miércoles, 18 de diciembre de 2013

El escritor fantasma



Soy un fantasma. Un ente invocado más de lo debido. La voz sin rostro escuchada en escenarios ajenos. El texto multiplicado y sin identidad. ¿Que cómo lo sé? Porque he dejado de reconocerme en los espejos, ya no soy, muté en un rostro maleable. Soy la idea, la salvación para toda una legión desesperada. Eso soy.
He escrito más de lo que podría aguantar mi nombre, mis años y mis energías. Me he multiplicado en muchas y distintas voces. Soy la idea prostituta vendida al mejor postor. La máscara acoplada a rostros desfigurados. Eso soy.

De fantasmas y escrituras
¿Cómo se llega a ser un escritor fantasma? Por necesidad, no hay otra forma de arribar a esta desleal y rentable tarea. La falta de tiempo para muchos necesitados es un factor determinante. Toda excusa siempre ha sido válida. Y el escritor fantasma no juzga, solo cobra.
Una tesis de pregrado o postgrado, una monografía, un ensayo, un artículo de prensa, textos literarios e incluso cartas, todo está en su oferta variopinta. Lo suyo es escribir y punto. Cobrar por página, caracteres. Sumar palabras, montañas de ellas. Convertir a pequeños nadies en grandes alguien.     

¿Un dilema ético?
Erigir o no erigir escritores y académicos donde no los hay, ese es el dilema al final del día.
Por eso, al llegar la media noche, mientras otros duermen plácidamente creyendo (creer, creérselo, construir un antecedente/mentira de la nada) haber “escrito” sus trabajos académicos y literarios, el escritor fantasma se pregunta si lo suyo no es una labor para alimentar la mediocridad del sistema. Si cada uno de sus clientes “profesionales” merece un título, una nota, una apariencia más dentro de aquella cadena de falsedad. Al final del día, el escritor fantasma cuestiona su papel. 





Trabajo es trabajo
Pero también al día siguiente, mientras el escritor fantasma despierta a la realidad, más allá de libros, revistas, enlaces en la web, ideas, oraciones, párrafos, páginas, y reconoce un campo lleno de cuadernos con apuntes, libros y revistas subrayadas, ficheros regados en desorden… y pretende desayunar, reconoce que no hay nada para él, que su refrigeradora vacía es la revelación constante de que todo falta, de que no hay vida, sino pura sobrevivencia, de que debe continuar frente a una computadora, tecleando y tecleando hasta que sus hemorroides lo tumben, hasta que su columna se fragmente y lo postre para siempre.
Cuando el escritor fantasma reconoce que su sueldo (lo que sea y donde sea) no le alcanza para vivir, que se volvió a penas algo simbólico al final del mes, sabe que su rol de creador de monstruos es justificado, que si no es él, otros menos escrupulosos lo harán (porque los escritores fantasmas son una legión visible tras la invocación).  

Escritura propia
Y el escritor fantasma quisiera jubilarse, continuar trabajando sus textos propios, terminar sus proyectos a medio camino, volcarse a desarrollar un talento vendido a otros. Escribir para sí, escribir para reconocerse, escribir para reconstruir su rostro y cuerpo, para saberse alguien. Escribir, es-cri-bir. Solo eso, sin importarle la destrucción de sus manos, la cuarteadura de sus pupilas, su sangre inmóvil. Escribir con su nombre, sin regresar a lo espectral. Pero no puede, está atrapado.

Fantasmagoría  
Soy un fantasma. Un ente invocado más de lo debido. La voz sin rostro escuchada en escenarios ajenos. El texto multiplicado y sin identidad. Soy la idea prostituta vendida al mejor postor. La máscara acoplada a rostros desfigurados. La salvación para toda una legión desesperada. Eso soy.

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