miércoles, 28 de marzo de 2007

El caótico deber de un espectador





Iwasaki y su Libro de mal amor, los nuevos números de Soho y El Quirófano, me impacientan, alteran mi manía de lector, pero me contengo y continúo: bebiendo café frío, observando el monitor, arremetiendo contra el teclado de mi máquina, creando caos, violando el silencio y oídos de vecinos. Todo para que las dichosas crónicas de cine no se estanquen en la flojera y sea mi pana Andrade, desde su Montaje, el único que escriba al respecto.
Nada emocionante, estas horas de madrugada, puro deber de espectador y cronista “divirtiéndose” en un fin de semana.

Las cartas de Iwo Jima: el invariable desencanto de la guerra
Todas las películas hasta ahora vistas acerca del tema de la Segunda Guerra Mundial, teniendo como escenario la invasión de tropas norteamericanas a la isla Iwo Jima de Japón, han sido enfocadas desde una lectura occidental, Las cartas de Iwo Jima (2006) de Clint Eastwood, lo hace desde el otro lado: el oriental, y a pesar de ser un occidental quien dirige y ofrece esta trama, el largometraje se muestra sobresaliente en cuanto al aprovechamiento del espacio geográfico como por el libreto y los argumentos a los que se recurre.
Un film impactante sobre un tema sangriento y valeroso -los héroes no están exentos- que no desperdicia escena alguna para mostrar -una vez más- los horrores de la guerra, los abusos a los que se puede recurrir con pretextos bélicos y el honor inmiscuido como salvación ante la rendición del enemigo.
Una película que se aleja de cualquier sensiblería infiltrada. El director asume la responsabilidad de mostrar la otra cara de un conflicto, cinematografiado con anterioridad, donde solo los invasores eran quienes padecían, sufrían la muerte de sus compañeros, añoraban la paz del hogar, y ansiaban terminar la masacre en la que se encontraban, mientras que del otro lado (japonés) nada se sabía. Eastwood logra una obra acertada dentro de filmes de trama bélica.

Volver: de fantasmas y asesinas
Cada película dirigida por Pedro Almodóvar asegura una obra de calidad, no solo en el reparto -que suele componerse de sobresalientes actrices, sobre todo- sino de guiones cada vez más asombrosos (hay quienes aún lo seguimos haciendo al espectar un nuevo film suyo). Volver (2006) es un largometraje que mantiene intacto el estilo del director, allí los personajes femeninos enfrentan e invocan a la muerte, a fantasmas inexistentes y la vida en su más desesperante realidad, para ir descubriéndose en sus interioridades.
Un film que además de presentar las excelentes actuaciones de Penélope Cruz y Lola Dueñas, nos acerca a una historia donde el pasado vuelve encarnado en una madre dada por muerta, esposos asesinados en defensa de hijas abusadas sexualmente, y reencuentros dados en la clandestinidad, que logran desarrollar una trama sobria e intensa para todo aquel espectador que sepa valorar el trabajo de este director.
¿A qué recurre una madre cuando se entera que el hijo que espera su hija ha sido producto del abuso sexual del propio padre? ¿qué esperar además si ese padre abusador de hijas traiciona a su mujer con su vecina? Se plantea el director y la solución a la que arrastra a uno e sus personajes femeninos es la venganza, aquella que no borrará los hechos, ni aplacará nada, sino más bien servirá de principio para una película excelente, aquella que Almodóvar ha titulado Volver.

El perfume: historia de un asesino oloroso
Al igual que otros thriller basados en novelas literarias, El Perfume ha sido creada para lograr el interés de quienes hayan leído la versión original -aunque los que no lo han hecho y gustan de películas donde la muerte es el eje, ésta será una buena opción al momento de pararse frente a la cartelera del cine-. Es por ello que El perfume (2006) de Tom Tykwer, que recrea la vida de un don nadie cuya única habilidad es la de poseer un olfato privilegiado que le ayuda a descubrir cada una de las fragancias que encierran las personas, animales y cosas, hasta el punto de obsesionarse con la creación de la fragancia perfecta, es un film hecho para el éxito de taquilla. Si bien no es un largometraje que sobresalga en cuanto a su género, sí ofrece una elegante utilización de los espacios geográficos y vestuario de la época.

Amor en alquiler: otra mediocre producción
Eso de que Angie Cepeda a muchos haya dejado atormentados -babosos y con hartos sueños húmedos- por muchos años en Pantaleón y las visitadoras, es algo solo para el recuerdo, ahora en Amor en alquiler (2006) la colombiana no solo que deja claro que la comedia no es el género que le sirva a su carrera -tal y como ocurre con su hermana en la serie Casados con hijos-. El film en mención es una fallida mezcla entre drama y comedia romántica que no sobresale en nada, pero si se aprecia y tolera a Jennifer Aniston -ella sí encajable en estos papeles- en sus películas más flojas, de seguro este largometraje los divertirá un buen rato, si es que no exigen mayor talento.

Marco Martínez o el Santos Feijó irreverente




Hay un joven narrador guayaquileño que viene trabajando silenciosamente desde hace algún tiempo. Hasta ahora tiene dos libros inéditos Patéticas formas de evasión y El enemigo necesario, dos textos irreverentes, donde drogos, prostitutas, mecos, escritores desencantados y rockeros, forman un todo desquiciante dentro de las tramas.
Pero ¿por qué optar por el seudónimo de Santos Feijó, un personaje travesti del escritor Javier Ponce? Desde mi lectura, porque la sexualidad y vida en decadencia del narrador y personaje protagonista es eso: una postura, pura máscara despistando al lector y al resto de personajes del caos que lo carcome.
Por otro lado está Marco Martínez, el escritor, pero antes que creador literario, músico, vocalista de la agrupación Abismo Eterno (y también ex vocalista de Misterio, otra banda guayaquileña). Martínez, en sus líricas y sobre el escenario, es un fantoche lúgubre, desgarrándose para desgarrar sus dolencias artísticas, o sea un masoquista que vive del dolor y lo usa, es su materia prima para crear.
Dos libros que podrían alarmar a un buen sector literario aún recatado y mojigato del país. Porque la propuesta de Martínez surge desde los bordes, desde una subterraneidad espantosa y deforme, tanto así como para que muchos escritores de “peso” ignoren hasta este momento cada una de las páginas de las dos obras escritas.

Iwasaki, entre el desamor y el humor




Debo escribir mi soledad para siempre, no aguanto más, no puedo más, quiero amarte.
Patán, Mujeres de la noche


Eso de recordar amores frustrados y hacer de todo ello literatura, resulta en una novela el elemento clave para que la historia se vuelva interesante, más cuando el autor logra combinar el humor con todo el desamor posible de invocar, le comento a Noemí, mientras me ve atentamente como queriéndome decir: ¿en qué andas?

Es Libro de mal amor -le digo, enseñándoselo-, de Fernando Iwasaki, un peruano de origen japonés y radicado en España (solo para que sepa lo tricontinental que es el tipo) que en esta obra expone parte de su vida y toda la genialidad y recurrencia como escritor para narrarla como protagonista, con su toque autobiográfico que la vuelve una obra intimista y entretenida, casi necesaria para lectores como yo.

Tranquila, aguantando, me deja pasar esa mientras continúo: resulta que Bryce Echenique no era el único escritor peruano que del humor ha compuesto su literatura, y mira tú que este librito con portada cursi me ha hecho carcajear tanto o más que alguna obra de Alfredo. Y es que desde el título antónimo al famoso Libro de buen amor de Juan Ruiz, conocido como el Arcipreste de Hita, el autor no para en desfigurarse y exagerarse ante el lector que encuentra en él a un desdichado y masoquista -optimista dirá el mentiroso del narrador- buscador de amor, de la dicha de todo eso que se le ha negado. Incluso, orgulloso de la situación de su personaje, el autor escribe: “...a falta de éxito amoroso bueno es el fracaso humoroso, pues el mal amor es garantía de buen humor”, un bacano el tipo.

Novela de intensidad, donde la estructura juega un papel sobresaliente, ya que sus capítulos a la vez de ser parte de un todo -unidos debidamente por el narrador protagonista-, funcionan como si fuesen composiciones independientes -cuentos-, tanto así que no habría problema en leer cada parte por separado. Iwasaki ofrece una obra de excelente refinamiento humorístico que no decae, porque cada personaje femenino -de los diez que aparecen- brinda un nuevo y cada vez renovado desencanto al personaje y mayor encanto a la novela y sus extremas recurrencias, así es asombroso como el protagonista es capaz de transformarse en judío, deportista, patinador, vegetariano, entre otras suplantaciones que, ante la necesidad femenina, debe someterse para intentar obtener el amor no correspondido.

Una verdadera obra justo a la medida de lectores como yo, le repito a Noemí, y todo porque ahí se encuentran referencias cinéfilas, musicales, literarias, que logran identificar a uno con el personaje (solo por momentos, tampoco hay que declarase un adicto al fracaso) hasta encontrar analogías en sus historias con aquellas ocultas que mantenemos, donde el desamor ha sido parte de nuestro curriculum vitae.

Y qué historias de amor frustrado aún no me has contado, ah. Me interroga ella, después de tanta verborrea soltada. Ninguna, le digo, mientras abro el libro y leo: “Si me hubieran besado más a menudo quizá no me habría enamorado tanto”. Y -continúo con la cháchara- puesto que para el personaje su vida amorosa o más bien su vida no amorosa es inocente, sus múltiples dramas se tornan sobrecogedores para el eterno enamorado -sin ningún éxito a su favor- y entretenidas para el lector que espera cada nueva ocurrencia para un fin complaciente, no para el personaje que está condenado, si no para quien lee.

Noemí ha comenzado a vestirse -¿he dicho que estaba desnuda, recién bañada y secándose frente a mí?-, su interior colorido nuevo le ha quedado perfecto. Cierro el libro, me acerco a besarla -después de tanto desamor lo que más se quiere es lo contrario- y recuerdo del personaje: “La gente no cree en el amor hasta que no lo ve en cuerpo presente”. Y mientras acomoda su sostén de randas sobre sus senos, la huelo, recorro su cuello, acudo al amor siempre correspondido.

lunes, 26 de febrero de 2007

Charles Chaplin, lo cómico del desencanto






¿Quién no ha reído más de una vez al espectar alguna película de Charles Chaplin –o por lo menos a las que el actor presentaba un humor refinado-? ¿cuántos no se han dejado conmover por las desgarradoras escenas a las que nos arrastra su personaje Charlot -y todo sin ese toque llorón y sensiblero que Cantinflas desgastó-?, quizás muchos. No es nada sencillo espectar al personaje miserable que recorre calles, cárceles, guetos; intenta desacoplarse a propósito de los colectivos para dejar marcada su personalidad: sensible y a ratos colérica, sin quedar marcado por sus múltiples historias.
Charlot, el pequeño personaje harapiento, de mirada enternecedora, al borde de la locura, espectro atemorizado a lo estático, a ratos nos conmueve, otras veces nos hace reír pero casi siempre nos retrata en esa sociedad disparatada -sin tiempo y espacio-, para reafirmarnos en un mundo saturado de contradicciones y desencanto.
No es solo el hecho de que el personaje haga bailar a un par de papas sostenidas con dos tenedores, mientras imagina que el amor comparte su espacio (en La quimera de oro); que la mendiga ladrona de pan lo conmueva hasta creer en días mejores (en Tiempos modernos), o peor que asumiendo una personalidad distinta decida acoplarse por su bien y por el de toda una raza, incluso si de ello dependiera abandonar el toque místico de su silencio (en El gran dictador).
Charlot es un desesperado que busca en el silencio violentar al sistema al que se encuentra atrapado. Es un soñador por demás que cree ciegamente en una falsa esperanza por días mejores –aún teniendo todo en contra para ello-, es una sombra inadvertida que muchas veces renuncia a serlo para ser un cuerpo protestante, que utiliza y abusa del humor exagerado para atacar a su absorbente y lastimero mundo.
El amor en el personaje es un punto clave para que pueda tener motivos mayores para no abandonarse a las desgracias que muchos quieren. En La quimera de oro se enamora de una bailarina de cabaret y su regreso a la montaña, junto a su amigo minero, es motivado por la bailarina, quien es la excusa para enfrentarse nuevamente a los elementos de la naturaleza y darle un giro positivo a su miserable existencia; también en Tiempos modernos es una mujer quien logra hacer que la esperanza fluya en él, que enfrente situaciones a las que jamás habría imaginado encarar, todo por el amor a la joven y hermosa pordiosera; y, en El gran dictador es gracias a otra mujer que asume reemplazar –sin querer- al ridículo dictador para liberarla (y liberarse) de la persecución y abuso de poder que representaba la caricatura de Hitler.
El caos existencial llevado a su mayor explosión es donde se desenvuelve Charlot, demandando felicidad en ambientes donde la miseria ha copado todo, donde los sueños resultan ser pesadillas constantes, donde el desahucio es un todo acrecentándose cada día más hasta volver callejones sin salida las vidas de los personajes secundarios, menos la de Charlot que intenta –aunque casi siempre no lo logre- someterse al sistema.

Babel: las historias vinculadas





Babel (2006) de Alejandro González, es el tercer y reciente film de uno de los directores mexicanos que ha sabido crear una marca registrada dentro del cine, no solo mexicano –que después de Amores perros lo abandonó, si es que se puede decir tal cosa- sino en todo el mundo.
La película en cuestión es una obra sobresaliente, tanto por los aprovechables espacios geográficos (Marruecos, Japón y México) en la que personajes ya comunes en los productos de González (esa introspección –matizada por el desconsuelo- en cada uno de ellos) se desarrollan sin complicación alguna en una historia que logra anexar a tres continentes (Europa, América y África) con solo un accidente con rifle.
Con un reparto que reúne a varios nombres conocidos dentro de la filmografía mundial como: Brad Pitt, Cate Blanchett, Gael García y Koji Yakusho - muy acorde a las exigencias de los espacios e historias-, que demuestran la calidad actoral que se espera de ellos.
Un largometraje que a muchos –sobre todo quienes no han visto ninguna producción anterior de este director- acercará a una obra cuya finalidad es de superar el producto anterior, por algo resultó ganadora del Festival de Cannes del año pasado.

Amores perros y 21 gramos como antecedentes
Para referirnos a la obra de Alejandro González primero hay que ver sus anteriores filmes como Amores perros y 21 gramos, dos películas que se asemejan en cuanto a estructura (por el tiempo no lineal), con historias cuyos ejes temáticos agrupan el desamor, desconsuelo, muerte y un hecho (siempre una tragedia, ya sea automovilística –como en los dos casos tratados- o que acontezca en carreteras, como el film que ahora nos concierne) que es el núcleo de la trama, lo cual sirve de ligadura entre las varias historias que se tejen y desarrollan alrededor; otra de las características de este director es la recurrencia en las bandas sonoras de instrumentos de cuerdas (véanse las dos películas por si se duda) que, a pesar de no ser un todo en sus películas, sí aparece mayoritariamente en las escenas más desoladoras.

Personajes unidos por la congoja
Hay una constante entre los personajes de Babel (sin olvidar a los ya conocidos en anteriores películas del mismo director): esa manía –de seguro es eso- de mostrar las peores pesadillas de cada uno de éstos, enfrentarlos a sus miedos, desnudarlos ante la problemática existencialista que los rodea, para de esta forma buscar el consuelo anhelado en personajes no tan frágiles y que resultan a la larga pilares -no tan fuertes ante la arremetida del resto-, que dan tranquilidad momentánea.

El tiempo como “estilo”
González ha hecho de sus filmes obras no lineales –sino más bien transponiendo las múltiples narraciones que forman un todo y aparentan desconexión-. Lo que en un primer momento (con Amores perros) resultó original (quizás no tanto con 21 gramos, que no por ello dejó de ser un buen largometraje) se repite en Babel; si partimos de la mera comparación nos daremos contra la monotonía de encontrar lo mismo en cada obra que lleve la firma de este director, pero más allá del simple prejuicio que salta a la vista, es de reconocer una especie de “estilo” en este mexicano, cuya constancia en la fragmentación de sus varias historias tiene como objetivo principal –de donde nuestra lectura logra aferrarse- el poder presentar un rompecabezas a historias que presentadas de forma lineal no causarían el mismo efecto que se logra al intercalarlas entre ellas. “Estilo”, idóneo para la continuación de su filmografía.

Tres continentes anexados
Sin duda lo sobresaliente de la película es la magnitud a la que nos transporta su director al hacer de un juego de niños (por los marroquíes que disparan) un “atentado” internacional que no solo es de interés de Estados Unidos, sino que relaciona a individuos de Japón, México y del mismo Marruecos. América (del norte), África y Asia reunidas por un incidente casual –y por demás causal- en medio de la nada, que nos revela una realidad ya conocida: la globalización, esa interconexión de la geografía más conocida con lugares recónditos donde hechos que involucren a potencias mundiales –económicas y políticas- pueden desatar la más increíble casería de brujas, todo para identificar culpables.

De mi traición al MACC Cine





El MACC Cine en Manta es ya una realidad para quienes necesitábamos un espacio para espectar cine no tan comercial. Se ha podido apreciar largometrajes interesantes de Europa, Latinoamérica y sobre todo de Ecuador, porque ahora en adelante la producción nacional podrá ser vista y comentada con más continuidad.
Pero como no todo gira en torno a esta nueva sala de cine, nos refugiamos –porque somos dos: el flaco anónimo que recorre calles y el flaco cronista que se sienta frente a una máquina- junto a otros filmes, para contemplar a las “estrellitas” inmersas en el arte de siempre: el de multitudes, multimillonarios, múltiples premios, directores conocidos y reconocidos a nivel internacional y un larguisísimo etcétera.
El presente año ofrece títulos que exigen expectación y análisis para lograr una valoración directa con la obra, y en esas nos sumergimos, sin traje de baño y con hartas ganas de nadar (solo por temporada) en ese mar de tramas, actuaciones y propuestas.

Diamantes sangrientos: el precio de la esclavitud

Que películas traten temas en torno a masacres y guerras civiles ya no es extraño para muchos, pero que se lo haga con la intensidad de una excelente trama, con impecables actuaciones, eso sí es diferente. Diamantes sangrientos (2006) de Edwar Zwick, es un largometraje que nos acerca a tres lecturas o apreciaciones dentro de un contexto en conflicto como lo era Sierra Leona (África) en 1999 –a penas nueve años atrás-, donde la fiebre por la obtención de diamantes era causa suficiente para esclavizar y matar. Allí un traficante de diamantes, Doroban (interpretado sobresalientemente por Leonardo Di Caprio); un pescador, Salomón (Djimon Hounsou, sin duda una actuación bien lograda); y, una periodista, Maddy (Jennier Connelly), nos dan tres registros diferentes del país en conflicto.
Film impactante, de ritmo acelerado como para que la expectación no decaiga, puesto que cada cuadro y fotografía reafirma la idea del director: el abuso del poder en medio de una población cuya posibilidad de sobrevivir es incierta.

Infiltrados: los laberintos inagotables
Martín Scorpse es toda una empresa y autoridad en materia cinematográfica, es así que con este antecedente nos acercamos a su film Infiltrados (2006), película que a muchos dejará con ganas de espectar otras obras de este director que logra un trabajo sobresaliente donde policías y traficantes no solo traicionan sus papeles, sino que se interna en cada uno de los personajes hasta enfrentarlos a sí mismos desde los laberintos existenciales a los que se ven arrastrados.
Con un reparto de lo mejor que va desde el veterano Jack Nicolson hasta Leonardo Di Caprio (que logra una interpretación excelente, tal y como en el film anterior), el director presenta un trabajo acelerado –el género así lo exige- de cuadro llenos de acción, intriga y una enfermiza historia donde los infiltrados optan estar con los buenos y con los malos, a costa de no ir en la línea en la que han sido formados.
Película intensa, de final desquiciante, que nos enfrenta a esa otra realidad violenta (corrupta y sangrienta) que habita junto a nosotros y no la vemos –o intentamos no hacerlo, ni darle importancia- porque no la soportaríamos.

Scoop: humor negro a borbotones
Scoop (2006) escrita y dirigida por Woody Allen es una comedia tan a lo Allen que si no se aprecia el humor negro de este director poco o nada se logrará degustar este largometraje un tanto apacible, eso sí, y no tan provocador como otros filmes del mismo director.
Historia absurda, de fantasmas, periodistas principiantes, magos desencantados, millonarios asesinos, muertos navegando en medio de la nada y una trama por demás divertida que a ratos tiende a decaer por lo predecible –por los acontecimientos obvios-; y no es solo el hecho de que el director se burle –así descaradamente- de la sociedad inglesa de señoras encopetadas y ricachones tan limpios que a la larga se sospecha la podredumbre que ocultan; sino que haga de todo esto una historia de asesinos en serie cuyo único propósito es el propósito de un obsesivo periodista muerto que aún desea la fama, aunque sea desde ese “otro lugar” no tan siniestro, si no más bien tedioso.
Quizás la actuación de Scarlett Johansson (en el papel de Sondra) no sea la mejor de esta actriz –que ya demostró un excelente trabajo en Mach Point, dirigida también por el mismo director- pero logra una extraña –ojo con eso- combinación junto a Allen (en el papel de Sid), que torna la trama digerible y, desde luego, más cuando es de humor que está compuesta en su raíz.

Veladuras, la poesía filosófica





Ha sido escaso que en Manta aparezcan poetas que puedan ostentar el título, que su obra hable por ellos, que refleje todo el trabajo implícito que demanda este género literario venido a menos por un desesperante sector mantense y manabita que ha hecho de la poesía un mero pasatiempo para figurar como escritores.
Pedro Rosa Balda es uno de los pocos poetas a quienes su obra lo reafirma como tal, Veladuras (2007) es un compendio de poesía que no desperdicia la mínima palabra en banalidades, donde la voz poética a partir de abstracciones cercanas a la filosofía crea una obra sólida cuyo primer objetivo es enfrentarnos a nosotros (como lectores), a nuestras percepciones sobre la vida: aquel caótico entorno de interrogantes y simbolismos cada vez más subjetivos.
El autor nos acerca a una poética donde símbolos como el espejo, las máscaras, la luz y oscuridad se filtran en todo el cuerpo del libro y nos van mostrando paso a paso la recurrencia del poeta (filosófica por demás). Porque lo suyo es una poesía de ideas, de desolación –ante las ideas cuestionadas (o vistas desde otro punto) que tenemos sobre muchas cosas-, de introspección y replantaciones de la vida y muerte: temas eternos que en Veladuras intentan hallar nuevos espacios tras cada interrogante soltada.
El tiempo es otro de los elementos que más peso denota en el poemario (esa manía de rebuscar en lo consumido -y en lo por consumir- lo salvador), el sujeto poético se interroga a sí mismo, casi al borde del delirio, para intentar asimilar su propia obra o el teatro en el que se encuentra como protagonista, por ejemplo cuando dice: “¿Cuánta memoria, para un solo recuerdo?”. Y es que allí -en la memoria- parecería incubarse el centro del libro; el poeta lo reafirma: “Dentro de ti enciendes lámparas / pero no logras apartar las tinieblas”, revelando al recuerdo como luminaria ante el caos de aquellas tinieblas representantes del olvido: infierno latente que pugna apoderarse de cada poema, y al cual el autor arremete.
Libro de intensidad, de búsqueda constante y desesperada por hallar respuestas a las mismas preguntas lanzadas: “¿Cuánto durará esta lucha? / ¿Este esfuerzo pertinaz, / al fin y al cabo inhumano / por respirar, por mantener / abiertos los ojos?”. Para Rosa Balda las máscaras y el silencio, las sombras y la luz son símbolos obsesivos, dispersos en muchos de los poemas, así el autor lo va afirmando: “Hay demasiada sombra en tu cuerpo: / oscuridad de palabra, / Sólo en el silencio eres (momentáneamente) / visible”, también “algún silencio debe de haber en el que coincidamos”, todo porque en el fondo está convencido de que “Cree que piensa que imagina que supone / que siente confusamente que podría / salvarse de la vorágine enroscándose / en su propia sombra”.
Lo más sorprendente -porque en una ciudad (y hasta provincia), repito, donde aún la “poesía” sin filtro: sensiblera y tediosa, continúa cómicamente apareciendo en periódicos y libros- es saber que esta obra aún siendo de un mantense se aleja de mucha de la mediocridad poética que pulula por acá. Porque lo que Rosa Balda plantea: “pensar es justamente / poner el “ser” en duda”, es lo que muchos ignoran y ahí la diferencia.
Pero volviendo al libro en cuestión, el autor (tal y como David Bowie expresara: “¿Decadencia?, creo que decadencia es no poner una rosa blanca sobre una mesa blanca por temor a arañar la mesa”) nos arrastra a figuras envolventes e imposibles de concebir: “El blanco es un negro que se ha movido / y al moverse, se ha desgarrado”. Imágenes desesperantes de una poesía cuya materia prima son las ideas difíciles en un entorno saturado de ideas fáciles, de consumismo literario ligero y de moda.
Veladuras es un título que intenta “suavizar” la realidad (o por lo menos parecería hacerlo desde la portada), pero la verdad es que el poeta no repara en esparcir todos los versos -compuestos de ideas que solo una introspección a fondo del ser humano y poeta, como receptor sensible de lo que le rodea, puede crear- arcanos y a veces desconcertantes, que vistos -o leídos- desde su ángulo nos transforman la realidad, cada pensamiento desgastado, cada recuerdo consumido, cada acción por mínima que sea, para adentrarnos en esa veladura, allí donde máscaras y sombras cohabitan, donde gritos y desgarraduras inmateriales parecen no extinguirse jamás. Todo porque el poeta acierta en algo –tal vez una generalización deprimente pero precisa entre los cultivadores de este género literario-: “La muerte, su propia muerte / surgía a menudo (de golpe) en sus poemas”.
(Este texto fue leído en la presentación del libro Veladuras en la Sala de Conciertos Horacio Hidrovo Peñaherrera de la ULEAM, el martes 13 de febrero)