domingo, 25 de mayo de 2014

Trabajar desde la ficción

Pennywise, personaje de la novela IT de Stephen King.



Ficción, eso escriben los escritores, allí radica su trabajo literario en ficcionar situaciones que parten de la realidad, que pueden asumirse como tales y que sin embargo no lo son. Sus textos son tejidos en torno a una mentira, una mentira que se cuenta, una mentira que es capaz de volver crédulos a los escépticos, una mentira (cuando es bien contada) capaz de considerarse cierta.
Un escritor es un fabulador y creer en él será el primer error de todo lector. Ya que este escritor crea mundos alternos donde personajes viven, aman, se reproducen y mueren en medio de historias alucinantes y a veces muy cercanas a la cotidianidad.
Personajes que pueden llevar nombres reales, que pueden recrear situaciones cercanas al pasado, que pueden incluso decir palabras similares a las pronunciadas por alguien en la vida real. Personajes que también pueden tener nombres disparatados, muchas veces anagramas con significados claves en las historias en las que viven.    
Un escritor recurre a un espacio geográfico determinado, delimita la acción de sus personajes y los hace recorrer ciudades, calles y avenidas reales, los sitúa en restaurantes, discotecas, prostíbulos, centros comerciales, universidades y demás lugares, donde desarrollan sus papeles de víctimas o victimarios, donde encuentran el amor, el odio, la esperanza, la soledad. 
Un escritor escribe ficción incluso cuando cuenta su vida, una que tal vez no pudo estar a la altura de sus aspiraciones, por eso la va inventando de la mejor manera, tal y como quiso que fuese.    
Existen también escritores que escriben desde una ficción más increíble, que nos hablan de personajes y lugares extraños y fantasiosos, difíciles de creer. Escritores con personajes que se volvieron parte de nuestro imaginario cultural, personajes que continuamos viendo en productos de consumo masivo relacionados al entretenimiento. Personajes en los que pensamos, personajes que se fueron volviendo un prototipo para identificar el terror, la marginación, el amor.


Gregorio Samsa convertido en insecto gigante, personaje de La Metamorfosis de Franz Kafka.



Sin embargo, y más allá de lo anterior, ¿Cuál es el mérito de un escritor literario si su único fin no es el de “crear” sino transcribir situaciones reales tal y como las ha vivido o le han contado?, ¿En dónde radica su trabajo de fabulador?, ¿Cómo espera lograr el reconocimiento necesario para ser considerado un escritor en su totalidad?
Los escritores que no escriben ficción deberían considerar continuar en la escritura. Demasiada falsa literatura invade las perchas de las librerías. Demasiada falsa literatura se consume y opaca a literatura mejor aprovechable. Demasiada falsa literatura va creando una idea errada de “cultura”.
Es cierto que hay una clase de escritores que no necesitan recurrir a la ficción, estos autores son quienes entran en la categoría de ensayistas, cuyo propósito creador no busca la creación ficcional sino la de ubicar en el tiempo y espacio sus análisis, teorías e hipótesis.    
Es también cierto que muchos textos, desde el terreno del periodismo, logran un efecto cercano a la ficción (periodismo narrativo), y sin embargo es la realidad contada con maestría. Una realidad alimentada del caos, la belleza, y vida. Una realidad que es contada y presentada como ficción pero que no lo es.  
Los poetas, cuentistas y novelistas escriben ficción, no transcriben su vida. Intentar hallar rastros del pasado personal en sus textos es una pérdida de tiempo. Puede que el contexto social, político, económico, cultural y ambiental vayan influenciando su trabajo, puede que los diálogos, juicios de valor, prejuicios, moralismos de sus personajes sean parte de la filosofía personal del autor, y que la realidad intente imponerse desde escenas creíbles, lo cierto es que un escritor de ficción trabaja sobre una mentira que se va multiplicando, una mentira con tal maestría de elaboración que resulta creíble. He allí su verdadero mérito.

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