domingo, 4 de mayo de 2014

Un poeta enamorado




Un poeta enamorado no debe escribir. Un poeta enamorado debe vivir con intensidad el amor que lo gobierna, darle y darse felicidad junto a su pareja. Desgastarse y luego revitalizarse con cada experiencia relacionada al amor. Vivir el amor, un amor que como camiseta húmeda se pegue a su piel hasta volverse parte del cuerpo. El amor desde cada palabra y gesto, desde cada detalle, desde la entrega.
Un poeta enamorado no sirve como poeta. Tambalea, es aguado, escribe con el corazón, razona con el corazón, abusa del corazón para escribir una poesía menor, quizás no poesía, exageradamente melosa y desastrosamente razonable.
Y aunque todo poeta tarde o temprano se enamora, el responsable, aquel poeta que sabe lo que busca, que tiene su línea poética definida, no se atrevería a escribir en este estado, porque su cuerpo y mente funcionan a partir de alguien más, ese alguien que ha llegado a apoderarse de sus ideas, que está en cada pensamiento.
Pero el amor en la poesía sí funciona, poemas capaces de revelarle al lector que el amor habita más allá de la misma palabra amor, de las mismas situaciones repetibles de la cotidianidad, que el amor en la poesía no necesariamente habla de corazones, besos, cuerpos amándose, traiciones. El amor en la poesía también está en aquellos momentos en los que el poeta ve más allá del cuerpo y la emoción, y nos lleva por ese terreno donde el amor es más que simple amor.
 




Un poeta enamorado jamás reconocerá que sus textos se han dejado invadir por la sensiblería. Que sus versos mutaron al reflejo de su realidad. Que su pareja está presenta en cada verso.
Piensa en poesía cuando no está junto a su pareja, la extraña mediante lo que escribe, la va retratando desde su emotividad, desde la cálida y también destructiva sexualidad.
Un poeta enamorado ha perdido la vergüenza, no le importa, porque lo único que verdaderamente cuenta es que aquella persona por la que respira, se alimenta, asea y continúa escribiendo, pueda leer cada texto que ha inspirado. Porque la inspiración supera a la transpiración. Y no importa, siempre que el receptor particular se sienta feliz (sin importar lo que lea) todo tendrá una justificación que ni las amistades, ni la crítica pueden perturbar.    
Un poeta enamorado no reconocerá que su “poesía” se volvió una papilla de forma y sabor desagradable. Un mero pretexto para develarse con sentimientos. Una declaración de su adicción y dependencia de alguien más.
Al poeta enamorado nadie le dijo que no se expusiera, que viviera, que dejara a un lado su trabajo de poeta, que mientras besara, y durmiera y amaneciera con alguien, se alejara de una computadora, que mientras contemplaba a ese otro alguien comiendo o bañándose, que mientras tomara su mano, o tal vez se deleitaba viendo el iris de sus ojos, sus dedos, tocando su nariz, acariciando su cabello o su espalda, se negase a una máquina para develarle al lector todo aquel acontecimiento simplón.
El poeta enamorado no espera llegar a la gloria con sus poemas, pero no los ha escrito para mantenerlos ocultos, necesita exponerlos, necesita exponerse, decirle a ese mundo lector que está enamorado, que una vez más ha logrado meterse de cabeza en una relación, y que esta vez sí es la definitiva, porque la siente así, porque al contemplar el rostro de ese alguien inspirador sabe que es la “elegida”, porque al llevarla de la mano por la calle, al sentir su piel, al escuchar cada una de sus palabras comprende (erradamente) que el amor 4s lo único que importa en sus poemas.
Un amor que lo vuelve inmune a los demás, que le permite una protección natural. Él ama, ella ama. Y a la final todos amamos en un momento determinado de nuestras vidas. Pero él, como poeta, ama más, ama en representación de miles, por eso si alguien le preguntara “¿por qué sigues escribiendo y publicando aquellos poemas melosos?”, él lo diría con orgullo: porque amo.

1 comentario:

Ernesto Intriago dijo...

Me cagaste. Mi ultimo libro lo estoy escribiendo enamorado. Pero me desdoblo, esa no te la sabías!