domingo, 12 de julio de 2015

Publicar la obra de un poeta

Cristian López Talavera, Yuliana Marcillo y Geovanni Bayas, poetas ecuatorianos, a quienes he editado. Y no, no han servido de modelo para este texto.



Se llama masoquismo el hecho de que un editor decida publicar la obra de un poeta, uno vivo, enérgico, insatisfecho con el trabajo de edición. Un poeta que se cree, convencida y alucinadamente, poeta. Un poeta capaz de deshacer todo un proceso de edición porque sus versos maduraron mientras su manuscrito era leído por un editor, mientras el corrector decidía que algunos verbos estaban de más, mientras el diagramador trabaja su texto, mientras se registraba el título, mientras se presentaba la propuesta de portada.

Un poeta que no está, después de haber trabajado incansablemente su manuscrito durante algún tiempo, seguro de lo que ha escrito, al que sus propios versos ya no satisfacen, al cual los títulos de los poemas le parecen aún reescribibles.

Un poeta que necesita corregir porque se debe respecto como autor. Un poeta que se debe cuidar de la crítica, que no busca simplemente publicar un poemario más, sino EL LIBRO, que se vuelva el referente de toda aquella generación de poetas en la que se encuentra y que le preceden. Un poeta seguro de que es poeta, que no improvisa, que no necesita un título más estorbando su bibliografía.

Por eso ha decidido que aquel machote que el editor le ha presentado necesita desecharse, que no sirve, porque su poemario, aquel inicial y casi listo para entrar a imprenta, ya no es, ha mutado de gusano perturbador a mariposa agradable. Por eso entrega a su editor un nuevo manuscrito, el correcto, el que sí vale, el que lo representa a él como poeta, no como un simple “poetita” del montón. El poemario que sí es poesía.

Masoquismo. Publicar a un poeta es un acto masoquista. Y esto lo entiende un editor, que debe luchar para que gobierne en sí la paciencia, donde la calma se mantenga, donde la esperanza de saber que se cree en aquel escritor inconforme, en que se apuesta por una obra y un autor porque su poesía tiene aquellos elementos que a él como lector (antes que editor) lo llenan. Porque decidió que su trabajo era lidiar con autores exigentes. Por eso ha aceptado su condición de masoquista.

Pero también piensa, mientras deja a un lado al poeta difícil que intenta publicar, en todos aquellos otros autores que han llegado con sus manuscritos intentando ser publicados, de lo difícil y mediocres que pueden ser al mismo tiempo cuando no hay talento, cuando lo que existe es una pose a excusa de la poesía. Cuando piensa en estos autores, en estos no poetas, se le eriza la piel, y se recluye en su código de ética: publicar o no publicar, vender o no vender, publicar y no vender o publicar y vender como si se tratase de salchipapas en la madrugada en algún tontódromo.

Cuando pasa esto, el editor, aquel masoquista entregado a uno o varios poetas con talento, piensa seriamente si continuar muriéndose de hambre (cuando se trata de editores independientes) y hacer prevalecer la calidad del sello creado, o entregarse como muchos otros editores a publicar lo que sea, y volver “poeta” a cualquiera capaz de pagarse la conversión de un texto deforme a un libro de éxito.

Cuando pasa esto, el editor, recuerda a John Martin[1] apostando por el viejo Charles, y sonríe, vuelve a aceptar su masoquismo, revisa el nuevísimo manuscrito de su poeta, sabe que todo cuanto publique es una apuesta, y esta vez, como muchas anteriores, va a lo seguro.


[1] Editor estadounidense, fundador de la editorial Black Sparrow Press.

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