domingo, 20 de abril de 2014

A veces me siento Henry Obert

Henry Obert, personaje.


Sus libros en la ciudad no pasan desapercibidos. Han llegado con historias para adolescentes y ancianas. Autores que escriben y publican lo que muchos buscan leer: historias sensibleras, que hablen de lo que un hombre y una mujer suelen hacer con frecuencia en una realidad acaramelada: recorrer parajes tomados de la mano, darse apasionados besos frente a ocasos en la playa, ir a restaurantes impecables y hablar de ellos como si nada más existiera, hacer el amor a la luz tenue de las velas, decirse tú y yo, porque si un corazón late junto a otro todo se justificará.
Autores que no se han desanimado ante la crítica, porque a ellos no les interesa la competencia o los amigos de la competencia, lo que ellos buscan es continuar escribiendo, que todo aquello que expulsa su cerebro y refuerza su ego se imprima y difunda.
Y mientras me siento Henry Obert en una ciudad con demasiadas Hannah Rinaldi (léase autores mediocres). Contemplando en las paredes de mi rincón de trabajo las notas de rechazo de editores, las cartas breves y respetuosamente desalentadoras donde no soy el autor que buscan, o al serlo pretenden que costee lo que me publicarán.
Un Henry Obert que ha leído y continúa leyendo a muchos autores, autores que me dicen más de lo que puedo asimilar, autores cuyas historias me van calando lento y de a poco, autores por cientos alrededor de mi escritorio, autores con libros subrayados, autores de los cuales me voy acordando mientras leo a nuevos autores. Autores a los que he intentado no imitar.


Henry y Hannah Rinaldi, personaje.



A veces me deprimo ante la noticia de que un amigo o amiga, aun de menor trabajo en sus textos, ha ganado un premio, ha logrado firmar contrato con un sello editorial, cobrado un sustancioso derecho autoral, asiste a la feria de libros internacional a la que yo no puedo ir porque nadie costea mis viáticos. Amigos y amigas cuyo libro será llevado al teatro o harán de su historia un corto o largometraje. Y sobre todo que por fin está viviendo de lo que escribe.
Henry me ve en el espejo. En las múltiples ideas que tengo cada día. En los borradores que son eso: borradores, porque no pasan de aquello. De todas las ideas que llegan y se aferran como garrapatas para que no las extirpe, porque en ser su alimento está su naturaleza de tormento creativo.
Contemplo mis manuscritos, quizás al que más le tengo fe, porque la fe del escritor es la más incomprendida. Leo, corrijo, escribo, vuelvo a leer, vuelvo a corregir. Y trato de no abrir el internet y ver los titulares de los segmentos culturales, para no encontrarme con los triunfos ajenos, para no saber que un autor mediocre más se vanagloria de la tercera o cuarta reimpresión de su libro mal escrito, mal editado, mal impreso, mal comentado…
 

Henry junto a sus compañeros de taller literario.



Me siento Henry Obert en una ciudad con demasiadas Hannah Rinaldi. Pero a pesar de ello bebo junto a las réplicas de Hannah, río con ellas, veo sus piernas (sus atractivas piernas descubiertas en minifaldas), las acompaño a casa, escucho con atención las ideas de sus futuros textos, me entero de los personajes amorfos que aparecen en sus momentos creativos, y también me enamoro de ellas. Porque nacieron para triunfar, para ser escritoras o modelos triple AAA, para sonreír y poner en desorden todo a su alrededor. Y no importa si no tienen a un escritor favorito, o jamás hayan leído libros clásicos o actuales, menos que conozcan los detalles más curiosos de autores que han marcado la historia de la literatura. Lo que importa, lo que verdaderamente importa, es que cojan su computadora portátil y escriban todas aquellas historias maravillosas muy parecidas a ellas, donde el amor desde un ritual engloba la vida y la muerte. Solo eso.     
Me siento Henry Obert en una ciudad que no espera lo mejor de mí, que continúa desconociendo mis textos, pero que en el momento menos indicado sabrá de este autor anónimo, uno que se posesionará de toda cuanta librería vuelva a aparecer en la urbe, y desde allí arribará a miles de hogares donde los libros de las Hannah Rinaldi continuarán intactos tras su primera y única lectura.

No hay comentarios: