Empezar
y terminar un libro puede ser un reto absurdo para muchos, pero no para quienes
hicimos de la lectura un refugio ante un mundo saturado de horror y una realidad
cada vez más increíble en sus acciones.
Era
2019 y me recuperaba de una operación espantosa e inevitable. En esos días, la
palabra sangre no solo habitaba en mis textos, también en una enfermedad cargada
de anemia. Los días de reposo fueron más tolerables gracias a lectura.
Mientras
sanaba de la intervención y recuperaba un poco mi orgullo, empecé y finalicé It,
uno de los ladrillos de King. Leer setenta páginas al día, con subrayados y
reflexiones sobre la historia, se volvió mi mérito personal.
Ningún
familiar compartió mi felicidad; lo único que hacía durante el día —además de
tomar la medicina, caminar por la casa e intentar recuperarme pronto— era estar
acostado leyendo. Sonriendo y leyendo, como si la vida fuera así de simple. Para
mí, en el mes que duró mi reto, lo fue.
Hoy,
que las redes sociales abruman más, veo a jóvenes alardeando (como yo ahora) de
empezar las más de 1600 páginas de la novela. Lectores que intentan construir su
propia historia a partir del libro, pero que primero grabarán un video para ganar
likes y luego lo abandonarán en el estante donde lo presumen. Mientras tanto, en
las sombras, Pennywise se entristece porque sabe que nunca llegarán hasta él.

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