jueves, 19 de febrero de 2015

Graduación y el viaje a San Mateo (parte III)

Imagen tomada de http://escuelainfantilgranvia.com/este-nino-no-me-escucha/nino-triste/
Los hijos de Pulido crecían sin que les falte ropa, medicina o un plato de comida, pero él se daba cuenta que resentían la ausencia de su padre, sus sabias, pero también confusas palabras, sus caricias que siempre les hacía cosquillas.

Joey, jr nunca supo lo que en realidad había pasado. Solo sabía que su padre ya no estaba. Aquel vacío lo expresaba con un comportamiento verdaderamente rebelde e ingobernable, que sacaba de quicio a Penélope y a Danni. A veces le pegaban hasta tres veces al día.  A veces Danni perdía la paciencia con su hermano cuando este le borraba alguna información importante de la computadora. Todo parecía indicar que el pequeño Joey, jr solo se sentía bien cuando estaba junto a sus abuelitos, pero a veces, hasta a ellos los sacaba de quicio y tenía que irse a su cuarto.
Joey, jr sabía muy adentro de sí, que nadie sino su padre lo comprendería, que él lo único que quería era jugar y jugar hasta el cansancio para olvidarse de que su padre ya no estaba. De que ahora su padre solo era el recuerdo expresado en una fotografía pegada en la refrigeradora, junto con las fotos de otros miembros muertos de la familia: la tía Mayiya, la tía Elbita, la tía Gladys, la abuelita Rosita, el abuelo Edison.

Penélope hacía todo mecánicamente, trataba de olvidar y llevar una vida normal, y a veces se interrumpía para atender el teléfono, hablaba con sus viejas amigas de la Iglesia, daba consejos, nunca se dejaba entrampar en discusiones teológicas ni quería saber nada de regresar al templo, luego volvía a sentarse en la mesa, a pasar las viandas de comida, beber un trago de cerveza y conversar con la madre de Pulido. Toda aquella celebración gastronómica se realizaba bajo los balsámicos acordes de la canción Heartlight de Neil Diamond, el cantante preferido del abuelo de Danni.

Danni miraba el reloj. Estaba impaciente por que termine todo aquel asunto. Tenía que ir en bicicleta a la casa de Pava Loca, para luego ir en la camioneta de éste a recoger a Claudia y de ahí a la libertad…San Mateo.
Penélope se daba cuenta de la impaciencia de su hijo mayor, se alegraba por dentro, en realidad le daba las gracias a todo el mundo por que no mencionaran el nombre de su esposo.
Ella pasó por un momento de gran desasosiego y depresión con todo aquel asunto. Por las noches en sus pesadillas se veía arrodillada en el aeropuerto, con los brazos llenos de sangre, sosteniendo la cabeza reventada de Joey. Otras veces se veía caminando por las calles de Urdesa, desnuda, mugrosa, envuelta tan solo por una sábana, llena de vergüenza y desesperación, y sin saber adónde ir o a quién pedir ayuda. Entonces se despertaba llena de espanto y recordaba una cita del libro de Mormón que decía: Sí, ¿por qué no dejó caer la espada de su justicia sobre nosotros y nos condenó a la desesperación eterna?, luego, lloraba y lloraba muy bajito para que sus hijos no se despierten. Pero Danni se enteraba de lo que le pasaba a su madre y entonces él también dejaba escapar una lágrima porque al final de cuentas su madre sí amó a su padre.
Porque el odio y la guerra, comenzó, cuando su padre le levantó la mano a su madre, de eso estaba seguro. Y también estaba seguro que su padre siempre se había arrepentido de aquel fallo en su juicio.

Cuando Danni estuvo listo, se despidió de todos con un beso en la frente y lo abrazó con mucha ternura-igual que su padre-, a su joven hermano. Él también quería ir, pero, imposible, era muy pequeño todavía. Siete años menor, Joey, jr, siempre sería muy pequeño para poder salir con él.

Por: Sam Scholl (narrador ecuatoriano)
 
(Fragmento de la novela Arena Amarilla que será publicada -

como tres anteriores obras- por entregas semanales)

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