domingo, 14 de junio de 2015

San Mateo en marea baja (parte final)

Imagen tomada de http://www.abc.es/hemeroteca/surfista





Si llega un momento en que uno no puede decir lo que piensa, entonces debe perderse en lo más profundo del bosque y dejarse morir en una choza.

Jack Kerouac

Cuando los chicos se despertaron, cada uno tenía su propia experiencia, archivada en los más profundos anales de sus cerebros, y sus propias conclusiones, de aquel viaje en PEDRO.
Claudia estaba con el labio hinchado y partido, su estómago le ardía por el hambre, había salido de la carpa y sus pupilas se resentían por el efecto de los incipientes rayos de sol que la herían profundamente, le ardía tremendamente la piel por haberse expuesto excesivamente al sol y quería ver el mar, su rugido intermitente era un llamado salvaje para ella y no lo podía resistir; Pava Loca estaba con todo el cuerpo lleno de arena, quemado por el sol y adolorido, sus músculos triturados por el esfuerzo demencial de correr por todo el desierto, y Danni había soñado toda la noche con el entierro de su padre, el dolor de su madre y la sorpresa e interrogante perenne en el rostro de su pequeño hermano. Recordaba el rostro adolorido de su hermano que preguntaba:

-      ¿Dónde está papá?


Afuera el mar bramaba por sus respetos.
Pava Loca buscó en su mochila un traje de baño de repuesto, se lo puso, enceró su tabla y se metió al agua. Remó y remó hasta llegar a la punta. Las olas continuaban llegando, pero más finas, más peligrosas, más hueco era el descenso en marea baja. Estaba solo, se sentía abandonado a las fuerzas de la naturaleza y de toda la Tierra, solo, completamente solo, ¿y purificado?
Al rato se le unió Danni y juntos esperaban en silencio la llegada de las gigantescas olas salineras de San Mateo.
Era todo lo que había que hacer…esperar el verano, bello, interminable, imposible de olvidar y de vivir sin él. El verano se había convertido para ellos en una puerta para entrar y conocer todo tipo de libertades, todo tipo de gente y culturas, unas más raras y peculiares que las otras.
Su mundo se iba expandiendo, las fronteras se derribaban e iban más allá de la ciudadela Urdesa o del barrio del Miramar.
Al fondo, cubierto por una densa neblina, se empezaron a divisar las líneas que surcaban el mar. Al fin venían las olas. Pava Loca se dirigió a su encuentro y empezó a meter los brazos en la fría agua. Danni lo siguió, de mala gana y juntos se volvieron a posicionar en la punta de quiebre.
Cuando llegó la primera tanda, Pava Loca se fue en aquella ola, trepándose en aquella gigantesca masa de agua con la destreza de un gato callejero. La bajó, pegándose, muy elegantemente a la pared, y tubeándose de inmediato. Fue un tubo largo, el tubo de una ola de cuatro metros en marea baja.

En la playa, Claudia era un mudo testigo de aquella proeza, de aquella exhibición de extraordinario equilibrio físico y mental.
Más atrás venía Danni, cortando la ola radicalmente como Cheyenne Horan, al tiempo que le daba la espalda a aquella pared de agua.
Claudia no había desayunado aquella mañana, y se le antojaban unas chuletas ahumadas con unos huevos revueltos y un buen vaso de jugo de naranja. Pero todo lo que la rodeaba en aquel momento era el desierto infinito, seco, caliente, aquel pobre y anónimo cementerio, la playa con aquella arena amarilla, y las olas donde se recreaban sus amigos.
Claudia sentía que había vivido tanto, tanto, que era como si todos los siglos del mundo le hubieran caído encima, su pelo se había vuelto blanco, sus dientes se habían podrido y caído, su rostro bello se había quedado lleno de surcos que la hacían una mujer diferente e irreconocible, el peso atómico de las estrellas la sofocaba, la belleza de las constelaciones la mareaba, todo parecía una exposición fílmica de un documental astrofísico de Carl Sagan.
Todo un sistema solar habitaba en su cuerpo, hecho de polvo estelar, y todo aquel milagro se acabaría con su muerte, su desintegración final. Todo se desintegraría de manera inmediata, con el fin de su existencia material. Nada quedaría para el recuerdo, sólo este pobre testamento. Su vida sería rescatada, como un fragmento enterrado en la arena del desierto, como un tesoro arqueológico, a donde se llega después de descifrar un complicado pergamino lleno de jeroglíficos ininteligibles, salvo para los expertos.

Cuando Pava Loca llegó a la orilla, volvió a remar en dirección a la punta y lo mismo hizo Danni. El mar helado, el esfuerzo físico y la concentración necesaria para bajar aquellas olas gigantes de cuatro metros, les había hecho olvidar que tenían hambre. Nada existía en sus mentes, salvo la necesidad de volver una y otra vez a desafiar a la muerte, montando aquellas colosales masas de aguas frías, saladas y verdes.
Su pasado no importaba, no existía filosofía alguna que lo justificase; su presente estaba absorbido por las circunstancias peligrosas, y en aquel momento, estaba prohibido pensar.
Para Danni los libros contenían todo el conocimiento del mundo y en aquel desierto de San Mateo, había tenido una revelación que lo conectaría con su padre de una manera mucho más íntima, pero nunca podría volver a hablar con él, a escuchar su voz, a sentir sus caricias. Esto era lo que le proporcionaba mayor dolor. Aquella ausencia, aquel vacío infinito lo volvía loco de rabia.
Era la misma sensación de frustración que sintió cuando su padre lo abandonó temporalmente para irse a vivir en una casa de reposo en Cuenca. Danni se trastornó y sufrió mucho porque pensaba que su padre lo había abandonado porque ya no lo quería. Su carácter se volvió violento, ingobernable y terco. Su salud se resintió mucho con aquella fiebre reumática y a duras penas su organismo logró soportar las dolorosas inyecciones de aquel polvo blanco que le suministraban.
Cuando Danni regresó al hogar de los Pulido, sufrió un desvanecimiento que asustó de muerte a todo el mundo en la casa y los doctores dijeron que ya no le inyecten más aquel polvo blanco porque el niño estaba casi sin glóbulos rojos. Su padre estaba loco de furia contra Penélope, pero cerró la boca, comió mierda y no dijo nada, porque él estaba de regreso en un hogar casi destruido, en ruinas.
Sólo cuando Danni surfeaba podía dejar de pensar en el pasado y de citar frases de los muchos libros que había leído. Este deporte era lo único que le proporcionaba el olvido indispensable para seguir viviendo con cordura, sin dolor reprimido en silencio.
Gigantescas gotas de agua salada le salpicaban la cara cada vez que pasaba por encima de una pared de agua tras otra, remando para llegar al punto de quiebre.
De pronto, Danni sintió algo extraño que lo rodeaba, como si de su tierno cuerpo se desprendiera un aura. Era como una presencia, un espíritu, ¡era el alma de su padre!, que vivía en él, que se separaba de él…¿se liberaba?, se elevaba por el aire hasta el infinito, y recorría toda aquella punta de quiebre, volviendo a mirar todo desde un punto de vista celestial. Entonces, en aquella inmensidad, entre aquel infinito mar, en medio de aquel mar turbulento, adentro, hundido de agua hasta los hombros, rodeado de gigantescas y peligrosas olas, Danni le dijo adiós a su padre.

FIN


Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
 
(Fragmento de la novela Arena Amarilla que será publicada -como tres anteriores obras- por entregas semanales)


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