domingo, 2 de marzo de 2014

¿Ser poeta es ser buena onda?




Tras publicar y presentar mi primer poemario, uno del que me he avergonzado en todos estos doce años, una joven que poco conocía de poesía (sino no se hubiera acercado) me solicitaba un autógrafo. Reí. Pobre, pedirme un autógrafo, a mí, un poeta que en realidad lo que había escrito era un bodrio, un poeta desnutrido de vida y cuerpo, un poeta que le faltaba mucho para poder reconocerse poeta. Le di aquel garabato producido por mi mano. Ser poeta.
Por eso en todos estos años que me he preguntado con reiteración ¿Qué es ser poeta? y sobre todo ¿Ser poeta es ser buena onda?. Puedo decir con certeza que no, convencida y enfurecidamente no. Ser poeta no es ser buena onda. Los poetas no son lo que un sector romántico de ellos han tratado de erigir: soñando con astros y pensando reiteradamente en la inmortalidad, buscando que una calle, un auditorio, una escuela o algo lleve su nombre. Contemplando largas colas de frenéticas seguidoras tras un autógrafo. Viendo como las librerías son desabastecidas por compradores compulsivos.
No, los poetas no son buena onda. Los poetas son irritables, amargados, individualistas. Los poetas prefieren dejar que otros hablen de ellos y una vez finalizados sus discursos atacarlos. Los poetas pasan mucho tiempo en bares garabateando poemas, mirando a la vida desde una perspectiva distinta. Los poetas observan, critican, les apesta todo. Los poetas han preferido ser poetas porque para ellos escribir es pensar.
Los poetas se volvieron mala onda ante tanto seudo poeta autoproclamado por las redes sociales. Poetas, poetas por todos lados, poetas en las aulas de colegio y universidad, poetas en las redacciones de diarios y revistas, poetas en la política, poetas que no son poetas, poetas que han decidido y con convicción escribir lo primero que les salga de las tripas, escribir sin filtro, transparentar sus sentimientos, volverse una melodía agradable para un público agradable, poetas de mil estrellas, poetas de constelaciones, poetas tras la consagración, poetas del cáncer.
Y mientras los poetas no buena onda continúan en su marcha, como caminantes infectando y devorando todo a su paso, los otros esperan con ansia integrarse a su comunidad, por eso escriben, por eso dan a leer sus textos, por eso creen que los poetas son buena onda, que ser poeta es tener poder, uno capaz de lograr amor, bienestar y placer, mucho placer. Y buscan un paraíso inexistente, la luminosidad que los erija entre la masa, y los otros, tal vez los capaces, no hacen nada, o hacen todo, y ese todo no significa nada.
Los poetas son mala onda y por eso varios se suicidan, porque están hartos de la realidad y han decidido acatar la oración de Bunbury: “la ficción es y será mi única realidad”. 
Ser poeta es la condición más turra de la literatura, todo porque los poetas no son considerados “escritores” del todo, los poetas son poetas, esos alucinados que intentan ver sonrisas en caras tristonas, los que andan volando con sus versos, los que no tienen efectivo en sus bolsillos para costear felicidad efímera entre amigos, los que visten pasada la moda, los que, cuando lo logran, consiguen trabajos mediocres con los cuales mantener a sus familias, los que han descuidado a sus esposas e hijos por construir poesía, los que cada cierto tiempo se lamentan de porqué carajos se volvieron poetas y no mejor abogados, arquitectos, economistas, docentes o taxistas. Oficios más rentables y menos agotadores.
Y estos poetas mala onda publican, pero menos de lo debido o más de lo recomendable, a veces solo la crítica suele atinar al respecto. Hay un punto en que se desfiguran, en el que todo ha dejado de ser un foso nauseabundo y se atisba una pequeña luz donde el ego pugna regocijo. Sí, los poetas mala onda también quieren aparecer, por lo menos una vez, en un diario, una revista, una web especializada, ganar un concurso nacional, constar en una antología latinoamericana, ser traducido al inglés, ruso, italiano, chino, japonés, alemán... Los poetas mala onda también contemplan su foto (en las solapas de sus poemarios) y creen que no hay justicia en este mundo, que nadie ha reconocido su talento, y esperan el punto final de su poesía, pero no llega.
Sí, ser poeta no es buena onda. Ser poeta es buscarse entre la noche, en las madrugadas, sin olvidarse de lo vivido: materia vomitable de la que jamás se escapa.

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