Las
vacaciones suelen tener el mismo ritmo cada año: salidas a la playa menos
contaminada y ruidosa, museos, parques y, sobre todo, la asistencia a los
vacacionales que el municipio oferta para esta fecha. El baloncesto continúa
siendo la opción más aprovechable. Acompaño a mis hijas dos veces a la semana y
la mañana transcurre sin novedad, hasta que empiezo a prestar atención al lugar
en el que estoy.
Un
día miré a mi alrededor y me di cuenta de que era el único padre, porque el
territorio estaba gobernado por madres. ¿Son todas ellas "madres
luchonas"? Porque las escucho y, en cada uno de sus gritos nombrando a sus
hijos e hijas y designándoles acciones en la cancha, parece que
estuvieran listas para una lucha si esta se presentara.
¿Soy
un padre luchón? Porque, además de ser una isla, estoy atento a la hidratación
de mis “deportistas” y, al igual que la veintena de madres, estoy listo para la
defensa de ellas. Es el sexto día del curso vacacional y puedo afirmar que las
historias que se cuentan en las gradas son más interesantes que los partidos
aburridos de los niños.
Es
imposible escapar a lo que se dice con voz fuerte: la historia de la
abuela-niñera a la que su hija trabajadora le ha endilgado una tarea que no le
corresponde; una tía hablándole a su sobrina para que haga recapacitar a su
hermana menor, que vive pegada al teléfono y no ayuda en casa; las señoras que
comentan los beneficios de purgantes caseros en ayunas; las madres jóvenes
que confirman que la vecina separada tiene nuevo novio.
Mientras
tanto, bajo el sol, los niños continúan realizando los ejercicios impuestos,
rebotando la pelota, aprendiendo las reglas de un juego que muchos de ellos
jamás desarrollarán; porque los vacacionales son para “hacer algo”, para estar
fuera de casa, para olvidar las matemáticas o las clases de historia que las
profesoras se saben solo por el libro guía…
Todas
las madres son jugadoras jubiladas de baloncesto; eso me dicen sus gritos y las
órdenes que emiten a los suyos: quitar el balón, rebotar, pasar, cubrir,
encestar... y las muchas faltas que reconocen antes que el profesor-árbitro. Al
final, la mañana ha dejado solo pequeños cuerpos sudorosos que regresan a sus
casas felices, esperanzados de que en la próxima clase lo harán mejor; madres
sonrientes porque se han liberado junto a sus amigas, porque conversar les hace
bien; y un padre que piensa cómo abordar una historia para su blog.
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