viernes, 18 de abril de 2008

El submundo de colchones húmedos, cuerpos sudados y dinero






No sé lo que es estar con una prostituta. Jamás he caído en la entrepierna de ninguna. Siempre anhelé introducirme en un sexo consumido, sudado, y expuesto a la muerte venérea; pero cada vez que alguien me invitaba a pisar un chongo tenía las excusas perfectas para negarme.

Siempre quise saber qué se sentía estar dentro de una vagina a la que habían acudido distintos penes. Fui -y soy- un zanahoria, que prefirió dejar de ser “virgen” en compañía de alguna de sus novias.

Pero como este escrito no gira sobre mis experiencias sexuales, si no más bien de la prostitución, o mejor dicho sobre un film que trata el tema, no esperen más de mis intimidades. Porque el motivo de esta confesión es la antesala para hablar sobre Yo, puta (2007), una película explícita, dura y polémica.

No se trata de un film revelador, porque todo cuanto basa su argumento es conocido: inicios en el oficio, necesidades, problemas de trasfondo. Quizás lo llamativo de la película sea su estructura de documental -en medio de la ficción-, que retrata a prostitutas, chulos y clientes. Desnudándolos en sus disímiles planteamientos de porqué ser, explotar y estar, junto a prostitutas.

Funcionan adecuadamente los distintos escenarios dentro del film, concatenados desde el inicio hasta el final. Así mientras la trama básicamente se enfoca en una estudiante que prepara una investigación en torno al problema de la prostitución, vemos una cámara que enfoca obsesivamente a jóvenes que buscan ser modelos de un fotógrafo porno, o al camarógrafo porno que entrevista y conoce las intimidades de sus futuras actrices.

Película acelerada, que estrella al espectador el tema de la prostitución desde distintos francos. Justifica motivos, los indulta, para al final demostrarnos que aquel submundo de colchones húmedos, cuerpos sudados, preservativos y dinero en abundancia, no es más que un negocio peligroso en el que algunas están atrapadas y otras, las de aparente valentía, se acostumbraron a esta clase de sobrevivencia, que les gusta.

Y es esta dualidad de prostitutas las que vuelven, en cierta medida, interesante la trama, porque mientras las más arrebatadas y francas (dentro de la ficción) en torno a su oficio, aquellas que a ratos se vuelven ninfómanas, o expertas a las que ya nada referente al sexo les impresiona (salvo el ser sodomizadas) envuelven al espectador con sus alucinantes y casi siempre eróticas y salvajes historias; por otro lado están las que delatan el infierno llamado prostitución: aquel negocio que las ha atrapado sin misericordia, que vive de sus cuerpos, y las sepulta cada día más en una muerte silenciosa (porque son solo piel y voluptuosas formas que han perdido la sensibilidad), aquellas que en el punto crítico del film se refugian en lágrimas.

Y mientras la protagonista se ve atrapada con su investigación casi terminada y la beca económica -obtenida para este propósito- consumida, entre el dicho de sobrevivir en el tema que conoce o dejarse morir de hambre y fracasar en sus propósitos académicos, opta por lo intermediario, no ser una prostituta, pero obtener dinero dejándose fotografiar. Y aunque termine en los brazos (por recrear de una romántica manera la situación) del fotógrafo porno que la “inicia”, no termina convenciéndose ni convenciendo al espectador en este punto de la trama.

Y lo planteo así: según el argumento de la película se trata de una universitaria que investiga sobre el tema de la prostitución, entrevista exhaustivamente a cuanta prostituta dispuesta se lo permita: una japonesa, españolas, latinas, una portuguesa, entre otras, también a clientes asiduos y hasta a contados chulos, sin olvidar a un “prostituto” que narra como vive y cobra por sus servicios sexuales a mujeres desesperadas. Hasta aquí todo bien. Sin embargo una vez que la situación, dentro de la historia de la universitaria, se complica por acabársele el dinero de la beca de la investigación, intenta meterse en la prostitución sin mayores resultados, entonces decide desertar, pero luego lo retoma acudiendo donde el fotógrafo porno (aquel que gusta -como lo demuestran las escenas- de “probar” a sus modelos antes del trabajo), al que confiesa que es VIRGEN. Sí, la chica universitaria, la que se ha juntado con prostitutas pesadas, arrechas y melancólicas, desconoce el sexo, jamás lo ha hecho y sin embargo pretende hacer un libro sobre ellas, sobre este tema que nunca conoció.

Yo, puta, una película sobre prostitución, que contrariamente carece de escenas sexuales (por lo menos a las acostumbradas), porque su propósito no es volverla una cinta porno o erótica, si no más bien una especie de docudrama para advertir o sugerir a quienes pretendan pisar estos terrenos.

jueves, 10 de abril de 2008

Vida; que te jodan!!!



Para Alexis Cuzme,
nicho pensativo que camina muerto;
lira de 100 voltios que electrocuta
a quien le toca....


Vida, me has cansado!
Hasta aquí el que rodaba en zapatos viejos,
olvidando el gabán del alma, la espalda indigente
contra el muro de un cielo otoñal....


Hasta aquí sopa subterránea de luceros,
alcohólicos tranvías ya fugados,
tristes celulares que llevaron sin cobertura
la queja de mis úlceras y mis avemarías
a un dios sordo de techo alto...


Ah vida, gran puta de amor,
volverás a darme tus leucemias vespertinas
doblando las coyunturas de mis anhelos!!!!


Para qué he de querer esta aorta
que han tocado los malignos veranos,
si ha de ser una asquerosa parra que repta por el cuello
y en la que ya cuelga el peso lunar de los murciélagos...


ah turbias edades del colegio, dulce hormiguero de sílabas
que mataron mi paladar,podéis dormir en el infierno de mis perezas!
Ya nada quiero de vuestras gramáticas
que cagaban las santas bocas de los falsos quijotes!


Podéis joderse sin mí, oh fábulas, tristes sílfides!
Aquí la navaja del viento cortando las voces de la fuente!
aquí las monjas, estúpidas vacas pastando oraciones
porque mi alma no vaya con el diablo a tirar piedras a Dios!


Adiós novias mías,
flacas rameras de tristeza obesa
que meaban con renal angustiasobre el duro mármol de mi frente
para cegar la inmensa fiebre de los días...


Para vosotras, la manzana demente de mis labios,
la solitaria de mi verso que dejé escrita en las paredes de la tarde
que van a dar al jardín menstruado de violetas.


Para vosotras, la jeringa de mis dedos taciturnos,
la vena que se arremangó hasta el olvido,
la píldora de mis lloros! Hasta mañana hermanos!


Que me lleven en peso las calles, todo ataúd guarde un retazo de silencio!,
que los comisarios encierren las campanas que pasen por mi cabeza haciendo bulla!
Que nadie me recuerde, nadie haga uso del papel de su memoria!
Voy sólo a dormir, a roncar con los minerales de la tierra,
a cenar la paz con una docena de gusanos...


Al fin solo, me voy solo...
Vida me has cansado..., qué te jodan!!!


Antonio Vidas
Nota: puede parecer un tanto ególatra, eso de publicar también la dedicatoria que este autor portovejense, radicado en España, me hace. Pero la dedicatoria significa bastante para el autor, y no puedo negarme. Así de simple. En la foto de izquierda a derecha: yo (antes de que me cayera sobre unas tijeras que por poco me dejan zorro), Vannessa (teatrista del grupo Contraluz de Portoviejo) y la ñaña de Alonso (no me sé el nombre), tras uno de los pocos conciertos metaleros en Manta a inicios de año.

martes, 1 de abril de 2008

Quinta intervención de El Quirófano




Si habría que apuntar a un medio que ha sabido darle espacios alternativos a la literatura ecuatoriana (y también a la extranjera), ese sería la revista El Quirófano, del poeta guayaquileño Augusto Rodríguez.

Para quienes le hayan seguido la pista hasta este quinto número, sabrán a lo que me refiero. No se trata de un medio que surgió para figurar en el entorno literario -como equivocadamente pensé en un comienzo-, si no que ha sido y es, la revista que ha llegado para quedarse, para ofrecer otros registros literarios, nuevos nombres y propuestas a los voraces lectores del país y de otros lares (gracias a su blog).

Esta quinta edición contiene interesantes muestras poéticas de Chile y México; un relato de Juan Fernando Andrade con su ya característico estilo de contar situaciones; parte de la poesía de Carlos Vallejo, ganador del Premio Nacional de Poesía Aurelio Espinoza Polit; el aporte del poeta Iván Carvajal con su texto Borges: el impostor inverosímil; también una adsorbente entrevista al escritor Bruno Sáenz; por otro lado Fernando Nieto Cadena escribe sobre el libro Cantos contra un dinosaurio ebrio de Rodríguez; reseñas de las últimas publicaciones nacionales; y por último el editorial, que se enfoca en la valía poética del autor guayaquileño Rafael Díaz Icaza.

jueves, 7 de febrero de 2008

Ángeles y magia desde Loja





La literatura contemporánea se ha caracterizado por retratar a las ciudades desde sus entrañas y escondrijos más inusuales, mostrando muchas veces la realidad tal y cual es. Con personajes capaces de desatar sus más bajos instintos y dar paso al horror que guardan dentro de sí.

Al leer Alas (CCE, 2006) de la lojana Paulina Soto, no solo que no he encontrado ninguna similitud de la literatura urbana que actualmente se escribe, sino que me he refugiado junto a cuentos donde la magia, el amor y desesperanza por hallar un mundo mejor, parecen encontrarse después del sufrimiento y expurgación de pecados (para quienes crean en ellos). Y aunque no parezca, también rondan personajes que desatan sus bajos instintos y dan paso al horror que guardan dentro de sí.

Se trata de cuentos que logran un debido soporte en las leyendas que han sido parte del desarrollo individual de la autora. Porque quién en su infancia no descubrió de boca de su madre o cualquier otro familiar a duendes, hadas, ángeles, brujas, monstros, y todos aquellos entes de forma no convencional, que abundaban en cada escondrijo dentro o fuera de casa, en la oscuridad de las calles o en las montañas del campo o del páramo, para aterrarnos con sus travesías o perjurios en contra de la humanidad.

Alas no es un cuentario de historias impactantes, aunque se deje leer fácilmente. Explico: las historias son envolventes, atraen al lector de forma directa, quizás por esa ingenuidad que muchas de las veces presentan los personajes o incluso las situaciones increíbles en las que suelen encontrarse. Es rescatable la imaginación de la autora, que vuelca su talento ficcional hacia el desarrollo de leyendas urbanas y rurales que han sido parte de su cultura, pero de ahí a que pretenda ofrecer un libro sobresaliente queda un largo sendero por transitar. Sin embargo cuentos como El hada y el duende o Equilibrio, hacen que valga la pena consumir esta obra.

Hay ligadura en casi todas las historias, porque las temáticas y personajes intentan sobrevivir y transitar en cada una de ellas. Quizás cuando la autora tome en cuenta los cierres en sus historias, para que dejen de tener ese aire de moraleja explícita que a larga termina sobrando, logre mejorar sus cuentos. Mientras tanto felicitaciones a Paulina Soto por esta obra que por momentos nos ilusiona con la idea de que el amor lo puede todo (lástima que la realidad nos demuestre lo contrario).

¿Escritor negativo?




Es temprano por la tarde y ha llegado hasta mi trabajo una joven que me trata de joven (sospecho que tenemos la misma edad, sin embargo sigo siendo para muchos un menor, de apariencia), dice ser narradora y pupila de un escritor de vieja guardia conocido por estos lares. No ha pasado mucho tiempo hasta que me ha dicho: la literatura que debemos hacer tiene que ser positiva y no negativa.

Puedo ser el flaco más sonriente que esta ciudad jamás haya visto, pero mi naturaleza no es la de ser el típico hombrecito que recorre las calles alegremente. Por eso el encasillarme como un tipo amargado y fúnebre, resulta aliviador para muchos que se preguntan quién mismo soy.

No puedo escribir acerca de lo positivo de la vida (algunas veces lo he intentado, pero resultan narraciones y poemas eróticos, ¿será que mi concepto de positivismo solo existe en el plano corporal? habrá que preguntarle a Noemí), porque no lo es todo; mi entorno no es el paraíso artificial que muchos escritores y no escritores viven diariamente. Mi entorno está plagado de violencia callejera, de hurtos, de necesidades, de oportunidades negadas, de envidia, de madres desesperadas, de padres resignados a lo peor, de amigos alucinados, de metal, mucho metal que habla de venas cortadas, cuellos adornados con sogas, estómagos repletos con píldoras, cabezas agujereadas por balas. Mi vida no es la vida rosa que mi amiguita le gustaría leer. Trato de no ser negativo, si no realista.

Pero es verdad: no tengo una vida nefasta al cien por ciento. Tengo una esposa que me ama, un bebé que solo sabe comer, gritar y gastar pañales como un fumador empedernido lo haría con cigarrillos. Una madre y padre, que aun divorciados son un soporte afectivo, hermanos con quienes cruzar palabras en torno a música y libros. Sin olvidar que de vez en cuando hallo libros cautivadores, encuentro con quienes charlar hasta el agotamiento, publico un nuevo número de mi revista de rock, y encuentro calma para pensar y borronear poemas.

Y sin embargo me resulta inconcebible escribir literatura positiva: estimular al lector a que vea el mundo con ojos sobrecargados de ternura, aflorar en él valores para hacer de este planeta un lugar mejor. No es lo mío. Ya existen autores que escriben acerca de lo positivo, aquellos que ostentan la bandera de la motivación personal, aquellos que han logrado resultados económicos precisos. Podría hacerlo por dinero, pero no tengo la menor motivación para escribir y motivar a los demás a hacer todas esas cosas que no hago.
Tal vez no fallan quienes me encasillan como un tipo sombrío. No puedo escribir de las cosas hermosas que nos rodean porque no son las que más me atraen para volver literatura. Entonces retratar la realidad tal y como es (con harta imaginación para volverla más escabrosa) no tiene nada de malo. Porque aún después de narrar y poetizar los horrores que nos circundan, el mensaje y la advertencia están implícitos: las ciudades son peligrosas, debemos andar con cuidado, la violencia aguarda desde las sombras hasta la claridad. No es ser negativo el escribir y describir la cotidianidad.

Ha pasado más de media hora para que la joven decida marcharse. Vuelvo a mis actividades, no sin antes poner en el reproductor Another face in a window de Antimatter. En el fondo creo que no se equivocan quienes dicen que soy un tipo fúnebre, obsesionado con metal que habla de venas cortadas, cuellos adornados con sogas, estómagos repletos con píldoras, cabezas agujereadas por balas... subo el volumen para apaciguar el perturbado espacio interior.

martes, 15 de enero de 2008

El amor como refugio de vida





Noemí ha sido directa: El amor en los tiempos del cólera. Te acuerdas cuando primero la leíste tú y luego me la recomendaste. Como olvidarlo, le he dicho, para posteriormente proceder a comprar los boletos (los más caros en mi historia cinéfila).

La sala es un desierto, pero de a poco -y cinco minutos antes de que empiece el film- somos no más de veinte espectadores con algo en común: conocemos la historia en su versión original, que cómo lo sé, pues reconozco a profesoras de colegio y universidad especializadas en el área de literatura, escritoras rosas y señorones de cultura; desde luego también un minúsculo grupo de adolescentes a los que la película les importa poco y quieren simplemente una historia de amor para pasar el rato.

El amor en los tiempos del cólera (2007) de Mike Newell, resulta un film que no se aleja demasiado de la versión original escrita por García Márquez. El director ha creado una obra entretenida cuyo mensaje es directo: el amor es capaz de perdurar en el tiempo. Así me lo hago saber, porque para qué gastar palabras con Noemí si está a sus anchas, por primera vez frente a una película capaz de conmover y entretenerla, eso y porque reconoce a los personajes que la cautivaron cuando devoró la historia en la soledad de su cuarto.

Entonces Florentino Ariza era un ser arcano rondando a su amada, un poeta lloriqueante que le recordaba a mí (imagino que por lo de poeta mas no por lo lloriqueante) y ahora Javier Bardem lo personificaba: sombrío, lascivo y con la esperanza de que antes de que la muerte lo arrinconara pudiera estar con Fermina Daza.

Más allá de la pasión de Noemí por la historia, a mí no me parecía -a medida que iba desarrollándose la trama- que fuera una película arriesgada que intentase partir de una obra literaria y buscar otros horizontes. El guionista había respetado la versión original enfocándose en los momentos más importantes en la vida del personaje. La estructura no era lineal y era justificable porque se necesitaba recurrir a los recuerdos para darle mayor intensidad a la vida de los perturbados Florentino y Fermina.

Me alegra ver el río en el que navega el barco que alberga a Florentino y Fermina. El amor ha esperado más de cincuenta años para ligarlos. Han contemplado sus cuerpos envejecidos y han hecho el amor a su manera. El “siempre” ha sido pronunciado y eso es todo para que aparezcan los créditos sobre la pantalla. Los cuerpos perdidos en las sombras se han develado y se levantan de sus butacas en dirección a la salida. Noemí suelta mi brazo agarrado desde el inicio del film (cosa de mujeres románticas). Shakira nuevamente se entromete con su canción que a muchos encantó, a nosotros no, imposible. No.

lunes, 7 de enero de 2008

La radiografía de un Guayaquil desconocido




Mía es la delación de la que se habla.
Míos, los pecados más horrendos que aquí se narran.
Mías, las bajezas expuestas.

Santos Feijó

El enemigo necesario (Ministerio de Cultura, 2007) del guayaquileño Marco Martínez (1979), es una obra de terror, porque se expone abierta y desvergonzadamente la naturaleza inaceptada de quienes habitan en esos rincones de ciudad, a los que pocos logran penetrar por peligrosas, maniacas y sobre todo adsorbentes.

Martínez ha logrado una acertada radiografía del Guayaquil del lumpen, subterráneo, arcano, etc., donde sus descabellados personajes compuestos por drogos, un transexual, una ninfómana y metaleros sobrecargados en sus pesadillas vitales, para sobrevivir a la realidad, hacen lo mejor dentro de esta trama: exponerse tal y como han sido planificados. El núcleo de tanta aberración: mostrarnos más allá de la pulcritud que rodea en la sociedad, y eso ya es mucho para tanta literatura de amor y negaciones de lo real.

Santos Feijó, el personaje protagonista y alter ego de Martínez, logra revolver el universo que expone; en él sus manías, miedos y odios se vuelven las manías, miedos y odios de todos (la locura es un bien transferible para el resto de personajes).

Existe fuerza en cada uno de los capítulos que componen esta obra, pero sobre todo crudeza y franqueza: narrar desde la experiencia -sin dejar a un lado la creatividad literaria-, es un recurso que suele quedar en pura pose (salvo las excepciones).

Por otro lado pocas veces una obra literaria ha tratado el tema del metal ecuatoriano (su historia, esencia y evolución) tan prolíficamente como lo hace Martínez en su obra -en su otro libro aún inédito titulado Patéticas formas de evasión también se retoma el tema pero desde una visión más global-, si bien no lo hace a nivel nacional como correspondería a un ensayo específico en este campo, por lo menos nos acerca a una parte del metal underground de su ciudad, que ya es bastante ante la carencia de escritos referentes al tema. Así no es extraño que varios de sus personajes resultan ser metaleros sombríos, que recorren los capítulos con la esperanza de desaparecer al cambio de página.

Para ser el primer libro de este, hasta ahora desconocido, autor guayaquileño, ha empezado bien. No está demás recordar que la presente obra ha logrado el primer lugar del concurso de novela corta “Medardo Ángel Silva”, que por segundo año convoca el Ministerio de Cultura de Ecuador.