domingo, 16 de marzo de 2014

La muerte de un poeta

José Emilio Pacheco.


I

Los poetas han decidido morir, de enfermedad, de cólera, de soledad. Los poetas han decidido matarse porque no soportaron reconocerse en un mundo infectado de tanto poeta, porque su obra terminó, porque ya no dieron más.

Pero su drama no queda simplemente en su ausencia, el drama, el verdadero, nace a partir de su ida. ¿Qué pasa cuando un poeta muere?, ¿A quién le importa la muerte de un poeta?, ¿Quién se beneficia ante esta tragedia?.

La muerte de un poeta se volvió un espectáculo, iniciado en la prensa con el hecho fatal, con periodistas que hablan desde los lugares comunes de su vida, con analistas que nos dicen lo importante de su obra, con escritores que nos dan su testimonio de lo vital y clave en el desarrollo de sus obras individuales.

La muerte de un poeta se volvió el instante farandulero desde las redes sociales, donde una o varias fotos junto al ausente, fragmentos de sus libros, infestaron con grado de virus cada perfil.

La muerte de un poeta, cuando ha sido sobresaliente, es un asunto importante para una editorial, para la reedición de sus libros, para desarrollar una campaña de promoción adecuada y exitosa, para poder invertir en perfiles, análisis y crítica en medios especializados que puedan sustentar su argumento publicitario. No se diga de todos aquellos libros póstumos que el poeta precisamente dejó “programados” se publicasen tras su muerte: porque así lo hubiera querido él o ella.

La muerte de un poeta genera en las librerías el aprecio, el afán para que los lectores (que acudirán en masa) conozcan su obra, por eso aquellos libros escondidos en perchas poco visitadas, gozan del privilegio de tomarse la percha principal, la visible, la de la novedad (aunque tengan años publicados). Todo porque respetan al poeta, a su obra, a su vida intensa y prolífica. Todo porque los libros del poeta necesitan llegar a los lectores. La muerte de un poeta representa una cifra estadística satisfactoria, sonrisas de ventas.


Juan Gelman.



La muerte, su muerte, se volvió una foto reproducida en diarios, revistas, webs, blogs, redes sociales. Un tatuaje en forma de rostro y verso que va apoderándose de cuerpos, que va arribando a lugares visibles, porque hay que decirle al mundo, a ese mundo antipoético, que existió un poeta que ha dejado huellas, que ha dejado una obra que debe conocerse.  

Y mientras los aprovechados se vanaglorian de haber conocido al poeta, de haber bebido, fumado, comido, tenido sexo con él, de tener todos sus libros y firmados, de poseer aquellos poemas inéditos que el poeta fue regando como semen por donde pasó, quienes odian a quienes aman a los poetas muertos, dicen lo mucho que detestan a esta clase de gente: por falsos, por espectaculares, por volver al poeta un simple personaje de moda. Critican y a la vez aseguran ser ellos los únicos autorizados de hablar y escribir del poeta.

Pero en la muerte del poeta nadie recuerda a sus familiares, quienes cargan con los trámites funerarios, visten y adecentan a su muerto, contratan los servicios de velación (más allá de que el poeta haya declarado en vida no conciliarse con ninguna religión y culto), lloran ante cada nuevo pésame que cae sobre ellos (falso e hipócrita en su mayoría). Entierran o creman a su muerto y regresan a casa, donde los esperan las fotos, la cama, la ropa, los objetos, los manuscritos y sobre todo el espacio vacío del poeta.


Leopoldo María Panero.


II

Cuando me enteré de su muerte, lo primero que hice fue contarle a mi esposa, luego ir hasta mi biblioteca en busca de sus poemarios. Ahí estaba, en sus versos, en cada una de las líneas subrayadas que los años habían mantenido intactos.

Lo encontré con la misma intensidad que el pasado. Hablándome de su vida que por momentos fue volviéndose una analogía de la mía. Recorriendo los espacios dentro de su ciudad, que también fue la ciudad que recorrí, porque los callejones, violencia, tristeza, alegrías y también el amor convivían en ella.

Nunca, nunca escribiré cartas lloronas, falsos testimonios de lo que pudo significar en mi vida y que en realidad no fue. No pasearé sus libros en los lugares públicos que frecuente. No dispararé su nombre a diestra y siniestra entre amigos. No pondré en mi perfil de Facebook aquella foto en la que aparecemos juntos, abrazados, reconociéndonos amigos. No me tatuaré alguno de sus versos en mi cuerpo, solo para decirle al resto que lo leí y leo. No, jamás. Le dije a mi esposa mientras cerrábamos el diario que nos anunciaba la pérdida.

No hay comentarios: