tierra: Manabí. No duda en preservar mediante la poesía a sus amores, familia, amigos, vecinos, desconocidos (pero que rondan su espacio) y cada uno de los sitios que además de recorrer ha consumido hasta convertirlos parte de sí.
Es un poeta que desde el principio comprendió que los registros de su tierra pesan sobre los registros de otras tierras que no se apegan a su realidad, así lo que menos podemos hallar en su obra es una distorsión de lo real, de las acciones diarias de la gente que lo rodea, de las actividades implícitas que como poeta capta y atrapa para convertir en versos.
Sus poemas son un testimonio afianzado a la propagación de su espacio vital: Santa Ana (cantón donde lo rural prevalece ante el lento desarrollo urbano), pero también Portoviejo y Manta, ciudades a quienes ha escrito descubriendo rincones desapercibidos por quienes marchan atrapados en el acelerado trajinar de este siglo.
Manabí es su poesía y fuente de vida. Ha poetizado desde sus montañas hasta el desconocido vendedor de esquina. Enaltecido el valor de los pueblos diminutos dentro de esta provincia ante el deshumanismo e individualismo generado en las ciudades en desarrollo, aquello que le enferma y hostiga, logrando cada vez que su poesía vuelva a hacerse de los mismos elementos naturales y humanistas que representan su obra.
Elementos naturales vivificando su obra
La naturaleza es el material con el que el autor ha elaborado casi toda su poesía, los elementos que la habitan (árboles, hierba, montañas, ríos, pájaros, mariposas, caracoles, frutas, etc.) esencia de su estética. Sus versos describen y protegen su círculo natural, lo vivifican en cada verso para perdurarlos, pero además para significar la importancia que tienen dentro de su conservación.
Su poesía brota de las cosas sencillas que lo continúan rodeando desde la niñez y adolescencia, por ello no es de asombrar que sus libros y títulos de poemas nos remitan a formas y vidas naturales. La Montaña, es una de sus obras que expone explícitamente -desde el inicio- su preocupación por la preservación del estado natural de zonas rurales. Y es que la ruralidad, más que un inacabable temario, se vuelve en él un estricto y obligado círculo del que aún no ha conseguido explotar en su totalidad: siempre faltará algún insecto que escape a ser convertido en poema para librarlo de la extinción.
La Paz: un canto para todos los tiempos
Desde sus primeros libros podemos identificar una línea específica que aboga por un mundo libre de conflictos bélicos, proponiendo hermandad y confraternidad entre habitantes de pueblos, ciudades, países y continentes (aunque la historia nos recuerde como cicatriz aún abierta que en la práctica es casi imposible lograr tal anhelo); lo que en los últimos tiempos se ha conocido como la cultura de la paz, a lo que Hidrovo es un convencido -y no se cansa al pretender convencer al lector- de que las sociedades funcionan mejor en armonía, sin el recurso de la violencia atentando en la retaguardia y clandestinidad.
Pero ¿es casual que el poeta nos hable de estos temas? ¿funcionaron sus poemas en sus días de publicación? ¿lo hacen en este tiempo de caos, terror, fanatismo y corrupción?. Es cierto que la poesía no cambia nada: no es decreto constitucional, fórmula revolucionaria, grupo subversivo, o medicina contra las desdichas humanas; solo son palabras, combinaciones silábicas, oraciones y versos capaces de sensibilizar a quien se refugie en ellos, de compartir ideas hasta reproducirlas, ¿qué cambios podrían provocar en humanos en formación?.
No en vano el poeta ha dedicado su vida a escribir en pro de la paz, recurriendo al lenguaje directo, ideas concretas y mensajes perdurables. Siempre ha pensado en ese lector aún no contaminado por las ciudades (niños), por sus frivolidades, individualismo y depredación instantánea. Y esto es fácil entender en sus primeros poemarios Los pájaros son hijos del viento y Manzanas para los niños del mundo, donde el contexto (década del setenta, grupos hippies, lemas como amor y paz, etc.) lo sitúan a construir una obra que no pierde el hilo conductor en ningún momento -en ambos libros se repite la urgente necesidad de enseñar y vivir en paz- y que sostiene un discurso hasta en la actualidad perdurable.
El amor, un lugar común e infaltable
Así como la paz es un tema presente en la obra de Hidrovo, también lo es el amor, pero no solo el dirigido a la persona del otro sexo y complemento de vida si no a familiares, amigos y todo aquel ser cercano que ha hecho más placentero eso que el autor ha titulado acertadamente La maravillosa sensación de vivir o Vivir en amor (dos de sus poemarios).
Se vuelve un lugar común porque está presente en toda su obra, es infaltable y repetitivo, pero justificado: el poeta acude a él con embeleso y experiencia, porque el amor se vive y sufre, se crea y destruye con los años, perdurando solo el recuerdo que en algún momento pasará del sentimiento interno a la transformación externa: poesía.
Sus poemas no hacen más que volver una y otra vez al círculo eterno del amor, porque allí se regocija su autor, enalteciéndolo, extrayendo de él todo su potencial para explayarse en su poesía. Entonces los elementos naturales, los ideales y la carga emocional se juntan hasta lograr acertados versos que no caen en la sensiblería, porque a la larga el amor deja de volverse sensiblero y pasa a convertirse en el emblema más idóneo para quienes han elegido ser sus representantes.
Itinerario de viaje en su poesía
Hidrovo ha sido un “caminante” (usando una de sus palabras preferidas), ha recorrido el mundo y registrado en su poesía cada uno de los lugares donde se ha negado a ejercer el papel de turista y optado por el de transeúnte solitario para compenetrase en las ciudades que lo han acogido, conocerlas desde sus entrañas y no mediante postales. Su obra es un itinerario de viaje que no pierde en ningún momento sus características, ni falta en el uso de sus elementos poéticos.
A pesar del recorrido logrado no renuncia a sus raíces, porque siempre tras los pomposos parques, estatuas de mármol, naciones desarrolladas, vuelve al pueblo de Santa Ana para contemplar sus montañas y ríos; a pasear entre las tumultuosas calles de Portoviejo y bajo árboles de tamarindo ver nuevos ocasos; a contemplar el mar y las gaviotas de Manta. Siempre vuelve a su círculo de vida donde la poesía no encuentra estancamiento.
martes, 6 de noviembre de 2007
Bebiendo de este humor

Augusto Rodríguez y Miguel Antonio Chávez juntaron sus intereses de promotores culturales para seleccionar poemas y relatos de lo que se ha titulado Antología del humor, donde constan veintinueve autores ecuatorianos: poetas y narradores de la vieja guardia y contemporáneos.
Esta antología aparece gracias a la iniciativa -y sobre todo auspicio- de la Alianza Francesa de Guayaquil que anteriormente ha publicado otras antologías (de poesía la del 2006).
Como todo trabajo antológico, donde la selección de los autores parte del gusto y sobre todo de los criterios que se hayan propuesto los responsables, no todos los autores nacionales fueron tomados en cuenta para participar en este proyecto; quizás si faltan algunos poetas y narradores que escriben a partir de un humor negro exquisito; sin embargo esto no minimiza la iniciativa y constante trabajo de Augusto y Miguel para llevar adelante esta clase de propuestas dentro del país.
No faltarán detractores (forma parte de la publicación y distribución de un texto) que cuestionen la selección de quienes conforman esta antología o muestra poética y narrativa donde se aprecia, si no todo, por lo menos una considerable parte de autores que manejan el humor (o la sátira, la parodia, o el infaltable humor negro) en su literatura.
Cangrejos y poesía desde Naranjal, una mezcla alucinante

El Primer encuentro de poesía joven ecuatoriana Naranjal 2007, se desarrolló sin mayor novedad, no todos los convocados llegaron hasta este cantón de la provincia del Guayas, pero quienes tuvimos la oportunidad de viajar (y soportar las casi interminables horas metidos en uno o dos buses que nos llevaran hasta la “tierra del cangrejo y banano”, como se la suele reconocer) lo hicimos con la consigna de, además de leer nuestras obras, ser parte de este inusual e inaugural evento que la Casa de la Cultura extensión Naranjal (Rafael e Irene, excelentes anfitriones) se arriesgó a organizar.
La llegada de los poetas
El encuentro se realizó los días viernes 2 y sábado 3 de noviembre. Sin banda de guerra, menos agrupación de metal aguardando la llegada de alguien, los poetas de Quito, Guayaquil, Manta, Cuenca, Riobamba y Loja fueron llegando de a poco. Algunos en gajo, otros solanos; unos desde el primer día, otros en el segundo.
El primer reconocimiento fue del espacio al que habían sido convocados: un cantón pequeño, tranquilo y de gastronomía enloquecedora.
Los poetas y la prensa radial
Como parte de la programación, los escritores estuvieron invitados a dos radios locales para dar a conocer lo que horas posteriores se desarrollaría, además de aclarar todas las inquietudes que los entrevistadores tenían en torno a la poesía y la creación individual de los poetas (algunas preguntas ingenuas, otras chocantes, pero todas divertidas en el fondo).
Así se cumplió con parte de la agenda que se exigía a los convocados, el efecto sin duda, fue un asistencia de público que en ningún momento demostró quedar decepcionada de los invitados.
La lectura de los poetas
La primera lectura se desarrolló por la noche. Un público conformado por autoridades del cantón y estudiantes, sin olvidar a los poetas invitados, se congregaron en la sala comunitaria de la iglesia local. Allí los invitados leyeron sus obras (publicadas e inéditas) a un público a cada momento interesado en las creaciones individuales y en lo que representaba el momento de tener reunido a escritores que en conjunto son parte de la actual poesía de Ecuador.
Se trató de una primera lectura extensa que inició a las ocho de la noche y terminó aproximadamente a las diez. Dos horas de poesía y charla con el público, que no perdió la oportunidad de hacer firmar los ejemplares obsequiados del libro memoria del festival.
Segunda y tercera lectura de los poetas
Las dos lecturas posteriores (una a las once de la mañana y la otra a las cinco de la tarde) se hicieron en escenarios abiertos, lo que brindó la posibilidad de que público no necesariamente interesado en la poesía, espectara y fuera parte de su consumo.
Los poetas cumplieron con su tarea de leer y, en varios casos, atrapar a los oyentes de Naranjal, que encontraron en las distintas temáticas abordadas por los autores, una aproximación de lo que actualmente se hace -escribe- en el país, desde sus distintas ciudades.
Los poetas se retiran
Culminadas las tres lecturas programadas, la mayor parte de los poetas emprendieron la retirada a sus respectivas ciudades. Agotados por los dos días intensos de poesía y camaradería, de paseos dentro de la ciudad, de consumirla desesperadamente, pero sobre todo de haber dejado en muchos de los asistentes los residuos –aún en este momento- rebotando (entre sus recuerdos o quizás pesadillas) de sus poemas: gritos fraguados en cada uno de los silencios personales que se expusieron durante tres momentos.
¿Alguien extrañará a los poetas?
Las fotos del encuentro deberán esperar hasta que se animen los fotógrafos en enviarlas por mail.
martes, 9 de octubre de 2007
Cuando los demonios cabalgan sobre un dinosaurio ebrio

“Augusto Rodríguez es un poeta ecuatoriano para leer de mañana, como un café fuerte que nos deja levitando todo el día” dice el escritor Antonio Skármeta en la contraportada del libro Cantos contra un dinosaurio ebrio (La Garúa, 2007), y acierta en lo que sustenta, porque la poesía de Rodríguez son agujas oxidadas -con la muerte colgando en todas partes- incrustándose desde las retinas hasta las entrañas del lector. Una obra radical -sobre todo si nos lastima desde la construcción a la que acude en cada poema, tanto más en la enfermiza temática que el autor se ha empecinado en llevar y cantar hasta los extremos-, que no contradice en ningún momento su personalidad creadora conservada desde sus anteriores poemarios.
Poesía no acta para intelectuales ni académicos encorbatados atrapados en sus laberintos prejuiciosos, menos para viejas encopetadas de “sociedad” (aquellas que creen que un poema sin amor no es poema). Se trata de una poesía sencilla en su construcción -casi sin filtro y esto es para tomar en cuenta-, pero compleja en su sensibilidad; así como los death metaleros hallan belleza en las canciones de Cannibal Corpse (en las aceleradas guitarras, batería destructiva y una voz gutural que parece achicharrar el cerebro en cada palabra) asimismo funciona este libro, atrayéndonos morbosamente hasta encontrarnos frente a versos que atrapan:
Los cuerpos son pequeños grabados
o bocetos ingenuos
de Dios
Él nos hace volar por el papel
con su pincel
Pero Dios
ya se fue
Y se niega a terminar
lo arruinado.
(Bocetos ingenuos, Pág. 40)
Más allá de la desesperación que el autor descubre en poemas donde la reminiscencia por el tiempo consumido y las vidas arrancadas de este mundo, está el hoyo de la infancia: el inhóspito sitio donde sus lamentos cobran intensidad y sus versos logran figuras tormentosas para las pupilas enfrentadas.
mi nacimiento
fue de carácter erróneo
lo que los comunes
llaman felicidad
yo no la viví
ni la gocé
(Yo no inventé nada, Pág. 37)
a veces mi infancia
me somete
(Prometo no escapar, Pág. 39)
Los muertos duermen, descansan en sus guaridas,
con hambre se vuelven cazadores violentos.
Solo sé que beberé mi infancia
y desapareceré ante los millones de ojos
de buitres de esta ciudad.
(Beberé mi infancia, Pág. 61)
Si bien Rodríguez mantiene su voz poética, la que ha venido puliendo desde sus anteriores poemarios, también es cierto que en esta nueva obra se nota mayor influencia de otros poetas (Leopoldo María Panero es uno de los más evidentes), que al igual que él, desencajan de la poesía convencional, rechazando a fuerza de un lenguaje agresivo y figuras chocantes el espacio literario.
La recurrencia del tema paternalista tiene peso en el libro, así el padre se vuelve esa herida sufrible que el autor expulsa en cada canto (con ira y vaga ternura de trasfondo).
Padre:
ya no quiero seguir copulando
con los muertos
ya no quiero encontrarme en mis pesadillas
con tu rostro moribundo
ya no quiero amar a mamá
ni usar tus corbatas y calzoncillos
sin tu aprobación de varón
sé que mi puñal te asesinó;
pero padre era necesario
tenía celos y envidia de ti
y bastante tengo con ser yo,
para todavía tener que cargar tu pesada cruz.
(Oración a un padre que ha fracasado, Pág. 46)
Todos los relojes dan la misma hora
y retroceden el tiempo,
cuando mi padre no era mi padre
y simplemente era un hombre
lleno de energía
que se abría paso ante esta vida.
(Mi padre, Pág. 57)
Poemario áspero y terriblemente enloquecedor, no solo para leer de mañana, sino de noche, cuando los cadáveres han acudido al sueño para desconectarse de la realidad, y la soledad se vuelve más insoportable: a la medida de estos cantos que nos dejarán levitando toda la madrugada.
martes, 25 de septiembre de 2007
Marcel Maceau, atrapado para siempre en el silencio

No recuerdo específicamente la revista donde leí una entrevista a Marcel Maceau -el mimo más sobresaliente y conocido a nivel mundial- en que rememoraba el encuentro inesperado con su ídolo Charles Chaplin dentro de una terminal aérea. Entonces -decía Marceau- se reconocieron, saludaron y compartieron un instante de alegría imperecedera, cruzando algunas palabras y despidiéndose con toda la carga emocional que hermanos artistas puedan trasmitirse en ese pasajero espacio en el que se encontraban; lo habían logrado, o por lo menos él lo había hecho, y el sentimiento se había manifestado en algunas lágrimas.
Revisando el diario local me he encontrado con la desagradable noticia -lo es, y más de lo imaginado- de que Marceau ha muerto, entonces todos mis muertos acuden nuevamente a mi memoria. Le he comentado a mi esposa la fatídica nota, pero desconoce quien sea o era aquel extraño sonriente de la foto que luce tan viejo y feliz.
Sus movimientos, gestos y hasta artificios recordados me remiten a Opiniones de un payaso de Heinrich Bôll, y no es que precisamente esta novela logre un retrato de Marceau o se acerque a lo que pudo ser su vida (que desconocí y desconozco), es solo que el personaje de Bôll es tan sombrío y mis muertos tras de mí exigiendo mi sacrificio a la tristeza que impone el momento, que he tomado el libro y repasado los capítulos más desesperanzadores. Un subrayado me detiene: “Soy un payaso, y colecciono momentos”, y este es uno de ellos...
Registros desde la soledad de una butaca

(Lecturas del XX Festival Internacional de Teatro de Manta)
Las siguientes lecturas fueron publicadas individualmente en diario La Hora de Manabí, algunas se mantuvieron inéditas (el diario no las publicó y hasta el momento no se ha justificado), ahora las he reunido para formar este completo cuadro analítico.
Como entre mi trabajo oficial -asistente de edición en Mar Abierto- y otros camellitos para sobrevivir no me alcanza el tiempo para el ejercicio del periodismo cultural gratuito, no pude asistir a todas las presentaciones, sin embargo pude espectar varias e importantes obras de grupos que lograron sobresalir, otros no tanto.
Dos puntos importantes pesaron en este nuevo festival: 1) la rebaja de las entradas para así lograr mayor interés del público mantense, lo que lamentablemente no se evidenció en la asistencia; y 2) ofrecer cinco obras gratuitas en los tres espacios que se utilizaron: el teatro Chushig, la sala de conciertos de la ULEAM y el Malecón escénico, excelentes iniciativas para continuar formando un público teatral.
Las conflictividades aniñadas
Siempre se ha puesto en duda toda aquella pomposidad y alegría de la clase adinerada, porque detrás de tanto brillo algo oxidado debe anidarse (con abuso del lugar común). La Candelaria de Colombia con su obra De caos y deca caos nos acerca, en su puesta en escena, a los secretos que habitan en este aniñado caldo de cultivo: donde lo que podría ser no es, y de eso se encargan los diez cortes que componen la obra, al ir revelando las infructuosidades de esta clase social, hasta representar disímiles tramas unidas en el fondo por el caos interno de sus personajes: aquellas burdas y frágiles recurrencias en la que se atrincheran cada uno.
Se trata de una obra que no repara en descubrir en sus peores momentos y temores a quienes el poder (que solo el dinero puede crear) sofoca y oculta de sí mismos. Entonces los espacios (situados en esa otra realidad de abundancia material y dudoso glamour que los medios de comunicación difunden) son una cómica y turbulenta confrontación con lo que deberían desarrollar los personajes, cuyas moralidades están en desuso.
La desintegración del núcleo familiar es un signo de peso en cada cuadro, así la farsa que esta representa logra un clímax desconcertante en sujetos opuestos a la línea aceptable por el estatus y aquella normatividad impuesta por la tradición soterrada que los acoge, sus rebeldías -adredes o sin intención- son logrados artificios de ruptura para con su propia estirpe: desencadenante necesario e insostenible en sus relaciones.
Una obra que acierta en sus argumentos y desvalora lo que desde abajo se ve como un círculo perfecto y sin fisuras, porque detrás de tanta pomposidad y máscaras de armonía el poder es una burbuja rellena de fango latente en su explosión.
El nuevo viaje a la memoria
La agrupación ecuatoriana Malayerba se ha caracterizado por presentar un teatro bien particular y complejo, donde el constante viaje a la memoria de sus personajes es uno de los argumentos infaltables. Con su obra Bicicleta Lerux lo han logrado nuevamente, abusando de símbolos, signos, artificios, indicios, y el mayor desconcierto posible desperdigado sobre el escenario, cuya tarea de reconstrucción no es fácil. Obra hermética, pero cuyo trasfondo atrapa por la sensibilidad a la que se acude.
A pesar de la analogía con la obra La Odisea de Homero no se trata específicamente de una recreación épica más, sino de un universo paralelo que recurre a sus personajes para a partir de ellos recrear fantasmas y desorientar al personaje principal en ese viaje de la memoria que es su vida. Se trata de una nueva introspección hacia la búsqueda de imaginarios ansiados en medio de una caótica pesadilla donde sin necesidad de dormir se está dentro de un trance repetitivo y enloquecedor.
Más allá del espacio (dentro de una casa y sus definidos lugares) el personaje viaja, alucina, se enfrenta con cada uno de los seres que habitan en su memoria, todo para lograr el obsesivo objetivo propuesto: Lerux, otro imaginario -y el más importante- dentro de la trama. Entonces él -Ulises- no es un viajero de lugares físicos sino de ficciones laberínticas que cada vez lo alejan más de aquella Penélope que desteje el tiempo y acepta un no regreso del esposo que partió siguiendo un rastro hacia la nada.
Arístides Vargas, como dramaturgo y director de la obra, ha acertado otra vez en este trabajo imponente donde implícitamente se navega -junto a los personajes- por las turbulentas aguas de ese Aqueronte llamado urbanidad.
El gobierno de la animalidad femenina
La puesta en escena del grupo argentino El rayo misterioso con La consagración de las furias ha sido hasta el momento -dentro de las obras presentadas en el festival- la que más ha transgredido sobre el escenario -físicamente, sobretodo-, recurriendo al tema de la animalidad de los géneros, en especial del masculino sometido al femenino, para retratar y escandalizarnos. Se trata de una obra donde los cuerpos dicen más que las palabras y en medio de una trama apocalíptica nos azora con la vida y muerte, maternidad y sobrevivencia que incurren en la historia personal que es también la historia colectiva.
Más allá de la significativa exposición de los cuerpos femeninos, está la violencia física y verbal que se antepone en cada una de las escenas para reafirmarnos en nuestra brutalidad humana, en la hecatombe interminable que representamos en contra de nuestra especie.
Trabajo reflexivo e intenso que no decae en ritmo, que nos enfrenta a los infortunios y desencadenamientos sanguinarios de nuestras geografías caóticas (latinoamericanas) donde el género femenino ha pasado a la representatividad de ambos géneros en el proceso de la conservación de la especie (ante el abandono y reproche de un machismo imperante). Así la carne que palpita fuera de las entrañas no solo desarrolla el círculo de la vida, porque en un momento fragmentado -traumas, odios almacenados- puede y logra convertirse en el círculo de la muerte.
Entonces La consagración de la furias es la concentración desbordada de las barbaridades, extremos y venganzas que el género femenino encuentra cuando la dependencia del género contrario lo hace a costa suya; nadie dijo que su vida se volvería una exigida ofrenda en nombre y bienestar de otros.
Un héroe más para el recuerdo
Que el público espere una obra, desde el inicio hasta el final, comprensible, con intervalos explicativos a todos los porqués presentados y además una relación más directa con los actores y la trama, parece ser una necesidad que ya conocía de antemano el grupo italiano Comuna Baires, porque esto es lo que precisamente hicieron en el desarrollo de su obra Memorias de un viejo cerdo.
Se trata de una puesta en escena osada en lo argumentativo, pero floja en lo corporal y gestual, y aunque esto sea relativo, restó fuerza a la historia que nos remite a la caricatura de un dictador y a la rebeldía de un intelectual que no claudica de sus ideales a pesar de significar su muerte.
Obra entretenida -y a la vez trágica en su desenlace- que nos acerca a su construcción (también a la metodología grupal, aunque sea parte de la ficción), porque mientras el personaje narrador la explica la trama se va armando y desplegando, no solo al detallar antecedentes, contexto histórico y delinear personajes, sino hasta avanzar al punto crónico del hilo argumental.
Trabajo descomplicado cuyo mayor objetivo, demostrado sobre escenario, fue mantener en la memoria el recuerdo de un héroe determinado, que es la representación y tributo a todos esos héroes anónimos opuestos a las imposiciones dictatoriales de épocas marcadas.
Las atracción de las acciones corporales
La importancia de la danza teatral es que sus interpretes pueden con mayor libertad corporal trasmitir toda la intensidad explícita de sus cuerpos sobre el escenario, para que así las emociones desbordadas en sus acciones y gestos puedan atrapar al público. Los suecos Memory wax con su obra Canción del destierro lo lograron desde el primer cuadro sombrío que presentaron. Jamás decayeron en ritmo, lo que hizo que su trabajo lograse el mayor respeto (los intrincados movimientos sobretodo).
Obra donde los sentimientos múltiples, unidos por el desencanto de la soledad individual, formaron un círculo repetitivo pero sin caer en ningún momento en la trivialidad.
Nostalgia y cólera desde el monte
El teatro ecuatoriano y específicamente el manabita ha logrado explotar todos los elementos e imaginarios que son parte de su cultura, Palosanto con su obra “Los atajos de Amado” lo hace desde una visión personalizada, recurriendo al escenario rural para recordarnos la violencia impuesta por la ley y los prejuicios conservados a través del mito y alucinada tradición oral.
Obra nostálgica y colérica, que nos enfrenta con humor y desolación, a la historia de un Amado perseguido por su herencia y un poder temeroso, trastornado y obsesivo con su desaparición.
Sus delineados personajes (cuidados desde el habla popular hasta la mínima acción particular de las costumbres montubias) hacen que la trama no pierda en ningún momento el ritmo inicial, y más bien prepara al público para ese final que se advierte y espera menos brutal de lo que la ficción ofrece: porque el acertado recurso fílmico logra un clímax intenso y poético, donde la armonía -a pesar del hecho sangriento- aflora simbólicamente en su protagonista.
Se trata de una puesta en escena que además de denotar trabajo, refleja esa aprovechable explotación del espacio manabita (su monte y montañas, recreados y reales) para volverla una obra a la altura de este festival.
La simbólica transgresión de la tragedia
La tragedia ha sido un género difícil de desarrollar y sobre todo de atrapar a un público ávido de comedia y ligereza sobre escenario (anhelos típicos de muchos espectadores manabitas). Antígona del grupo ecuatoriano Sarao, ha sido la obra seria -aunque no necesariamente el trabajo más sobresaliente del festival-, también la menos envolvente en cuanto a ritmo. Y a pesar del abuso melodramático de algunos de sus personajes, se trató de una puesta en escena arriesgada que, abogando por el teatro clásico, llegó con su mensaje.
Cindy Cantos (como la sufrida e irreverente Antígona) reveló trabajo actoral de intensidad, lo aprovechable de su caracterización hizo destacable su papel dentro de una trama, que a pesar de no haber sido basada en su totalidad en la versión original de Sófocles sino del dramaturgo Jean Anonuil, no falló en la estructura argumental (base para una obra de esta clase) que principalmente recayeron en ella y en el antagonista: Creonte (caracterizado por Lucho Mueckay), aquel arrogante símbolo de autoridad y castigo irrevocable.
Obra donde la negación del orden impuesto y la incapacidad de hacer valer los ritos occidentales del sepulcro, hacen de la muerte una salida justificable, y de la trama una simbólica transgresión.
Cuando los viejos estorban
Cuando las expectativas de una obra de calidad son confirmadas, es cuando se agradece la existencia de un festival de teatro en la ciudad. El Galpón de Uruguay ha sido el mejor testimonio de que el teatro no solo puede entretener, sino conmover y a la vez ofrecernos esa descarnada panorámica de lo que en algún momento podrían ser nuestras vidas.
Trabajo sobrio que nos descubre en nuestras peores intimidades, ahí donde la vejez, fracaso económico, soledad e individualismo familiar son incesantes puñaladas en espera del grito final de cada uno de los victimarios llamados personajes: aquellos delineados estereotipos a los que estamos relacionados (madres, hermanas, hijos, amigos) porque conviven o somos, de distintas formas, ellos.
Nuestra vida en familia es una obra impactante, que recurre a un lenguaje poético para sensibilizarnos y advertirnos de lo que a la vuelta de la esquina podríamos desarrollar igual o peor. Una puesta en escena que no decae en ningún momento de su dramatismo, hay consistencia y profesionalismo en todas las acciones de su elenco y recursos que ofrece el espacio, todo para en un final desolador reafirmar porque El Galpón es un grupo de calidad teatral en Latinoamérica.