domingo, 9 de marzo de 2014

La noche es un poema interminable




“...y suelto un pedo para no perderme / sonoro, putrefacto / arrancándome del tiempo ido” leo frente a un público que en unánime acción han levantado cejas, preguntándose si aquel tipo sobre el escenario está en verdad leyendo poesía o es solo una tomadura de pelo cada una de sus oraciones.
Además de cejas levantadas veo dedos en narices (tapando cualquier mal olor que pudiese dispersar mis palabras), codazos al de al lado, murmullos, sonrisas, asco. Noemí me hace gestos desde abajo, como un sigue o un para, no sé, sus miradas a veces dicen cualquier cosa. El decano de la facultad -que me ha prestado el auditorio- se muestra arrepentido desde un rincón. Pobre viejo, esperaba que hablase del amor, de la felicidad, del Che Guevara, incluso algo del Compañerito, pero nada, pura paja, digo, puro pedo.       
Es el cuarto poema y lo he finalizado. Me siento, doy chance a la proyección de los dos videos que prometí al público y por lo que muchos han venido -en especial rockeros-, más que por oír mis mamarrachadas. Roberto acude a mi lado, Noemí está del otro. Atrás y delante de nosotros una multitud brevemente despistada de mis figuras hediondas a las que he osado llamar poesía, ve y analiza cada escena de la canción interpretada por Therion, cada palabra expresada melodiosamente de los labios de la soprano, nada que ver con lo que les tocará enfrentar una vez que reinicie la lectura.
-A veces te pasas hermano, me dice Roberto.
-Esto es poesía, aunque no lo creas.
-Si tú lo dices.
-Y por cierto ¿no tenías que ir al Come Precios?
-Tranqui, que ya está acá.
Tras dos buenos tragos de la botella, me siento más en onda, como para no solo leer cuatro poemas, sino el resto del libro. Noemí pilísima, con ganas de soltarme todo el tradicional rollo en contra del alcohol y poesía, de que cuidado con imitar al cañero de Cañizares, de que el fantasma de Bukowski ni en broma. Pero mientras, calladita, porque no me quiere arruinar la noche justo ahora que tengo público (chantajeado por videos, pero presente), un auditorio para mí solito -con diez dólares de garantía y por lo que aún no me han echado- y un poema pedorro expulsado sobre todos.  
-Mi amor, viste la cara del decano, creo que se lanzó uno en nombre de tu poema.
-Así que ese era el hedor.
-Eso, o en verdad tu poesía apesta.
-No-e-mi poesía, flaca. Aunque no estaría mal, mientras leo, soltar pedos chinos, a ver como combina.
Roberto me pasa la botella. Dos trasgos más. El primer video finaliza. Félix -el pana que está vendiendo mis libros en la entrada del local- se acerca y me pasa cinco dólares de venta y me dice que ha fiado dos, mierda.
The silent enigma de Anathema aparece sobre la pantalla. Todos me han olvidado, aman la depresión de la banda, la poesía visual de cada uno de sus movimientos sobre el espacio, cada susurro del cantante, cada recorrido del espectro femenino que se acerca a la muerte. Finaliza.
Nuevamente es mi turno, nadie se entusiasma, llega a mí un papelito con unas cuantas palabras: “pon más videos de la banda, está bacana”. Lo desecho, leo lo mío, lo sudo, expulso, huelo. Callo.      
No hay cóctel ni bocaditos para el final. Nada de chupa ni perdición. Cero ovaciones. Ausencia de autógrafos. Solo cinco dolaritos, veintisiete libros de peso, una botella vacía, un amigo embalado que me dice mandarina, y una novia que me lleva del brazo por si intento escaparme entre la noche a seguir leyendo poemas dudosamente apestosos a un público ya inexistente.     

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