domingo, 12 de enero de 2014

Monstruos literarios




No le hacen justicia al cliché desde el cine, a los relatos de terror desde la literatura, a los cuentos de nuestras abuelas, a las historias exageradas y sangrientas desde el cristianismo. No, estos monstruos están junto a nosotros, caminan a nuestro lado, viajan en el mismo transporte, van a los mismos restaurantes, se visten con las mismas marcas, visitan los mismos lugares, hablan y se ven como nosotros. Pero estos monstruos no han tratado de pasar desapercibidos.
¿Cómo he logrado reconocerlos? Mediante uno de los signos a los que no escapan: el ego. Estos monstruos literarios lo son no porque sus textos resultan un punto de quiebre, porque después de ellos la literatura no será la misma. No, estos monstruos literarios han sido catalogados así porque sus textos son criaturas amorfas que no debieron nacer y lo hicieron, minúsculos y reducidos abortos textuales que han infectado por muchos años las mentes de débiles y poco exigentes lectores.

¿Quién los crea?
En mis años de lectura he aprendido a reconocer dos responsables: 1) ellos mismos, su capacidad de mentirse es incontenible, no necesitan filtro para corregir lo que escriben, y esta ausencia de reconocer errores los ha negado al análisis crítico, todo porque para ellos sus textos y publicaciones son necesarias de difundirse. 2) otros escritores: lamentablemente habitamos una sociedad de favores, donde la amistad y lo económico, han sido los responsables de patrocinar y crear esta clase de escritores, un comentario es tan perjudicial y determinante para erigir a uno de ellos, y esto ha pasado con reiteración.

¿Qué escenarios los visibilizan?
Casi siempre los vemos en diarios locales y revistas de escasas exigencias, visibilizados desde membretes como “poetas” o “escritores”, o combinados: “poeta-escritor”. Pero estos  monstruos literarios no pertenecen a un único género, tanto hombres como mujeres están afiliados a sus huestes.
Autores, porque son responsables de lo que firman, que han banalizado y desfigurado el trabajo del escritor, de aquel individuo o individua capaz de trabajar en torno a historias bien contadas y no ser a penas excusas para figurar dentro de su espacio geográfico. O lo que es más penoso: un canal para exteriorizar sesgos y prejuicios que precisamente ahondan en aquellos lugares comunes del sistema.
No quedan al margen los medios digitales. Los blogs, como canales gratuitos, se volvieron escenarios donde existen demasiados textos de esta clase de escritores, que continúan siendo un ruido estrepitoso desde la web.
No olvidar sus libros, todos ellos guardan una relación: portadas que detallan literalmente sus títulos, títulos melosos y no originales, un protagonismo exagerado a sus fotos como autores, fichas biográficas espectaculares, dedicatorias rimbombantes, desorden en el contenido, comentarios de contracubierta increíbles y un contenido que en muchos de los casos, no ha pasado por el debido trabajo de corrección.    

¿Cómo se desconvierte a un monstruo literario?
La fórmula continúa siendo la misma: trabajando. Los monstruos literarios han creado vástagos deformados porque su proceso de gestación estuvo -y ha estado- errado, ausente de lecturas que den una percepción del mundo al que pretenden acceder mediante la ficción, sin ejercicios de escrituras que vayan desarrollando habilidades, buscando fama y reconocimiento donde no la habrá.
Se debe entender, y lo digo por experiencia, que publicar debe ser el último escalón en el ascenso a “escritor”. Escribir y corregir hasta que un texto quede listo. Leer y saber que mucho o todo cuanto escribimos de nuestro trabajo “inédito” son ideas que ya existen, que están a nuestro alrededor, que lo único que hacemos es darle otro enfoque, uno desde nuestro conocimiento.

¿Quién elimina monstruos literarios?
Van Helsing, cazador y destructor, es el terror de vampiros y monstruos. En nuestro contexto el Van Helsing de los monstruos literarios se llama EDITOR. Un profesional que en su búsqueda de calidad será considerado despiadado. Síntoma de esto es que se rechace el proceso editorial de muchos sellos, por “elitista”, un término peyorativo para decir que no se está de acuerdo a políticas específicas.
Un editor capaz de guiar y potencializar los textos de un autor, de hacer que salga de su etiqueta de “monstruo literario”. Proceso difícil, porque siempre estará la resistencia del autor, de imaginar que toda crítica constructiva a su escritura será una búsqueda de fulminar su anhelo de escritor. 
Sin embargo la consigna para los monstruos literarios será el de encontrar un editor que le muestre la senda correcta, o por lo menos aquella gruta donde se sepa que sus textos no serán aquel producto aberrante que engrosará la lista de libros que nadie leerá o una vez leídos nadie volverá a ellos. Es esto o continuar en su condición de siempre, hasta el acabose.

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