domingo, 8 de diciembre de 2013

Tu disfraz de Ruby Sparks



a Kary

Todas aquellas noches en las que pasé frente al monitor viendo una nada blanquecina, una nube aburrida y sin manchas, una nieve triste y cálida que irradiaba decepción. Todas aquellas veces llegué ahí pensando en lo más trascendente de mi vida, lo vivido, lo oído, lo hurtado de cada plática. Nada funcionó, siempre quedé estancado frente a la luminosidad vacía.
Por eso cuando mi nombre me llegó desde tu boca, de entre tus dientes limpios sin nicotina ni alcohol, en una sonrisa que simuló agua helada chocando contra mi piel, supe que estarías allí para siempre. Desde la caída diaria de los párpados hasta su levantamiento. Que el oxígeno de la habitación sería para ambos, que la colcha cubriría nuestros cuerpos y que debajo piel con piel sostendrían una hermandad entre los poros.    

Fantasías de carne
El primer mail fue un desconcierto total. Broma, una broma que en el fondo me gustaba. El segundo mail ya no me gustó tanto. Pero el tercero y cuarto, sumado a los mensajes al teléfono (siempre he sido, para esta modernidad, alguien retrasado) y las posteriores llamadas, me hicieron desconocerme: ¿Cuánto tiempo había pasado frente al monitor luminoso intentando hallar respuestas en las madrugadas?, ¿Cuántos personajes ajenos habitaban mis fantasías y estaban prestos al motín?, ¿Qué noche crucé aquel umbral  prohibido para la ficción?.

Sin bloqueos
El día ha perdido su horario de veinticuatro horas. Recuerdo haber desayunado, tal vez hoy o ayer, quizás la semana pasada. No importa, solo el ruido rítmico que hacen mis dedos sobre el teclado, las pausas para leer lo escrito, las nuevas pausas para pensar lo reescrito, las pausas para reconocerme que no estoy loco, que no debo estarlo, que estarlo sería un final muy esperado y fraudulento para esta historia.
Mientras tú, desde mis páginas continúas acosándome, hablando-escribiéndome desde una cuenta sin rostro. Dejándome solo en citas a las que jamás llegas. Pintando de colores aquella oscuridad elegida. Sonriendo, siempre haciéndolo porque así quise que fueras, así lo dije-tecleé en la página 25.     




Ruby
¿Que cuántas veces te hecho el amor sin amor? Nunca. No podría, no sin ti. Jamás mientras sigas aceptando la dualidad que representamos. 
Verte viéndome. Besarte besándome. Abrazarte abrazándome. Y sí, sé que todo es un ejercicio egocéntrico. Que toda tú soy yo, que en los espacios en los que nos encontramos el amor es una trampa melosa que nos retiene.
Que mi nombre, desde la mañana, mientras recorres la casa a medio vestir. Que en la noche cuando recorres la cama sin vestir. Que todo, que los juramentos son creíbles. Que las caricias sin máscaras. Que las risas frente a las historias fáciles de creer en otras pantallas. Que la locura de saberte pensar-respirar-amar más allá de las paredes que te dieron vida.
¿Que cuántas veces te hecho el amor sin amor? No vuelvas a preguntarme aquello. No dudes, porque entonces aquella nada luminosa desde mi máquina podría llegar para separarnos. El acabose.

La redención desde el fin  
Cadáver profanado por la lluvia. Así me he sentido desde que puse fin. Desde que caí rendido sobre la máquina. No me importan las ampollas en las yemas de los dedos. Que haya perdido algunas libras y que el teléfono guarde mensajes de voz, donde sé existe la preocupación de un suicidio no opcional.
Todo lo que importa está sobre las páginas vivientes que eres tú. Porque desde que cobraste forma, desde que dijiste mi nombre y te paraste frente a mí, todo cambió.    

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